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LOS ZALAMEÑOS QUE ELIGIERON A SAN VICENTE MÁRTIR

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El desarrollo del culto y devoción del pueblo de  Zalamea por San Vicente Mártir, así como su origen, -aquella conocidísima  elección a manos de un niño-, han sido profusamente tratada en numerosas ocasiones. Hemos creído que quizá  sería oportuno acercarnos a conocer mejor a aquellos antepasados nuestros, cuáles eran sus usos y costumbres, su trabajo, su vida, en definitiva cómo eran los zalameños que eligieron por patrón a San Vicente Mártir hace nada más y nada menos que 585 años.

            Comencemos por situarnos en la época. Parte del territorio peninsular se encontraba aún en poder de los musulmanes. España distaba aún de ser una unidad política y se encontraba dividida en varios reinos, a uno de ellos, el de Castilla, pertenecía nuestro pueblo. Reinaba entonces Juan II, padre de la que luego sería conocida como Isabel la Católica. Zalamea había sido reconquistada a los árabes hacía apenas 150 años y cedida como señorío al arzobispado de Sevilla. Precisamente en aquellos momentos la sede arzobispal estaba administrada por un fraile al haber sido suspendido su titular Don Diego de Anaya y Maldonado por un litigio que mantuvo con el  cabildo de la catedral, así pues, como de todos es sabido, nuestro pueblo fue un señorío eclesiástico, dentro del reino de Castilla.

            Como es lógico el pueblo era muy distinto del que hoy conocemos. Su extensión era bastante inferior a la que hoy tiene y las casas se aglutinaban en torno a unas pocas calles, siendo la principal aquella en la que se encontraban las casas de Concejo que todo parece indicar estaban situadas en el lugar que hoy ocupa el actual Ayuntamiento. Por las posteriores ampliaciones que luego se realizaron podemos deducir que las calles existentes serían las actuales de La Plaza, Don José, Castillo, Hospital, Don Manuel Serrano, Plaza Talero, Caño, Tejada y puede que alguna que otra más, conocidas, en su mayoría, con otro nombre que hoy ignoramos. Naturalmente no existía ninguno de los edificios que hoy distinguen al pueblo ni, por supuesto, la torre tal como hoy la conocemos. Sí había una iglesia, denominada como la de las dos naves, ubicada donde hoy mismo se encuentra la actual y que entonces quedaba en el límite norte de la población; calculamos que su extensión  coincidiría aproximadamente con el presbiterio y sacristía de templo que hoy podemos contemplar; es de suponer que contaría con un campanario que ni por asomo alcanzaría la altura de la torre que hoy podemos ver. La única ermita con la que contaba el pueblo era  la de Santa María de Ureña. Después de la elección del Santo se construiría de inmediato la del patrón.

            Ya contaba Zalamea en aquel tiempo con algunas aldeas y lugares cuyos nombres son hoy perfectamente reconocibles como El Buitrón, El Campillo, los Barreros, El Villar, El Buitroncillo y Abiud, estos últimos hoy desaparecidos y de los que apenas quedan algunas paredes en pie.

             En lo que se refiere a las personas en concreto, las reglas de la Hermandad de San Vicente de 1425 nos hablan de los primeros zalameños cuyos nombres y apellidos conocemos, tales eran Antón García Madroñuelo, Andrés García del Buitrón, Alonso Manovel de la Juliana y Santos Martín del Buitroncillo así como el del cura Bartolomé Martín amén de otros personajes que no formaron parte de aquella primera "Junta Directiva" de la primitiva hermandad como fueron Juan Rodríguez, el escribano, Catalina González, Juan de las Armas y Bartolomé Rodríguez Pastor. El uso de los apellidos no estaba generalizado y con frecuencia se hacía referencia al lugar de origen, al oficio o al nombre del padre o madre.

             La economía giraba en torno a la agricultura y a la ganadería y el Concejo disponía ya desde 1408 de varías dehesas comunales donadas por el arzobispo y en partes compradas para el pueblo para atender a sus necesidades y parece ser que había algunas industrias de carácter artesanal como eran la miel y la cera así como el cuero y los telares de lino. Seguramente  nuestros antepasados se sorprenderían al oírnos hablar hoy de metros, kilos y litros; sus medidas de longitud las hacían en varas, sogas y leguas,  las de peso en libras y onzas mientras que para medir líquidos se utilizaba la arroba y el azumbre, equivalente éste a unos dos litros aproximadamente. La mayoría de los vecinos practicaban una economía de subsistencia y tan solo unos pocos gozaban de una situación de privilegio derivada quizá del uso y propiedad de sus heredades donadas a sus antepasados por los reyes castellanos al proceder a la repoblación posterior a la reconquista.

            Poco nos ha llegado acerca de sus fiestas y costumbres pero si podemos decir que la religión era el centro alrededor del cual giraba la vida de los zalameños de aquel entonces. El ritmo cotidiano del tiempo era, así mismo, dirigido por los toques de campana de los oficios religiosos ya que no se disponía de relojes públicos o privados. De esta manera las llamadas horas canónicas, maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas determinaban el comienzo o el final de los distintos menesteres del día, desde el comienzo de la jornada hasta la hora de audiencia de los alcaldes o las reuniones de concejo; igualmente, los vecinos eran convocados al toque de campana y de esta forma fueron reunidos para la elección del santo aunque no sabemos si el lugar era el pórtico de la Iglesia o la puerta del Ayuntamiento, pero nos inclinamos más bien por este último. La religiosidad impregnaba, pues, la vida de aquellos sencillos hombres de la Edad Media, destacando la importancia del culto funerario; las misas por los difuntos son frecuentes en la creencia que hay que redimirlos del purgatorio a base de oraciones, misas y obras de caridad para las que el mismo difunto, si disponía de medios, destinaba en su testamento parte de su hacienda para este fin, encargando a sus familiares que las llevara a efecto.

             El índice de mortalidad era elevado. Con frecuencia se producían epidemias que asolaban a la población. Sabemos que en 1425, Zalamea sufría una epidemia de peste que, a falta de medios sanitarios, obligó a la población a ponerse bajo la protección del Santo. Conviene quizás recordar que los muertos eran enterrados en el interior de la Iglesia y sus inmediaciones, cuando el lugar estuvo saturado se acudió a las ermitas. Los fallecidos eran  envueltos en una saya de lino y colocados en unas "andas" ,- especie de parihuelas-, y de esta forma eran llevados desde su domicilio hasta el lugar de entierro.

             Y  un buen día del mes de marzo de 1425, después que un pregonero avisara de las razones de la convocatoria, los toques de campana, como era uso y costumbre, llamaron a loa vecinos a reunirse para nombrar un santo patrón al que poder encomendarse, y allí, en presencia del escribano y del cura eligieron a San Vicente Mártir sin pensar en que 585 años más tarde los zalameños seguirían congregándose, como cada año, en torno a su santo patrón.

Manuel Domínguez Cornejo                         Antonio Domínguez Pérez de León 

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