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EL CARÁCTER SIMBÓLICO DE LOS DÓLMENES DE EL POZUELO

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Desde la prehistoria, el culto a los muertos y los ritos funerarios han tenido para el hombre un significado claramente religioso, ya que suponen una aceptación del hecho de la muerte y un reconocimiento a la memoria de los muertos.

Los grupos humanos más primitivos rendían culto a sus difuntos, probablemente por las creencias en los espíritus de los muertos y casi con toda seguridad, en esa conciencia de la muerte, la concebían como una prolongación de la vida y por lo tanto requerirían unas necesidades más o menos iguales a la que en tuvieron en ella.

En los rituales de los enterramientos prehistóricos, en los que se depositaba al difunto con su ajuar, en muchos casos más delicados y de mayor riqueza que el que pudo poseer en vida, no cabe duda de que lo que se pretendía era dotar al difunto de sus mejores galas para que afrontara una nueva vida con todo los recursos necesario que le haga más fácil el transito.

Que algún tipo de culto o trato ritualizado a los muertos fuera ya una realidad en las creencias espirituales de nuestros antepasados remotos es un hecho constatado por el hallazgo y estudio de los cadáveres primitivos depositados en las fosas, tendidos o muchas veces en posición fetal, pintados de rojo, según se ha comprobado en enterramientos en los que se han hallados restos óseos, y siguiendo rituales tan diversos y con tantas diferencias culturales como lo puedan ser hoy en día en las dispares religiones que ha desarrollado la especie humana común.

A partir del Neolítico se fueron imponiendo las sepulturas colectivas, rodeadas y cubiertas de losas y señalizadas por túmulos de grande piedras. Y la creencia en el más allá se tradujo, cada vez con mayor firmeza, en el incremento del valor y variedad de las ofrendas y los ajuares.

 Todas las inquietudes funerarias culminaron con la construcción de grandes moles pétreas, llamadas megalitos, como los menhires, los dólmenes o las alineaciones pétreas, cuyo origen y significado todavía no son plenamente conocidos, pero que, en cualquier caso, constituyen los primeros monumentos funerarios que fueron construidos por la mano del hombre y que han llegado más o menos intactos hasta nuestros días.

De igual manera, desde la prehistoria, la figura femenina ha estado vinculada a la muerte. En Egipto, por ejemplo, los sarcófagos de piedra eran denominados "vientres maternos". Asimismo, en la cuenca mediterránea los difuntos solían ser enterrados en el seno de las montañas, pues se creía que la divinidad que habitaba en ellas les ayudaba a renacer. Por otro lado, muchas de las estatuillas que nos han llegado se han encontrado en sepulcros, lo que hace suponer que su misión era despertar a los muertos para conducirlos hacia su nueva vida en la tierra de los bienaventurados. Utilizadas como ornamentos, fetiches, joyas o amuletos, estas representaciones femeninas (de divinidades o de sacerdotisas) actuaban como intermediarias entre los dioses y los muertos. Así, a su belleza se unían sus poderes mágico-religiosos, ya que la fuerza que emanaba de ellas tenía un carácter protector relacionado con las creencias en el más allá.

   El cambio de una sociedad nómada cazadora a otra sedentaria agricultora otorgó protagonismo a la figura femenina. Se estableció un vínculo entre la fertilidad de la tierra y la fecundidad de las mujeres; éstas no sólo trabajaban los cultivos, sino que se convirtieron en responsables de la abundancia de las cosechas, pues sólo ellas poseían el misterio de la creación. La vida humana empezó a asimilarse al ciclo vegetal, tras ser engendrados (la tierra pasa a transformarse en una enorme matriz), tanto los hombres como las plantas crecen y terminan regresando a las entrañas terrestres cuando mueren. Asimismo, esta evolución hizo que la sacralidad femenina cobrase mayor importancia.

La inhumación significa devolver el cuerpo a la Tierra, a la Diosa Madre, que dispensa la muerte y la vida, con la esperanza de una ansiada resurrección.

Observando detenidamente cualquiera de los monumentos megalíticos que encontramos dispersos por nuestro término, y analizando cada uno de los múltiples detalles que marcan su construcción, nos daremos cuenta que el carácter simbólico de este tipo de enterramiento está directamente enraizado con el transito a una nueva vida, posiblemente en el más allá o  a una resurrección. La forma de la entrada al dolmen, el corredor, el túmulo e incluso la orientación guardaban una lógica y no adoptaron esas formas por razones estéticas o  de capricho.

Situaban el cadáver en posición fetal y lo untaban de sangre o pintaban el interior del sepulcro de ocre, de ahí podríamos sacar conclusiones: puesto que nacemos cubiertos de sangre, ¿sería una forma de devolver el cuerpo del difunto al útero ancestral, la madre tierra? ¿Lo preparaban simbólicamente para su siguiente nacimiento? Algunos antropólogos han planteado que esta disposición se debe a que veían en la muerte el nacimiento a un nuevo cuerpo, por ese motivo, los muertos eran colocados en la postura de los fetos, esperando que volviesen nuevamente a la vida.

¿Podría ser el dolmen el útero ancestral al que hacíamos alusión? Todo apunta a que así fue. Si analizamos con detalle el monumento encontraremos similitudes con el órgano reproductor femenino. Si tomamos por ejemplo los dólmenes hallados en nuestro pueblo, especialmente los de El Pozuelo, que son el ejemplo más claro de lo que queremos decir, observaremos que la entrada es muy parecida a la vulva del aparato reproductor femenino, el corredor representaría la vagina,  la cámara al útero, lugar donde se depositaron la mayor parte de los cadáveres, y finalmente el túmulo, clara protuberancia que destaca en el horizonte, querría representar el vientre de una mujer en cinta. Y todo en una orientación con la entrada hacia el este, hacia el sol naciente, hacia una nueva luz, signo inequívoco de esperanza.

Manuel Domínguez Cornejo            Antonio Domínguez Pérez de León

23/02/2014 14:14 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema

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