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ZALAMEA LA REAL - HISTORIA

GASTOS DE LAS COFRADÍAS Y HERMANDADES EN EL SIGLO XVIII

Entre los numerosos legajos que afortunadamente aún se conservan en nuestro archivo municipal, perdidos entre un fajo de papeles amarillentos se encuentra un informe en gran medida revelador sobre las cofradías y hermandades en el último tercio del siglo XVIII. El documento en cuestión, alojado en el legajo número 6 revela datos precisos sobre las cofradías y hermandades que existían en el pueblo en 1770, así como de los gastos que realizaban en sus funciones po festividades religiosas. Se trata pues de un documento de gran valor que nos refleja como era la vida y costumbres de nuestros antepasados en el año de 1770 en lo que se refiere a las fiestas.

 Este informe fue elaborado a petición del intendente de las hermandades o gremios de las fiestas religiosas, ofreciendo por tanto un panorama preciso de lo que era un año festivo en nuestra población. Es pues conveniente  recordar que habiendo sido Zalamea un señorío eclesiástico durante toda la Edad Media proliferasen las fiestas de marcado carácter religioso por lo que al margen de las que se mencionan en ella  serían escasas las festividades profanas que se ceelbraban como era el caso de las carnestolendas o carnavales. El documento nos refleja que en aquel tiempo no existía en Zalamea conventos ni beaterios de hombres o mujeres pero sí numerosas cofradías y hermandades. Se cuentan hasta un total de trece fiestas de carácter religioso que son las siguientes: Hermandad de la Suma Caridad, Cofradía del Santísimo, cofradía de las Ánimas, Cofradía del Rosario, Cofradía del Jesús Nazareno, Hermandad de la Vera Cruz, Hermandad del Carmen, Cofradía de San Vicente Mártir, hermandad de San Antonio, congregación de Nuestra Señora de los Dolores. A ellas hay que añadir otras tres fiestas religiosas que son la de San Sebastián, San Juan y San Blas. De todas ellas las que más dinero empleaban en su fiesta era de la San Vicente Mártir que ya en aquel tiempo gastaba una cantidad considerable en ella: 600 reales de Vellón que se cargaba todo a su cuenta. Teniendo en cuenta que un real de vellón , sería, salvando las distancias equiparable hoy a unas 3500 pesetas ( 21 euros) y un maravedí aproximadamente a 0,60 euros, unas 100 pesetas nos llevaria a concluir que la hermandad de San Vicente gastaría 12.621 euros (2 millones cien mil pesetas) cantidad verdaderamente sorprendente.  En cualquier caso, se trata de la hermandad probablemente más importante del pueblo en aquel tiempo como lo acredita los gastos que tiene, aunque bien es cierto que la cofradía de San Vicente Mártir celebraba algunas fiestas más a lo largo del año.

Curiosamente le sigue en importacia la Cofradía de las ánimas que gastaba alrededor de quinientos reales en tres funciones que daba al año.

 Tambien es de destacar la hermandad de la Suma Caridadque gastaba 300 reales  a los que hay que sumarle otros trescientos que se gasta el hermano mayor en una comidad para el resto de los hermanos de la hermandad.

La Cofradía del Santísimo gastaba 300 reales de Vellón y hacía su función el día del Corpus y e su octava, aunque el Ayuntamiento colaboraba adornando el suelo para la profesión, así como la cera, los fuegos y el tamboril en los que empleba unos 300 reales. La Hermandad de la Vera Cruz también  gastaba trecientos reales. En estas fiestas se solía correr un toro que costeaba el hermano mayor aunque este ´ltimo aspecto quedaba compensado porqu el valor del toro lo podía recuperar parcialmente.

 La cofradía del Santo Rosario empleaba docientos reales de vellon en su fiestas el mes de Octubre.

 La de Jesús Nazareno gastaba doscientos sesenta reales. La del Carmen empleaba ciento cincuenta. San sebastián que al igual que hoy noera nie hermandad ni  cofradía se gastaba doscientos treinta y un real a cuenta de los bienes de propio. En la misma situación se encontraba San Blás que sin ser, tampoco, que sin ser hermandad  ni cofradía se celebraba una vez al año y se gastaba 200 reales que financiban integramente por cuenta de los mismos devotos y el prior de la ermita. También sin ser cofradía ni hermandad, San Juan, celebraba tambien sus fiestas un día y se gastaba ciento cincuenta reales, tratándose pues  de l más humilde de nuestra población. Por último cabe reseñar  la de nuestra señora de los Dolores que tambien realiza una función al año y empleaba ciento ochenta reales.

 Es curioso reseñar cómo las aldeas eran un fiel reflejo de los que se practicaba en el pueblo, así en el Villar encontramos cinco cofradías o hermandades que son la siguiente , Santísimo Sacramente, el rosario,La Vera Cruz, las Animas  y Santa Marina.

 El Buitrón por el contrario sólo tenía una que era el santísimo Sacramente; El Pozuelo, contaba con tres que eran la cofradía de las ánimas, la de San Antonio y la del Santísimo Sacramente. En la aldea de Riotinto, que hoy es Nerva, había por aquel entonces seis hermandades y cofradías, que eran : Satísimo Sacramento, Cofradía de Jesús, las Änimas, el Rosario y San Bartolomé.

 Las Delagadas tienen , igualmente otras seis, que eran el Santísimo  Sacramento, El Rosario, Virgen de los Dolores, Veracruz, San José y las ánimas.

 Los gastos de todas ellas por lo general eran más modestos, oscilando entre los 300 reales de vellón el Santísimo Sacramento de Nerva y los quince reales que empleaba la de San Antonio de El Pozuelo. Podemos contemplar a lo largo de las páginasdeeste informe como la religión es la causa  y la excusa para celebrar fiestasque se repartía a lo largo de todo el año.

Manuel Domínguez Cornejo            Antonio Domínguez Pérez de León

 

PRESENTE Y PASADO DE NUESTRAS DEHESAS

PRESENTE Y PASADO DE NUESTRAS DEHESAS

 "  Otrosí fue acordado e mandado que ninguna persona de cualquier calidad en condición que sean, ansí vecinos desta villa e sus términos como de otras partes, que no sean ozados de cortar enzina ni alcornoque por el pie..."

