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LA GUERRA CIVIL EN ZALAMEA LA REAL (II)

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LOS FUGITIVOS (Primera parte)

 Nada más terminar la ocupación de Zalamea y la Cuenca Minera por parte de las tropas nacionales se produce una primera oleada de represión que va dirigida contra aquellos que se destacaron por su posición política o por haber participado significativamente en las medidas tomadas por las corporaciones de izquierda. Pero hablaremos de ello  más adelante. Ahora abordaremos la consecuencia  inmediata de la ocupación.

 El temor a esa represión  da origen al fenómeno de “los huidos” a los que  localmente se les conoció como “fugitivos”. Naturalmente los primeros en huir fueron los que  participaron de una u otra manera  en la resistencia a la entrada de las  fuerzas nacionales, pero también, como hemos dicho, lo hicieron personas que por su afiliación política o por su significación durante el periodo republicano temían que contra ellos  actuaran las fuerzas ocupantes.

 Un gran número huyó al campo para ocultarse, simplemente con la intención de esperar acontecimientos; otros sin embargo intentaron pasar a zona republicana. En algunos casos, los menos,  se fueron familias completas, en otros fue solo el cabeza de familia el que huyó; en estos últimos sus familias sufrieron las consecuencias de su huida. El número de personas fugadas y ocultas en los campos de la comarca llegó a ser bastante alto, se calcula que hubo alrededor de unas 3.000 personas en el Andévalo Oriental. Esta cifra coincide en gran medida con los datos que aporta Avery (Nunca en el cumpleaños de la Reina Victoria) acerca de la diferencia de obreros que se incorporaron al trabajo en las Minas de Riotinto con respecto a los que lo hacían antes de la entrada de las fuerzas nacionales. Los que se quedaron en la zona en un principio, fugitivos de la oleada de represión de agosto de 1936, solo  pensaron en sobrevivir, sin víveres ni armamento y totalmente desorganizados, evitaban cualquier encuentro con tropas o personas que pudieran delatarlos, dormían a cielo abierto o en refugios naturales,  vivían de lo que podían recolectar, cazar o coger en las casas y cortijos rurales. En algunos casos lograron mantener el contacto con sus familias que les aportaban alimentos de una forma, a veces rocambolesca, dejando los víveres en lugares convenidos que eran recogidos por la noche. Hubo, incluso, quien se aventuró a entrar en el pueblo amparándose en la oscuridad  intentando burlar la vigilancia de los vencedores. Tenemos la certeza de un  grupo que logró pasar a los territorios republicanos por la parte de Badajoz; pero cuando esta provincia cae en poder de los nacionales, los fugitivos de nuestra comarca se quedaron aislados de la zona republicana, toda vez que Portugal, por sus simpatías hacia el gobierno de los sublevados, venia impidiendo la entrada en ese país de los huidos.

 En este punto conviene recordar lo sucedido con la llamada “Columna de los 8.000” en la que se integraron algunos fugitivos zalameños y otros más del resto de la Cuenca Minera. Los primeros partieron de Sevilla, después de que esta ciudad fuera controlada por Queipo de Llano.  El grupo fue engrosándose con la incorporación de un gran número de huidos de todos los lugares próximos a su recorrido. Conforme iba avanzando fue aumentando el número de integrantes que se concentraron en la Estación de tren de Fregenal de la Sierra hasta llegar a una cantidad que algunos autores calculan en torno a 8.000 personas, entre los que iban niños, mujeres y ancianos. Medianamente organizada, tenía como objetivo atravesar las líneas nacionales y llegar a zona republicana. Por el camino se iban aprovisionando en cortijos y caseríos, en ocasiones por la fuerza. El día 17 de Septiembre de 1936, en las proximidades de Llerena, las fuerzas nacionales, conocedoras de su existencia y situación  por los reconocimientos aéreos les prepararon una emboscada con abundante material de guerra que masacró a muchos  militares y civiles que la componían que aunque eran superiores en número, estaban prácticamente desarmados. A pesar de ello algunos lograron pasar las líneas, sin embargo los más retrasados de la columna se vieron obligados a retroceder  aterrorizados hacia las sierras próximas. Muchos fueron capturados posteriormente y otros optaron por regresar a sus lugares de origen y permanecer ocultos en los inmediaciones de sus pueblos donde podían tener la ayuda de sus familiares.

 Entre tanto, en Zalamea, los nacionales hacen correr la voz de que aquellos fugitivos que no tengan delitos de ningún tipo podían volver a su pueblo con la promesa de que no habría represalia alguna contra ellos. Se les pone como condición que debían presentarse y entregarse a las fuerzas nacionales con las armas que tuvieran en su poder. Algunos de los fugitivos confiaron en esta promesa y se presentaron ante las nuevas autoridades en el pueblo, pero en la mayor parte de los casos esta promesa no se cumplió y pasados unos días fueron siendo detenidos. Fue lo ocurrido con el alcalde republicano de Zalamea. Estos hechos provocaron que algunos se lanzaran de nuevo a la huida y los que tenían dudas en volver no se presentaron finalmente

 Una vez convencidos de que la integración era impensable y que su futuro pasaba por permanecer ocultos, comenzaron a organizarse y en muchos casos formaron bandas de guerrilleros para continuar con su lucha contra los sublevados con la esperanza de que la guerra diera un vuelco y las tropas republicanas  volvieran a reconquistar la provincia. La mayor parte de ellos no eran militares profesionales, algunos eran mineros, otros jornaleros o incluso maestros sin una preparación adecuada que compensaban con su pundonor y conocimiento del terreno. De esta manera durante bastantes meses consiguieron hostigar a las fuerzas nacionales mejor adiestradas y armadas.

Trataremos de ello en el próximo capítulo

 Imagen de la foto: Cabecera de la llamada columna de los ocho mil.

Manuel Domínguez Cornejo           Antonio Domínguez Pérez de León

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