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ZALAMEA LA REAL - HISTORIA

EL AÑO DE LOS TIROS V (Preparando la manifestación)

EL AÑO DE LOS TIROS V (Preparando la manifestación)

           Foto: Las teleras aumentaron enormemente desde finales de 1887

 Entremos de lleno en lo que fueron los preparativos de la manifestación y el ambiente que reinaba en las poblaciones de la Cuenca Minera en los días previos a esta.

            Hoy se nos plantean unas cuestiones a las que estamos en condiciones de dar respuesta. ¿Fue realmente una manifestación espontánea fruto de la tensión que se vivía en los pueblos? ¿Quiénes las organizaron? ¿Qué ocurrió en los días previos a la manifestación?

            Sabemos que desde finales de Enero la situación era muy tensa en Zalamea la Real, pueblo eminentemente agrícola y ganadero desde donde actuaban lo principales dirigentes de la Liga Antihumos. Aquí, el día 24 de ese mes, un grupo numeroso de manifestantes se dirigieron al Ayuntamiento en protesta por negarse el de Riotinto y Nerva a prohibir las calcinaciones en sus términos y exigiendo a las autoridades municipales mediaran ante el gobierno de la nación.

            Por otro lado, en Riotinto, Maximiliano Tornet había conseguido promover una huelga que comenzó el miércoles 1 de Febrero. Esta huelga se extendió por todos los departamentos. Además de las reivindicaciones laborales pedían también la supresión de las calcinaciones. Hubo diversos conatos de manifestación en ese día pero la Guardia Civil, cuyo comandante no dejaba de pedir refuerzos, logró mantener el orden. El día 2, jueves, la huelga continúa en Riotinto, el paro es prácticamente total y se formaron piquetes que impedían trabajar a los obreros que deseaban hacerlo. Un grupo de mineros, probablemente encabezados por Tornet se dirige a Zalamea y reclama a las autoridades de este pueblo se unan a sus propuestas. Es muy posible que en esa fecha se concretara el día y hora de la manifestación que tendría lugar el sábado. Puede resultar difícil de  entender que un líder anarquista se alíe con propietarios y terratenientes ideológicamente opuestos a él; pero las razones son bien sencillas, ambas partes se necesitaban mutuamente para logras sus fines: derrotar a la todopoderosa Compañía Inglesa.

            De esta manera se llega al día 3 de Febrero, viernes, en el que la tensión fue creciendo. Para depurar responsabilidades entre los instigadores de los conflictos se envió un juez especial para instruir diligencias. Sobre mediodía se produce una manifestación que sale del departamento norte. El teniente de la Guardia Civil intenta actuar de mediador y pide a los obreros que le entreguen una lista con sus peticiones que son rechazadas por el Director de las Minas que quiere evitar dar una imagen de debilidad. Sobre las 11 de la noche la tranquilidad parece que reina en Riotinto. Por el contrario en Zalamea a esa hora existe una enorme agitación que obliga al Ayuntamiento a constituirse en sesión permanente a las 12 de la noche. Numerosos  vecinos recorren las calles gritando "Abajo los humos", "Viva la agricultura"y reclutando gentes para unirse al día siguiente a los obreros de Riotinto. El alcalde de Zalamea telegrafía al gobernador informándole de lo ocurrido y reclamando fuerzas para evitar conflictos. Hasta las 3 de la mañana no vuelve la calma a las calles de este pueblo.

            El día siguiente, sábado 4 de Febrero, por la mañana parten dos manifestaciones de lugares distintos; una de mineros desde Nerva, con bandera blanca, encabezada por Tornet y a la que se le une gente de El Valle" y Alto de la Mesa, y otra de Zalamea la Real encabezada por Lorenzo Serrano, Ordóñez Rincón, el alcalde de Zalamea, José González Domínguez, y Juan Antonio López. Esta última lleva una bandera nacional y una banda de música que ameniza el recorrido y que prueba el carácter pacífico de la misma.. Después de pasado el mediodía sobre la una y media, ambas manifestaciones confluyen a la entrada de Riotinto donde grupos de personas las esperaban. La Guardia Civil les franquea el paso al comprobar que vienen pacíficamente.

            El alcalde de Riotinto envía un telegrama a las 1,33 al representante de la Compañía en Huelva diciéndole:

"...Habida manifestación de Nerva con bandera blanca. En este momento (1 y 20 minutos de la tarde) entra la de Zalamea con bandera nacional representada por el Ayuntamiento"

            A esa hora el gobernador; Agustín Bravo y Joven, se dirigía  ya a Riotinto acompañado de un destacamento de soldados del Regimiento de Pavía.

 Manuel Domínguez Cornejo  Y Antonio Domínguez Pérez de León       

EL AÑO DE LOS TIROS VI (LA MANIFESTACIÓN)

EL AÑO DE LOS TIROS VI    (LA MANIFESTACIÓN)

Foto: Imagen de la época en la que se aprecia una vista de la Plaza de la Constitución de Riotinto y la calle que baja hasta ella tomada desde el balcón del Ayuntamiento.

                        En el capítulo anterior dejamos la manifestación formada por mineros y agricultores a la entrada del antiguo pueblo de Riotinto. Pues bien, previamente ambas partes se habían puesto de acuerdo en unir sus reivindicaciones y elegir una comisión que subiera al Ayuntamiento, en representación suya, a exponer sus demandas, que resumidamente eran las que siguen: 1ª. Que la Corporación municipal se reuniera en sesión extraordinaria, 2ª. La prohibición de las calcinaciones al aire libre. 3ª. Que el Ayuntamiento influyera sobre el Director de las Minas para que las peticiones de los obreros fueran atendidas (Supresión de la peseta de contribución médica, reducción a nueve horas del horario laboral y mejoras en las condiciones de trabajo).           La Comisión constituida estaba formada por Maximiliano Tornet, José María Ordóñez Rincón, José Lorenzo Serrano, José González Domínguez y Juan Antonio López.

                        En un principio se acordó que el grueso de la manifestación permaneciera en El Valle hasta conocer el resultado de las gestiones de la comisión, pero lo cierto es que los manifestantes siguieron a ésta  y entraron en Riotinto, con la banda de música de Zalamea a la cabeza, y se situaron en la plaza de la Constitución frente al Ayuntamiento, donde les aguardaba otro número elevado de mineros. Serían aproximadamente las 2 del mediodía. Según algunos datos los manifestantes eran alrededor de 8.000 personas, otras fuentes apuntan a que superaban las 12.000, en cualquier caso era una manifestación bastante multitudinaria para la época. Algunas referencias nos dicen que en Zalamea sólo quedaron los enfermos o personas imposibilitadas físicamente. Entre los manifestantes había mujeres y niños de todas las edades, lo que constituye una prueba más del carácter pacífico de la manifestación.

