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ZALAMEA LA REAL - HISTORIA

LOS VÍA CRUCIS EN EL MUNDO CATÓLICO, UN RITO. EL DE ZALAMEA, UNA JOYA CULTURAL.

LOS VÍA CRUCIS EN EL MUNDO CATÓLICO, UN RITO.  EL DE ZALAMEA, UNA JOYA CULTURAL.

Muchos han sido los estudios realizados sobre los orígenes del Vía Crucis en Zalamea la Real, pero nunca se ha abordado desde la perspectiva que ofrece este ritual en el resto del mundo católico. Su estudio desde esta óptica ofrece unos datos interesantes.

El Vía Crucis, al contrario de ser una un elemento exclusivo entre las  manifestaciones religiosas, es  una ceremonia bastante extendida por la comunidad católica. Parece ser que sus orígenes se remontan a poco tiempo después de la muerte de Jesucristo; se inició posiblemente en el mismo Jerusalén sobre el siglo I cuando los primeros cristianos marcaron devotamente, en el camino hacia el Gólgota, algunos de los momentos por los que atravesó Jesús desde la casa de Pilatos hasta el lugar donde fue crucificado y posteriormente sepultado.

Se sabe que en tiempos del emperador Constantino, -aquel que legalizó el cristianismo en el imperio romano-, eran ya muy numerosos los peregrinos que acudían a Jerusalem para realizar algún tipo de Vía Crucis. Mucho tiempo después fueron los franciscanos los que formalizaron y difundieron la celebración del Vía Crucis como ceremonia religiosa ya que a ellos  les fue encomendada la responsabilidad de custodiar los Santos Lugares. Inicialmente no existía una forma fija de llevarlos a cabo, ya que algunos lo hacían recorriendo el camino desde la casa de Pilatos al Calvario, mientras que otros hacían ese mismo camino pero al revés. Se trataba pues sencillamente de recorrer los lugares por los que pasó Jesús en las últimas horas de su vida.

 Según hemos podido averiguar, en un principio  el Vía Crucis se componía de 7 estaciones aunque a finales del siglo XVI ya se contabilizaba en muchos de ellos 12. Probablemente fue en Europa donde se le aporta dos estaciones más para convertirla en las 14 que tendría definitivamente. A partir de mediados del siglo XVIII el Papa instó a todos los sacerdotes a sacar en procesión el Vía Crucis en sus parroquias, de donde puede provenir quizá la antigua tradición de realizar esta ceremonia en el interior de nuestra Iglesia. Como podemos ver, además, este impulso que se da al Vía Crucis a mediados del siglo XVIII coincide con los datos que se tienen en Zalamea acerca de su fundación, que nos dicen que ya se celebraba uno en Zalamea  en 1750, antecesor del que 26 años más tarde constituyera Gabriel Alejandro Sanz, cuya historia obviamos por ser de todos conocida. Aquel Vía Crucis  puede que inicialmente tuviera un recorrido distinto al de hoy  y con el que posiblemente  tengan relación  las cruces distribuidas en algunas calles de Zalamea y que aún se conservan empotradas en las fachadas de algunas casas

Recientemente, en 1991, Juan Pablo II promovió una reforma del Vía Crucis añadiéndole una estación más, aparte de otros nuevos cambios. Este nuevo ritual, hoy bastante extendido en muchas poblaciones del mundo católico occidental, cuenta con una notable diferencia con los primitivos. Mientras que el nuevo comienza en el Huerto de Getsamní, en los antiguos empieza en la Casa de Pilatos con la condena a muerte de Jesús. Como podemos comprobar ésta es una muestra más de que el nuestro se ha mantenido fiel a sus orígenes ya que hemos comprobado que la distribución de sus estaciones se corresponde exactamente con el orden primitivo anterior a la reforma de Juan Pablo II.

Como ya mencionamos anteriormente, en una primera fase,  en el  siglo XVI, el Vía Crucis tenía 12 estaciones y finalizaban con la muerte de Jesús en el Gólgota.   Con su generalización en Europa se le añaden dos estaciones más que se corresponden con el descendimiento de la Cruz y el entierro en el Sepulcro. Posteriormente en Zalamea se le incluyó una decimoquinta dedicada a la Resurrección, peculiaridad esta que caracteriza al Vía Crucis de Zalamea.

 Antes de seguir adelante debemos reseñar la sutil diferencia entre Vía Crucis y Vía Sacra. Aunque en Zalamea se le conoce indistintamente con ambos nombres debemos distinguir que Vía Sacra se refiere al recorrido físico por el que discurre  la ceremonia mientras que Vía Crucis es la denominación que se da a la  ceremonia en su conjunto. Aclarado esto, debemos detenernos  un momento para analizar un detalle que denota la antigüedad del que se celebra en nuestro pueblo, ya que si se observan  bien las tres últimas estaciones se debieron añadir al recorrido primitivo de la Vía Sacra una vez definitivamente fijada esta ya que podemos ver que en el último tramo se acumulan de una forma muy continuada las tres últimas estaciones cuando de haber sido establecidas desde el primer momento hubiesen estado mejor distribuidas a lo largo del recorrido como sucede con las 12 primeras.

Por otra parte y volviendo a referirnos a este ritual en otros lugares, hemos comprobado que existieron y aún existen algunos Vía Crucis que también tienen ciertas peculiaridades, por ejemplo, algunos no se realizan el viernes santo como es el caso de El Viso del Alcor que tiene lugar el viernes anterior al miércoles de ceniza; en Niebla se lleva a cabo el viernes de Dolores alrededor de la muralla. Otros se caracterizan por su espectacularidad como es el de los “Empalaos” de Valverde de la Vera. Por lo demás hemos encontrado numerosas cofradías de Vía Crucis que no son significativas porque se dedican a sacar en procesión una imagen durante algún día de la Semana Santa. Uno de los Vía Crucis más originales ya desaparecido, pero que fue de los primeros que se llevó  a cabo era el de Sevilla, preludio de la Semana Santa sevillana, que empezaba en la casa de Pilatos y terminaba en el templete de la Cruz de Campo.

