Blogia

ZALAMEA LA REAL - HISTORIA

EL APROVISIONAMIENTO DE AGUA EN EL PASADO (I)

EL APROVISIONAMIENTO DE AGUA EN EL PASADO (I)

Las características del consumo de agua y las condiciones en las que hoy disfrutamos de ella a través de una red de distribución que nos permite disponer de este elemento con facilidad y abundancia con el simple hecho de abrir un grifo en nuestra propia casa, nos ha hecho perder la perspectiva de la importancia y las dificultades que su aprovechamiento tuvo en el pasado, sin embargo nuestra historia nos demuestra que, desde el principio, estos puntos de aprovisionamiento de agua jugaron un papel fundamental en los orígenes y desarrollo de Zalamea.

 La misma “leyenda de Salomón”, sobre los orígenes del pueblo le confiere una importancia fundamental cuando cuenta que llegada la expedición encabezada por la hija de aquel rey, hallando abundante aguas saludables y medicinales, estableció aquí su campamento. Al margen de la más que dudosa veracidad de la leyenda, es incuestionable que el origen del núcleo actual de población estuvo estrechamente relacionado con la abundancia de agua.

Queremos hacer un repaso de los principales recursos hídricos y su evolución, refiriéndonos en esta ocasión solo a los del núcleo de población principal dejando para otra ocasión los del resto del término municipal

Las primeras referencias escritas sobre ellos aparecen en las Ordenanzas Municipales de 1535 en las que se refieren las siguientes fuentes:

Fuente de la Alameda de Abajo

Fuente de la Alameda

Fuente de Alonso Miguel

Fuente de la Atalaya

Fuente del Fresno

Fuente de arriba del Fresno

Fuente de abajo del Fresno

Fuente de Mingo Gil

Fuente de Mingo Marcos.

Nos atrevemos a asegurar que estos lugares o puntos de suministros de agua, ya aprovechados seguramente por los distintos pueblos que se asentaron aquí, son los que hoy en su mayoría se siguen utilizando, habida cuenta de la preocupación que había entonces por su preservación, pero con el paso del tiempo cambiaron su fisonomía y denominación y, en algunos casos, incluso su ubicación. Tratar de identificarlas con las que existen hoy es difícil, no obstante es posible reconocer algunas, como es el caso de la Fuente del Fresno que sin duda fue desde el principio la que más importancia tuvo  y la que ha mantenido el mismo nombre. Probablemente una de las que se denomina de “Arriba “ o de “Abajo” del Fresno pudieran tratarse de la que hoy conocemos como Pilar de la Fuente o de la Plaza de Abastos, así mismo la que se llama Fuente de la Alameda, quizá se trate de lo que es hoy Pilar de las Indias y la denominada Alameda de Abajo, fuese el Pilarete. La de Mingo Marcos, situada al parecer frente a la huerta del Cano, ha sido reconstruida recientemente por un grupo de voluntarios, siguiendo un plano realizado por Ricardo Gómez Ruiz. A pesar de nuestros esfuerzos el resto ha sido imposible relacionarlos.

Por otra parte nuestras ordenanzas de 1535 hacían una regulación minuciosa  del uso que de ellas podía hacerse. Por ejemplo en todas se prohibía el lavado de paños y abrevar el ganado, sin duda porque en el pueblo y sus alrededores habría otros lugares donde podría hacerse; se prohibía lavar cueros en las fuentes y pilares de Alonso Miguel, Mingo Marcos y la Atalaya, por el contrario esto podría hacerse en las aguas que fluían de la Alameda, de la Alameda de Abajo y de Alonso Miguel, manteniendo una distancia de una soga toledana (8 metros) del pilar. La del Fresno se destinaba exclusivamente al consumo humano. Como vemos se cuidaba con esmero la calidad del agua.

El denominado "Libro de los Desposorios", transcrito en el siglo XIX, nos explica que en el año 1793 se hizo el Pilar de las Fuentes, denominado también por aquel entonces Fuente de los Cuatro Caños, construido a expensas del cura Juan Domingo López, con la contribución de algunos vecinos de la villa; igualmente se refiere que cuatro años más tarde, en 1797, hubo de hacerse una obra de reparación de la cañería que conducía el agua hasta ese punto para evitar que las aguas de correntías e inmundicias penetraran en él, lo enturbiase y diesen mal olor. Se menciona también, de manera indirecta la Fuente del Fresno y el Pilar Viejo, por haberse utilizado materiales sobrantes de una obra que se había realizado en este último.

 En 1826, en un documento que  relaciona aspectos económicos y de población,  refiere que existían 5 pilares de “abundantísima” agua. No los identifica ni da nombre de  alguno, pero si se mencionan, sobre los pilares, que cuatro de ellos se encontraban en la entrada del pueblo y uno de ellos en el centro. Puede que este último sea el que más tarde se denominará como Pilar de las Calles. Los restantes pensamos que pueda tratarse del Pilar de las Indias. del de la Fuente, del Pilar Viejo y quizás el cuarto sea uno, hoy desaparecido, que posiblemente se hallaba  en las inmediaciones de la Puerta Real.

Acerca de las fuentes se nos dice que había dos, una a levante y otro  a poniente, que debían ser la Fuente del Fresno y la Fuentecita. Esta última existe aún, pero en un estado total de abandono. La distinción  que el mencionado documento hace entre Pilares y Fuentes refleja las diferencias de uso. Mientras que los pilares tenían un uso múltiple, como abrevadero o para lavar en su derrame, las fuentes se destinaban casi exclusivamente al consumo humano. Hubo, así mismo, pozos públicos de uso común situados en distintos lugares del pueblo como el de “Los Pocitos, el de la calle Tejada, Paseo Redondo, etc.