                        La comisión referida subió a los altos del Ayuntamiento para pedir al alcalde de Riotinto, Don Manuel Mora, que se reuniera la corporación en sesión extraordinaria. Éste accedió pues conocía la inminente llegada del gobernador con la tropa; pretendiendo quizá ganar tiempo de esta manera. Éste les pidió a los miembros de la Comisión que esperasen fuera de la sala de Juntas. Entretanto, en la calle, la muchedumbre, animada por la banda de música, coreaba sus reivindicaciones de manera alegre y pacífica.

                        El alcalde y los concejales son presionados para que la sesión fuera pública con el fin de que los representantes de la manifestación pudieran asistir a ella, pero a través de un municipal se les comunicó que tuviesen paciencia, que el Ayuntamiento estaba ya deliberando.

                        Alrededor de las 3,30 llegó el gobernador, Sr. Bravo y Joven, junto al destacamento del regimiento de Pavía que procedió inmediatamente a situarse ante las puertas del Ayuntamiento. Las fuerzas del orden que hay ya en Riotinto son ya considerables: alrededor de varias decenas de Guardias Civiles, un escuadrón de caballería y el destacamento de soldados  que acababa de llegar. El gobernador y las fuerzas del orden fueron recibidos con "Vivas" y aplausos por los manifestantes que o bien creen ingenuamente  que su presencia va a contribuir a solucionar el asunto o bien quieren resaltar el sentido pacífico de la manifestación. El gobernador y el Teniente coronel suben a los altos del Ayuntamiento e inmediatamente recibe a la Comisión de Zalamea

            Es significativo un hecho que ocurre en estos momentos y es que los dos terratenientes, Lorenzo Serrano y Ordóñez,   abandonan el edificio y regresan a Zalamea. ¿Qué pudo ocurrir a la llegada de la máxima autoridad provincial para que estas dos personas decidieran ausentarse? Tiempo tendremos más adelante para analizar las razones. El gobernador, desde su llegada, adopta una actitud de fuerza  e intransigente, concluyendo que el Ayuntamiento no podía tomar el acuerdo de prohibir las calcinaciones, y que si lo tomaba él lo anularía inmediatamente, como ya lo había hecho antes con el de Alosno y ordenó a los miembros de la comisión que disolvieran inmediatamente la manifestación. Juan Antonio López discute con él sobre las razones  que había para prohibir las teleras y ante la imposibilidad de convencerlo le ruega salga al balcón y tranquilice a los manifestantes que ya habían comenzado a impacientarse ante la falta de noticias. El gobernador así lo hace pero de una manera taxativa y amenazante, increpando a los allí presentes para que regresen a sus casas. Después de él salió al balcón  el teniente coronel de ejército, Ulpiano Sánchez, que ordena a la muchedumbre  se disuelva, afirmando que si no es así se vería obligado a hacer uso de la fuerza. En ese momento los testimonios coinciden  en que hubo alguien que desde la acera izquierda de la plaza pronunció unas palabras confusas que algunos interpretaron como "nosotros también tenemos fuerza" o "nosotros también tenemos armas" y otros  que la palabra dicha era  "alma".

            El caso fue que, sin que haya podido aclararse quien dio directamente la orden, la caballería se retiró de la plaza, los soldados se echaron los fusiles a la cara y abrieron fuego contra los manifestantes.

            Eran aproximadamente las 4,30 de la tarde del sábado 4 de Febrero de 1888. La multitud huyó horrorizada tratando de encontrar una salida por las calles aledañas, arrasándolo todo y pisando a los que caían al suelo; algunos quisieron volver a buscar a familiares o amigos pero una carga con bayoneta se lo impidió. Al cabo de quince minutos la Plaza de la Constitución del pueblo de Minas de Riotinto estaba desierta. El suelo  quedó sembrado de muertos y heridos.

 Manuel Domínguez Cornejo     y Antonio Domínguez Pérez de León

 

EL AÑO DE LOS TIROS VII (El desenlace. Los culpables)

EL AÑO DE LOS TIROS VII (El desenlace. Los culpables)

            Después de la carga a bayoneta calada, la plaza de la Constitución de Riotinto quedó en silencio. Sólo los gemidos de los que aún conservaban un halo de vida se oían entre los pasos de los soldados. Desde el balcón del Ayuntamiento algunos de los allí presentes quedaron profundamente impresionados con lo que acababan de contemplar.

            Maximiliano Tornet, el más experimentado de la comisión en estas lides, comprendió al instante sobre quienes recaerían las culpas de lo allí ocurrido y aprovechando los primeros momentos de desconcierto salió del Ayuntamiento y huyó de Riotinto. El alcalde de Zalamea, José González, y Juan Antonio López, el secretario del juzgado de este pueblo, los únicos miembros de la comisión que aún permanecían en la sala, recibieron del gobernador la orden de regresar a Zalamea y aguardar allí la decisión que sobre ellos se tomara; y así lo hicieron.

            Las fuerzas del orden impidieron que nadie se acercara a socorrer a los heridos y procedieron a detener a los que merodeaban por los alrededores. Ya oscurecido, los muertos que no habían sido reclamados por familiares fueron recogidos en carretas y enterrados entre las escombreras de la mina. Algunos manifestantes, los menos, encontraron refugio en casa de familiares o amigos del pueblo de Riotinto, los demás regresaron a sus pueblos de origen de manera desordenada y a campo a través por miedo a ser detenidos.

            Oficialmente sólo se reconocieron 13 muertos y 43 heridos; pero hoy resulta difícil creer en esa cifra por la manera en que se desarrollaron los hechos y porque ya algunas declaraciones públicas e intervenciones en la prensa de la época elevaban el número de muertos a más de 50 y el de heridos a un centenar. La tradición popular, que se trasmitió de padres a hijos, afirma que los muertos fueron más de 200. En Zalamea siempre se dijo que la mayor parte de los componentes de la banda de música cayeron en aquella plaza. Lo que ahora nos parece evidente es la magnitud desproporcionada del ataque de los soldados a los manifestantes y el énfasis con el que se ensañaron en disolver a los allí congregados. Algunos testimonios aseguran que se disparó por la espalda a los que huían y a los que habían caído al suelo. Desde luego la posterior carga con la bayoneta calada en los fusiles prueba la violencia con la que actuaron los soldados, aunque es justo decir que no todas las fuerzas del orden lo hicieron así. Se asegura que la guardia civil disparó al aire y que, en algunos momentos, se interpuso entre los soldados y la masa para evitar un mayor derramamiento de sangre.