             El aprovechamiento integral de  nuestras dehesas de encinas y en menor medida de los alcornocales constituyó en tiempos pasados un aspecto fundamental de la economía de Zalamea la Real, quizás el que más . De su importancia es una buena muestra el párrafo que encabeza este artículo, contenido en el capítulo LXXXV de las Ordenanzas Municipales de 1535, así como el hecho mismo que más de la cuarta parte de los 133 capítulos que la componen (138 si se incluyen los 5 de las rentas del almojarifazgo) se destinen a regular minuciosamente el acotamiento, conservación y aprovechamiento de las dehesas.

              Es difícil precisar cuando se forman las primeras dehesas en Zalamea. Las encinas fueron explotadas desde muy antiguo pero de todos es bien sabido que la dehesa es un ecosistema creado por la mano del hombre a partir de una vegetación natural. Para ello es  necesario la eliminación del matorral o monte bajo que entorpece el crecimiento de las especies más rentables económicamente y la siembra y ordenamiento de estas últimas, introduciendo finalmente las actividades que aumentan su rentabilidad como es el caso de la ganadería, el pastoreo o la agricultura. La situación geográfica de Zalamea propició que sus terrenos fuesen destinados, salvo en pequeñas vegas y en las proximidades del pueblo, a la explotación de las dehesas de encinas y alcornoques, permitiendo de esta manera que unos suelos pobres se enriquecieran y ofrecieran unos mejores rendimientos. Sea como fuere podemos constatar su existencia en la Edad Media después de la reconquista a los musulmanes.

             Aunque hoy es imposible determinar con exactitud la extensión exacta que ocupaban los encinares y alcornocales en su momento de mayor esplendor, atendiendo a la documentación que es posible conocer, al número y dispersión de nuestros núcleos poblacionales,- las aldeas-, y a la orografía del terreno podemos hacer un cálculo aproximado que nos permite asegurar que en ningún caso estaría por debajo  del 70 % del término y que alcanzaron su momento mas óptimo entre los siglos XV, XVI y XVII, lo que da una idea de la riqueza natural de la que dispusieron nuestros antepasados en contraposición al panorama que hoy se nos ofrece.

             Ya desde la Edad Media había que distinguir entre dos tipos de dehesas, las de propio, es decir las de uso común, y las particulares. El origen de estos dos tipos de, mal llamadas, "propiedad" tiene relación con las características sociales y políticas del periodo medieval. Cuando Zalamea es reconquistada a los musulmanes y se convierte en un señorío eclesiástico, el arzobispado de Sevilla, la mayor parte de los terrenos son administrados por el Concejo y aprovechados por el común de los vecinos, sin embargo otros son explotados en exclusividad por particulares. La razón de estos últimos se debe posiblemente a las donaciones realizadas por los reyes a los repobladores castellano-leoneses que se establecieron después de la reconquista, - las heredades -, concesiones de las que no podían disponer libremente, en contra de lo que pudiera pensarse; tenían la obligación de explotarlas y conservar y el derecho a transmitirlas como herencia a sus descendientes.

             Las primeras referencias documentales a las dehesas comunales de Zalamea, también llamadas de propios, están fechadas en 1408. Se trata de un Real Despacho de 10 de Abril de ese año, dado en Alcalá de Henares y que se guarda en el cuaderno de Hacimiento de los propios de la ciudad de Sevilla en el que el rey Juan II de Castilla declaraba que las dehesas de la Alcaría, Villar, Jarilla y Bodonal fueron otorgadas por los arzobispos, señores de Zalamea, al Concejo, y en parte compradas por él, para atender las necesidades de la villa. El contenido de este documento consta en nuestro archivo municipal mediante una carta, transcrita y certificada directamente del original por el archivista del Ayuntamiento de Sevilla en 1756. No volveremos a tener noticias documentales de ellas hasta 1535, en las Ordenanzas Municipales, siendo precisamente en este Libro donde encontramos las principales muestras de la importancia que su explotación  tuvo para nuestro pueblo, constituyendo, quizá, el eje alrededor del cual se movía la economía de Zalamea. En sus capítulos se regula de una manera minuciosa la forma en que los vecinos deben hacer uso de las dehesas, demostrándose que nuestros antepasados supieron aprovechar de forma integral los enormes encinares que se extendían por nuestro término, que recordemos, en aquellos tiempos incluía lo que hoy son los pueblos de Riotinto, Campillo y Nerva que también contaban con enormes encinares hoy desaparecidos.

             Sabemos, por la lectura de los capítulos de las Ordenanzas, el nombre de las dehesas comunales. Las más importantes eran las del Bodonal, la Alcaría  y El Villar, después se mencionan otras como la  Jarilla y la Veraniega, así mismo se habla de la existencia de encinares de propios en El Buitrón, El Pozuelo, la Ramira, la Nava y Argamasilla. En muchos casos las referencias a los mojones que las limitan nos permite conocer su ubicación, habida cuenta que los lugares que se mencionan son, en su mayoría, perfectamente identificables hoy día, después de 460 años. Nada se dice por el contrario de las particulares aunque es de suponer que no llegaran a ser tan extensas como las anteriores, si bien se determina que no podían ser vendidas a nadie que no fuese del pueblo.

             Como ya hemos repetido varias veces, las dehesas se explotaban integralmente. De las encinas se aprovechaba la bellota, la casca, la leña y la madera. La bellota, para la alimentación humana y animal y en este sentido conviene recordar que este fruto constituyó en las Edades Media y Moderna un alimento de primer orden en las comunidades rurales; la casca, extraída de la corteza, servía, y sirve, para el curtido de pieles por los zapateros y para una industria artesanal que adquiriría con el tiempo una gran tradición en  Zalamea, - los cordobanes -; la leña, como combustible y la madera, para la construcción. Claro está que para todas estas actividades el Concejo debía vigilar y dar las licencias oportunas. Por ejemplo, y como ya hemos contado en otra ocasión, para la recolección de bellotas, el mayordomo y los oficiales reunían a los vecinos en un lugar determinado y a una señal de ellos entraban todos en la dehesa, no pudiendo coger más de una encina cada vez sin poder pasar a otra hasta que no se terminara la primera. Para la casca, la leña y la madera se necesitaba una licencia especial ya que el abuso podía dañar gravemente al árbol, permitiéndose  en algunas ocasiones la tala siempre que al árbol se le dejara cuatro ramas principales, operación que requería a veces la presencia de un oficial. Por supuesto que estaba expresamente prohibido cortar encinas. Orden que se manifestaba en las Ordenanzas con el categórico " Que nadie corte enzina ni alcornoque" que hemos elegido para el título. Delito que estaba considerado de suma gravedad. Además del aprovechamiento de la encina en sí, la dehesa era utilizada para el ganado, tanto de cerda como bovino y para la siembra. 