Manuel Domínguez Cornejo         Antonio Domínguez Pérez de León

EL GOBIERNO MUNICIPAL EN ZALAMEA EN LA EDAD MEDIA

EL GOBIERNO MUNICIPAL EN ZALAMEA EN LA EDAD MEDIA

Una de las cuestiones que se suele pasar por alto al hablar de la Edad Media en Zalamea es el modo en que se gobernó el pueblo durante ese periodo. ¿Quiénes mandaban? ¿Qué normas y leyes obedecían?. Vamos a abordar en este artículo cómo se organizó políticamente  Zalamea durante el tiempo que perteneció al señorío arzobispal., es decir como se gobernó en la práctica una comunidad rural que fue conquistada a los musulmanes a mediados del siglo XIII.

 Como  por muchos es sabido, ganado el reino de Sevilla, nuestro pueblo pasó a depender del reino de Castilla, y aunque durante un tiempo fue una zona en litigio entre portugueses y castellanos, después de que Alfonso X el Sabio consolidara su poder en todas las tierras al este del Guadiana, cedió el señorío de lo que entonces no pasaba de ser un “lugar”,  al arzobispado de Sevilla. Quizá sea conveniente recordar que nos encontramos en plena época feudal y los feudos, territorios bajo el dominio de un señor, podían ser de realengo, dependientes directamente de rey, nobiliarios, pertenecientes a la nobleza y eclesiásticos, sometidos a los altos dignatarios de la Iglesia. Este último fue el caso de nuestro pueblo durante 300 largos años, desde 1279 hasta 1579. Conviene aclarar en este punto que la  diferencia entre “lugar” y “villa” se basaba principalmente no sólo en el volumen y calidad de la  población sino en que en la “villa”  se habían creado ya unas estructuras políticas y sociales que, en nuestro caso,  fueron proporcionadas por el arzobispado al asumir su señorío. Recibió desde esos primeros momentos un contingente de repobladores venidos de Castilla y de León y aunque la ausencia de documentación no nos permite precisar la cantidad ni la importancia de estos primeros repobladores, sí podemos deducir por el contexto general que la población cristiana fue paulatinamente imponiéndose en el último tercio del siglo XIII y en el primero del XIV hasta relegar a la musulmana a una minoría reducida. No hay constancia de que hubiera población judía, pero la existencia de un poblamiento en las inmediaciones con el nombre de Abiud, término  de procedencia hebrea, sugiere que había posiblemente una pequeña comunidad de aquella  religión. El caso es que pronto Zalamea adquiriría la condición de villa, seguramente porque se encontraba poblada por  hombres con heredades, territorios que le habían sido donados para su uso y que podían transmitir por herencia,  y por su parte el arzobispado, al recibir  el pueblo de manos del rey, determinó una organización política necesaria para el adecuado gobierno y sobre todo para proteger sus intereses, condiciones ambas necesarias para llega a tener la  consideración de villa. Sabemos que ya en el real despacho de 1408 sobre las dehesas de propios, Juan II, se refiere a ella como tal.

En líneas generales, en todo el territorio bajo dominio cristiano, en el siglo XIII, cada comunidad se gobernaba,  en lo que a los aspectos económicos y sociales se refiere, según sus propios usos y costumbres recogidos en muchos casos en ordenanza locales. Los delitos mayores, homicidios, herejías, eran juzgados directamente por los señores, que tenían el derecho de vida o  muerte sobre sus vasallos, o por su representante el alcalde mayor.

 En Zalamea, como en otros tantos lugares, al principio, el sistema de gobierno era de “concejo abierto”, en el que los cargos eran ostentados por la oligarquía local, por decirlo de otra manera, por los cristianos con mayores propiedades del término municipal, territorio administrado desde el núcleo principal de población. Las decisiones con respecto al gobierno local eran tomadas con la participación de todos lo hombres libres residentes y que votaban sobre las decisiones que había que tomar respecto a asuntos de interés común. Este concejo abierto se celebraba generalmente en la puerta de la iglesia, después de misa, al que eran convocados todos los hombres al toque de campana. Como curiosidad podemos decir que todo parece indicar que la decisión de tomar a San Vicente como patrón para nuestro pueblo se tomó en un concejo abierto aquel 24 de marzo de 1425.

 Mucho antes, en la primera mitad del siglo XIV Alfonso XI, conocido con el apodo del El Justiciero, impulsó una reforma de la administración local con el fin de asegurar el poder de las oligarquías locales y hacerlas más dependientes de los señores feudales y reforzar a su vez de esta manera los intereses de la corona. Con esta reforma se pasó de los concejos abiertos, con la participación de todos los hombres libres, a los concejos cerrados o regimientos, pero  este cambio tardó en  extenderse por los reinos cristianos, especialmente en las comunidades rurales donde se fue haciendo paulatinamente y tarde. De esta manera, para nuestro pueblo, comprobamos como en la sentencia de 1450 de Fray Rodrigo Ortiz acerca del pleito que Zalamea tenía con Niebla y su lugar de Facanías, actual Valverde del Camino, sobre los límites de ambas poblaciones, este juez se refiere a las autoridades zalameñas con el nombre del Cabildo y “hombre buenos” de la villa de Zalamea, lo que viene a decirnos que ya existían unos cargos representativos pero aún con la participación de los “hombres buenos”, refiriéndose con este nombre a los hombres libres, cristianos viejos, reconocidos sin lugar a dudas, y con propiedades.

Desde aquí, con el transcurso de los  años, se debió pasar al concejo cerrado o regimiento, ya que en las Ordenanzas de 1535 se recogen cuáles son los cargos que forman el concejo de la villa de Zalamea. Aunque fueron redactadas en 1534, todos los expertos que la han estudiado, coinciden en asegurar que se trata de la recopilación de unas normas que, escritas o no, eran llevadas a la práctica en el pueblo desde el siglo XV por lo que podemos deducir que probablemente los capítulos que hablan del gobierno de la villa reflejan  cuales eran la organización política de la Zalamea del Arzobispo a finales del siglo XV y principios del XVI.