            Después de todo esto cabe preguntarse quién o quienes fueron los culpables de esta tragedia. Los documentos que hoy manejamos reflejan que desde un primer momento se culpó a las autoridades de Zalamea por ser los principales responsables de haber organizado la manifestación, especialmente al alcalde, José González Domínguez, y a Juan Antonio López. Y así se pone de manifiesto en una carta que el juez auxiliar, Manuel Márquez, envía a D. José María Parejo, abogado de la compañía, en la que se señala directamente al mencionado Juan Antonio López y a Maximiliano Tornet. Se dio órdenes de arresto sobre el alcalde de Zalamea;  pero éste salió días antes en dirección a Madrid, donde se movió en círculos políticos buscando apoyo a su causa. Juan Antonio López fue interrogado sobre los hechos, aunque desconocemos si sufrió algún tipo de sanción. Maximiliano Tornet fue buscado por las autoridades, pero jamás dieron con él. Hay testimonios que aseguran haberlo visto el día siguiente en Zalamea, el único pueblo de la cuenca que mantenía cierta independencia del poder e influencia de la Compañía y en el que pudo haber buscado refugio. Después se le perdió el rastro y de él nada más se supo.

            Con la perspectiva del tiempo, hoy podemos valorar los hechos con mayor objetividad y estamos convencidos que el principal responsable de lo ocurrido fue el gobernado, Sr. Bravo y Joven, que con su actitud extremadamente dura e intransigente provocó que aquella situación desembocara en tragedia. Recordemos que los hechos tuvieron lugar sobre las 4,30 de la tarde de principios de Febrero, cuando en aquel tiempo solo quedaban unas pocas horas de luz para terminar el día, y que toda aquella gente debería regresar a sus casas. Hubiese bastado un poco de paciencia y diálogo, y posiblemente los manifestantes hubieran regresado a sus pueblos tranquilamente.      Aún queda en el aire la duda de quién dio la orden de disparar. En círculos oficiales se afirmó que los soldados habían actuado por propia iniciativa ante una supuesta agresión por parte de los manifestantes; pero cuesta creer que se produjera de ese modo por la forma organizada en que se retiró la caballería de la plaza y la manera en la que los soldados realizaron las repetidas descargas de fuego y la carga con bayoneta. Hubo quien aseguró que se hizo una señal, previamente convenida entre el gobernador, el teniente coronel y los oficiales, para ordenar la carga de los soldados (según algunos, el gobernador se quitó el sombrero y con un pañuelo blanco se secó el sudor de la frente). Nunca se pudo aclarar tal circunstancia; pero el caso fue que la tropa  de la compañía, no los oficiales, fue arrestada en su cuartel durante bastantes años, con lo que  los nuevos reemplazos se encontraron con un arresto por un suceso en el que ellos no habían participado y del que, algunos, ni siquiera habían oído hablar.

            Se investigó la actuación del gobernador, pero finalmente quedó libre de culpa. Meses después fue sustituido en el cargo y trasladado.

             Los terratenientes Lorenzo Serrano y Ordóñez Rincón jamás fueron molestados.

 

Manuel Domínguez Cornejo y Antonio Domínguez Pérez de León

EL AÑO DE LOS TIROS VIII (Las consecuencias)

EL AÑO DE LOS TIROS VIII (Las consecuencias)

Imagen: Foto de D.José González Domínguez, alcalde de Zalamea la Real en Febrero de 1888. Encabezó la manifestación y presenció desde el Ayuntamiento los disparos que se hicieron sobre la multitud y dio testimonio de ello a la prensa de la época.        

   

 La masacre tuvo un efecto devastador en la gente sencilla del pueblo, que durante los días posteriores, y aún mucho después, vivió atemorizada y angustiada no sólo por lo que presenciaron sino por la feroz represión que ejercieron las fuerzas del orden. Los heridos que fueron recogidos en la plaza, después de ser atendidos, fueron  detenidos y algunos de ellos enjuiciados; razón por la cual muchos de los heridos que en un principio habían logrado huir se negaron a recibir asistencia médica y acabaron engrosando el número de muertos. Se realizaron registros domiciliarios en busca de Tornet y de otros cabecillas de la huelga y de la manifestación que no habían sido localizados hasta entonces, se enviaron nuevos refuerzos de soldados y guardias que  establecieron controles en las poblaciones de la Cuenca, especialmente en Riotinto, viviéndose un auténtico estado de excepción;  de hecho hubo un intento de traspasar el mando a una autoridad militar, aunque el gobernador finalmente no lo consideró necesario. El miedo caló tan hondo en la población que  se eludía tratar del asunto públicamente; aunque, como es lógico, en círculos privados o de puertas para adentro no se hablara de otra cosa. Un ejemplo de ello lo tenemos en la sesión que la corporación municipal de Zalamea celebró el domingo 5 de Febrero, un día después, y en la que oficialmente no se hizo constar en las actas nada de lo ocurrido. ¿Podemos imaginarnos que aquellos hombres no trataran  de lo que pasó apenas 24 horas antes? ¡Y fue presidida por el alcalde José González Domínguez, uno de los protagonistas! Probablemente fue el asunto más importante de la sesión, por no decir el único, pero se  evitó reflejarlo en el acta.

            El lunes siguiente la mayoría de los obreros volvieron al trabajo y las movilizaciones populares contra los humos se cortaron de raíz. Transcurriría más de doce años antes de que se registrara otra protesta obrera porque a la represión se unió el endurecimiento de las medidas de la compañía inglesa contra los mineros que secundaron la huelga. Se incrementaron los despidos  y las reivindicaciones salariales fueron rechazadas de plano y  sólo se aceptó la supresión de la peseta de contribución médica después de trascurridas unas semanas, para que nadie las relacionara con las movilizaciones, medida que la empresa ya tenía pensado aplicar antes de la huelga. Pero la Compañía también aprendió algo de aquel día, en lo sucesivo debería intervenir en política y ocuparse más del entramado social de la población, creando servicios de atención a los obreros y a sus familias

            Las víctimas oficialmente reconocidas recibieron ayudas de algunas instituciones, ayudas que se llevaron a cabo muy a pesar de las publicaciones afines a la empresa y de algunos sectores políticos. Tomó la iniciativa en este sentido el Ayuntamiento de Zalamea la Real que con fecha del 11 de Febrero de aquel mismo año ya acordó abrir una suscripción para socorrer a las víctimas a la vez que proponía al resto de los Ayuntamientos de la comarca hiciesen lo mismo. Un intento anterior, del 8 de Febrero, promovido por Ordóñez Rincón en la Diputación Provincial, fue rechazado por motivos políticos ya que implicaba el reconocimiento tácito de la responsabilidad del gobernador civil y del ejército. Las ayudas procedieron también de aportaciones  particulares y de medios de comunicación.