             Conscientes de que la explotación intensiva podría perjudicar la dehesa se establecían medidas de conservación. En primer lugar se ordenaba su uso de forma que había algunas de ellas que se dedicaban exclusivamente a la obtención de bellota, mientras que otras se destinaban al ganado y otras a la siembra, estableciéndose así mismo los periodos en que podían ser aprovechadas para cada uso. En segundo lugar los oficiales debían vigilarlas y así se ordenaba al mayordomo en particular  que visitara los alcornocales y, por último, con el fin de acrecentar los encinares, se obligaba a todos los vecinos a acudir cada año, "...dentro de quinze días primeros siguientes pasados el día de año nuevo..." a las dehesas de la villa a " hacer enzinas", esto es a limpiar y sembrar nuevos ejemplares.

            Durante todo el siglo XVII y parte del XVIII los encinares y alcornocales se estuvieron cuidando mas o menos minuciosamente y con frecuencia hubo de echarse mano al real despacho de 1408 y al Libro de los Privilegios de 1592 para defenderlos de los intentos de apropiación por parte de vecinos de otras villas colindantes y del Estado. Sin embargo, a partir del ultimo tercio del siglo XVIII comienzan a apreciarse síntomas de deterioro del sistema. Como es lógico se produce también un envejecimiento y degradación natural, quizá por falta de cuidado de algunas dehesas, como es el caso de la de Jarillas, que en 1786 se nos menciona como cubierta de monte bajo. No obstante hay tres dehesas que el Ayuntamiento parece tener especial cuidado en mantener y son las del Bodonal, Villar y Alcaría que aparecen de forma permanente en los sucesivos informes que se hacen sobre los bienes de propio de la villa de Zalamea.

 Continuando con el proceso de enajenación de las dehesas comunales, en los años  de 1784 y 1788 el Ayuntamiento procedió al reparto y donación de algunos terrenos de propio. Tenemos noticias que a finales del siglo XVIII y principios del XIX se arrendaron o vendieron algunos de ellos; son pruebas evidentes de que el régimen comunal había entrado en crisis por razones de muy diversa índole que no procede analizar aquí pero sirva como ejemplo el de 1812, cuando se vendieron 80 suertes de la Dehesa de El Villar para hacer frente a los gastos que originó al Cabildo las exigencias de las tropas españolas y francesas durante la Guerra de la Independencia.  Finalmente y para resumir, en 1838, y con el fin de evitar los riesgos de las desamortizaciones se procede al reparto entre los vecinos de las dehesas de arboleda y partidas de tierras calma de los bienes de propio en lotes de valor similar, lo que dio origen a la privatización y acumulación en grandes propiedades.  

 Independientemente del proceso de enajenación, desde el siglo XVIII comienza a producirse la deforestación de nuestros bosques. Tres han sido, a nuestro juicio, los factores que han motivado la lenta pero, por desgracia,  imparable  reducción  del encinar. En primer lugar las talas que desde mediados de ese siglo se producen a pesar de la resistencia del Concejo como consecuencia de la explotación de las minas de Riotinto, necesitadas cada vez en mayor medida de madera y leña, así en 1775 se nos dice que "... la cosecha de frutos de las encinas va en decadencia por las entresacas que se han hecho por orden de la superioridad para las reales minas de Riotinto". En segundo lugar, y ya en el siglo XX, la sustitución por otras especies de crecimiento rápido, eucaliptos, causada por una crisis agraria que empujo a los propietarios a buscar un rendimiento más cómodo y rápido. Por último la ausencia de una política adecuada de repoblación que vaya sustituyendo la muerte natural de los ejemplares viejos y regenerando el deterioro de una explotación intensiva, - hay quien afirma que el ganado vacuno impide la regeneración del encinar- .  Aspectos que parecen estar remediándose en los últimos años

 No es fácil que Zalamea vuelva a disfrutar de las enormes dehesas que tuvo en el pasado, pero no todo está perdido. Creemos que ha llegado el momento de que todos exijamos  a la administración las medidas necesarias para la conservación y regeneración de los encinares existentes así como la intensificación de los programas de repoblación que nos permita mirar al futuro con optimismo respecto a este árbol por su valor económico y natural y para que las generaciones que nos sucedan puedan seguir apreciando la belleza y la serenidad que con ellas adquiere el paisaje.

  Manuel Domínguez Cornejo                  Antonio Domínguez Pérez de León 

LAS MINAS DE ZALAMEA LA REAL

LAS MINAS DE ZALAMEA LA REAL

 La minería ha sido una de las  riquezas de nuestro pueblo, y no nos estamos refiriendo a las minas de Riotinto, cuya explotación en los últimos 125 años la convirtió en la principal fuente generadora de empleo en la Cuenca Minera y que quizá sea tema de otro artículo teniendo en cuenta que pertenecieron a Zalamea hasta 1841; estamos hablando de las minas de Zalamea, de todas aquellas explotaciones enclavadas en el término  actual que en algún momento dieron ocupación  a muchos zalameños.

 Cualquier aficionado a perderse andando por estos campos encontrará hoy, a veces con riesgo para su integridad física, socavones, casas abandonadas, edificios impropios de estos parajes, escombreras, extrañas coloraciones del suelo, testigos todo ello de la vida y  el trabajo de muchos hombres, algunos de ellos de Zalamea y otros llegados de lugares a veces remotos. 

 La minería dejó poca huella en el pueblo o en las aldeas, salvo contadas excepciones. Es como si Zalamea hubiese querido dar la espalda a una actividad que era poco menos que una traición a sus raíces agrícola-ganaderas. En el casco urbano hay pocos edificios o dependencias que sean propios de los trabajos mineros; las empresas que explotaron las minas prefirieron, por diversas razones, establecer sus oficinas o centros administrativos en otros lugares. Nadie diría que en nuestro pueblo llegaron a explotarse, la mayoría de ellas casi simultáneamente, 19 minas, cuyos vestigios aún son visibles; número que se incrementaría si se incluyen otras que también pertenecieron al término pero que fueron incluidas dentro del que correspondió a las poblaciones que se segregaron de Zalamea, como fue el caso de Peña de Hierro en Nerva o La Poderosa  en Campillo.  