Lo que hace único y da valor  a nuestro Vía Crucis es el conservar los elementos primitivos originales de esta manifestación religiosa a los que hemos hecho mención, además de celebrarse en la noche del Viernes Santo como los que tenían lugar originalmente en Tierra Santa. Otros elementos, como la asistencia exclusiva de hombres o la incorporación de los toques de corneta y esquila procedentes de la hermandad de la Vera Cruz, han contribuido al carácter peculiar y diferenciador de una ceremonia que es una autentica joya antropológica a conservar. 

¿ SE RENDÍA CULTO A SAN VICENTE EN ZALAMEA ANTES DE 1425?

¿ SE RENDÍA CULTO A SAN VICENTE EN ZALAMEA ANTES DE 1425?

Hemos apuntado en otras ocasiones que probablemente el culto a San Vicente es anterior a 1425 y puede que se practicara en Zalamea desde mediados o finales del siglo XIV. Es una afirmación arriesgada, pero los indicios que nos llevan a pensar de esta manera vienen de dos fuentes.

 En primer lugar el  contexto histórico que nos habla de una expansión del culto a San Vicente que parte del reino de Aragón en el siglo XII y se extiende por el resto de los reinos cristianos a lo largo del XIII y del XIV. Con lo que es posible que llegara aquí con los repobladores castellanos y leoneses que se establecen en el término después de la reconquista a los musulmanes. Pero este contexto histórico sería insuficiente para llegar a esta conclusión si no tuviéramos otra fuente  que le diera fundamento.

 ¿Cuál es esa otra fuente a la que nos referimos? Pues no es otra que las mismas reglas de la hermandad de 1425. Como de todos es sabido, aquellas antiguas reglas fueron transcritas en 1638 por encontrarse el original en muy mal estado, apremiados por un visitador eclesiástico que les exigía que fuesen enviadas cuanto antes  a Sevilla para ser aprobadas por el Señor Provisor. Si damos por sentado que los hermanos de entonces copiaron literalmente lo que estaba escrito  en las de 1425, como así parece ser por los que se dice en la introducción: 

 “…la dicha rregla como esta mandado… sacada a la letra es de el tenor y fforma que se dice:”   Es decir copiada literalmente.

 También al final se afirma que se ha copiado el original :

 “…Como todo lo susodicho consta de el dicho libro donde se saco y se traslado…”.

 Pues bien en aquel texto de 1425 se encuentran los indicios de los que hablábamos antes y que nos llevan a afirmar que la devoción por San Vicente estaba extendida en Zalamea antes de que se constituyera la hermandad en aquel año.

 En primer lugar en el nº 8 de la relación de rentas se dice textualmente:

 “…y anssimismo la obligacion que tienen los priostes y alcaldes de ella segun la debocion antigua que an tenido los coffrades desta santa cofradia…”

 Alusión clara a que en el momento que se redactaron las reglas ya se tenía devoción por el santo  que a partir de esa fecha sería oficialmente nuestro patrón.

 De la misma manera en el párrafo que da principio a los capítulos de las cofradía se dice:

 “… De la ración de lo que los hermanos coffrades estan en costumbre de esta santa cofradía de el señor Sant Vicente en cada un año en el buen gobierno de la cofradía es el siguiente:”

 ¡La costumbre! Es decir, los capítulos de las reglas que siguen no hacen sino recoger lo que es costumbre; dicho de otro modo, lo que se venía haciendo cada año por los devotos de San Vicente.

 Y en esto mismo se insiste  al final del capítulo 3 cuando se escribe:

“…y que tengan todos los hermanos sus belas encendidas en el entretanto que se dicen los oficios dibinos conforme a la costumbre antigua.”

Pero las reglas contienen más indicios que los expresamente escritos. Sorprende comprobar las importantes donaciones que los primeros priostes y hermanos de la cofradía realizan nada más constituida. Donaciones que buscan asegurar las rentas de las que debía disponer la hermandad para su mantenimiento y que no se explican de otra manera si no es porque aquellos antepasados nuestros ya tenían una fe consolidada en el santo.

Podemos concluir entonces en que es altamente probable que desde mucho antes de que se constituyera la hermandad en 1425, probablemente desde mediados del siglo XIV, se practicara ya la devoción a San Vicente Mártir en Zalamea, devoción posiblemente no reglada ni organizada, pero sí bastante asentada y que culminaría con la creación de la hermandad el 24 de marzo de 1425 después del solemne acto de la elección del santo como patrón, impulsados quizá por la necesidad de institucionalizar su culto para hacer frente, según nos cuentan las reglas, a una enorme epidemia de peste que asolaba la región. Epidemia de la que, según cuenta la tradición, quedo libre nuestro pueblo por la intersección del santo.

Manuel Domínguez Cornejo              Antonio Domínguez Pérez de León

EL DESAGRAVIO

EL DESAGRAVIO

 El 15 de abril de 1810 era casualmente Domingo de Ramos, el inicio oficial de la Semana Santa. Nuestro pueblo atravesaba unos  momentos difíciles en plena guerra de resistencia ante la invasión francesa; un ejército español al mando del general Francisco Ballesteros estaba acantonado en la villa y los lugareños estaban obligados a su mantenimiento. Pese a ello, nuestros antepasados se dispusieron aquella mañana a realizar solemnemente la procesión propia de aquella fiesta, todo estaba preparado para la celebración imbuidos  de la religiosidad que inundaba la mayoría de las fiestas populares, pero el destino nos tenía preparado otra cosa.

Ese mismo día, sobre las once de la mañana, un ejército de franceses en número bastante elevado, - algunas fuentes hablan de 12.000, aunque hoy la cifra nos parece exagerada -, hacía su entrada por la fuente del Fresno, subía por los terrenos que hoy ocupa la Plaza de Abastos hasta llegar al lugar conocido como Juego de las Bolas que, en parte, es en la actualidad la calle denominada Padre Gil. Se inicia entonces un duro enfrentamiento entre las tropas francesas y las españolas, pero la superioridad numérica y de armamento de las tropas enemigas hacen retroceder a los nuestros en dirección a El Villar, acompañados de una buena parte de la población temerosa de las represalias que efectivamente tomaron los franceses.