            ¿Todo acabó entonces aquel 4 de Febrero? Evidentemente no. Los trágicos sucesos de aquel día  tuvieron una gran resonancia a nivel nacional. La noticia acaparó las portadas de los principales periódicos, que además se siguieron ocupando de ella durante bastante tiempo. Por otra parte la liga antihumista continuó moviéndose en círculos políticos tanto en la diputación provincial como en la capital de España donde, desde hacía algún tiempo, una comisión de la liga formada por cuatro personas realizaba gestiones para conseguir sus propósitos.

            Así pues la presión mediática y política, incluso desde dentro del mismo partido del gobierno, consiguió que el 29 de Febrero, 25 días después, José Luis Albareda, ministro de la gobernación, publicara el real decreto prohibiendo las calcinaciones al aire libre. En él se establecía que este sistema debería ir reduciéndose gradualmente hasta desparecer, estableciéndose como fecha límite Enero de 1891.

            Pero la Compañía inglesa era demasiado poderosa como para rendirse ante obstáculo tan vano. Desató una intensa campaña a todos los niveles, utilizando todos los medios a su alcance, que eran muchos, prensa, supuestos expertos en medicina y salud, políticos; todos ellos tenían, además de las declaradas razones de interés público, otras no tan declaradas de interés privado puestas al servicio de la empresa. El caso es que el decreto acabó convirtiéndose en papel mojado, no se respetó en absoluto y el 29 de Noviembre de 1890, el gobierno conservador presidido por Cánovas del Castillo, acabó derogándolo.

            La Compañía, aunque se vio obligada a pagar indemnizaciones a los agricultores que sirvieron para acallar algunas protestas, siguió campando a sus anchas y continuó utilizando impunemente el sistema de calcinaciones al aire libre. La última telera se apagó en 1907, diecinueve años más tarde de aquella manifestación. Y no fue por decreto sino porque se aplicaron otros procedimientos más productivos y rentables.

 Manuel Domínguez Cornejo y Antonio Domínguez Pérez de León

EL AÑO DE LOS TIROS IX (Algunas cuestiones pendientes)

EL AÑO DE LOS TIROS IX (Algunas cuestiones pendientes)

Narrados los hechos, los lectores interesados puede que deseen profundizar en algunos aspectos no totalmente aclarados, tales como: ¿Por qué los terratenientes Ordóñez Rincón y Lorenzo Serrano se marcharon  del Ayuntamiento de Riotinto antes de los disparos? ¿Por qué hubo esas discrepancias sobre el número de muertos? ¿Qué pasó con los cadáveres? ¿Tuvo el suceso realmente tanta resonancia a nivel nacional?

            Con respecto a por qué Lorenzo Serrano y Ordóñez Rincón se ausentaron del Ayuntamiento, pueden apuntarse muchas conjeturas, todas ellas posibles; pero hay una que probablemente sea la que más se acerque a la realidad. La biografía de Ordóñez Rincón publicada por su nieto Rafael Ordóñez Romero  dice que este hombre pertenecía en aquellos momentos al partido liberal que formaba parte de la colación de gobierno que presidió Sagasta. Ahí puede estar la clave. El gobernador era el representante del gobierno en la provincia y por tanto tenía afinidad política con José María Ordóñez. Puede que al llegar al Ayuntamiento tuviera una breve conversación con él y le comunicara su  firme resolución de disolver la manifestación por cualquier medio. A partir de ahí es posible que ambos dirigentes de la liga antihumos, advirtiendo el cariz que parecían tomar los acontecimientos, decidieran retirarse de la escena. En cualquier caso es una coincidencia bastante extraña que la ausencia de estos hombres se produjera con la entrada del gobernador en el Ayuntamiento.

            Respecto a si realmente el hecho tuvo la resonancia que se le quiere dar hoy no hay duda, los sucesos del 4 de Febrero de 1888 ocuparon las primeras planas de las noticias en los periódicos nacionales y la prensa se ocupó de ello durante bastante tiempo. Hubo periódicos que se posicionaron a favor de la compañía, como fue el caso de La Provincia, El Día, La Época y El Globo. Y hubo otros que lo hicieron a favor de los mineros o de la Liga Antihumista, como fueron: El Reformista, La Coalición Republicana, El Correo de Sevilla, El Socialista, El Clamor y El Imparcial por nombrar sólo los más destacados. Entre los periodistas cabe mencionar a dos: José Nogales, nacido en Valverde del Camino, que se preocupó por esclarecer los hechos, dando una versión contraria a la oficial,  y el periodista zalameño Juan Cornejo Carvajal que publicó una  larga serie de artículos defendiendo la posición de los pueblos, artículos que recogió mas tarde en un libro publicado en 1892 con el título "Los Humos de Huelva".

            Pero no sólo la prensa se ocupó de lo ocurrido; en los días posteriores al suceso hubo un intenso debate en el Congreso de los diputados. Destacó en este sentido el diputado de la oposición Romero Robledo por sus intervenciones a favor de los pueblos, criticando la actuación del gobernador, aunque paradójicamente este diputado formaba parte del gobierno de Cánovas que dos años más tarde derogaría el decreto de prohibición de las calcinaciones.

            Hemos dejado para el final la cuestión más controvertida: cuál fue el número de víctimas y dónde fueron enterrados los muertos no reconocidos.

            Desgraciadamente no hay registros, entre ellos debía haber muchos que  no eran naturales de la comarca y habrían llegado de otras partes de España. El pueblo siempre habló de más de 200 muertos, pero esta cifra  hay que acogerla con reservas porque puede ser exagerada. En el extremo opuesto, la Compañía y el gobierno reconocieron 13 muertos y 43 heridos; pero es lógico que estuvieran interesados en minimizar los efectos de la represión. ¿Cuántas fueron entonces las víctimas de aquella represión? Para ello hay que recurrir a otras fuentes. Por ejemplo Romero Robledo, el diputado de la oposición, hablaba en sus intervenciones de casas en el alto de la mesa que se cerraron porque toda la familia asistió a la manifestación y no se volvieron a abrir, da nombres y apellidos de víctimas que nunca fueron reconocidas; por otro lado Juan Antonio López, el miembro de la comisión que discutió con el gobernador, afirma en su declaración que al atravesar la plaza después de la masacre observó que  había un gran número de muertos, entre ellos dos mujeres y un niño de alrededor de 10 años que tampoco figuran en la lista oficial. Contrastando todos los datos y testimonios creemos que la cifra de muertos subió del medio centenar, quizá unos sesenta o setenta, entre los que cayeron ese día en  la plaza y los que fallecieron los días siguientes en sus casas. ¿Dónde están entonces todos esos muertos? ¿Qué se hizo con ellos? Según algunos fueron recogidos en carretas por la noche y enterrados en fosas comunes en el cementerio  y entre las escombreras de las minas. En el pueblo de Riotinto la tradición oral señalaba unas zonas determinadas, cerca de la actual Bella Vista y en Zarandas; hay quien aseguró que algunos  fueron sacados de Riotinto en furgones de tren con destino desconocido. Nunca se hizo una búsqueda seria para encontrarlos. Según David Avery, de vez en cuando, al remover algunos terrenos, aparecían restos sin que nadie diera una explicación satisfactoria. La verdad quedó enterrada con ellos. 