 Las labores mineras no fueron un elemento nuevo en la economía del pueblo, minas como Chinflón o  Tinto y Santa Rosa fueron explotadas en la Prehistoria y casi todas tienen vestigios de haber sido trabajadas en época romana, sin embargo no es hasta mediados del siglo XIX cuando recibieron un gran impulso que las convierte en explotaciones industriales a mayor o menor escala. A partir de ese momento se experimenta, primero imperceptiblemente y más tarde de forma más acusada, un crecimiento en el número de habitantes. Así vemos que mientras entre  1.826 y 1.850 el número de habitantes de Zalamea y sus aldeas pasa tan sólo de 3.500 a 3.765 personas,  siete años más tarde se incrementa sensiblemente y es ya de 5.117, motivado por los primeros síntomas de industrialización. Sabemos que ese año, en 1.857, ya estaban en explotación algunas minas de cierta importancia porque el alcalde, D. José Lorenzo Serrano, solicita, para cumplir un requerimiento de la Comisión de Estadísticas a efectos fiscales, que los establecimientos mineros le remitan los datos de la superficie de terreno que ocupan. A esta demanda responden minas como Cabezo del Tinto, Nuestra Señora de la Salud (Chaparrita), Lusencia, Poderosa, Peña de Hierro, Luisa e Inglesa.

 Curiosamente entre 1.872 y 1.873 hay un repentino interés por denunciar el hallazgo de nuevas minas, de esta manera vemos como en esos dos años se denuncian, sólo en el término de Zalamea 60 minas de manganeso, todas ellas al margen de las ya conocidas, algunas con nombres tan curiosos como la Intransigente, la Alegría, Efímera ilusión,  La Equivocada, La Esperanza o Lotería. Se trataba de registros que en la inmensa mayoría de los casos no pasaron de ahí.

 Sea como fuere en 1.877 Zalamea alcanza los 7.753 habitantes, más del doble de los que tenía 27 años antes. Diez años más tarde se observa una disminución notable, debido a la segregación de la aldea de Nerva, finalizando el siglo con una recuperación que vuelve a subir el número de pobladores del término a 7.335, debido a la pujanza económica de las pequeñas minas de Zalamea. A comienzos de siglo de nuevo vuelve a registrarse un incremento notable de la población que alcanza en 1.910 los 13.348 habitantes. Bien es verdad que una buena parte de ellos son debido a la mano de obra atraída por las minas de Riotinto, pero no exclusivamente, por ejemplo en el poblado minero  de El Tinto y Santa Rosa llegan a vivir 1.258 personas, y sin llegar a esa cifra otras pequeñas minas como Palanco, Guadiana, Castillo de Buitrón, Barranco de los Bueyes o la Gloria, vieron crecer en sus alrededores pequeños núcleos que se mantuvieron mientras duró su actividad. Incluso ya en 1943, fruto de un convenio entre el Ayuntamiento de Zalamea y Dª María Amor Fernández de Velasco, propietaria de las minas de Guadiana y Posterera, se hizo un proyecto para construir un poblado minero  en terrenos próximos a la primera. El Ayuntamiento se comprometió a adquirir los terrenos y solicitar al Instituto de la Vivienda la protección oficial de este proyecto que daría albergue a doscientos obreros. Proyecto que evidentemente no se llevó a cabo.

 Como dijimos anteriormente, al margen de las denuncias y registros que se efectuaron y de aquellas que se trabajaron ocasionalmente pero sin alcanzar una relevancia significativa, tan sólo 19 minas fueron explotadas con características  más o menos industriales. Las podemos clasificar en dos grupos, las de cobre, que fueron las de mayor importancia y las de manganeso, que registraron en las dos guerras mundiales una mayor demanda de producción. Queremos recordarlas, para que al menos quede constancia de ellas.

 Las de cobre fueron 11 cuyos nombres son: Tinto y Santa Rosa, Barranco de los Bueyes, Castillo de Buitrón, Chinflón, Masegoso, San José, La Morita, La Gloria, La Molinera, El Cañuelo y Rizón.

 Las de manganeso fueron 8: Palanco, Guadiana, Oriente, Aurora, Posterera, Cascajera, Malpérez y San Joaquín.

 Naturalmente no todas tuvieron el mismo nivel de producción, entre las de cobre destacan la del Castillo de Buitrón, Barranco de los Bueyes y Tinto y Santa Rosa; ésta última produjo en los primeros treinta años del siglo XX una media de 50.000 toneladas anuales de piritas, cifra que contrasta con las 101 que extrajo Chinflón en los tres años que median entre 1.907 y 1.910. Entre las de manganeso cabe destacar las de Palanco, Guadiana y Posterera. La producción de las de manganeso era adquirida en su mayor parte por una Sociedad Estatal para destinarla a fines militares.

 La inmensa mayoría de ellas dejaron de trabajarse a mediados del siglo XX, algunas por agotamiento del filón y otras por no existir demanda en el mercado, como fue el caso de las de manganeso. No es el momento, por el espacio que ocuparía, de detenernos en hacer una reseña de cada una pero sí de resaltar algunos aspectos de interés común a muchas de ellas como el hecho de que la minería supuso la introducción de nuevas tecnologías y de los primeros síntomas de la revolución industrial en el pueblo. El ejemplo más tangible es la construcción del ferrocarril. Poca gente es conocedora de que en el término de Zalamea se construyó el primer ferrocarril de la provincia de Huelva y uno de los primeros de España, anterior incluso al de Riotinto. Se trata de la línea férrea levantada por la sociedad que explotaba la mina del Castillo de Buitrón en 1870 para trasladar sus minerales desde allí a San Juan del Puerto, esta línea necesitó que se construyera un puente de hierro, el primero también de la provincia de esas características, para salvar la rivera próxima al Castillo, puente que está declarado como monumento de interés cultural aunque se encuentra hoy en lamentable estado. Tan solo 5 años más tarde, y como primera fase para llegar a la mina de La Poderosa, se construyó el ramal hasta Zalamea y la estación que hoy conocemos como "Vieja" uno de los pocos vestigios que, como mencionamos al principio, dejó la actividad minera en nuestro pueblo; allí se levantó un barrio para albergar a los operarios del ferrocarril. No fue la única mina que utilizo este medio para trasladar su producción de mineral, Palanco también tendió una línea férrea para conectarla con la del Buitrón a la altura del Tintillo pero, con un presupuesto más modesto, sus vagones hubieron de utilizar tracción animal en lugar de mecánica; igual ocurrió con la de Guadiana, aunque hay quien afirma que esta mina sí dispuso de una pequeña locomotora de vapor, hecho que no hemos podido corroborar.

 Por su parte la mina de El Tinto y Santa Rosa tendió así mismo una línea férrea que empalmaba con la mina de El Cuervo y Sotiel, uniéndose más adelante con el trazado de la de El Buitrón a San Juan del Puerto; también  esta línea debió levantar un enorme puente para salvar el río Odiel, puente del que aún se conservan cinco imponentes pilares.