Había entonces un alcalde mayor, que ostentaba la representación del arzobispo de Sevilla y que velaba porque se cumplieran los usos y costumbre y especialmente los derechos fiscales que correspondían al entonces señor de Zalamea, diciéndolo de otra manera, que se recaudaran las tasas y rentas del almojarifazgo (impuestos derivados de la salida y entrada de mercancías), alcabalas (derechos de compraventa de determinados productos) y almotacenazgo (tasa a pagar por el uso de los pesos y medidas) reservadas todas ellas para el arzobispo, así como la producción de aceche. Aparte de él formaban el concejo dos alcaldes ordinarios, cuatro regidores, un alguacil, un mayordomo y un escribano. Este último era el único cargo no electo que también se designaba por un año, pero en el que habían de rotar todos los que tenían esta condición en el pueblo. Además no tenía voto en el concejo.

Los cargos eran elegidos por un año el 1º de enero, y para ello el concejo saliente proponía a 12 personas y entre ellas el alcalde mayor, en representación del arzobispo, nombraba a los dos alcaldes, a los regidores, equivalentes a los actuales concejales, y al mayordomo. No se habla ya de la intervención de los hombres buenos, se trataba pues de un concejo cerrado.

 El cabildo, nombre que originalmente se refiere a la reunión de miembros del concejo y después se extiende al concejo mismo, se debía reunir una vez a la semana y se penaba con una multa de dos reales a los que no asistieran. Los alcaldes eran los jueces que dirimían en los pleitos civiles y económicos, sus sentencias se colgaban para público conocimiento en unos rollos en un especie de poste que dio nombre a la actual calle Ruiz Tatay, también conforme a las reglas recogidas en los capítulos de las ordenanzas, vigilaban  la entrada de mercancías para no hacer competencia a la producción local, así como el aprovechamiento de los bienes de propios, auxiliados en algunos casos por los regidores que se encargaban así mismo de supervisar el cumplimiento de lo que las ordenanzas regulaban en materia de carnicerías, panaderías, control de precios, etc; el mayordomo era el responsable de la administración de los bienes del concejo y de los aspectos económicos, y el alguacil era una especie de policía local. Los alcaldes ordinarios debían residir continuamente en la villa, obligándoseles a que al menos uno de ellos estuviese siempre presente, debiendo pagar tres reales de plata cuando no lo hicieran, y además el daño que su ausencia causara a las partes a las que debían impartir justicia. Igualmente debían destinar tres días a la semana a dar audiencia a los vecinos que se lo solicitaran para decidir sobre los pleitos que les planteaban, siempre en horario de tarde hasta que se pusiera el sol. Del mismo modo los alcaldes y oficiales estaban obligados a recorrer las lindes del término municipal para comprobar la situación de los mojones que lo delimitaban, así como los de las dehesas de propios y los cotos. Terminado su mandato debían rendir cuentas en un plazo de 15 días a los alcaldes y oficiales entrantes.

 Finalizando el periodo arzobispal y pasando a depender de la corona en tiempos de Felipe II, en un proceso sobradamente estudiado, este rey otorgó una carta de privilegio a nuestro pueblo en la que consagró un sistema de concejo cerrado con una auténtica autonomía política que hizo entrar de lleno a Zalamea en la Edad Moderna.

Foto de la ilustración:

Ordenanzas municipales de 1535. Aunque redactadas en 1534, sus capítulos recogen reglas en vigor desde la Edad Media.

 

Manuel Domínguez Cornejo      Antonio Domínguez Pérez de León

MONEDAS ANTIGUAS USADAS EN ZALAMEA LA REAL

MONEDAS ANTIGUAS USADAS EN ZALAMEA LA REAL

Cuando en 2002 entró en vigor definitivamente el euro en nuestro país retiró de la circulación a la peseta y a las monedas de él derivadas: el duro, el real, la gorda y la chica, aunque estas dos últimas por su ínfimo valor hacia tiempo que habían desaparecido, pero a su vez la peseta, cuando se convirtió en moneda oficial en 1868, hizo desaparecer otras. Vamos a tratar de recordar algunas de aquellas antiguas monedas que circularon en nuestro pueblo desde el siglo XV hasta bien entrado el siglo XIX. Las que fueron  de uso más común en Zalamea, según constan en los documentos  eran el real de plata, el real de vellón, el maravedí, la blanca y el dinero. Conviene aclarar que el vellón es una aleación de plata y cobre que dependiendo de la inflación contenía más o menos de este último. Precisar hoy los valores de estas monedas es tarea imposible porque  variaron enormemente en función de la época, de la inflación derivada de las arcas reales y de la aleación con la que fueron acuñadas. Lo más usual era que el real de plata valiese dos reales de vellón y éste último 34 maravedís; teniendo en cuenta siempre que a lo largo de todos estos siglos se acuñaron piezas con un valor de varios reales (de a 8, de 40 e incluso de 50 reales), al igual que el maravedí de los que hubo piezas de 2, de 4 y de 8. El maravedí fue una unidad monetaria muy popular y estuvo vigente en España prácticamente hasta pasada la mitad del siglo XIX, llegando en algunos momentos a ser un valor de referencia sin que existiera físicamente. Algo parecido a lo que ocurre aún a algunas  personas mayores con la peseta.

 La blanca y el dinero eran monedas corrientes bastantes antiguas, de hecho solo encontramos mención de ellas en las Ordenanzas y también fluctuaron con el tiempo. La blanca valía usualmente medio maravedí. El dinero, vocablo derivado del dinar árabe, era una moneda de plata con aleación de cobre que  circuló en Castilla en los siglos XIV y XV y llegó a valer unas veces 7 maravedís, otras dos blancas y otras 5 blancas. Es curioso reseñar que estas monedas dieron lugar a expresiones populares que han quedado en la memoria de la gente, como es el caso de “tengo poco dinero” o “estoy sin blanca”.

