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ZALAMEA ROMANA (I)

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Otra de los periodos que ha sido tratados escasamente en el estudio de la historia de Zalamea es la época romana, por lo que volveremos  a intentar  introducirnos en ella a través de los vestigios que hoy podemos encontrar en nuestro término, vestigios que nos permiten aventurar algunas hipótesis, aunque es extremadamente arriesgado adentrarse en este terreno  sin hacer referencia al contexto histórico general.

 La península ibérica, por su riqueza agrícola y sobre todo minera, fue objeto de codicia de los grandes imperios que surgieron en el Mediterráneo. A comienzos del  siglo II a.C. se convirtió en el escenario del enfrentamiento entre las dos potencias del momento, cartagineses y romanos, enfrentamiento que acabó decantándose, como es sabido, a favor de estos últimos.           

 Tras la expulsión de los cartagineses, todo el territorio peninsular, a pesar de algunos focos de enconada resistencia, se integra definitivamente en el territorio de dominación romana. Nuestra comarca queda enclavada primeramente en la Hispania ulterior y posteriormente en la provincia denominada Bética, y dentro de ella en la región conocida como la  Baeturia céltica, cuando, tras la reorganización del Imperio que hace Augusto en el 27 a C, se crea esa provincia romana.

 Como es lógico, todas las minas de nuestra zona, principal interés de los nuevos colonizadores, en especial la de Riotinto, se convierten en un centro de atracción, así se volvieron  a reanudar los trabajos en minas como Chinflón, Buitrón, Masegoso, etc., algunas de ellas ya trabajadas en la Prehistoria. Durante el periodo republicano poco se altera en la vida de los indígenas ya que Roma se limita a someter política y militarmente los centros mineros y poblaciones para controlar el comercio que ellos generaban.

 Con la llegada del Imperio en el siglo I, comienzan a introducirse las costumbres, la religión y en definitiva la cultura de los nuevos colonizadores. La explotación de las minas provocó la llegada de un gran contingente de personas  que requerirían enormes cantidades de materia prima, lo que vino a promover el resurgimiento de las áreas próximas dedicadas a la agricultura y a la ganadería. Y ese debió ser el caso de Zalamea.

 Se han encontrado en el término hasta el momento gran cantidad de pequeños poblados dispersos, que podemos dividir en tres tipos. En primer lugar  están aquellos que se crearon en las proximidades de las minas, con el objeto de albergar a los trabajadores que se encontraban en ella. Tales fueron los casos de Castillo de El Buitrón, Tinto y Santa Rosa, la Mimbrera, Chinflón. Eran pequeños poblados que se dedicaban a la extracción del mineral, tarea que se realizaba en unas condiciones bastante duras y penosas, con pesadas herramientas y en galerías donde apenas cabía un hombre y en las que era frecuente se hiciera trabajar a niños.

 Un segundo tipo de poblado era el que se dedicaba a la fundición   del mineral que se recogía en diferentes yacimientos situados  en áreas cercanas, generalmente de poca envergadura. De este tipo son los hallados en Ciriaco, Los Picotes, Corchito o El Pozuelo,

 Por último encontramos un tercer tipo de poblamiento, se trata de  villas rústicas dedicadas a la explotación agropecuaria. Constituían el sector básico de la estructura económica de la zona y su función era la de explotar los recursos agrícolas y ganaderos que el terreno les propiciaba y proveer de ellos a los centros mineros. Como es lógico ocupaban las zonas más fértiles de nuestro término. Entre ellos encontramos los de  la Esparraguera; El Cañuelo, donde aún pueden observarse numerosos restos esparcidos por la zona; Cabezo de la Cebada; la Molinera o La Morolla,  por enumerar algunos de los muchos que se han localizado.

 Aunque sólo en algunos de ellos se han encontrado enterramientos funerarios, presumimos que todos debieron contar con un pequeño cementerio, pero debido quizás a la fragilidad de las construcciones, estos han ido desapareciendo con el paso del tiempo. La mejor conservada fue la necrópolis del Cabezo de la Cebada excavada y estudiada por Adriano Gómez. En algunas de sus sepulturas se hallaron pequeñas vasijas como  ofrendas en el ajuar funerario, así como una moneda de la época del emperador  Graciano (375-383). A unos 65 metros de esta necrópolis se halló un habitáculo,  y en sus cercanías dos pequeñas figurillas de terracota.

Imágenes de las fotos:

Izquierda: Restos de viviendas romanas en la finca El Cañuelo

Derecha: Sepultura de la necrópolis de El Cabezo de la Cebada 

Manuel Domínguez Cornejo       Antonio Domínguez Pérez de León

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