 Otro aspecto destacable, y al que ya nos hemos referido, es el que nos muestra las poblaciones que se crearon en las inmediaciones de las minas, pequeños barrios obreros, de casas alineadas, que albergaron a los trabajadores y a sus familias, poblados en los que destacaba la casa del capataz o del jefe de la explotación que ocupaba un lugar diferenciado y que contrastaba con las de los obreros, más reducidas y adosadas, una junto a otras. Casas que fueron testigos de sus vivencias y en las que hasta tiempos bien recientes era posible contemplar detalles de la vida de aquellos hombres y sus familias. Casas en las que aún puede observarse crecer asilvestrados  el naranjo, la higuera o  el granado, o en los que todavía pueden encontrarse oxidados utensilios de cocina. Pero no todos los trabajadores que se ocupaban en la mina vivían cerca de ella, muchos residían en las aldeas o en la misma Zalamea, con lo que habían de recorrer  andando un largo trayecto diariamente para llegar a la mina, y volverlo a hacer después de una dura jornada de trabajo.

 Durante mucho tiempo agricultores y mineros compartieron un espacio común dentro del término, las bestias o las vagonetas trasladaban el mineral entre manadas de vacas o ante la atenta mirada de los campesinos, pero la convivencia no siempre fue apacible, los primeros no aceptaban de buen grado las actividades de los segundos y en muchos casos hubo enfrentamientos por los perjuicios que la explotación causaba a los campos; enfrentamientos que en ocasiones acabaron de forma violenta.

 Poblados como los de Palanco, Guadiana, Tinto y Santa Rosa, Castillo de Buitrón,  nos trasladaban, no hace mucho,  a una época no muy lejana, algunos de ellos han sido hoy destruidos en su totalidad, quizá convendría proteger lo que queda como testimonio de un tiempo en que Zalamea tuvo en su seno una intensa actividad minera.

 

Manuel Domínguez Cornejo             Antonio Domínguez Pérez de León

 

EL ALCALDE DE ZALAMEA DE LOPE DE VEGA. UNA DUDA RAZONABLE

EL ALCALDE DE ZALAMEA DE LOPE DE VEGA. UNA DUDA RAZONABLE

         En ningún momento habíamos llegado a poner en tela de juicio, en el tiempo que llevamos investigando sobre la historia de Zalamea la Real, que el suceso original que da pie al drama titulado "El alcalde de Zalamea" ocurriera en Zalamea de la Serena.  Por un lado admitíamos algo que es comúnmente aceptado en círculos literarios y por otro siempre hemos creído que en nuestro pasado hay suficientes hechos de interés que justifican la entidad histórica de nuestro pueblo sin necesidad de ser identificado con el de la obra dramática. Sin embargo, desde hace unos años, algunas circunstancias han venido a sembrar en nosotros la duda y, cediendo a la natural inclinación humana por la curiosidad, decidimos dedicar algún tiempo a su investigación, investigación que, como veremos, nos deparó pequeñas sorpresas.

             Todo empezó en el año 1995 cuando se recibe en Zalamea - la nuestra - una carta de un vecino de Zurbarán (Badajoz) que hacía referencia a un texto del libro "La Hegemonía Española" de la Historia Universal de la Editorial Daimon. Consultada la referencia, en ella se asegura que el suceso tiene lugar en una aldea de la provincia de Huelva. Evidentemente Zalamea la Real. En un primer momento seguimos sin darle importancia pero en 1998 se publica la obra "Felipe II y su tiempo" de Manuel Fernández Álvarez por la Editorial Espasa, obra muy completa y documentada sobre la época de Felipe II; pues bien su autor asegura, en la página 218, que la Zalamea de Pedro Crespo es Zalamea la Real. Son ya dos afirmaciones  en el mismo sentido y esta última no puede tomarse a la ligera por cuanto la realiza todo un catedrático de Historia, reconocido especialista en la Edad Moderna. Cualquiera comprenderá que la cuestión merece, al menos, que se le dedique algún tiempo.

             Como es lógico la principal fuente de información se centra en la obra de teatro en sí. "El Alcalde de Zalamea" pertenece al género que en literatura es conocido como de "historia y leyenda española", en él se agrupan las obras que tienen como fondo argumental un hecho histórico o leyenda que en la época alcanza cierto difusión y que el autor utiliza modificando, a veces, el argumento para darle fuerza dramática e introduciendo personajes nuevos hasta el punto que, en ocasiones, el suceso original queda disfrazado de manera que resulta difícil reconocerlo. En el caso de "El alcalde de Zalamea" vamos a dar por supuesto la veracidad del suceso aunque sin determinar de principio dónde, cuándo y cómo.

            Antes de continuar hay que recordar, quizás para aclarar la perplejidad que en algunos puede haber causado el título de este artículo, que, como muchos de ustedes ya sabrán, existen dos versiones de "El alcalde de Zalamea"; una, la más conocida y también la que según los expertos alcanza mayor riqueza literaria y dramática, es aquella de la que es autor Calderón de la Barca, pero existe otra, más desconocida, con el mismo título, atribuida a Lope de Vega. La primera que se escribió, alrededor de 1610, fue la de Lope, la de Calderón es posterior, sobre 1642. Parece ser que Calderón toma la idea de Lope, modificando algo el argumento y algunos personajes, aunque bien es verdad que enriqueciéndolo literariamente hasta el punto de que con el tiempo oscureció la primera. En ninguna de las dos se aclara terminantemente a cual de las dos "Zalamea" se refiere. Justo es reconocer que en el "Alcalde" de Calderón hay indicios que hacen pensar que pudo tratarse de Zalamea de la Serena; en él se habla de que el grueso de las tropas al que pertenecen los soldados que entran en el pueblo se halla en Llerena y que su maestre de campo, Lope de Figueroa, se encuentra  en Guadalupe, ambas poblaciones extremeñas. En relación con Lope de Figueroa, que aparece en ambas obras, conviene significar que es un personaje que existió realmente; se trata de un militar que estuvo en Flandes con el duque de Alba y parece ser participó también en la campaña de Portugal. Como veremos más adelante, este detalle puede tener también su importancia.

             Continuando con la obra de Calderón,  el contexto en el que se desarrolla hace suponer que las tropas se dirigen a Portugal o regresan de allí. Está comprobado que en 1580 Felipe II concentra tropas en Badajoz con el fin de hacerlas entrar en Portugal, precediéndole,  para dar apoyo militar a sus derechos dinásticos al trono luso y Zalamea de la Serena se encuentra próxima a esa ruta.