 Hay otras monedas menos usadas, quizá por su alto valor, pero que no queremos dejar de mencionar, se trata del ducado, utilizado en Zalamea hasta prácticamente la primera mitad del siglo XIX  y cuyo valor usual era de 375 maravedís, es decir aproximadamente 11 reales de vellón, y la otra es el duro que equivalía a veinte reales y que hizo su aparición, como vemos antes de la peseta.

Aunque no aparecen mencionado en los documentos en Zalamea, el ducado dejo paso paulatinamente al escudo, moneda de oro, cuyo valor  medio aproximado era de 40 reales de vellón; el doblón (el doble del escudo), también de oro,  equivalía a 80 reales de vellón.

 Actualmente se ha tratado de establecer una equivalencia entre aquellas monedas y el euro. Algunos autores han establecido un valor del real de vellón de 10 euros para el siglo XVIII. No obstante es difícil fijar una correspondencia debido a las diferencia de valores entre los artículos de entonces y los de ahora. Si se tiene en cuenta los salarios la equivalencia puede ser distinta que si se toma como referencia los productos manufacturados, hoy más baratos en comparación con los de  entonces; igual ocurre si se toma como referencia los productos agrícolas, hoy más caros que en aquel tiempo. Haciendo pues una media puede darse una equivalencia del real de vellón con la moneda actual de unos 14 euros (2.300 ptas.)

Imagen de la foto: real de vellón

Manuel Domínguez Cornejo       Antonio Domínguez Pérez de León

LA DEFENSA DE LOS PRIVILEGIOS DE ZALAMEA EN EL SIGLO XVIII (III)

LA DEFENSA DE LOS PRIVILEGIOS DE ZALAMEA EN EL SIGLO XVIII (III)

Walters muere dos años más tarde y deja sus derechos de explotación en herencia a su sobrino Samuel Tiquet. Entonces, comenzando el año 1727, se persona en las minas el alcalde mayor, que en ese momento por razones que ya hemos explicado había en Zalamea, Pedro Antonio de Ocampo, acompañado por miembros de la corporación que le habían presionado para ello y procede a inventariar y a embargar los bienes de la explotación, paralizando las labores. Tiquete protesta contra esta acción ante el  Consejo de Hacienda y cuatro meses más tarde, éste ordena levantar el embargo y advierte a la corporación municipal que se abstuviera de causar molestias en las tareas de la compañía. Para los zalameños fue difícil de entender esta decisión, pero para la nueva administración de los Borbones, las minas eran propiedad de la corona por encima de cualquier privilegio que pudiera existir. Sin embargo los enfrentamientos no habían hecho más que empezar. Los alcaldes de Zalamea, una vez recuperados sus  plenos poderes cuando se suprimió el cargo de alcalde mayor, siguieron obstaculizando los trabajos, alegando los tantas veces mencionados Privilegios, así en 1742, el alcalde Francisco Lancha fue retenido por los operario de las minas con el fin de amedrentarlo, hecho tras el cual huyeron de las minas por miedo a posibles represalias.

 En 1758 obtiene la concesión de las minas Francisco Tomás Sanz, originario de Valencia, que da un nuevo impulso a la explotación, lo que hizo que se requiriera gran cantidad de madera tanto para las estibaciones como para la calcinación  del mineral. Esta madera se obtenía de la tala de las dehesas del término lo que venía a plantear un problema añadido por la deforestación que causaba. Dada la importancia que la explotación agropecuaria de estas dehesas, propiedad del común, tenía para la economía de nuestros antepasados, la reacción fue inmediata; se plantearon numerosos contenciosos entre las minas y el pueblo por este  punto. Los enfrentamientos entre el administrador  y Zalamea llegaron a alcanzar momentos álgidos hasta el punto de que parece ser algunos vecinos de nuestro pueblo llegaron a atentar contra la vida de Sanz. En un principio prevalecieron los derechos jurisdiccionales de los zalameños sobre la zona arbolada y los terrenos adyacentes, que formaban parte del entonces término municipal de la villa, aunque diversas disposiciones obligaban a proveer de leñas a las minas, disposiciones que la autoridades locales eran remisas a cumplir y para las que ponían toda clase de impedimentos. En este punto Sanz insistió en algo que ya había solicitado Tiquet en 1740, y se trataba de que el gobierno le delimitase una zona, limítrofe a las minas, y que quedase bajo la administración e su concesionario, sustrayéndola a la jurisdicción de Zalamea. En su petición incluía la zona de Argamasilla y El Escorial y que comprendía el bosque de la Dehesa, uno de los más ricos del término. El concejo de nuestro pueblo se opuso a esto enérgicamente y elevó como contrapartida una protesta por la destrucción del monte que estaba ocasionando Sanz. A pesar de estas circunstancias se producen intentos e aproximación por las dos partes. No hay que olvidar que uno de los promotores de la Vía Sacra en Zalamea, en 1776, fue Gabriel Alejandro Sanz, hermano del anterior y que en aquellos momentos ocupaba el cargo de director y contable  de las minas de Riotinto.

Al margen de las condiciones religiosas que pudiera tener este hombre y de los vínculos familiares que le unían con el pueblo, al estar casado con una zalameña, Feliciano García Beato, el que esto sucediera en ese momento crítico en las relaciones entre ambas partes nos hace sospechar que pudiera existir otras motivaciones  que no eran las estrictamente devotas.

Francisco Tomás Sanz se marcho 1783 sin haber conseguido su propósito de que se otorgara una zona bajo su administración. Su sucesor, Miguel de Aguirre, vuelve a plantear esta necesidad en términos más exigentes y así el 27 de Febrero de 1790 obtiene del gobierno de Carlos IV que se le adjudique el terreno que  se venía solicitando desde 50 años antes. En esta delimitación se incluía la zona de Argamasilla y El Escorial, castillo de Salomón y Pinares. De esta forma Zalamea se vió privada de una amplia zona de su término que antes era de disfrute de todos los vecinos, aunque hubo un acuerdo para el uso común de los pastos. Con este hecho se había iniciado lo que más tarde sería el fin de los privilegios de Zalamea. Nuestro pueblo había perdido la tercera gran batalla  que había librado en su defensa. Aunque ellos lo ignoraban en ese momento, se estaba poniendo de manifiesto que la carta de Privilegios otorgada por Felipe II ya no era un arma tan poderosa y que en un estado moderno estaba abocada a desaparecer.