      Manuel Domínguez Cornejo y Antonio Domínguez Pérez de León

EL AÑO DE LOS TIROS X (CONCLUSIÓN)

EL AÑO DE LOS TIROS X (CONCLUSIÓN)

             En los nueve capítulos anteriores hemos procurado narrar los hechos de forma  amena y atractiva, evitando la profusión de datos que pudieran hacer difícil su lectura. Puede que alguien piense que todo esto ha surgido por el estreno de la película de Cuadri, y en parte tiene razón, pero sólo en parte porque en realidad la investigación sobre los sucesos del 4 de Febrero la comenzamos ya hace bastantes años, interesados al comprobar cómo este hecho había pasado a formar parte de la memoria colectiva de nuestro pueblo. Zalamea la Real conservó el único vestigio en la Cuenca Minera de lo ocurrido aquel día, el monumento a Juan Talero levantado en la plaza que lleva su nombre el día 20 de Mayo de 1890. Talero, como ya apuntamos anteriormente, era un diputado liberal que aunque no se significó en los debates parlamentarios sí trabajo intensamente cerca del gobierno, a cuyo partido pertenecía, abriendo puertas a los miembros de la comisión de la liga antihumos e incluso hay quien asegura que estuvo detrás  de la publicación del decreto prohibiendo las calcinaciones. En cualquier caso su labor hubo que ser meritoria porque el pueblo de Zalamea le mostró su agradecimiento con el monumento antes mencionado y que él no pudo ver  porque había fallecido a los pocos meses de la manifestación.

             Hay otro aspecto que conviene resaltar para ser objetivo, y es que la compañía inglesa no  sólo trajo explotación de hombres y recursos a la zona, sería injusto no reconocer que junto a ello trajo también progreso y desarrollo. Riotinto conoció el ferrocarril en una época en la que la mayoría de las ciudades y capitales de provincias españolas sólo podían soñar  con él. En realidad lo que subyace detrás de esta movilización que culmina con la masacre de aquel sábado de Febrero no es otra cosa que el clásico enfrentamiento entre dos sistemas económicos, uno del antiguo régimen, basado en la agricultura y en la ganadería, con el cacique como figura destacada, y otro sistema moderno, derivado de la revolución industrial. Ambos colisionan y el choque fue decantándose a favor del último.  La Compañía inglesa acabó ostentado el poder casi absoluto en la zona de las minas e influyendo notoriamente en los medios gubernamentales de la provincia. De tal manera que algunos años más tarde, a principios del siglo XX, a uno de los directores de las minas, Walter Browning, se le conoció popularmente como el "rey de Huelva".

             Hemos referido anteriormente que en todos estos años de investigación hemos conseguido datos de fuentes muy variadas: publicaciones de la época, trabajos editados recientemente, el impresionante debate de las Cortes reflejado en el diario de sesiones, declaraciones de testigos presenciales; pero ninguna de ellos nos ha impresionado tanto como la tradición oral que se ha ido transmitiendo de generación en generación y que después de más de cien años aún hemos podido recoger. De esta manera han llegado hasta nosotros  historias, contadas por personas que referían haberlas oído a sus mayores, como la de aquella mujer que huyó angustiada después de los disparos escuchando los cascos de los caballos que la perseguían; o la de aquella otra que atemorizada esperó hasta altas horas de la madrugada en las afueras del pueblo, escondida, para llegar a su casa, por temor a ser detenida. También la historia de aquel hombre que en el momento de los disparos fue arrollado por la gente y que consiguió levantarse a duras penas para refugiarse en casa de unos familiares del pueblo de Riotinto.  Al cabo de unos días regresó a su casa, hondamente impresionado, arrancó la hoja del calendario, la enmarcó en un pequeño cuadro negro y lo colgó de la pared ordenando a su familia que nunca lo quitaran de allí, y sus descendientes respetaron su voluntad, y allí quedó colgada desde entonces donde nosotros tuvimos la oportunidad de verlo mientras su nieta, ya anciana, nos lo contaba. Historias que después de todo este tiempo siguen sobrecogiendo el corazón de quien las escucha.

 Nuestro deber es trasmitirlas para que nuca caigan en el olvido.

 Manuel Domínguez Cornejo  y Antonio Domínguez Pérez de León

PESOS, MEDIDAS Y MONEDAS ANTIGUAS USADAS EN ZALAMEA LA REAL

PESOS, MEDIDAS Y MONEDAS ANTIGUAS USADAS EN ZALAMEA LA REAL

           "E que lleve el mayordomo de postura de cada carga de pescado fresco, una libra,... de cada cuero de aceite, medio cuartillo, e de cada carga de sal, un almud..."

            (Capítulo XXV. Ordenanzas Municipales.1535)

                        "Primeramente que todas las cargas que pasaren por la dicha villa paguen el portaje de esta manera: De la carga de la bestia asnal si fuere de sal, una blanca e la de almeja cinco dineros, ... e lino e lana e aceite que paguen de cada carga tres maravedís ..." (Arancel de la renta del almojarifazgo)

 Esta pequeña referencia  con la que introducimos este artículo, tomada de las Ordenanzas Municipales de Zalamea de 1535, nos sirve como carta de presentación para referirnos a los pesos y medidas usados antiguamente. No pretendemos, como se deduce del título, hacer un estudio exhaustivo de las pesas y medidas que se usaron en general antiguamente antes de la normalización establecida por el Sistema Métrico Decimal (SMD), ni tampoco hacer un compendio de todas las pesas, medidas y monedas usadas antiguamente en general, tarea que excedería en mucho  el espacio de este artículo. Es nuestra intención limitarnos  simplemente, en esta ocasión, a aquellas de las que existe constancia documental u oral  de su uso en Zalamea. Nuestro objetivo es poner un poco de orden en la amalgama de nombres que aparecen relativos a este tema y por otro lado dejar constancia de cual ha sido el sistema que, con anterioridad a la normalización del SMD y al establecimiento de la peseta como unidad monetaria, usaban nuestros antepasados en su vida cotidiana.

            Vamos a dividir el trabajo en dos épocas, una primera que comprendería la Edad Media y Moderna (Siglos XV al XVIII) y una segunda que comprendería los siglos  XIX y  XX.