             Sin embargo leyendo con detenimiento la obra de Lope, que no olvidemos fue la primera en escribirse y por lo tanto la más cercana al suceso original, advertimos algunos detalles dignos de tener en consideración. En primer lugar no hay referencias ni a Llerena ni a Guadalupe, se habla sólo de soldados que pasan por el pueblo y se alojan en él, van también a hacer la campaña de Portugal pero parece que el rey tiene intención de enviar el tercio de Lope de Figueroa, como así lo confiesa él mismo, a las islas Terceras (Azores) para mantenerlas en orden y evitar que de allí pueda partir alguna rebelión, con lo que bien pudiera ir a embarcarse en algunos de los puertos andaluces, lo que sitúa a nuestra Zalamea en su ruta. En segundo lugar se mencionan dos personajes significativos que no figuran luego en el "alcalde" de Calderón: Bartolo el de Berrocal y Juan Serrano;  el primero tiene como referencia de origen del personaje un pueblo cercano al nuestro con el que se mantuvo una gran relación en tiempos pasados; el segundo es un personaje cuya existencia real está documentada en  Zalamea, en el Libro de los Privilegios, primero como regidor y después como alcalde, precisamente en el periodo en el que se sitúan los hechos (1580 - 1583).

 En la versión de Lope sorprende, por otra parte, el uso de expresiones, apellidos y nombres que fueron muy comunes en nuestro pueblo, aunque, para no faltar a la verdad, hay que decir que pudieron serlo también de cualquier otro pueblo del sudoeste peninsular.

             Veamos ahora cuándo pudieron tener lugar los hechos. Menéndez y Pelayo supone que el suceso debió ocurrir entre 1580 y 1581 por los indicios que se contienen en ambas obras. Efectivamente en ellas se habla, como ya hemos dicho, del envío de tropas a Portugal para apoyar los derechos dinásticos de Felipe II al trono del país vecino, país al que se desplaza el propio rey en persona siguiendo al ejercito, hechos que acaecen en aquellos años, aunque no es descartable que pudieran ocurrir también al regreso, que se produce en 1583.

             En ese periodo nuestro pueblo, en aquel tiempo Zalamea a secas ya que el apelativo la Real lo obtuvo más tarde, se encuentra inmerso en un proceso de emancipación del señorío arzobispal y anexión a la corona. Desgraciadamente las actas capitulares correspondientes a esos años desaparecieron del archivo municipal y el único documento que aporta información es el Libro de los Privilegios de 1592. En él no aparece ningún alcalde llamado Pedro Crespo pero se narra un suceso ocurrido el 21 de Septiembre de 1582 en el que un alcalde ordinario, Alonso Pérez León, se enfrenta a un juez comisionado real que pretende desposeerlo de su vara haciendo caso omiso de un privilegio concedido un año antes; se trata de un hecho en el que se defiende el honor y la dignidad de un pueblo ante el abuso de autoridad del comisionado. Por cierto la persona a la que éste nombra nuevo alcalde es ¡Juan Serrano! que a la sazón vivía en la calle de la Iglesia

             Hay otro aspecto que conviene resaltar. Durante su desplazamiento de Madrid a Lisboa para coronarse rey de Portugal, Felipe II despacha con frecuencia asuntos relacionados con nuestro pueblo, en concreto firma de su puño y letra seis documentos relacionados con el proceso de emancipación del arzobispado, el primero es un alvala fechado en Madrid el 25 de Diciembre de 1579; antes de partir hacia Lisboa firma otros dos, una carta de privilegio el 19 de febrero de 1580 y al día siguiente, 20 de Febrero, una provisión. Estando en Mérida, el 15 de Mayo de 1580, firma la carta de desmembración del arzobispado; más tarde en Badajoz, el 3 de Noviembre de 1580, firma otra cédula- provisión relacionada con el mismo asunto y estando ya en Lisboa el 17 de Noviembre de 1581  firma una cédula haciendo entrega a nuestros antepasados de la jurisdicción y rentas. Desde luego si hay una Zalamea que al rey, y a la austera corte que le acompaña, debió sonarle, entre los asuntos menores que hubo de tratar en ese tiempo, fue la nuestra.

             Es difícil precisar hoy como debió ocurrir - si ocurrió - el suceso original que dio origen a la leyenda que su vez sirvió de base al argumento de ambas obras. Indudablemente se trató de una cuestión de honor. Entre ese momento y la primera versión de la obra transcurren casi 30 años, tiempo suficiente como para que los hechos se tergiversen, si además se le añaden las modificaciones que los autores le introducen para dramatizarlo, resulta que puede ser realmente difícil averiguarlo. Puede que incluso Lope de Vega, y más tarde Calderón, tengan conocimiento de una leyenda que sitúen al azar en un pueblo cualquiera de España. Y por qué no en nuestra Zalamea si en aquellos momentos sonó en la Corte aunque por motivos distintos    

            A pesar de todo lo expuesto queremos dejar suficientemente claro que no podemos afirmar que el suceso que dio origen al famoso drama se desarrollara en Zalamea la Real. Carecemos de pruebas concluyentes que así puedan demostrarlo pero después de leer a Lope de Vega pensamos que hay lugar para una duda razonable.

 Manuel Domínguez Cornejo                      Antonio Domínguez Pérez de León

EL AÑO DE LOS TIROS I

EL AÑO DE LOS TIROS I

Foto: La plaza del antiguo pueblo de Riotinto donde tuvo lugar la manifestación

Hace ahora mas de 120 años tuvieron lugar en la Cuenca Minera unos hechos que durante mucho tiempo permanecieron en la memoria colectiva de sus habitantes. Fueron conocidos con el nombre de "El año de los tiros". El paso del tiempo ha ido diluyendo su recuerdo hasta el punto que las nuevas generaciones apenas saben algo de lo que ocurrió aquella tarde del Sábado 4 de Febrero de 1888 en la que alrededor de un centenar de personas que acudieron a una manifestación en la plaza del antiguo pueblo de Riotinto  perdieron su vida mientras defendían sus derechos de una manera pacífica. Aquel suceso ocupó la primera plana de los periódicos de la prensa nacional; sin embargo, muchos años después, lo ocurrido allí permaneció oculto por el miedo y el silencio impuesto desde arriba.          