 

Manuel Domínguez Cornejo         Antonio Domínguez Pérez de León

LA DEFENSA DE LOS PRIVILEGIOS EN EL SIGLO XVIII (II)

LA DEFENSA DE LOS PRIVILEGIOS EN EL SIGLO XVIII (II)

Dos años más tarde tiene lugar un suceso que va a obligar de nuevo a los zalameños a defender por segunda vez los privilegios otorgados por Felipe II. Ocurre cuando en 1738, Felipe V, comisiona a Don Francisco Caro de la Barrera para la provincia de Extremadura, partido de Aracena y campo del Andévalo con el fin de que delimitara todos los terrenos baldíos y por tanto propiedad real. LLegado a Zalamea, este hombre al encontrar gran cantidad de tierras si dueño conocido las declara baldías y pertenecientes a la corona. Se trataba de las dehesas y terrenos propiedad del común de los vecinos, que alcanzaban a un total de 70 fincas tasadas en 68.000 reales de vellón, privando al pueblo de sus recursos económicos. El alcalde ordinario en aquel momento, Alonso Pérez de León Serrano, acompañado y aconsejado del ya mencionado Esteban Márquez, se presenta ante el citado juez de comisión para protestar por su decisión alegando los reales privilegios por los que la villa había sido redimida pagando por ello a Felipe II. El comisionado consideró insuficiente tal prueba y dio al concejo dos días de plazo para presentar mejores muestras de su propiedad , Alonso Pérez de León hace caso omiso de las indicaciones de don Francisco Caro que declaró, por lo tanto, en rebeldía a Zalamea, condenándole a pagar 50 ducados de multa. El alcalde se dirige directamente al rey presentando la carta de venta otorgada por Felipe II, pidiendo además, se condenase a dicho juez a pagar los costes y gastos de la causa. Aunque esta última pretensión no fue aceptada si se le reconoció a Zalamea la propiedad de sus tierras y el pleno disfrute de ellas. Alonso Pérez de León, además de compartir con él nombre y título, había hecho gala del mismo valor que ya mostrase su antecesor en el cargo 150 años antes, en presencia de otro juez comisionado del rey. 

            La tercera ocasión en la que nuestro pueblo tiene que defender sus privilegios frente a una nueva violación de los mismos fue cuando se produjo la concesión de los derechos de explotación de las olvidadas minas de Riotinto, por entonces en el término municipal de Zalamea, a nombre de Liebert Wolters. A diferencia de las anteriores esta vez no tendría tanto éxito en la defensa de sus derechos. 

Todo comienza cuando 1725, el gobierno de Felipe V concede una autorización para reabrir las minas de Riotinto que permanecían inactivas desde la época musulmana. Se formó la compañía y asiento  de las minas de Guadalcanal, Cazalla, Aracena, Galaroza y Riotinto, encabezada por el sueco Liebert Wolters. Este hombre se presenta en ellas y procede a limpiar la zona de explotación. Esto no agradó a los vecinos de Zalamea que consideraron que aquel permiso era una intromisión en su jurisdicción conforme a los términos que establecía los privilegios de 1592, máxime cuando aún no se había terminado de pagar la deuda que se había contraído por la compra de todo el término.  Así pues los zalameños se opusieron  a las actividades de este hombre aunque aún desconocían el alcance y la envergadura del proceso que acababa de iniciarse. En aquel momento sólo entendían que alguien estaba hurgando en sus propiedades con un permiso que contravenía los derechos jurisdiccionales que les habían otorgado.  De esta manera se iniciaba la tercera batalla por la defensa de sus privilegios.

 

Manuel Domínguez Cornejo           Antonio Domínguez Pérez de León

LA DEFENSA DE LOS PRIVILEGIOS DE ZALAMEA EN EL SIGLO XVIII (I)

LA DEFENSA DE LOS PRIVILEGIOS DE ZALAMEA EN EL SIGLO XVIII (I)

Desde 1592 Zalamea tenía una especie de autogobierno en virtud de una carta de Privilegios otorgada por Felipe II en ese año plasmada en un documento denominado Libro de los Privilegios que afortunadamente aún se conserva en el archivo municipal. (pulsar aquí para ver artículos sobre el Libro de los Privilegios I - II - III) En los inicios del siglo XVIII se sucedieron una serie de irregularidades tanto  en la elección como  en la actuación de los alcaldes ordinarias que provocan que el superintendente general de Sevilla, recordemos en esta época el pueblo pertenecía a la división administrativa de esa capital andaluza, envíe en 1723 un comisario de guerra para impedir las elecciones que debían tener lugar para nombrar a nuestros capitulares; a renglón seguido es enviado Don José Barrera Velarde para proceder a retirar los Privilegios de Zalamea. Era una medida excesivamente drástica y fuera de lugar para solucionar los problemas; los alcaldes ordinarios actúan con rapidez y envían a la corte a Don Juan Hidalgo Rico con el libro de los Privilegios para protestar contra esta medida. Consecuencia de todo ello es la suspensión de los citados privilegios que Felipe II había otorgado a la villa para su autogobierno y el nombramiento de un alcalde mayor, cargo que se había suprimido en 1592. Fue designado para ello don Antonio de Molina y Oviedo. El pueblo protestó enérgicamente y aquella medida sólo consiguió empeorar la situación social. El alcalde mayor asumió la función de los alcaldes ordinarios, ejercía como juez civil y criminal, representaba al rey y obligaba al concejo a respetar las leyes generales y  a atender sus obligaciones tributarias, al tiempo que supervisaba la actuación de la corporación municipal y la elección de sus miembros. Elecciones que se siguieron celebrando aunque con cierta irregularidad. Sin embargo tenemos constancia de que existía bastante resistencia a su autoridad.