             Dueños del pueblo los temidos invasores, que ya habían incendiado la población en varios puntos, seguramente consecuencia de los bombardeos, arrasan y saquean casas particulares y edificios públicos, ejecutan a personas civiles por haber ofrecido resistencia y sus ansias de saqueo se centran en la Iglesia Parroquial, donde roban todos los objetos de valor que se encontraban en ella y lo que fue más ultrajante y doloroso para los zalameños de la época, los actos sacrílegos llevados a cabo contra el Santísimo Sacramento arrojando al suelo la sagrada forma y rompiendo las imágenes de los santos,

  Cuando transcurridos los dos días que en aquella ocasión permanecieron los ocupantes en el pueblo, nuestros antepasados acuden a la Iglesia, contemplan estremecidos los horrores y ultrajes cometidos por los franceses. Los vasos sagrados, la custodia y todos los objetos de valor con los que con tanto esfuerzo habían ornado su Iglesia habían desaparecido, el Sagrario se encontraba abierto, las sagradas formas estaban arrojadas en el suelo y las imágenes rotas y violentadas.

             El dolor y el agravio que sintieron entonces los zalameños, de un espíritu tremendamente religioso, resulta hoy difícil de describir.

        Los franceses volvieron de nuevo a Zalamea a finales de 1811 permanecieron de manera intermitente hasta finales de abril de 1812. Durante ese tiempo volvieron a saquear el pueblo, pero ya no hay constancia de que volvieran a regresar.

             Es entonces cuando la hermandad del Santísimo Sacramento, toma a su cargo la reparación de la ofensas recibidas. Esta hermandad se constituye en nuestro pueblo probablemente a finales del siglo XVI. De cualquier forma se constata su existencia en 1703 en el libro de visitas pastorales del Archivo Arzobispal de Sevilla. Su función principal era la del Corpus Christi, aunque tenía otras como era la procesión claustral el domingo de Pascua de Resurrección y todos los terceros domingos de mes tras la misa mayor. El Santísimo era llevado en una custodia de plata que según algunos testimonio llegaba a pesar unos 50 kilos, también tenía como función el velar el Monumento el Jueves Santo (altar mayor adornado especialmente para estas fecha en torno al Sagrario) estando obligados el hermano mayor, los alcaldes y cuatro diputado de la cofradía a estar presentes  en las procesiones de tarde y madrugada de Semana Santa.

 Pues bien, como hemos dicho, esta hermandad asume la responsabilidad de realizar los actos de desagravio de los abusos cometidos por las tropas francesas en la sagrada persona de Jesucristo.

             Así el 20 de septiembre de 1812 se congregan en la Iglesia  los hermanos de esta cofradía y acuerdan que se celebre perpetuamente en adelante una función que se titularía de desagravio al Santísimo Sacramento y que deberá celebrarse cada  año el domingo más próximo al 15 de abril, siendo obligatorio para todos los hermanos asistir a ella en la que se dará un sermón cuyo contenido hará referencia al hecho que motiva esta función. Seguidamente se llevará a cabo una procesión del Santísimo después de la Misa que será cantada ante la Sagrada Forma manifiesta. Así mismo se acuerda que aquel año tenga lugar el 18 del mes de octubre ya que no pudo celebrarse el 15 de abril por estar el pueblo ocupado por las tropas francesas.

            Los franceses se fueron definitivamente de España en 1814, los zalameños, como el resto de los españoles, celebraron su marcha y el regreso de Fernando VII, pero la función de desagra.vio trajo durante mucho tiempo a la memoria de nuestros antepasados aquel trágico Domingo de Ramos de 1810

EL JUDAS: UNA TRADICIÓN QUE SE PIERDE

EL JUDAS: UNA TRADICIÓN QUE SE PIERDE

La fiesta de la “quema del judas” que se celebra en torno a la Pascua de Resurrección tiene un origen incierto, y al tratar de profundizar en ella nos ha llamado la atención la complejidad de sus inicios. Para algunos investigadores de esta manifestación tradicional el germen de esta fiesta no es tan evidente como puede desprenderse de su nombre. Parece ser que sus raíces se remontan a determinados ritos paganos que se celebraban alrededor del equinoccio de primavera en el cual, con el fin de despedir las penurias y dificultades pasadas durante el invierno, se procedía a quemar peleles o muñecos que simbolizaban de alguna manera la dureza y la escasez de los meses de invierno.  Otros estudiosos de este fenómeno remonta los orígenes de esta fiesta a los  “farenakois” del mundo clásico, aquellos individuos que eran culpados como responsables de los males del pueblo y que eran sacrificados como el único remedio a la mala situación por la que atravesaba la comunidad.

 Después del concilio de Nicea, la iglesia decide potenciar la festividad de la Pascua de Resurrección, cristianizando muchos de los ritos y tradiciones paganos. Posiblemente uno de ellos sería el “judas”

 Sea cual fuere su origen lo cierto es que a partir de esa fecha el significado de la quema del “judas” vino a representar el castigo que aquel discípulo debió tener por la traición al Maestro. Posteriormente, enmarcado en la celebración de la Semana Santa, esta fiesta simboliza la purificación del pueblo ejecutando al traidor, encarnación de la maldad y del pecado. Esa personificación se manifiesta en un muñeco de un tamaño más o menos natural que es elaborado con ropa vieja y rellenado con paja o papeles. La fiesta del judas dio lugar a muchas leyendas sobre la figura de este personaje, creándose auténticas fábulas sin base documental alguna.

Esta celebración se extendió profusamente por todo el territorio peninsular y continúa llevándose a cabo en muchos pueblos de España entre los que han alcanzado un gran renombre el de Villadiego en la provincia de Burgos, Robledo de Chavela (Madrid), Talayuela (Cuenca), Samaniego (Álava)  y Cabezuela del Valle (Cáceres), lugares donde esta fiesta ha llegado a tener preeminencia por encima de otras hasta convertirse en un referente  de esas localidades. También la encontramos fuera de España en algunos países de Latinoamérica, llevada allí seguramente por  colonizadores españoles. En Huelva destacan las de El Cerro de Andévalo, Fuenteheridos y Cumbres Mayores.