             Afortunadamente hoy disponemos de una documentación que nos permite conocer con relativa exactitud lo ocurrido. Podemos manejar actualmente, para acercarnos a los hechos, el diario del Congreso y del Senado, donde se debatió largamente sobre lo ocurrido, los telegramas y cartas que se cruzaron entre las autoridades durante aquellos agitados días, la correspondencia con la oficina Central de Londres, la declaración de algunos inculpados, el libro "Los humos de Huelva" escrito por un periodista zalameño de la época. Todo esto sin detallar una multitud de documentos que directa o indirectamente se refieren a este asunto, así como las hemerotecas y numeros trabajos de reciente publicación.

             En las minas de Riotinto se había utilizado desde la antigüedad el sistema de calcinaciones al aire libre, las denominadas "teleras", como forma de fundición del mineral. Cuando la Compañía Inglesa compró estas minas al Estado Español en 1873, industrializa su producción y el número y tamaño de estas calcinaciones aumentaron desmesuradamente, produciendo una enorme cantidad de humos sulfurosos que se extienden por toda la Cuenca Minera. Esta "manta" de humos alcanzó unos límites insoportables para la salud humana y para los agricultores de la comarca. Fue sin duda éste último aspecto en el que Zalamea se vio especialmente perjudicada por ser un pueblo en el que la agricultura y la ganadería tenían mayor importancia.

             Paralelamente los humos también producían malestar entre los mineros ya que cuando las condiciones atmosféricas concentraban las emisiones de gases tóxicos en torno a la mina las trabajos se paralizaban y consecuentemente los mineros dejaban de percibir el salario correspondiente a ese día con lo que además de un problema medioambiental y de salud, los humos se convirtieron a la vez en un problema laboral.

             Este es el germen de los hechos que en sucesivos artículos iremos describiendo para explicar cómo se fueron desarrollando hasta culminar el 4 de Febrero de 1888 en aquella manifestación que fue reprimida duramente por los soldados del Regimiento de Pavía.

  Manuel Domínguez Cornejo           Antonio Domínguez Pérez de León

 

 

EL AÑO DE LOS TIROS II (Por qué Zalamea participó activamente en aquel suceso)

EL AÑO DE LOS TIROS II (Por qué Zalamea participó activamente en aquel suceso)

Foto: D. José Lorenzo Serrano, el poderoso terrateniente de Zalamea que tanta influencia llegó a tener en la Liga Antihumista

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            Para entender el papel que Zalamea jugó en el suceso del año de los tiros es necesario retroceder un poco en el tiempo. Recordemos que Zalamea la Real fue el pueblo matriz  de todos los que hoy componen la Cuenca Minera y que la segregación de las distintas poblaciones que se formaron fue consecuencia directa del crecimiento demográfico  derivado de la explotación de las minas, que pertenecieron a la jurisdicción de ete pueblo hasta  casi mediados del siglo XIX.

             En 1841 se produce la emancipación de Minas de Riotinto (1) que se llevó todo el territorio del yacimiento minero y en 1885 lo hizo el actual pueblo de Nerva. Estas segregaciones fueron recibidas con cierta animadversión por parte de Zalamea porque, entre otras razones, suponían la disminución de su territorio, por el que el pueblo se había visto obligado a pagar una elevada cantidad que lo endeudó durante muchos años. Por ello las clases dominantes mantenían una actitud hostil hacia lo administradores de las minas, por lo que no desaprovechaban oportunidad para enfrentarse a ellos, máxime cuando a esta circunstancia se le unió que la explotación minera supuso un golpe al poder absoluto que los caciques zalameños ostentaban, en tanto les restaba mano de obra disponible y barata. Cuando los humos de las teleras  se incrementaron como consecuencia del aumento de producción de la Compañía inglesa, los daños que originaron en los campos zalameños fueron realmente cuantiosos. Aquello fue la gota que colmó el vaso provocando que se formara la liga antihumista, presidida por don José María Ordóñez Rincón que era natural de Higuera de la Sierra y casado con una de las hijas de Don José Lorenzo  Serrano, poderoso e influyente terrateniente de Zalamea, pueblo que se adhiere y encabeza este movimiento desde 1876, al tratarse del más afectado económicamente por los humos de las calcinaciones. Ambos propietarios van a liderar la resistencia a las minas de Riotinto por este motivo.

                 Cuando comienza la década de 1880, las tensiones entre propietarios agrícolas y las minas se agudizan. Los directivos de la Compañia Inglesa utilizan toda su influencia para contrarrestar la protestas que les llueven de las poblaciones de alrededor, llegando incluso a promover la publicación de un decreto que declaraba las calcinaciones al aire libre como de utilidad pública (Paradójicamente en Inglaterra las teleras llevaban prohibidas desde hacia varios años). El decreto, aunque fue aprobado por el Congreso, no logró pasar, afortunadamente, el trámite del Senado.

 Por su parte los pueblos del Andévalo y la Sierra, afectados también  por las teleras ,  comienzan a prohibir, a nivel local, las calcinaciones en las minas de su término aunque, generalmente, la prohibición era dejada  sin efecto inmediatamente por el gobernador. El Ayuntamiento de Minas de Riotinto, influido por la compañía inglesa, se niega a hacerlo. Entre tanto, ambas partes intentan defender sus respectivas posturas utilizando todos los medios a su alcance.  De esta manera se llegó a principios de 1888.

  (1)El Antiguo pueblo de Minas de Riotinto estaba situado al noreste del Alto de la Mesa, entre ésta y Nerva. Era conocido popularmente como la Mina Abajo. Más tarde, ya en el siglo XX, al ser absorbido por la mina sus instituciones se trasladaron a un barrio situado al Sur, conocido como "El Valle", que es el actual pueblo de Riotinto

 Manuel Domínguez Cornejo      Antonio Domínguez Pérez de León

 

EL AÑO DE LOS TIROS III (La situación de los obreros de las minas)

EL AÑO DE LOS TIROS III (La situación de los obreros de las minas)

Foto: Grupo de obreros de las minas de Riotinto

             Como ya apuntamos en el primer capítulo, las razones de la manifestación del 4 de Febrero de 1888 fueron tres: los daños de los humos sobre la agricultura, especialmente en Zalamea la Real,  los problemas de contaminación y salud pública causados por esos humos y el malestar de los obreros por razones laborales.

             Conviene ahora entrar un tanto en profundidad en la situación en que se encontraban en aquellos años los mineros. Desde que los ingleses se habían hecho cargo de las minas de Riotinto, la producción aumento de forma considerable y ello trajo consigo un aumento desproporcionado de la población por la llegada de mano de obra procedente de otras provincias españolas y del sur de Portugal.

