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UNA PROCESIÓN DE ZALAMEA EN EL SIGLO XVI

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Vamos a intentar en las próximas líneas describir lo que fue un desfile procesional religioso a finales del siglo XVI en Zalamea con el fin de que, además de ilustrarnos sobre los orígenes de la actual Semana Santa, pueda servirnos como referencia a la hora de estudiar la evolución  de dichas procesiones.

Antes de comenzar creemos conveniente introducirnos en lo que era Zalamea en aquel entonces con el objeto de ponernos en situación. Esto nos va a permitir en gran medida comprender los hechos que narraremos más tarde.

 En primer lugar hay que decir que estamos hablando de un periodo comprendido entre 1581 y 1599, es decir, han transcurrido desde entonces más de cuatrocientos años. En aquel tiempo  el pueblo era conocido como Zalamea del Arzobispo y contaba con 817 vecinos incluyendo los habitantes de las aldeas. Desde 1581 había iniciado un proceso de emancipación del arzobispado de Sevilla, suficientemente tratado y conocido, que culminó  en 1592 con su anexión a la corona de Castilla que  ostentaba Felipe II.

 En lo que se refiere al gobierno municipal, el pueblo estaba administrado por un alcaide mayor, representante de la autoridad arzobispal, dos alcaldes ordinarios, que en los actos públicos llevaban una vara para que se les reconociera como tal, cuatro regidores, equivalentes a los actuales concejales, un mayordomo, figura ésta de importancia, ya que era el encargado de custodiar y administrar los bienes del concejo, todos ellos asistidos por un alguacil y un escribano que hacía las veces de notario público. El cabildo o conjunto de gobernantes municipales se reunía semanalmente, y a él podían asistir todos los “hombres buenos” del pueblo, es decir los varones adultos, cristianos viejos y de reconocida honradez.

 Zalamea era un pueblo bien distinto del que hoy podemos ver y sería difícilmente reconocible por una persona que viva en la actualidad. Solo sería identificable la disposición de  la parte más antigua del pueblo. Las casas se agrupaban alineadas en una pocas calles; éstas serían Calle La Plaza, La Iglesia, Castillo, Olmo, Don Manuel Serrano, prolongándose hacía la Plaza de Talero, Fontanilla, Rollo y Tejada. Los edificios más significativos que distinguían al pueblo en aquel entonces eran la Iglesia y las Ermitas. La Iglesia,  con una configuración muy distinta a la actual, más pequeña, tenía tan sólo dos naves y un campanario de menor altura que nuestra actual torre. Estaban ya construidas la ermitas de San Sebastián, San Vicente y Santa María de Ureña, hoy dedicada a San Blas. Todas quedaban entonces a extramuros del pueblo. Las calles eran de tierra, las casas, normalmente bajas, de una sola planta y grandes corrales con paredes de piedra. No había iluminación que alumbrase las vías públicas una vez que se hacía de noche,  salvo alguna luminaria que pudiera colocarse en algún lugar de  concurrencia, con lo que el pueblo después de ponerse el sol se sumía en la  oscuridad más absoluta.

 No existían escuelas y un porcentaje muy elevado de zalameños eran analfabetos. La enseñanza estaba restringida para los hijos de familias acomodadas y la recibían normalmente de manos de canónigos o frailes que dedicaban parte de su tiempo a esos menesteres. Las actividades cotidianas comenzaban al amanecer y tocaban fin cuando las primeras sombras de la noche hacían su aparición, retirándose la gente a sus casas muy temprano. Zalamea era eminentemente agrícola y ganadera y se regía por unas normas recogidas en unas Ordenanzas Municipales desde 1535.

 La vida social giraba en torno a la religión hasta el punto que las actividades cotidianas venían determinadas por los toques de campana que llamaban a oración; la mentalidad de aquellos tiempos hacía pensar al hombre que la solución a sus problemas estaba en la religión: la curación de sus enfermedades, el éxito de sus cosechas, etc.. La práctica totalidad de las fiestas tenían carácter religioso.

 Todo lo dicho hasta ahora nos permite aproximarnos a lo que fue la vida de nuestro pueblo a finales del siglo XVI y nos ayudará a comprender lo que describimos a continuación. Pasemos ahora a hablar de lo que fue una procesión en aquel tiempo.

 No existía una Semana Santa propiamente dicha y en el marco de las convicciones religiosas y costumbres se llevaba a cabo una sola procesión que tenía lugar el jueves por la noche.

De esta manera, el día señalado, una vez anochecido, un toque de trompeta con “cadencia de dolor” anunciaba el comienzo de la procesión. Se iniciaba, partiendo desde la Iglesia, un desfile encabezado por un gran crucifijo portado por un clérigo vestido con su ornamento  característico; a continuación desfilaban seis cofrades con túnica negra  y hachas o velones encendidos y a continuación la imagen de una virgen, vestida de luto  y llevada por seis penitentes  negros, seguidamente  desfilaban los restantes cofrades de túnica negra con sus velas o hachas encendidas que rodeaban a los hermanos  cofrades vestidos de blanco. Estos llevaban el torso descubierto para disciplinarse, es decir se flagelaban, - azotaban -, con un manojo de latiguillos a los que algunos añadían una especie de pelotillas con vidrios incrustados; circunstancia ésta que estaba expresamente prohibida por considerarse una forma de alarde. Así, con la tenue luz que desprendían las velas  recorrían una buena parte de las calles del pueblo. Por delante de la procesión iba una cruz roja con una especie de pañuelo negro llevada por un cofrade que de esta manera advertía de  la proximidad de la procesión, acompañado siempre por la trompeta que repetía de vez en cuando su toque cadencioso y triste.

 Al final se disponía de una especie de servicio de higiene para lo cual la hermandad designaba algunos cofrades que con paños y agua  limpiaba las espaldas de los hermanos de Sangre.

Bien entrada ya la noche la procesión se recogía de nuevo igual que había comenzado, en un silencio profundo con el único sonido lejano de la corneta y con el sordo chasquido de las disciplinas sobre las espaldas de los penitentes blancos.

La procesión que acabamos de reconstruir no es una ficción, se trata de una reconstrucción basada  en los documentos  de la época y ofrece una imagen bastante fidedigna de cómo debió desarrollarse en la realidad. Es posible que alguien se sienta tentado de calificarla como una babarie o espectáculo cruento, pero los hechos del pasado ni se pueden justificar ni tampoco juzgar con la mentalidad del presente, en cualquier caso este tipo de procesiones eran muy comunes en los reinos de España y respondían a la  mentalidad a la que hacíamos referencia más arriba.

En Zalamea era realizada por la Hermandad de la Vera Cruz, a finales del siglo XVI y fue el germen de nuestra Semana Santa actual y en la que aún pueden distinguirse algunos elementos reconocibles: La existencia de penitentes negros que eran los encargados como hemos podido ver de alumbrar la procesión con sus hachas o velones y que por ello eran llamados hermanos de luz, y penitentes blancos, vestidos con túnica de ese color  y que se azotaban durante toda la procesión y consecuentemente eran llamados hermanos de sangre. Otro vestigio  lo encontramos en el toque de trompeta que advierte del paso durante el Vía Crucis.

 Manuel Domínguez Cornejo        Antonio Domínguez Pérez de León   

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