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LOS ALCALDES DE ZALAMEA

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A menudo se ha escrito del alcalde de Zalamea tratando de identificar al protagonista de la célebre obra de Lope de Vega y más tarde de Calderón como un personaje de nuestro pueblo. Sin embargo, sin necesidad de esta identificación, en nuestro pueblo hay alcaldes que merecen ser destacados por la importancia de algunas de sus decisiones o actuaciones a favor de nuestra localidad.

 Naturalmente no nos vamos a referir a todos los alcaldes que ha tenido Zalamea desde sus orígenes, pretendemos mencionar algunos de ellos que se significaron por algún motivo relevante durante su periodo de mandato. Todo ello sin menospreciar la labor que otros muchos han hecho, a veces de forma callada,  que no ha trascendido y que quizá sea motivo de otro artículo.

 Pero entremos ya en materia sin más preámbulos. Los primeros a los que debemos hacer mención son Bernabé García y Bartolomé González, alcaldes, -recordemos que por aquel tiempo el pueblo estaba regido por dos alcaldes ordinarios que eran elegidos por un año-, que el lunes 14 de Octubre de 1534 acordaron hacer nuevas ordenanzas municipales que regularan las penas y la gobernación de la villa de cuyo acuerdo resultaron las Ordenanzas, sancionadas por el arzobispo un año después, en 1535.  Ordenanzas que afortunadamente han llegado a nuestros días y se conservan en el archivo municipal como una auténtica joya de nuestro patrimonio. Todo un ejemplo de regulación de una comunidad a punto  de salir de la Edad Media y, para muchos estudiosos, modelo de explotación ecológica de los recursos naturales. Evidentemente la  decisión de aquellos dos hombres tuvo gran repercusión en el tiempo.

El siguiente alcalde al que queremos hacer mención es a Alonso Pérez León Este hombre era uno de los dos  alcaldes ordinarios del año 1582 y fue el protagonista del suceso que según algunos autores locales inspiró a Lope de Vega en la obra “El Alcalde de Zalamea”, la primera de las versiones que se publicaron, anterior a la de Calderón. Como de muchos es sabido, por aquel entonces Zalamea era conocida como “Zalamea del Arzobispo” por su dependencia señorial a este cargo eclesiástico y había iniciado un proceso de emancipación del señorío arzobispal para adherirse a la corona. Fue un proceso largo y difícil para el que el rey Felipe II designó al licenciado Miguel de Rado con el fin de que delimitase el término y lo entregara a las autoridades locales que habían contraído una deuda para emanciparse y obtener unos privilegios de autogobierno. Rado se excedió en sus funciones y el 23 de Septiembre de 1582 reunió al concejo para hacerle entrega del término delimitado y darle posesión de sus cargos. Para ello les pidió a todos los regidores sus respectivas varas, símbolos de sus cargos, pero Alonso Pérez León adoptó una postura enérgica y orgullosa alegando que el comisionado real no tenía potestad para nombrarles toda vez que el rey, en una cédula de 1581, le había concedido a la villa el poder elegir sus propios alcaldes sin intervención alguna. Los documentos reflejan como aquel domingo 23 de Septiembre, Alonso Pérez León  “dio su vara pero no la acabó de soltar” como una manera de negar al comisionado real su potestad de poder nombrarlo. Viendo que el alcalde no la soltaba, Rado dio la suya propia a Juan Serrano, destituyendo al anterior. Algunos regidores, equivalentes a los actuales concejales, que apoyaron al alcalde  fueron igualmente destituidos. Evidentemente se trata de un gesto de valor y dignidad ante todo un comisionado real. Diez años más tarde Felipe II dio indirectamente la razón al alcalde, otorgando una carta de privilegios a Zalamea llamándola “Villa de si y sobre sí, ” y reconociendo a sus alcaldes,  regidores, escuderos y oficiales potestad sobre la jurisdicción civil y criminal. A partir de entonces comenzó a llamarse la Real, aunque este apelativo no aparecería oficialmente en los documentos hasta el siglo XVIII. Sin lugar a dudas el gesto del alcalde Alonso Pérez León fue un símbolo del espíritu que animó a nuestros antepasados del siglo XVI.