             En lo que se refiere a la primera época, lo más significativo al hablar de pesas y medidas - más adelante hablaremos de monedas-,  es que en aquellos tiempos no existía un canon o sistema de medidas universal, ni siquiera nacional, sino que tenía unos valores marcadamente locales hasta el punto que podía haber sensibles diferencias entre lugares no muy alejados entre sí. La falta de centralización característica de los reinos medievales que aún perduró de alguna forma durante los siglos XV al XVIII obligaba a que las autoridades locales controlaran celosamente los pesos y medidas que se usaban en el pueblo. De esta manera podemos ver como en Zalamea  el mayordomo (empleo municipal encargado de velar y administrar los bienes y propiedades comunales) guardaba los pesos y medidas que se utilizaban en Zalamea, y cualquier transacción comercial o valoración que se hiciera tenía que basarse en ellas  sólo y exclusivamente. Era una forma de ejercer el poder en una comunidad netamente agraria. Las medidas utilizadas en Zalamea se acogían al llamado "marco real de la ciudad de Sevilla", es decir a los  patrones oficiales establecidos  en la ciudad de Sevilla, fundamentalmente porque era de la que dependíamos primero política y después administrativamente. En este sentido estaba prohibido que los comerciantes que pasaran por nuestro pueblo usaran otras medidas distintas de las que guardaba el mayordomo.

             Centrándonos ya en las  medidas que se refieren a las distancias, en concreto de esta primera época, - insistimos en que hablaremos sólo de aquellas de las que hemos encontrado constancia documental -,  estaban la legua, la soga, la vara y el palmo como más usuales. La legua, valorada como la distancia que podía andar un hombre andando a paso normal durante una hora, ha mantenido a lo largo de tiempo un mismo valor y tenía una equivalencia con el actual SMD de cinco km y medio; la soga parece que tenía varios valores, así encontramos menciones a la soga toledana o a la soga de medir las majadas, mientras que a la soga común se le daba un valor de unas 32 varas, la soga toledana tenía un valor aproximado de 8 metros. La vara, utilizada para distancias cortas, también carecía de un valor normalizado, calculándosele una equivalencia de aproximadamente 0,86 m, era tomada como referencia, por ejemplo, para la altura de las paredes de la cerca o para medir las casas. El palmo, medida inexacta donde las hubiere, se correspondía  con la amplitud de la mano abierta del que la midiera y era utilizada habitualmente para limitar el ancho y el largo de las ramas en la poda de las encinas. El paso es también utilizado ocasionalmente y resulta además curioso comprobar el uso de medidas que debían tener un valor orientativo como fueron "el tiro de bala de fusil" o "el tiro de piedra"

             En lo que se refiere a las medidas de capacidad hay que distinguir entre las que se utilizaban para áridos (trigo, avena, cebada) y las usadas para líquidos. Entre las primeras encontramos la fanega, el almud y el cuartillo (que no hay que confundir con la cuartilla, usada en los siglos XIX y XX) y la media fanega para el pan. La fanega tenía una capacidad de 55 litros aproximadamente pero su peso dependía del cereal para el que se utilizara. Más adelante hablaremos de sus equivalencias.

             En lo que respecta a los líquidos encontramos la arroba, con sus variantes para el aceite y para la miel, el azumbre y el cuartillo. La arroba de líquidos tenía una equivalencia de 16 litros y constaba de 8 azumbres y éste a su vez de 4 cuartillos. Así pues el azumbre era aproximadamente  unos dos litros y el cuartillo medio litro, siendo ambas las más usadas para la compra diaria de vino y  aceite. Era usual también hablar del cuero de vino o de aceite ya que esa era la forma habitual de trasladarlos o conservarlos por recueros y comerciantes. La arroba de aceite equivalía a 12 litros y medio

             Para el peso se tomaban como medidas el quintal, la arroba y la libra. El quintal tenía cuatro arrobas, a la que hoy damos un valor de once kilos y medio, y la arroba tenía 25 libras con lo que el valor actual de esta última sería de unos 400 gramos. Al margen de ellos para el comercio se habla también de la carga menor (la del asno por ejemplo) y la carga mayor (la de mulos y caballos).

             Para referirse a superficies de tierra se hace mención de dos medidas: la fanega y la fanega de puño. La primera se utilizaba para hablar de una extensión de tierra en general y puede decirse que una fanega y media de las de aquellas constituían lo que hoy es una hectárea; la fanega de puño se usaba para referirse a las tierras de cultivo y equivalía a la extensión que podía sembrarse con una fanega de cereales, de ahí que se conociese también en otros lugares como fanega de sembradura, siendo su extensión menor que la de la primera.

             En lo que respecta a las monedas, el panorama no es muy distinto aunque éstas tenían un valor más unificado por cuanto generalmente estaban acuñadas por un poder que excedía al meramente local o regional. Las de uso más común en Zalamea, según constan en los documentos son el real de plata, el real de vellón, el maravedí, la blanca y el dinero. Conviene aclarar que el vellón es una aleación de plata y cobre que dependiendo de la inflación contenía más o menos de este último. Precisar hoy los valores de estas monedas es tarea imposible porque  variaron enormemente en función de la época, de la inflación derivada de las arcas reales y de la aleación con la que eran acuñadas. Lo más usual era que el real de plata valiese dos reales de vellón y éste último 34 maravedís; teniendo en cuenta siempre que a lo largo de todos estos siglos se acuñaron piezas con un valor de varios reales (de a 8, de 40 e incluso de 50 reales), al igual que el maravedí de los que hubo piezas de 2, de 4 y de 8. El maravedí fue una unidad monetaria muy popular y estuvo vigente en España prácticamente hasta pasada la mitad del siglo XIX, llegando en algunos momentos a ser un valor de referencia sin que existiera físicamente. Algo parecido a lo que ocurría  con la peseta.

             La blanca y el dinero eran monedas corrientes bastantes antiguas, de hecho solo encontramos mención de ellas en las Ordenanzas y también fluctuaron con el tiempo. La blanca valía usualmente medio maravedí. El dinero, vocablo derivado del dinar árabe, era una moneda de plata con aleación de cobre que  circuló en Castilla en los siglos XIV y XV y llegó a valer unas veces 7 maravedís, otras dos blancas y otras 5 blancas. Es curioso reseñar que estas monedas dieron lugar a expresiones populares que han quedado en la memoria de la gente, como es el caso de "tengo poco dinero" o "estoy sin blanca".

 Hay otras monedas menos usadas, quizá por su alto valor, pero que no queremos dejar de mencionar, se trata del ducado, utilizado en Zalamea hasta prácticamente la primera mitad del siglo XIX  y cuyo valor usual era de 375 maravedís y la otra es el duro que equivalía a veinte reales y que hizo su aparición, como vemos antes de la peseta.