En Zalamea la Real la quema del “judas” adquiere particularidades específicas, incluyendo actos que si bien no son exclusivos, si son distintos de los de otros lugares. En un principio, en nuestro pueblo el “judas” se solía quemar el sábado de gloria al oscurecer, para lo cual, generalmente, cada calle elaboraba el suyo propio a base de ropa usada de los vecinos que era rellenada de paja. Por último se colgaba en el centro de la calle prendido de un cable que  atravesaba aquella de un balcón a otro.

Después de prenderle fuego, algunos vecinos sacaban sus escopetas de caza y disparaban al muñeco inmediatamente antes de que terminara de arder. Todo  con el disfrute y la participación de la chiquillería. Con el tiempo, ya en el siglo XX, la quema del “judas” comenzó a realizarse el domingo de resurrección por la mediodía al terminar la misa.

No nos ha sido posible conocer cuál ha sido el momento en el que comienza a celebrarse esta celebración en Zalamea, pero algunos indicios y referencias del contexto apuntan al siglo XVI.

 En el último tercio del siglo XX la quema del judas entra en franca decadencia llegando a desaparecer totalmente, hasta que en el año 2002, la junta de gobierno de la hermandad de Penitencia decide recuperarla expresamente, organizando esta quema en el Paseo Redondo, acompañándola de un pequeño teatro. No obstante la fiesta languidece y tiene un futuro incierto en nuestro pueblo. Con su pérdida se irá seguramente un trozo de las tradiciones más populares de Zalamea.

Manuel Domínguez Cornejo           Antonio Domínguez Pérez de León

LA SEMANA SANTA DEL AÑO DE LOS TIROS. MEMORIAS DE UN COFRADE

LA SEMANA SANTA DEL AÑO DE LOS TIROS. MEMORIAS DE UN COFRADE

Hoy viernes, 6 de abril de 1888, al regresar de la Vía Sacra, me he decidido a escribir estas líneas para dejar testimonio de mis vivencias a lo largo de estos últimos días. La imponente manifestación religiosa a la que acabo de asistir trae a mi memoria otra de la que apenas han transcurrido dos meses desde que sucedió. Aún padezco las secuelas de aquella primera en la que resulté herido, siento en mi pierna la horrible sensación de quemazón que tuve cuando la bala que salió del fusil de aquellos que decían defender el orden atravesó el muslo de mi pierna izquierda, pero en aquel momento, mientras me arrastraba para ocultarme entre las callejuelas de Riotinto y cuando a duras penas, ayudado por mi amigo Manuel Márquez López, conseguí llegar a Zalamea casi desangrado, elevé una oración a Nuestro Padre Jesús Nazareno y prometí que si salía con bien de aquel trance acudiría a la procesión del jueves santo, tras la imagen que tanto he venerado.

Gracias a Dios, Nuestro Señor, pude ver pasar aquel fatídico 4 de Febrero; luego, en los días que siguieron, María Santísima de la Soledad, a la que tanta fe he demostrado, debió cubrirme con su manto protector porque gracias a ella pude sobrevivir a las fiebres que me produjo aquella herida y a tantas noches de delirio y de temor que se sucedieron durante los días de convalecencia. Quizá por Ella me libré de los interrogatorios que tuvieron lugar después de aquel día. Por los amigos que me visitaron supe de tantos y tantos vecinos y compañeros que hoy no pueden contarlo, sentí en lo más profundo de mi alma la noticia de aquellos que jamás regresaron.

Hoy, mientras cantaba en la ermita del sepulcro el Perdón, eché en falta a aquellos que vinieron otros años, José Lancha López, que dejó su vida en la plaza ante el Ayuntamiento del pueblo de Riotinto, a Mateo Serrano Zarza, que aún se debate entre la vida y la muerte con el estómago destrozado por una bala criminal o a Miguel Librero, herido también y al que visité hace unos días. Junto a su lecho recordamos el miedo y el desconcierto que sentimos en aquel momento.

Al regresar a mi casa, me reafirmé en el propósito, desoyendo el consejo de familiares y amigos, de asistir y participar en todos los actos de esta Semana Santa para el engrandecimiento de nuestra Sagrada Religión, ofreciéndolo en honor de todos aquellos que han perdido su vida o fueron heridos aquel 4 de Febrero.

El 25 de Marzo de este mismo año, asistí a la reunión de la Junta de Hermanos de la Cofradía. En ella se acordó que cada uno de los componentes de la Hermandad aportara dos pesetas para destinarlas a sufragar los costes de la procesión, del sermón, de la música, de la cera y demás gastos que se derivaran. Aunque para mí estas dos pesetas han supuesto un gran esfuerzo, he contribuido gustosamente con el fin de glorificar a Dios Nuestro Señor, recordando su Pasión y Muerte, la misma que han tenido todos aquellos que no han podido estar aquí estos días. Con la ausencia del hermano mayor, José González, que marchó a Madrid para evitar ser detenido y poder defender los intereses del pueblo del que hasta hace poco tiempo ha sido alcalde, se celebró la reunión en la que acordamos la organización de los actos de esta semana Santa y en la que admitimos a un nuevo hermano. Así mismo, Antonio Mantero, nos informó de las dificultades que tendríamos, con su proverbial eficiencia como secretario de la cofradía.

Ayer jueves, 5 de Abril, con túnica de hermano y los pies descalzos, en cumplimiento de mi promesa, acudí a la procesión, sufriendo los rigores del trayecto. En los momentos que sentía que las fuerzas me abandonaban, la contemplación de la imágenes de Nuestro Señor y de su Madre y el recuerdo de su Pasión, empequeñecían mi dolor y mi propio sufrimiento, dándome ánimos para seguir. La imagen tenuemente iluminada por la luz de los candelabros en la oscuridad de las calles de Zalamea componían una hermosa escena que me hizo sentir orgulloso de pertenecer a este noble pueblo, que unos meses antes defendió valientemente sus campos de la devastadora “manta” de humos y que en estos días se une para rendir veneración a Nuestro Señor en su Pasión.