             Este aumento de población se registró especialmente en Nerva y Riotinto donde se crearon barrios mineros para atender al alojamiento de los nuevos obreros ( El Valle y el Alto de la Mesa nacen precisamente como poblados mineros). También ocurrió esto, aunque en mucha menor medida, en Zalamea y El Campillo (1), siendo la primera de estas poblaciones, debido a su distancia, la que tuvo una menor incidencia en su nivel de población aunque no por ello dejó de tener entre sus habitantes un número significativo de obreros ocupados en las minas. En Riotinto y Nerva  los mineros vivían hacinados y no era extraño encontrar a más de una familia alojada en la misma casa en condiciones de salubridad que dejaban mucho que desear.

             Por otra parte la Compañía mantenía una política de despidos muy rigurosa contra todos aquellos que demostraban una vida no acorde con sus gustos. Eran frecuentes en los poblados mineros los robos y peleas como consecuencia, en muchos casos, del consumo de alcohol. La compañía inglesa era intransigente con los infractores y generalmente a los despedidos se les expulsaba de las viviendas que ocupaban,  que  casi siempre eran propiedad de la empresa. Normalmente los despedidos solían marcharse si eran inmigrantes pero en otros casos permanecían en la zona vagando y viviendo de la caridad ajena.

             Los sueldos que recibían los obreros oscilaban entre los 15 y 21 reales al día; sueldos que en relación con los que se cobraban en el campo eran muy elevados (en el campo el salario medio por día era de 8 reales), sin embargo el trabajo en la mina era mucho más agotador y estaba sometido a un mayor riesgo de accidentes y enfermedades y cuando los humos impedían el trabajo en algún departamento no lo cobraban o recibían sólo la mitad. La empresa disponía de un servicio médico y farmacéutico para los mineros pero les descontaba una peseta semanal para contribuir al coste de este servicio.  

             Toda esta situación creo un enorme malestar de fondo entre la población de las minas, especialmente en los pueblos de Riotinto y Nerva. Y fue en estas circunstancias cuando llegó, en1883, Maximiliano Tornet, líder sindical de filiación anarquista que comenzó  a realizar actividades para movilizar a los trabajadores y exigir a la empresa cambios en su situación. Una vez que fueron descubiertas sus actividades sindicalistas fue despedido y pasó algunos meses en la cárcel pero puesto en libertad volvió de nuevo a Riotinto aunque no fue contratado de nuevo.

             Las exigencias de los mineros se fueron concretando en un aumento de sueldo, una reducción de la jornada laboral y la supresión de la peseta de contribución médica.

 (1) En 1888, El Campillo era aún una aldea perteneciente a la jurisdicción de Zalamea la Real. Con la explotación de la minas registró un sensible aumento de población que le llevó a independizarse de Zalamea en 1931.

 Manuel Domínguez Cornejo y   Antonio Domínguez Pérez de León

EL AÑO DE LOS TIROS IV (La situación política y los personajes)

EL AÑO DE LOS TIROS IV (La situación política y los personajes)

 Foto: José María Ordóñez Rincón. Presidente de la Liga Antihumos de Huelva

            Con el fin de facilitar la comprensión de los hechos es conveniente hacer una breve referencia a la situación política que se vivía en España en esa época.

            Después de la restauración de la monarquía  en la persona de Alfonso XII y una vez que este fallece joven 1885, queda como regente su segunda esposa Mª Cristina de Habsburgo ya que su hijopóstumo, el futuro Alfonso XIII, no nacería hasta 6 meses después.

            El sistema político que se practicaba en España era el bipartidismo, ideado por Cánovas para la restauración en la que los líderes de los dos partidos principales se turnaban en el poder. En el momento que nos ocupa le correspondía gobernar al partido liberal, siendo presidente del gobierno Práxedes Mateo Sagasta, tomando como ministro de la gobernación a José Luis Albareda.

            También creemos oportuno, antes de realizar la narración de los hechos, aclarar quienes eran los personajes que intervinieron en los sucesos para que cuando los mencionemos los lectores interesados puedan tener ya una referencia de ellos.

Hugo Mhateson: Presidente de la sociedad que compró las minas de Riotinto al gobierno de la I República en 1873 por casi 93 millones de pesetas: cantidad elevadísima para la época y que según algunos economistas salvó de la quiebra al estado español.

William Rich: Director de las minas de Río Tinto en Febrero de 1888. Los sucesos le cogieron casi desprevenidos porque acababa de llegar hacía apenas una semana. El dire3ctor interino hasta su llegada fue J. Osborne.

Maximiliano Tornet: Líder anarcosindicalista que llegó a las minas en 1883. Fue el principal responsable de las movilizaciones obreras de Enero y Febrero de 1888. (Por cierto, es el único personaje que aparece con su nombre real en la película "El Corazón de la Tierra")

José Lorenzo Serrano: Terrateniente zalameño de gran peso en influencia en la liga antihumista. Abogado y diputado provincial, comendador de la Orden de Carlos III y había sido alcalde de Zalamea en dos ocasiones. En 1888 tenía 71 años.

José María Ordóñez Rincón: Natural de Higuera de la Sierra, casado Mª de la Paz Lorenzo Serrano, hija de José Lorenzo Serrano. Abogado y diputado provincial. Era el presidente de la Liga Antihumista en 1888. Tenía 32 años en el momento de la manifestación.

Manuel Mora: Alcalde de Riotinto en aquel momento. Según algunos autores era empleado de la Compañía y estaba bajo su influencia.

José González: Industrial y propietario zalameño y alcalde de Zalamea en esa fecha.

Juan Antonio López: Abogado y secretario del juzgado de Zalamea. Según algunos testimonios fue uno de los principales instigadores de la manifestación de agricultores.

Agustín Bravo y Joven: Gobernador civil de la provincia de Huelva. Llegó a Riotinto el 4 de Febrero junto al regimiento de Pavía

Ulpiano Sánchez: Teniente coronel al mando de los soldados del regimiento de Pavía

Don Juan Talero: Natural de Bujalance (Córdoba), diputado nacional por el partido progresista, defendió ante el gobierno la postura de los pueblos. Falleció a los 28 años de edad pocos meses después de la manifestación.

Francisco Romero Robledo: Diputado conservador que interpeló duramente al gobierno por los sucesos del 4 de Febrero.

José Nogales: Periodista cuyas crónicas se opusieron a la versión oficial y que trató de aclarar los hechos de manera insistente.

Manuel Domínguez Cornejo y Antonio Domínguez Pérez de León