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LAS HONRAS FÚNEBRES EN LAS ANTIGUAS COFRADÍAS Y HERMANDADES DE ZALAMEA

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El estudio de las reglas de las distintas hermandades y cofradías que se constituyeron en desde la Edad Media hasta el siglo XIX en Zalamea refleja un faceta cuanto menos curiosa y es que  todas coinciden en la atención que se dispensa a las hermanos fallecidos. No deja de sorprendernos que, a pesar de que su cometido principal no era ese, todas dedican una especial atención a este aspecto. Había dos razones para ello, por una parte  contribuir mediante actos religiosas a la salvación de su alma, fruto de una creencia profundamente espiritual en la supervivencia de ésta después de la muerte;  y por otra en una necesidad , ésta más material, de dar sepultura y ofrecer honras fúnebres a los hermanos  difuntos. En el periodo del que hablamos aquellos que morían no tenían, ni mucho menos, garantizado un entierro digno. Se constituían por tanto en auténticos servicios funerarios de la época, al que, como veremos, se acudía incluso no siendo hermano de alguna de ellas.

 Recordemos, antes de seguir, que por aquel entonces los entierros se hacían llevando al fallecido en unas andas, especie de parihuelas formada por unas tablas de madera y por unos varales para portarlas, en las que se depositaba el cuerpo envuelto en una tela, denominada saya, sujeta por medio de ataduras para que no se abriera. La inhumación del cuerpo se hacía habitualmente en las iglesias o alrededor de ellas, dependiendo naturalmente de status social del difunto, como así estuvo ocurriendo efectivamente en Zalamea hasta que se construyó el primer cementerio en 1813, que como muchos recordarán estuvo situado en el solar que hoy ocupa el instituto de secundaria. Pero una familia indigente, que eran las más, podía encontrarse con que no tuviera quien le acompañase en el entierro y puede que ni siquiera unas andas para transportar el cuerpo y menos quien las llevase, debiendo transportarse en un carro o a lomos de mulas. El cavar la sepultura y el lugar era otro problema añadido que no siempre era fácil  resolver.

 Veamos pues como las distintas cofradías y hermandades contemplaban en sus reglas la atención a los difuntos y daban respuesta a estas necesidades.

 En 1425, la hermandad de San Vicente Mártir, la primera de la que tenemos constancia, establecía que en las fiestas de los difuntos se había de decir por los curas de la villa una vigilia y dieciocho responsos en las sepulturas de la Iglesia de la dos naves, situada en el mismo solar que la actual pero más  pequeña, y en el cementerio junto a ella. También se dispone que durante la celebración del santo se ha de dar misa y responsos por los difuntos de la cofradía. Así mismo tenían un velo, unas andas y cuatro hachas siempre dispuestas para enterrar a los difuntos y obligaba a los cofrades, bajo severas penas, a asistir a los entierros de los hermanos garantizando de esta manera que los integrantes de la hermandad tuviesen un acompañamiento digno en el traslado a su última morada.

 Ciento cincuenta años mas tarde, en 1580, la hermandad de la Vera Cruz, quizá la que daba más solemnidad a sus honras fúnebres, se imponía también la obligación de hacerse cargo de los funerales de todos los hermanos fallecidos y proveer de cera a todos aquellos que asistiesen a los entierros, así mismo disponían de un crucifijo portátil colocado en una vara verde que presidía la marcha, flanqueado por dos ciriales del mismo color que debían ser portados por tres hermanos designados por el hermano mayor. El crucifijo iba precedido de una campanilla que iba tañendo desde que salía de la Iglesia hasta la casa del difunto y posteriormente en su recorrido hasta la sepultura. Estaban obligados también todos los hermanos a asistir al entierro. Igualmente, ese mismo día u otro siguiente, la cofradía debía darle una misa cantada por la salvación  de su alma. Pero la Vera Cruz iba aún más allá, pues contemplaba la posibilidad de atender no sólo a los hermanos sino también a aquellos que sin serlo se “encomendaban” a ellos, pagando previamente la cantidad establecida (15 reales). También en este caso los integrantes de la cofradía debían proceder como si se tratara de un hermano más. Aunque las motivaciones eran claramente piadosas, el hecho de cobrar por estos servicios les convertía en lo que hoy podría llamarse profesionales; aunque bien es verdad que esta hermandad se hacía cargo también de atender a los pobres una vez hecha la averiguaciones para asegurarse de que no tenían bienes para pagar la “limosna” correspondiente. Pero también durante la enfermedad eran designados dos hermanos que debían visitarlo, para atender a la salud del alma, consolándolo y aconsejándole  que se confesara y comulgase.

 Algo más tarde la hermandad del Santísimo Sacramento establecía en sus reglas en primer lugar el velatorio de los hermanos que fallecieran designándose para ello a cuatro hermanos y que todo el que estuviese a menos de una legua debía acudir al entierro. Así mismo tenía preparadas cuatro hachas, velas menudas y dos codales parta los cofrades que acompañaran al difunto hasta la Iglesia para ser enterrado. Esta hermandad contemplaba igualmente que se pudiera atender a otros que no formaran parte de ella pagando doscientos maravedíes con el mismo ritual que se dispensaba a los hermanos. También se encargaban de excavar la sepultura  y portar las andas para llevar al difunto. De la misma forma se obligaba a enterrar a los indigentes siempre que estos fallecieran en casa de un hermano o en el hospital de la cofradía.

 Por último la Cofradía de nuestro Padre Jesús Nazareno, refundada en 1865, contemplaba la obligación de realizar unas honras fúnebres a los hermanos  fallecidos.

 Pero por aquel entonces existía un cementerios alejado de la Iglesia y algunas costumbres habían cambiado. La asistencia al entierro y a las honras fúnebres era voluntaria y siempre bajo invitación  de la junta de gobierno que sí debía asistir necesariamente con el estandarte y la insignia de la hermandad.

 Por cierto, en esta cofradía se produjo una anécdota con un difunto cuya familia reclamó a la hermandad las honras fúnebres que le correspondían como miembro de la misma. Pero hechas la oportunas indagaciones se descubre que no había satisfecho las últimas cuotas por lo que se acordó denegar su petición con lo que la familia hubo de afrontar los gastos del sepelio.

 Con el tiempo los entierros y honras  fúnebres fueron siendo asumidos por instituciones profesionales o por las propias familias liberando a las hermandades y cofradías de estas funciones, no obstante la mayoría de ellas conservan hoy un elemento residual de aquellas obligaciones, la de dedicar una misa por el alma de los hermanos fallecidos.

Manuel Domínguez Cornejo        Antonio Domínguez Pérez de León

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