Este año la banda de música no ha sonado de igual forma que en los anteriores, muchos de sus instrumentos y los que los portaban quedaron en el suelo de la plaza del vecino pueblo.

 Hoy viernes, 6 de abril, he asistido a la Vía Sacra, la corneta y la esquila nos concentró, como desde hace más de 100 años ante la puerta de la Iglesia; el silencio esta vez ha sido más profundo. Apoyado en el hombro de Vicente Pérez García he seguido los pasos de la Cruz de guía por las calles apenas alumbradas  en algunas esquinas por los faroles de petróleo. Ante  mí caminaba Juan Antonio López, al que ignominiosamente han acusado de ser uno de los instigadores de la manifestación. Estoy convencido de que nuestro Padre Jesús Nazareno tendrá a su lado  a aquellos que hoy no han podido estar con nosotros.

 Al ver a tantos vecinos y amigos en esta conmovedora muestra de fe en la muerte y resurrección de Cristo me ha parecido oír los disparos de aquel trágico día, disparos que aún retumban en mis oídos y que seguirán haciéndolo durante mucho tiempo.

 Cuando termino de escribir estas líneas las lágrimas inundan mis ojos y ante mí desfilan las horrorosas imágenes de muerte y sufrimiento vividas  el pasado 4 de Febrero de 1888.

Que Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de la Soledad nos protejan.

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 Esta narración y el personaje que la hace son imaginarios, sin embargo los hechos y la personas que se mencionan en ella son totalmente reales.

 La Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de la Soledad, reorganizada en 1865, celebró efectivamente el 25 de Marzo de 1888 una Junta de Hermanos para programar los actos de la Semana Santa de aquel año. Los 41 hermanos que la componían aportaron 82 pesetas para sufragar los gastos.

 José González Domínguez fue alcalde de Zalamea hasta el 8 de Marzo de 1888 y hermano mayor de la cofradía.

 Antonio Mantero fue secretario de la cofradía durante más de quince años.

 Juan Antonio López fue acusado como principal instigador de los hechos de 1888.

 José Lancha López murió como consecuencia de los disparos de las fuerzas del orden público aquel 4 de Febrero.

 Mateo Serrano Zarza fue herido en el vientre por una bala.

 Miguel Librero sufrió igualmente heridas de bala.

 Manuel Márquez López fue admitido como hermano de la cofradía el 25 de marzo de 1888.

Vicente Pérez García fue admitido también como hermano un mes más tarde.

 La banda de música que acompañó aquel año a la procesión no pudo contar con todos sus integrantes. Iba al frente de la manifestación que salió de Zalamea y según cuenta la tradición muchos de sus miembros murieron o fueron heridos aquella tarde del sábado 4 de Febrero en Riotinto

 La Semana Santa de 1888 fue especialmente triste; en la mente de los zalameños estaban vivos aún los sucesos ocurridos dos meses antes.

Manuel Domínguez Cornejo         Antonio Domínguez Pérez de León

LOS ORÍGENES DE LA RELIGIOSIDAD EN ZALAMEA

LOS ORÍGENES DE LA RELIGIOSIDAD EN ZALAMEA

Las manifestaciones religiosas han estado presentes en la historia del hombre desde su aparición en la faz de la tierra, y en nuestro pueblo no podía ocurrir de manera diferente. Los primeros indicios de población en el municipio de Zalamea la Real aparecen en el Paleolítico, periodo que ha arrojado pocos restos en nuestra localidad, sin embargo no es hasta el Eneolítico cuando comienzan a construirse los primeros enterramientos que reflejan un cierto grado de religiosidad de estas poblaciones. Los yacimientos arqueológicos indican una estructura social bastante consolidada, muestra de ello son los conocidos dólmenes de El Pozuelo, levantados en el Calcolítico que constituyen auténticos monumentos funerarios reflejo de unas creencias profundamente religiosas. No fueron simples sepulturas donde enterrar a los muertos, los estudios realizados, tanto en el ajuar funerario hallado en su interior como en la estructura y el túmulo que los cubre, indican que nos encontramos ante un símbolo religioso que pudo tratarse también de una especie de marca territorial del grupo que los construyó. La orientación hacia el Este de casi todos estos monumentos indican  cierta creencias en divinidades astronómicas. Los restos encontrados en su interior demuestran a su vez que estos hombres tenían profundas convicciones acerca de una vida en el más allá.

 Algunos de los símbolos aparecidos muestran también influencias de oriente en sus creencias; es el caso de los ídolos almerienses en forma de figura alargada con cintura estrecha que representan quizá a una especie de diosa. No podemos precisar exactamente hasta donde llego el culto a este ídolo, fruto de los contactos culturales entre poblaciones autóctonas y habitantes llegados desde el levante andaluz, sí podemos asegurar que tuvo un cierto calado, ya que en uno de los dólmenes de El Pozuelo aparece además grabado en uno de sus ortostatos. Otros elementos, por el contrario, son de carácter autóctono, como es el caso de los ídolos placas. Estos ídolos representan la creencia de nuestros antepasados en divinidades de origen animal, búho o lechuza a los que seguramente se les atribuía poderes sobrenaturales. Es un tipo de ídolo elaborado con más detalles que el almeriense. Ambos ponen de relieve que los pobladores de nuestro término municipal compatibilizaron sus propias creencias con las que llegaron del exterior.

 Nos encontramos pues, ante una cultura profundamente religiosa sin que podamos definir aún, con exactitud los detalles de esa religiosidad. Deducimos  que celebraban ritos y ceremonias en torno a los dólmenes, sin que estuvieran motivados expresamente por un enterramiento, como lo demuestran los hallazgos realizados en el exterior del dolmen. En ellos se han encontrado ídolos placa y trozos de cerámica, algunas de ellas intactas, que por su posición no cabe relacionarlas con el enterramiento en sí mismo sino con las ceremonias a las que antes hacíamos referencia, aunque el carácter religioso y sepulcral fuesen indisolublemente unidos como más adelante hasta bien entrado el siglo XIX sucedería también en las ermitas e iglesias católicas.