En 1725, Juan Antonio Molina y Oviedo presenta su dimisión y es sustituido por Pedro Antonio de Ocampo. El nuevo alcalde mayor se encuentra con la misma situación que había dejado el anterior; los miembros del cabildo se reúnen a espaldas suya  y toman decisiones al margen de su autoridad, no obstante interviene en las elecciones y en algunos casos las suspende prorrogando durante un año más a los anteriores cargos. El ambiente es bastante tenso aunque hay muestras de que en ocasiones el alcalde mayor se aviene a ejecutar determinadas decisiones del cabildo, quizá con la intención de ganarse su favor. A pesar de ello el concejo de Zalamea se sigue resistiendo y continúa pleiteando en la corte para que le sean devueltos los Privilegios otorgados por el rey Felipe II. El 1730 es nombrado otro alcalde mayor, se trata de don Cristóbal Bernardo de Amezúa que al año siguiente suspendió a los miembros del cabildo elegidos en Enero, sustituyéndolos por otros nombrados directamente por él. Los nuevos aceptan a regañadientes, posiblemente por dos razones; una que la situación económica era mala y el cargo no le suponía ninguna ventaja y otra que aceptando por iniciativa propia suponía un desprestigio de cara al pueblo por encontrarse éste en una situación excepcional al estar los Privilegios secuestrados; y ello significaba acatar aquello por lo que el pueblo protestaba.

 Es de notar la actuación del escribano municipal Esteban Márquez que parece ser tenía una gran influencia y medraba en las decisiones del concejo y en las elecciones de los munícipes. Ese mismo año, 1730, los capitulares depuestos tuvieron que ser restituidos en sus cargos al prosperar la protesta que estos presentaron en las Cortes.

En 1735, es nombrado otro alcalde mayor, cargo que recae en esta ocasión en Juan Moreno Vallejo. Sin embargo este hombre no estaría mucho tiempo; al año siguiente las protestas de los zalameños ante el rey dan su fruto y una real provisión fechada el 18 de Febrero de 1736, devuelve los privilegios a Zalamea y cesa al alcalde mayor, reconociendo de esta manera los derechos que nuestros antepasados habían adquirido en 1592. Curiosamente en ella se advierte al escribano Esteban Márquez que no fomente discordias entre los miembros del concejo. De esta forma el pueblo recupera su autogobierno y los alcaldes ordinarios vuelven a ejercer sus funciones con plenos poderes.

LAS HONRAS FÚNEBRES EN LAS ANTIGUAS COFRADÍAS Y HERMANDADES DE ZALAMEA

LAS HONRAS FÚNEBRES EN LAS ANTIGUAS COFRADÍAS Y HERMANDADES DE ZALAMEA

El estudio de las reglas de las distintas hermandades y cofradías que se constituyeron en desde la Edad Media hasta el siglo XIX en Zalamea refleja un faceta cuanto menos curiosa y es que  todas coinciden en la atención que se dispensa a las hermanos fallecidos. No deja de sorprendernos que, a pesar de que su cometido principal no era ese, todas dedican una especial atención a este aspecto. Había dos razones para ello, por una parte  contribuir mediante actos religiosas a la salvación de su alma, fruto de una creencia profundamente espiritual en la supervivencia de ésta después de la muerte;  y por otra en una necesidad , ésta más material, de dar sepultura y ofrecer honras fúnebres a los hermanos  difuntos. En el periodo del que hablamos aquellos que morían no tenían, ni mucho menos, garantizado un entierro digno. Se constituían por tanto en auténticos servicios funerarios de la época, al que, como veremos, se acudía incluso no siendo hermano de alguna de ellas.

 Recordemos, antes de seguir, que por aquel entonces los entierros se hacían llevando al fallecido en unas andas, especie de parihuelas formada por unas tablas de madera y por unos varales para portarlas, en las que se depositaba el cuerpo envuelto en una tela, denominada saya, sujeta por medio de ataduras para que no se abriera. La inhumación del cuerpo se hacía habitualmente en las iglesias o alrededor de ellas, dependiendo naturalmente de status social del difunto, como así estuvo ocurriendo efectivamente en Zalamea hasta que se construyó el primer cementerio en 1813, que como muchos recordarán estuvo situado en el solar que hoy ocupa el instituto de secundaria. Pero una familia indigente, que eran las más, podía encontrarse con que no tuviera quien le acompañase en el entierro y puede que ni siquiera unas andas para transportar el cuerpo y menos quien las llevase, debiendo transportarse en un carro o a lomos de mulas. El cavar la sepultura y el lugar era otro problema añadido que no siempre era fácil  resolver.

 Veamos pues como las distintas cofradías y hermandades contemplaban en sus reglas la atención a los difuntos y daban respuesta a estas necesidades.

 En 1425, la hermandad de San Vicente Mártir, la primera de la que tenemos constancia, establecía que en las fiestas de los difuntos se había de decir por los curas de la villa una vigilia y dieciocho responsos en las sepulturas de la Iglesia de la dos naves, situada en el mismo solar que la actual pero más  pequeña, y en el cementerio junto a ella. También se dispone que durante la celebración del santo se ha de dar misa y responsos por los difuntos de la cofradía. Así mismo tenían un velo, unas andas y cuatro hachas siempre dispuestas para enterrar a los difuntos y obligaba a los cofrades, bajo severas penas, a asistir a los entierros de los hermanos garantizando de esta manera que los integrantes de la hermandad tuviesen un acompañamiento digno en el traslado a su última morada.