Ciento cincuenta años después otro alcalde, por coincidencia del mismo nombre que el anterior, protagoniza otro notable suceso. Su nombre era Alonso Pérez de León Serrano;. ocurrió en 1738 y reinaba entonces en España Felipe V, el primer rey de la dinastía de los Borbones, que envió otro comisionado a Zalamea para que delimitara las tierras baldías de nuestro término y agregarlas a las propiedades de la corona. Este comisionado encuentra que las dehesas y terrenos del común son tierras baldías y por tanto decide declararlas de propiedad real, privando al pueblo de una parte importante de sus recursos económicos. Alonso Pérez de León se presentó ante el comisionado para protestar portando los privilegios de Felipe II. El comisionado consideró insuficiente tales pruebas y dio dos días de plazo al concejo para que aportara otras mejores. Alonso Pérez de León hizo caso omiso de la orden y se dirigió directamente al rey presentando la carta de venta y los privilegios otorgados por Felipe II, reclamando también se condenara al comisionado a pagar los gastos de la causa. Esto último no fue aceptado, pero el rey reconoció a Zalamea la propiedad de sus tierras y el pleno disfrute de ellas. Aquel espíritu de defensa de los derechos adquiridos, concedidos por Felipe II seguía aún vivo en nuestro pueblo y Alonso Pérez de León supo hacer gala de ello.

 Damos otro salto de 150 años y nos trasladamos a 1888. El protagonista es ahora José González  Domínguez, alcalde de Zalamea durante aquel fatídico año de los tiros que quedó trágicamente grabado en la memoria colectiva de muchas generaciones de zalameños. No vamos a recordar los hechos en cuestión porque creemos que son suficientemente conocidos por todos. El alcalde, como responsable del municipio y en defensa de los intereses del pueblo amenazados por los humos de las calcinaciones al aire libre.- las famosas teleras-, encabezó la manifestación, junto a los líderes de la Liga Antihumista, que partió de Zalamea, el sábado 4 de Febrero de 1888 y llegó a Riotinto al filo del mediodía. José González subió con Lorenzo Serrano, Ordóñez y Tornet a los altos del Ayuntamiento de aquella localidad para pedir que la corporación tomara un acuerdo que prohibiera las teleras, Desde allí contempló horrorizado los disparos que los soldados enviados desde Huelva realizaron contra los manifestantes, quedando abatido y recibiendo del gobernador la orden de que volviera a Zalamea y esperara la decisión que se tomaría contra él ya que lo consideraba máximo responsables de la manifestación. Pero sabedor de que no podía esperar nada bueno,- como así fue-, cuando días más tarde se envía una orden de detención contra él, el 8 de Febrero, se había marchado a Madrid donde se entrevistó con políticos relevantes y buscó el apoyo para defender la posición de Zalamea contra las calcinaciones al aire libre. Posteriormente fue inhabilitado para el cargo aunque dos años después fue reelegido para ocupar de nuevo la alcaldía de Zalamea.

Más cerca ya de nuestros tiempos, queremos destacar a Manuel Domínguez de la Banda, alcalde de Zalamea en 1933, durante la II República. Eran tiempos agitados en los que por un lado los grandes propietarios querían mantener sus privilegios y sus tierras y por otro, el pueblo, fundamentalmente los que se dedicaban a la agricultura y a la ganadería, que reclamaba el uso de las coladas y ejidos para su ganado así como los terrenos comunales que habían sido ocupados por los grandes propietarios de fincas colindantes. Manuel Domínguez promulgó un bando en el que dejaba claro cuales eran los terrenos del común  y las coladas del término y más tarde en marzo de 1933 hizo el inventario de ejidos de la villa y sus aldeas. Esto supuso un grave enfrentamiento con los grandes propietarios que habían venido haciendo uso de esas tierras tradicionalmente, tierras que debían ser de uso común de todos  los zalameños.  Con el pronunciamiento militar de julio de 1936 los ejidos y las coladas volvieron a caer en el olvido y Manuel Domínguez pagó con su vida el valor demostrado al delimitarlas.

El último de los alcaldes al que  vamos a referirnos es Cándido Caro Valonero. Fue elegido concejal a principios de 1936, pero las sucesivas renuncias de alcaldes o ceses de los que le antecedían en la lista le llevó a asumir la alcaldía el 28 de Junio de 1936, tan sólo un mes antes del estallido de la guerra civil. Habiéndose producido la sublevación del general Franco, un grupo de radicales venidos de poblaciones cercanas pretendieron quemar la cárcel con los detenidos de derechas partidarios de la sublevación recluidos en su interior, como ya había sucedido en otras localidades; pero este alcalde se opuso, arriesgando su integridad personal, al grupo de descontrolados, haciéndoles saber que tendrían que pasar por encima de su cadáver para llevar a cabo lo que intentaban. Los radicales ante la  firme postura del alcalde decidieron marcharse. El 25 de Agosto entraban las tropas nacionales en Zalamea. Poco mas tarde, Candido Caro, a pesar de haber defendido con riesgo de su vida a los prisioneros que estaban detenidos, fue posteriormente fusilado por los sublevados en la cárcel de Huelva.

 Creemos que todos ellos merecen hoy al menos nuestro reconocimiento.

 Imagen de la foto: Manuel Domínguez de la Banda

 

16/01/2013 20:51 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema

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