 Metidos de lleno ya en la Edad del Bronce apreciamos como los enterramientos derivan a una sepultura más simple que sin embargo no entra en contradicción con el hecho de que siguieran teniendo creencias religiosas aunque apuntan a que los lugares de culto no están ya  tan directamente relacionados con los cementerios porque en este periodo existían lugares  específicos  donde se llevaban a cabo sus ceremonias, distintos a los lugares de enterramiento propiamente dichos.

Ejemplo de ello es el hallazgo en nuestro mismo término de los grabados de Los Aulagares, lugar que sin duda debió tener un carácter sagrado para la población de aquel entonces. Los estudios que se han hecho sobre estos grabados le dan una interpretación religiosa. Probablemente se trataba de un lugar simbólico para los pobladores de la zona donde puede que llevaran a cabo diferentes ritos que se materializaban con la grabación en la roca de unas formas circulares que pudieron tener a la vez  una significación astronómicas en la medida  que ésta estuviera  relacionada con su religión. El lugar debió ser una especie de templo o santuario al aire libre en el que nuestros remotos antepasados se reunían para pedir protección y prosperidad en forma quizá de un clima propicio o  de lluvias. Ya Estrabón y Ptolomeo hacían alusión a que este tipo de lugares se dedicaban al culto a divinidades astronómicas propias de los indígenas.

Los pueblos prerromanos que habitaron  nuestra zona desarrollaron creencias en dioses de origen céltico como fue el caso de Endovélico, divinidad que tenia una dualidad entre infernal y protectora y en el que algunos autores encuentran el origen  del actual nombre de nuestra comarca natural, el Andévalo. Seguramente estas creencias naturales pervivieron durante un largo tiempo hasta la llegada de los romanos y posiblemente convivieron con ellos durante el periodo de romanización.

 Con el transcurso del tiempo, la ocupación del territorio por los romanos da lugar a una conversión progresiva de la población indígena a las costumbres y religión de los invasores aunque es probable que pervivieran  con la oficial algunos elementos de la religión nativa, no obstante la influencia de los nuevos dominadores extendió entre el pueblo algunos de sus cultos y aunque no se han hallado vestigios arqueológicos claros si se han encontrado en algunas construcciones de épocas posteriores indicios y restos  de lo que pudieron ser pequeñas edificaciones religiosas, como por ejemplo sucede en la ermita de San Blas que se levantó sobre los cimientos de una posible edificación de este tipo de  época romana.

Durante el periodo de romanización irrumpe una nueva religión: el cristianismo. Los primeros indicios de la presencia  de esta creencia en nuestro término se encuentran precisanete en os grabados prehistórico de Los Aulagares. Allí algún creyente grabó en la piedra una cruz  que ha sido catalogada como paleocristiana ( Siglo IV  d C.) Es pues la primera muestra del culto de esta nueva religión en Zalamea. Se trata de una pequeña cruz sobre un triángulo, que parece ser simboliza el monta Calvario. Los estudios que se han realizado sobre este grabado demuestran su autenticidad y la sitúan en una época en la que se inició la difusión del cristianismo en la península ibérica. Poco podemos decir de cómo era la vida de estos primeros cristianos en Zalamea, pero podemos deducir que no fue fácil y formaron la base sobre la que se construyó más tarde la religión dominante en nuestra localidad. 

Manuel Domínguez Cornejo         Antonio Domínguez Pérez de León

LOS ALCALDES DE ZALAMEA

LOS ALCALDES DE ZALAMEA

A menudo se ha escrito del alcalde de Zalamea tratando de identificar al protagonista de la célebre obra de Lope de Vega y más tarde de Calderón como un personaje de nuestro pueblo. Sin embargo, sin necesidad de esta identificación, en nuestro pueblo hay alcaldes que merecen ser destacados por la importancia de algunas de sus decisiones o actuaciones a favor de nuestra localidad.

 Naturalmente no nos vamos a referir a todos los alcaldes que ha tenido Zalamea desde sus orígenes, pretendemos mencionar algunos de ellos que se significaron por algún motivo relevante durante su periodo de mandato. Todo ello sin menospreciar la labor que otros muchos han hecho, a veces de forma callada,  que no ha trascendido y que quizá sea motivo de otro artículo.

 Pero entremos ya en materia sin más preámbulos. Los primeros a los que debemos hacer mención son Bernabé García y Bartolomé González, alcaldes, -recordemos que por aquel tiempo el pueblo estaba regido por dos alcaldes ordinarios que eran elegidos por un año-, que el lunes 14 de Octubre de 1534 acordaron hacer nuevas ordenanzas municipales que regularan las penas y la gobernación de la villa de cuyo acuerdo resultaron las Ordenanzas, sancionadas por el arzobispo un año después, en 1535.  Ordenanzas que afortunadamente han llegado a nuestros días y se conservan en el archivo municipal como una auténtica joya de nuestro patrimonio. Todo un ejemplo de regulación de una comunidad a punto  de salir de la Edad Media y, para muchos estudiosos, modelo de explotación ecológica de los recursos naturales. Evidentemente la  decisión de aquellos dos hombres tuvo gran repercusión en el tiempo.