 Ciento cincuenta años mas tarde, en 1580, la hermandad de la Vera Cruz, quizá la que daba más solemnidad a sus honras fúnebres, se imponía también la obligación de hacerse cargo de los funerales de todos los hermanos fallecidos y proveer de cera a todos aquellos que asistiesen a los entierros, así mismo disponían de un crucifijo portátil colocado en una vara verde que presidía la marcha, flanqueado por dos ciriales del mismo color que debían ser portados por tres hermanos designados por el hermano mayor. El crucifijo iba precedido de una campanilla que iba tañendo desde que salía de la Iglesia hasta la casa del difunto y posteriormente en su recorrido hasta la sepultura. Estaban obligados también todos los hermanos a asistir al entierro. Igualmente, ese mismo día u otro siguiente, la cofradía debía darle una misa cantada por la salvación  de su alma. Pero la Vera Cruz iba aún más allá, pues contemplaba la posibilidad de atender no sólo a los hermanos sino también a aquellos que sin serlo se “encomendaban” a ellos, pagando previamente la cantidad establecida (15 reales). También en este caso los integrantes de la cofradía debían proceder como si se tratara de un hermano más. Aunque las motivaciones eran claramente piadosas, el hecho de cobrar por estos servicios les convertía en lo que hoy podría llamarse profesionales; aunque bien es verdad que esta hermandad se hacía cargo también de atender a los pobres una vez hecha la averiguaciones para asegurarse de que no tenían bienes para pagar la “limosna” correspondiente. Pero también durante la enfermedad eran designados dos hermanos que debían visitarlo, para atender a la salud del alma, consolándolo y aconsejándole  que se confesara y comulgase.

 Algo más tarde la hermandad del Santísimo Sacramento establecía en sus reglas en primer lugar el velatorio de los hermanos que fallecieran designándose para ello a cuatro hermanos y que todo el que estuviese a menos de una legua debía acudir al entierro. Así mismo tenía preparadas cuatro hachas, velas menudas y dos codales parta los cofrades que acompañaran al difunto hasta la Iglesia para ser enterrado. Esta hermandad contemplaba igualmente que se pudiera atender a otros que no formaran parte de ella pagando doscientos maravedíes con el mismo ritual que se dispensaba a los hermanos. También se encargaban de excavar la sepultura  y portar las andas para llevar al difunto. De la misma forma se obligaba a enterrar a los indigentes siempre que estos fallecieran en casa de un hermano o en el hospital de la cofradía.

 Por último la Cofradía de nuestro Padre Jesús Nazareno, refundada en 1865, contemplaba la obligación de realizar unas honras fúnebres a los hermanos  fallecidos.

 Pero por aquel entonces existía un cementerios alejado de la Iglesia y algunas costumbres habían cambiado. La asistencia al entierro y a las honras fúnebres era voluntaria y siempre bajo invitación  de la junta de gobierno que sí debía asistir necesariamente con el estandarte y la insignia de la hermandad.

 Por cierto, en esta cofradía se produjo una anécdota con un difunto cuya familia reclamó a la hermandad las honras fúnebres que le correspondían como miembro de la misma. Pero hechas la oportunas indagaciones se descubre que no había satisfecho las últimas cuotas por lo que se acordó denegar su petición con lo que la familia hubo de afrontar los gastos del sepelio.

 Con el tiempo los entierros y honras  fúnebres fueron siendo asumidos por instituciones profesionales o por las propias familias liberando a las hermandades y cofradías de estas funciones, no obstante la mayoría de ellas conservan hoy un elemento residual de aquellas obligaciones, la de dedicar una misa por el alma de los hermanos fallecidos.

Manuel Domínguez Cornejo        Antonio Domínguez Pérez de León

LOS ÚLTIMOS 50 AÑOS DE LA SEMANA SANTA EN ZALAMEA

LOS ÚLTIMOS 50 AÑOS DE LA SEMANA SANTA EN ZALAMEA

Por extraño que parezca, a veces resulta más difícil encontrar datos de épocas más recientes que de aquellas otras más distantes en el tiempo. Es el caso que nos ocurre cuando tratamos de reconstruir los últimos cincuenta años de la hermandad de Penitencia. Puede resultar más fácil hablar de los orígenes y evolución de nuestra Semana Mayor que hacer una crónica de los últimos 50 años de la historia de las imágenes y procesiones, entre otras cosas por el riesgo a equivocarnos. Curiosamente poco, o muy poco, se ha registrado por escrito de lo sucedido en estos años. Por esta razón hemos creído conveniente recoger todo aquello que se sabe o se recuerda acerca de la Semana Santa en Zalamea en la segunda mitad del siglo XX.

Hemos podido constatar que a comienzos de este siglo, las procesiones se diferenciaban enormemente de las de ahora. Tendremos oportunidad de ahondar en otra ocasión en los detalles de estos primeros años del siglo aunque a modo de avance podemos decir que las imágenes eran mucho más sencilla y menos pesadas, eran transportadas en una especie de andas fáciles de llevar por cuatro personas, sin acompañamiento de penitentes, con gran austeridad de adornos florales y su recorrido no era como el de hoy, no distanciándose mucho de la iglesia por lo general.

 El Vía Crucis y la procesión del viernes por la madrugada se hacían con mucha más sencillez, suponemos que el crucificado que se empleaba en la procesión de la Vera Cruz en la madrugada del viernes debía ser de pequeño tamaño ya que era portado por un solo hombre. La Vía Sacra, sin embargo, conservó las características que hoy le identifican aunque tanto las peanas de las estaciones como la ermita fueron cambiadas y remodeladas respectivamente con posterioridad.

