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LA RELIQUIA DEL PADRE GIL

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Durante la Edad Media y hasta bien entrado el siglo XIX, todas las hermandades y cofradías que se preciaran buscaban la forma de poseer una reliquia de su santo titular que contribuyera a reforzar la veneración que los hermanos y fieles en general profesaran al santo en cuestión. La Hermandad de San Vicente Mártir en Zalamea no fue menos y llegó a disponer de una reliquia de nuestro patrón que fue traída por un zalameño ilustre de aquel tiempo: el Padre Gil.

             Antes de hablar de la reliquia hagamos una breve reseña biográfica de este personaje. Su nombre completo era Manuel Gil Delgado y nació en Zalamea el 11 de Octubre de 1741, hijo de Martín Gil y de su mujer María Rafaela, también naturales de esta villa. Desde muy joven mostró sus inquietudes por seguir la carrera religiosa y así ingresó en la Orden de Clérigos Regulares Menores de la casa del Espiritu Santo de la ciudad de Sevilla. Parece ser que teniendo 26 años protagonizó un pequeño incidente con su orden porque sin contar con los permisos pertinentes se trasladó a Zalamea para socorrer a su padre que se encontraba en una precaria situación, por lo que fue requerido para que de inmediato volviera, en el plazo de 24 horas, a su clausura. Destacó por sus dotes oratorias y como escritor de obras científicas, llegando a ser visitador general de su orden. Sus inquietudes políticas le llevaron a formar parte de la Junta Central Española durante la invasión francesa, representando a la misma como embajador en Nápoles. Debió de tener un papel destacado en ella puesto que Benito Pérez Galdós lo menciona directamente en uno de los episodios nacionales que dedica a la Guerra de la Independencia.

             Pues bien, este hombre, que al parecer no perdió los vínculos con nuestro pueblo, aprovechó una visita a Roma en 1777, asistiendo a un capítulo general de su orden, para hacerse con una auténtica reliquia de San Vicente, acompañada de su bula correspondiente que la autentificaba y autorizaba para ser expuesta públicamente a los fieles.

             La reliquia consistía, según se describe en la bula, en un trozo de hueso del santo y cumplía todos los requisitos propios de la época para ser expuesta, incluido un auto de aprobación y licencia dado por el provisor en Sevilla en diciembre del año 1777. Después de lo cual llega por fin a Zalamea donde es recibida solemnemente por las autoridades religiosas y civiles.

             En Septiembre de 1778 el Ayuntamiento, a petición del presbítero de la villa, Don Francisco Martín Gil, acuerda dejar constancia documental en el archivo municipal de la recepción y autenticidad de la reliquia, siendo alcalde ordinario Don José Martín Zarza.

             La reliquia no fue depositada en la ermita de San Vicente sino que se conservó en la Iglesia Parroquial en el interior de una custodia de plata dorada  a través de la cual era mostrada  a los fieles. En un momento que no podemos precisar se deja de tener noticias de ella, desconociéndose actualmente su paradero. Puede que se perdiese durante la invasión francesa tras el expolio que sufre la Iglesia a manos de los invasores extranjeros o tras el incendio de la Iglesia durante la guerra civil española.

            No obstante, en la actualidad, en la  sala de sacristía de la ermita de San Vicente se encuentra una bolsa de paño  que contiene un ara, especie de losa de mármol, con un pequeño cuadro del mismo material incrustado que supuestamente oculta en su interior una reliquia, pero no podemos precisar en que consiste. La losa muestra restos de haber sufrido un incendio y en el cuadro incrustado se aprecian indicios de haberse intentado forzar para descubrir su contenido. No podemos afirmar si esta losa guarda alguna relación con la reliquia del Padre Gil.

             Hoy, en Zalamea, una transversal entre las calles Tejada y Fontanilla, llamada antiguamente Juego de las Bolas, nos recuerda el nombre de este ilustre zalameño y su destacado papel en la Guerra de la Independencia, quizás como testimonio de que en aquel lugar se produjeron los primeros enfrentamientos entre la resistencia zalameña y las tropas francesas que ocuparon la población en 1810.

Manuel Domínguez Cornejo             Antonio Domínguez Pérez de León

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