El siguiente alcalde al que queremos hacer mención es a Alonso Pérez León Este hombre era uno de los dos  alcaldes ordinarios del año 1582 y fue el protagonista del suceso que según algunos autores locales inspiró a Lope de Vega en la obra “El Alcalde de Zalamea”, la primera de las versiones que se publicaron, anterior a la de Calderón. Como de muchos es sabido, por aquel entonces Zalamea era conocida como “Zalamea del Arzobispo” por su dependencia señorial a este cargo eclesiástico y había iniciado un proceso de emancipación del señorío arzobispal para adherirse a la corona. Fue un proceso largo y difícil para el que el rey Felipe II designó al licenciado Miguel de Rado con el fin de que delimitase el término y lo entregara a las autoridades locales que habían contraído una deuda para emanciparse y obtener unos privilegios de autogobierno. Rado se excedió en sus funciones y el 23 de Septiembre de 1582 reunió al concejo para hacerle entrega del término delimitado y darle posesión de sus cargos. Para ello les pidió a todos los regidores sus respectivas varas, símbolos de sus cargos, pero Alonso Pérez León adoptó una postura enérgica y orgullosa alegando que el comisionado real no tenía potestad para nombrarles toda vez que el rey, en una cédula de 1581, le había concedido a la villa el poder elegir sus propios alcaldes sin intervención alguna. Los documentos reflejan como aquel domingo 23 de Septiembre, Alonso Pérez León  “dio su vara pero no la acabó de soltar” como una manera de negar al comisionado real su potestad de poder nombrarlo. Viendo que el alcalde no la soltaba, Rado dio la suya propia a Juan Serrano, destituyendo al anterior. Algunos regidores, equivalentes a los actuales concejales, que apoyaron al alcalde  fueron igualmente destituidos. Evidentemente se trata de un gesto de valor y dignidad ante todo un comisionado real. Diez años más tarde Felipe II dio indirectamente la razón al alcalde, otorgando una carta de privilegios a Zalamea llamándola “Villa de si y sobre sí, ” y reconociendo a sus alcaldes,  regidores, escuderos y oficiales potestad sobre la jurisdicción civil y criminal. A partir de entonces comenzó a llamarse la Real, aunque este apelativo no aparecería oficialmente en los documentos hasta el siglo XVIII. Sin lugar a dudas el gesto del alcalde Alonso Pérez León fue un símbolo del espíritu que animó a nuestros antepasados del siglo XVI.

Ciento cincuenta años después otro alcalde, por coincidencia del mismo nombre que el anterior, protagoniza otro notable suceso. Su nombre era Alonso Pérez de León Serrano;. ocurrió en 1738 y reinaba entonces en España Felipe V, el primer rey de la dinastía de los Borbones, que envió otro comisionado a Zalamea para que delimitara las tierras baldías de nuestro término y agregarlas a las propiedades de la corona. Este comisionado encuentra que las dehesas y terrenos del común son tierras baldías y por tanto decide declararlas de propiedad real, privando al pueblo de una parte importante de sus recursos económicos. Alonso Pérez de León se presentó ante el comisionado para protestar portando los privilegios de Felipe II. El comisionado consideró insuficiente tales pruebas y dio dos días de plazo al concejo para que aportara otras mejores. Alonso Pérez de León hizo caso omiso de la orden y se dirigió directamente al rey presentando la carta de venta y los privilegios otorgados por Felipe II, reclamando también se condenara al comisionado a pagar los gastos de la causa. Esto último no fue aceptado, pero el rey reconoció a Zalamea la propiedad de sus tierras y el pleno disfrute de ellas. Aquel espíritu de defensa de los derechos adquiridos, concedidos por Felipe II seguía aún vivo en nuestro pueblo y Alonso Pérez de León supo hacer gala de ello.

 Damos otro salto de 150 años y nos trasladamos a 1888. El protagonista es ahora José González  Domínguez, alcalde de Zalamea durante aquel fatídico año de los tiros que quedó trágicamente grabado en la memoria colectiva de muchas generaciones de zalameños. No vamos a recordar los hechos en cuestión porque creemos que son suficientemente conocidos por todos. El alcalde, como responsable del municipio y en defensa de los intereses del pueblo amenazados por los humos de las calcinaciones al aire libre.- las famosas teleras-, encabezó la manifestación, junto a los líderes de la Liga Antihumista, que partió de Zalamea, el sábado 4 de Febrero de 1888 y llegó a Riotinto al filo del mediodía. José González subió con Lorenzo Serrano, Ordóñez y Tornet a los altos del Ayuntamiento de aquella localidad para pedir que la corporación tomara un acuerdo que prohibiera las teleras, Desde allí contempló horrorizado los disparos que los soldados enviados desde Huelva realizaron contra los manifestantes, quedando abatido y recibiendo del gobernador la orden de que volviera a Zalamea y esperara la decisión que se tomaría contra él ya que lo consideraba máximo responsables de la manifestación. Pero sabedor de que no podía esperar nada bueno,- como así fue-, cuando días más tarde se envía una orden de detención contra él, el 8 de Febrero, se había marchado a Madrid donde se entrevistó con políticos relevantes y buscó el apoyo para defender la posición de Zalamea contra las calcinaciones al aire libre. Posteriormente fue inhabilitado para el cargo aunque dos años después fue reelegido para ocupar de nuevo la alcaldía de Zalamea.

Más cerca ya de nuestros tiempos, queremos destacar a Manuel Domínguez de la Banda, alcalde de Zalamea en 1933, durante la II República. Eran tiempos agitados en los que por un lado los grandes propietarios querían mantener sus privilegios y sus tierras y por otro, el pueblo, fundamentalmente los que se dedicaban a la agricultura y a la ganadería, que reclamaba el uso de las coladas y ejidos para su ganado así como los terrenos comunales que habían sido ocupados por los grandes propietarios de fincas colindantes. Manuel Domínguez promulgó un bando en el que dejaba claro cuales eran los terrenos del común  y las coladas del término y más tarde en marzo de 1933 hizo el inventario de ejidos de la villa y sus aldeas. Esto supuso un grave enfrentamiento con los grandes propietarios que habían venido haciendo uso de esas tierras tradicionalmente, tierras que debían ser de uso común de todos  los zalameños.  Con el pronunciamiento militar de julio de 1936 los ejidos y las coladas volvieron a caer en el olvido y Manuel Domínguez pagó con su vida el valor demostrado al delimitarlas.