En el año 36 un gran incendio provocado  en la Iglesia hizo desaparecer buena parte de las riquezas que se conservaban. Lógicamente esto supuso una interrupción en las celebraciones puesto que hubo que iniciar trámites para recuperar imágenes nuevas. Esta recuperación se inicia nada más terminar la Guerra Civil. En principio no procesionaron, simplemente fueron colocadas y expuestas en la Iglesia; tal es el caso del Cristo de la Sangre, conocido popularmente como el Crucificado que fue encargado al escultor Bidón en 1938, aunque hay quien afirma que es de fecha posterior. En cualquier caso, en los años 70 fue remodelada por el escultor zalameño Manuel Domínguez Rodríguez. Nuestra Señora de la Soledad, también del escultor Bidón, llega en el año 1940. Es probable que sobre esa fecha  comiencen  de nuevo las procesiones; tenemos conocimiento de la existencia de una circular fechada en 30 de Abril de 1943 de la que se deduce la reconstitución de la Hermandad de Penitencia. De nuevo las imágenes vuelven a salir por las calles de Zalamea y parece ser que es en esa fecha, 1943, cuando comienzan los pasos a ser acompañados de penitentes, aunque en un principio salían sólo los negros.

El nazareno, obra también de nuestro paisano Manuel Domínguez, llegó a Zalamea el 25 de marzo de 1955. Hasta entonces las procesiones sacaban repetidamente las mismas imágenes, es decir el Cristo Crucificado y la Virgen de la Soledad, que antes también era Virgen de los Dolores. Estas dos imágenes procesionaban jueves por la tarde, viernes de madrugada y viernes por la tarde. En esta última procesión la imagen del crucificado era llevada a la ermita del Sepulcro, introduciéndose la imagen  en él para celebrar por la noche el Vía Crucis, permaneciendo unos días hasta que regresaba de nuevo a la Iglesia donde era venerada. Con la llegada del Cristo Yacente en el año 1950, obra del escultor Barbero, reposando en una urna de estilo barroco, el viernes santo tuvo sus propias imágenes y como mencionamos más arriba, después de la llegada del Nazareno en 1955 el jueves santo tuvo también las suyas propias, con lo que los tres días sacaban  imágenes distintas para Jesús aunque seguían teniendo la misma Virgen, la que hoy conocemos como la Soledad de Bidón.

Sobre los años 60, a iniciativa de algunos jóvenes de la hermandad, y no sin cierta resistencia, comenzó a salir el Cautivo y probablemente de esta época datan los penitentes blancos, recuperándose así una de los aspectos más característicos de las  procesiones de la antigua hermandad de la Vera Cruz de 1581, la existencia de penitentes blancos y negros en una misma procesión.

Por fin en 1969 llega a Zalamea la Virgen de los Dolores, obra también del escultor zalameño ya mencionado, y de esta manera se configura definitivamente las Semana Santa tal como actualmente la conocemos, desfilando el Cautivo y Nuestra Señora del Mayor Dolor el miércoles, el Nazareno y la Virgen de los Dolores la tarde del jueves y en la madrugada el Crucificado o Cristo de la Sangre con la Virgen de los Dolores de nuevo, para terminar  el viernes por la tarde con el Cristo Yacente y Nuestra Señora de la Soledad y San Juan Evangelista, imagen ésta que se añadió al paso con posterioridad al igual que el Cirineo del Nazareno, obras ambas del zalameño Manuel Domínguez Rodríguez

Conviene recordar que  los “encuentros” del Jueves Santo se hacían con el crucificado en la antigua calleja de la cárcel, luego pasaron a realizarse con la nueva imagen del  Nazareno en el mismo lugar hasta que la construcción del paseo cuadrado obligó a desplazar su localización a dónde hoy se hace. Cabe mencionar, igualmente, que, en la década de los 80, hubo unos años en los que salían en procesión el viernes por la tarde todas la imágenes, en una especie de recapitulación de lo que había sido la Semana Santa, sin embargo esta práctica por atípica se abandonó en los últimos años.

Mención especial merece el Vía Crucis. Aunque es probable que durante la guerra civil estuviera sin celebrarse algunos años, puede que su práctica se retomara antes, incluso, que las procesiones, habida cuenta que su ejecución no requería imágenes, y según parecen atestiguar los recuerdos de las personas de edad. Como ya dijimos, hasta que en 1950 se trajo el actual Cristo Yacente, se estuvo utilizando el mismo crucificado de las procesiones que era colocado en el altar mayor del Sepulcro. Como anécdota conviene resaltar algunos aspectos relativos a la Vía Sacra: El horario de celebración fue siempre a las diez de la noche y se hacían con la misma solemnidad y recogimiento que hoy inspira, asistiendo, como sigue siendo tradición, sólo los hombres. Era costumbre que finalizada la procesión del viernes por la tarde las mujeres se recogieran en sus casas y las mozas no eran visitadas por los novios aquella noche. Finalizado el Vía Crucis, de 2 a 3 de la madrugada iban algunas mujeres al sepulcro a lo que llamaban levantar la losa, permaneciendo en él toda la noche

El sábado santo por la mañana tenía lugar otra Vía Sacra, ésta con la asistencia del sexo femenino, portando a la Virgen totalmente vestida de blanco, práctica hoy desaparecida.

Hay dos eventos que conviene reseñar y que tienen especial relevancia en la historia de la hermandad. Uno de ellos fue la conmemoración del bicentenario de la Vía Sacra en 1976, hecho que quedo reflejado en una placa colocada en la parte delantera de la ermita y del que dejaron constancia con su firma en un libro de protocolo las cerca de 600 personas que acudieron aquel año a la Vía Sacra, cantidad bastante considerable y que raras veces se ha visto superada. El otro hecho destacable fue el nombramiento de su Majestad el Rey Don Juan Carlos I como hermano mayor honorario de la Hermandad en 1995,  suceso que se acredita con una carta de la casa real por la cual se acepta por parte de su majestad el nombramiento y la legitima para denominarse Real Hermandad de Penitencia; fue la culminación de  un largo proceso en  el que hubo que demostrar la antigüedad e historia de la hermandad.

Pie de foto: Un “encuentro” de 1948. (En él se aprecia como se hacía aún con el Crucificado)

Manuel Domínguez Cornejo                 Antonio Domínguez Pérez de León