             Con el tiempo, la extensión del comercio y la centralización de la economía y la administración, fenómenos que se intesificaron en el siglo XIX, las medidas y pesos, aunque seguían existiendo diferencias de valoración entre unos lugares y otros, fueron homogeneizándose con tendencia a la normalización de los valores; es por ello que este siglo y el XX lo hemos agrupado aparte. Durante la segunda mitad del siglo XIX y buena parte del XX a pesar de la implantación progresiva del SMD se continuaron usando las medidas tradicionales, algunas de las cuales ya hemos mencionado pero ajustando en algunos casos sus valores. Así las de capacidad para cereales eran la fanega, la cuartilla y el almud. La cuartilla se utilizaba para recoger y medir el grano, cuatro cuartillas componían una fanega y dos almudes, una cuartilla. Como es natural el peso de la fanega dependía del tipo de grano; la de trigo es 44 Kilos, igual que la de cebada y la de cebada-avena, 36 Kilos. Para líquidos se utilizaba la arroba que equivale a 16 litros. En lo que se refiere al  peso, la medida de referencia era la arroba de peso cuyo valor es de once kilos y medio y se componía de 25 libras y la libra a su vez se componía de 4 cuarterones. El quintal de peso, distinto del quintal métrico, son 4 arrobas, es decir, 46 kilos.

             La primera ley que introdujo el S.M.D. en España fue promulgada en tiempos de Isabel II. Fue la llamada Ley de Pesos y Medidas de 1849, impulsada por el ministro Bravo Murillo, pero las enormes dificultades que entrañaba la introducción de este nuevo sistema retrasó su aplicación hasta 1853, no obstante en 1867 fue necesario publicar otro decreto que establecía su obligatoriedad; sin embargo la revolución de 1868 que derrocó a Isabel II impidió su ejecución. Por fin en 1875, reinando Alfonso XII se publica otro decreto determinando la obligatoriedad y así comenzaron  a hacerlo los estamentos oficiales. En el caso de Zalamea comprobamos como a partir de ese año se empieza ya a hablar de metros. No obstante la fanega, la arroba de líquidos y de peso permanecen aún como medidas de referencias en determinados ambientes tradicionales y en menos medida el quintal de 46 kilos.

 Otro tanto parecido ocurre con las monedas. La peseta entra en vigor  como unidad monetaria estatal el 19 de Octubre de 1868 y poco a poco se va convirtiendo en la unidad de referencia, a la que se ajustaron los valores del antiguo real y el duro; no obstante convivió durante algunos años con el maravedí, como se demuestra en algunos documentos cuando después de ese año aún se habla de maravedís. Por ejemplo, en el libro de la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno no se habla de pesetas hasta 1888. De cualquier manera una vez desaparecida nuestra vieja y entrañable moneda, sustituida por el reciente euro, quizá convenga realizar un pequeño homenaje de recuerdo a aquellas otras que convivieron con ella como la moneda de 5 céntimos o "perra chica", la de 10 céntimos o "perra gorda", el real de 0,25 céntimos y sus múltiplos la moneda de dos reales y la de diez, que parecía una peseta grande, y el duro o moneda de 5 peseta o 20 reales. Todas ellas tuvieron acuñaciones que la inflación y el coste de la vida fueron reduciendo considerablemente.

 Esperamos con este breve trabajo haber contribuido a aclarar un poco el panorama respecto a las pesas, medidas y monedas utilizadas en Zalamea y en cualquier caso haber traído a la memoria de muchos usos y costumbres hoy desaparecidos.

LA OCUPACION DE ZALAMEA LA REAL POR LAS TROPAS NACIONALES DURANTE LA GUERRA CIVIL

LA OCUPACION DE ZALAMEA LA REAL POR LAS TROPAS NACIONALES DURANTE LA GUERRA CIVIL

            Sin el menor género de dudas, uno de los  aspectos menos tratado de la historia de Zalamea es el periodo comprendido entre los años 1936-1939, en los que tuvo lugar la guerra civil española. Creemos que ha pasado el tiempo suficiente como para que se aborde el tema sin miedo  a abrir viejas heridas, con objetividad, sin el apasionamiento que la cercanía de los hechos infunde a su conocimiento. En esta ocasión trataremos de contar como fue la ocupación del pueblo por las tropas nacionales.

             La toma de la Cuenca Minera fue considerada por el Estado Mayor del General Queipo de Llano como uno de los escollos más difíciles,  por temor a la  fuerte resistencia que sospechaban iban a oponer los mineros al avance de las tropas sublevadas contra la República para tomar el control de la provincia de Huelva. La operación fue planteada rodeando la comarca desde tres frentes, uno por tropas que bajarían desde la sierra por Campofrío, al mando del Comandante Redondo, otro desde El Castillo de las Guardas procedente de Sevilla, al mando del Comandante Álvarez de Rementería y  finalmente el tercero, que es el que nos interesa porque sería el responsable de la toma de Zalamea, por tropas procedentes de Huelva, que se estacionaron en Valverde del Camino, mandadas por el Capitán de la Guardia Civil Gumersindo Varela Paz, reforzadas  por 100 falangistas llegados desde Sevilla en tres autobuses.

             Esta columna estaba compuesta por efectivos de la Guardia civil, al mando de Fariñas; guardias de asalto, a las órdenes del teniente Lora; tropas de infantería, encabezadas por Pérez Carmona y Briones; requetés mandados por Arcos y López de Tejada; y falangistas, cuyo jefe era Alfonso Medina. Todos, como hemos dicho, bajo las órdenes supremas del Capitán Varela.

             Descansan la noche del 24 de Agosto de 1936 en Valverde del Camino, donde algunos duermen en la cárcel que hizo de casa improvisada de hospedaje. Ese día se había recibido la orden general de operaciones del Estado Mayor donde se determinaba que Zalamea debía ser ocupada al día siguiente, miércoles 25. Desde el cuartel general se prepararon octavillas que fueron lanzadas el martes por la aviación en Zalamea animando a la población a rendirse, entregando rehenes que garantizaran la entrada pacífica de las tropas.

             En el otro lado, en el pueblo, fiel a la República, enterados por las octavillas del inminente ataque de las fuerzas nacionales, se organiza la resistencia. Para ello se arman a civiles voluntarios que bajo el mando de las mismas autoridades del concejo se disponen a ocupar posiciones para defender la población, con este fin se hicieron uso de las armas que anteriormente había requisado la guardia civil y que estaban depositadas en el cuartel. Los lugares elegidos para ofrecer resistencia fueron la entrada de los Pocitos y el Alechín (hoy calle la Encina), igualmente se situó un puesto de vigilancia avanzada en la cima del Monte del Pilar Viejo, también se colocaron algunos milicianos armados en la entrada por el cementerio y un grupo de hombres con ametralladora en el campanario de la torre que no se había visto afectado por el incendio de la Iglesia del mes anterior.