El último de los alcaldes al que  vamos a referirnos es Cándido Caro Valonero. Fue elegido concejal a principios de 1936, pero las sucesivas renuncias de alcaldes o ceses de los que le antecedían en la lista le llevó a asumir la alcaldía el 28 de Junio de 1936, tan sólo un mes antes del estallido de la guerra civil. Habiéndose producido la sublevación del general Franco, un grupo de radicales venidos de poblaciones cercanas pretendieron quemar la cárcel con los detenidos de derechas partidarios de la sublevación recluidos en su interior, como ya había sucedido en otras localidades; pero este alcalde se opuso, arriesgando su integridad personal, al grupo de descontrolados, haciéndoles saber que tendrían que pasar por encima de su cadáver para llevar a cabo lo que intentaban. Los radicales ante la  firme postura del alcalde decidieron marcharse. El 25 de Agosto entraban las tropas nacionales en Zalamea. Poco mas tarde, Candido Caro, a pesar de haber defendido con riesgo de su vida a los prisioneros que estaban detenidos, fue posteriormente fusilado por los sublevados en la cárcel de Huelva.

 Creemos que todos ellos merecen hoy al menos nuestro reconocimiento.

 Imagen de la foto: Manuel Domínguez de la Banda

 

LA EMANCIPACIÓN DEL ARZOBISPADO (IV)

LA EMANCIPACIÓN DEL ARZOBISPADO (IV)

EL PUEBLO DESPUÉS DE LA EMANCIPACIÓN

Después de haberse comprado a sí misma Zalamea obtuvo un término municipal cuya extensión estaba alrededor de los 410 Km2. Básicamente sus límites por el sur, este y suroeste son los mismos que hoy conocemos pues una reconstrucción de los amojonamientos que hizo Rado en 1582 coinciden con los que hoy existen, ya que aunque se mantuvieron litigios con Niebla y después con Valverde, una vez independizada esta población de aquella, por la situación de algunos mojones en el Valle de la Murta y en el lugar conocido como el Citolero, parece ser que el contencioso se resolvió en principio a favor nuestro. Por cierto, y a título anecdótico, este contencioso al que ya hemos hecho referencia anteriormente, duró más de cuatrocientos años, ya que hay constancia de que aún se seguía pleiteando a finales del siglo XVIII. Seguramente será uno de los procesos judiciales más largos de la historia. Así pues en aquellos momentos, por el sur se limitaba con el término de Niebla, siendo los ríos Tinto y Odiel los que marcaban los extremos orientales y occidentales del término zalameño, por el norte y por el noreste lindaba con Almonaster, Aracena y llegando hasta el Castillo de las Guarda, siendo con éste el límite de separación la ribera del Jarrama. Es por este lado nor-noreste por donde Zalamea sufrió la pérdida de una gran parte de su término, hasta un 40 %, con la emancipación de Minas de Riotinto, Nerva y El Campillo. Así pues, aunque hoy la población de Zalamea está situada casi en el extremo norte de sus límites, en la época que nos ocupa, finales del siglo XVI, se encontraba prácticamente en el centro del territorio que administraba.

 En este extenso término que hemos descrito hallamos numerosas poblaciones y en ellas habitaban, según el censo que se tomó para calcular la cantidad que había que pagar a Felipe II, 817 vecinos y medio, que nos da una población real que estaría entre 2.500 y 3000 personas, puesto que los censos se hacían por vecinos y no por individuos, habiéndose de multiplicar aquella cantidad por un coeficiente aproximado de 3,5, para que nos dé los habitantes reales.

El núcleo de mayor envergadura, y en la que residían la mayor cantidad de habitantes fue lógicamente el pueblo de Zalamea, que a partir de ese momento comenzó a denominarse “la Real”. El resto se encontraba disperso por la numerosas aldeas y lugares que se hallaban en sus tierras. Entre ellas podemos certificar  la existencia en aquellos años de los núcleos que a continuación enumeramos: en primer lugar encontramos El Villar, El Buitrón y El Buitroncillo o Buitrón Viejo, de las que tenemos constancia existían ya en 1425, por la mención que se hace en el libro de las reglas de la Hermandad de San Vicente de vecinos o lugares de esas aldeas. Posiblemente su origen se remontara a época musulmana o anterior. Igualmente hallamos la aldea de Marigenta, de la que tenemos noticias en las Ordenanzas Municipales de 1535 y que siguiendo un trabajo de Antonio Vázquez León, originario de la misma, publicado en la revista de feria de 1983, tuvo sus orígenes entre finales de 1300 y principios de 1500. Su nombre actual deriva de la aplicación del adjetivo “genta” al nombre de la virgen, que vendría a significar algo así como María la Gentil, Hermosa , Gallarda, María-genta.

 También sabemos de la existencia, en 1534, de Villanueva del Abiud, que bien pudo ser una nueva denominación de la aldea de Abiud o un nuevo habitáculo creado en las proximidades por desplazamiento de sus habitantes.  De cualquier manera ambas parecen estar estrechamente relacionadas y su origen plantea una gran interrogante por cuanto que su nombre, Abiud, es un vocablo de origen hebreo.

 Así mismo y por hacer referencia de ellas el libro de las Ordenanzas, hay que mencionar que a principios del siglo XVI existían también las aldeas de Riotinto, El Campillo, Traslasierra, Hermitaños, Las Delgadas y el Monte de Alonso Romero, que derivó más tarde por abreviación en Montesorromero. Aunque las noticias que tenemos son imprecisas suponemos que en este tiempo existían ya también otras aldeas, tales como El Pozuelo, Pie de la Sierra, Membrillo y Corralejo, así como numerosos caseríos diseminados que aún hoy siguen existiendo. La razón de tal cantidad de núcleos de población se debió a la necesidad de que existiera una dispersión poblacional con el fin de aprovechar todos los recursos que generaba tan amplio término, ya que es imposible que desde un solo punto pudiera realizarse un adecuado aprovechamiento por las dificultades lógicas de desplazamiento.

Probablemente después de la reconquista a los musulmanes y la entrega de Zalamea al arzobispo de Sevilla, todos estos lugares comenzaron a depender administrativamente del de mayor envergadura por una simple razón de concentrar el control de todos ellos en un núcleo determinado, dependencia que se convierte en definitiva en 1592 cuando nuestro pueblo se emancipa del arzobispado.