             Entretanto, en Valverde, sobre las dos de la madrugada comienzan los preparativos para iniciar la marcha; algunos simpatizantes agasajan a los soldados ofreciéndoles café y churros, y así, sobre las cuatro de la madrugada, se ponen en camino hacía Zalamea. Las fuerzas las componen alrededor de mil hombres que son desplazados en camiones, camionetas y automóviles que suman en total unos 30 vehículos. A su paso por el empalme de El Buitrón toman precauciones por los incidentes registrados en aquel lugar unos días antes en los que un grupo de milicianos atacaron a las fuerzas allí concentradas. La marcha continúa lentamente y alrededor de las 7 de la mañana la expedición está ya situada a unos dos kilómetros de Zalamea y comienzan a realizar los preparativos para el asalto final. Son apoyados por un aeroplano de la base de Tablada que sobrevuela el pueblo constantemente

             En el interior de Zalamea,  el temor de las familias que se agrupan y se refugian en las casa que piensan están más protegidas contrasta con el arrojo y valentía  de los que se aprestan a resistir confiando en que podrán rechazar el ataque.

             Para acometer el asalto, las fuerzas nacionales se reorganizan en tres grupos, el primero bajo las órdenes de Fariñas e integrado por guardias civiles, intendencia y carabineros se despliegan y entran por el Centro; por la izquierda, guardias de asalto al mando de Lora  rodean el pueblo para entrar por el camino de la Zapatera, y por la derecha, conducidos por Varela, otro grupo de guardias civiles y  requetés avanzan hacia la Estación Nueva. El primer encuentro se produce al toparse con el puesto avanzado republicano colocado en el Monte del Pilar Viejo; pero, aunque la resistencia de éste es heroica, es reducido fácilmente y se coloca allí uno de los cañones que bombardean las posiciones republicanas. Continúan adelante por Los Pocitos donde vuelven a encontrar combatientes republicanos a los que obligan a retroceder. El frente formado por las tropas al mando de Fariñas se extiende en una línea que alcanza alrededor de un kilómetro por los cercados de La Florida y el Alechín; allí se producen de nuevo enfrentamientos; pero los bombardeos de las posiciones fieles a la república por el avión de Tablada fuerzan a la resistencia a replegarse hacia el centro del pueblo. Las tropas nacionales que han conseguido penetrar en el interior del casco urbano  se encuentran con los disparos que hacen desde los altos de la Torre, produciéndose un tiroteo que acaba cuando los milicianos apostados allí se convencen de la inutilidad de su esfuerzo y abandonan la posición por temor a verse aislados. En los enfrentamientos de la calle de la Plaza muere un miliciano y  un oficial del ejército nacional.

             Uno de los últimos combates se produce en la puerta  del Ayuntamiento desde donde hubo un intenso intercambio de disparos con las fuerzas ocupantes que se colocaron en el bar de la acera de enfrente. Los impactos de las balas fueron perfectamente visibles en las gradas que subían al piso alto del consistorio municipal hasta la remodelación del edificio en tiempos recientes. Cuando entienden que toda resistencia es inútil, los combatientes republicanos que no fueron capturados intentan salir del pueblo; un grupo lo hace por San Vicente, pero son interceptados por las fuerzas que suben desde la Zapatera, produciéndose disparos que causan varias bajas en ambos bandos. Otro grupo intenta salir por el este en dirección a Campillo y Riotinto pero se encuentran con las fuerzas que habían tomado posiciones en la Estación Nueva. A pesar de todo, algunos logran burlar el cerco saliendo por la Morita y consiguiendo llegar a El Campillo.

            La toma de Zalamea fue un episodio breve pero singularmente difícil en relación con otros pueblos de la Cuenca e incluso de la provincia, pero era un hecho perfectamente previsible. Al ánimo y al coraje de los leales a la República, algo más de un centenar de hombres con escaso o nulo entrenamiento militar y con un armamento deficiente e irregular,  se oponían unas fuerzas de un millar de soldados bastante bien organizados, con un armamento superior y con apoyo aéreo.

             Esta primera operación militar termina alrededor de las 10 de la mañana. A partir de ahí las fuerzas ocupantes recorren las calles golpeando las puertas de las casas y obligando a sus propietarios a salir a la calle para efectuar después un registro en busca de refugiados fieles a la República. Las puertas que no se abren son derribadas violentamente. La gente atemorizada sale a la calle con los brazos en alto gritando las consignas fascistas por miedo a las represalias. El terror que se implanta en esas primeras horas hace  que muchos refugiados se vean delatados por los mismos que le había dado refugio. Inmediatamente se procede a liberar a los presos de derecha que estaban en la cárcel y en la escuela próxima, que habían conseguido salvar su vida gracias a la rectitud del alcalde republicano Cándido Caro, actitud que luego no se vio correspondida. Igualmente se comienza a requisar agua y comida para la tropa.

             Unas horas después, sobre el mediodía, desde El Campillo y Riotinto, enterados por los que consiguieron escapar de la toma de Zalamea, se inicia una contraofensiva para intentar recuperar el pueblo. Esto se hace desde dos frentes: uno a través de la carretera nacional con dos camiones blindados que se habían preparado en Zarandas seguidos de una camioneta amarilla cargada de voluntarios, el otro frente intenta penetrar por la Estación Vieja. Las tropas nacionales, alertadas por unos vigías colocados expresamente, se apostan en los altos de la Estación Nueva con ametralladora y un cañón para contrarrestar la inicial ventaja de las atacantes republicanos. Contaron de nuevo con el apoyo de la aviación que tuvo una intervención definitiva en el final de esta ofensiva. Se produce un fuerte enfrentamiento y los nacionales  desde la ventajosa posición de las tropas de Varela en los altos de la Estación Nueva, consiguen inutilizar los camiones blindados que, aunque ofrecían protección contra los disparos, eran difíciles de manejar por su gran peso, consiguiendo finalmente detener, aunque con dificultad, el avance de los republicanos, y después de duros combates, que casi rozaron el cuerpo a cuerpo, logran hacerlos retroceder.

             De la dureza de este  último episodio dan fe las numerosas bajas producidas. Los nacionales perdieron a dos hombres y más de una docena de heridos, sin embargo las mayores pérdidas tuvieron lugar en el bando de los republicanos que dejaron un número elevado de muertos esparcidos por la zona. Los que huyeron difundieron la noticia y contribuyeron involuntariamente a crear el desánimo y el temor en el resto de los pueblos de la Cuenca.

             Lo sucedido en Zalamea después de su ocupación por las tropas nacionales es uno de los episodios más tristes y cruentos de nuestra historia, pero sería objeto de un capítulo aparte.

 Manuel Domínguez Cornejo                           Antonio Domínguez Pérez de León