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ZALAMEA LA REAL - HISTORIA

LA IGLESIA Y LA TORRE. LA OTRA HISTORIA

LA IGLESIA Y LA TORRE. LA OTRA HISTORIA

            La Iglesia y la torre de Zalamea siguen siendo hoy, igual que antaño, el sello de identidad de nuestro pueblo. Siempre hemos visto en ellas la imagen de referencia que todos los zalameños queremos contemplar cuando regresamos a casa. También son, por añadidura, el testimonio de nuestro pasado, testigos de los avatares que atravesó Zalamea en los últimos seiscientos cincuenta años.

            Sin embargo, si nos acercamos a ellas y las observamos con detenimiento veremos que sus cuerpos está seriamente dañados; las cornisas del campanario y las bolas que lo coronan se encuentran muy deterioradas; en el cuerpo de la torre se observan grietas bastante evidentes y los ladrillos de las paredes de la Iglesia sufren, especialmente en las partes bajas,  un acusado desgaste a causa de la erosión, agravado por la actitud incivilizada de algunos vecinos que no dudan en evacuar su exceso de líquido en lugares que les debieran merecer más respeto.

            Cualquiera puede deducir que la Iglesia y la Torre han atravesado duros momentos. No vamos a contar su historia, por todos ya sobradamente conocida, pero si convendría recordar que este edificio tan emblemático para nosotros no ha sido tratado siempre como se merece, unas veces a consecuencia del paso de los años y por efecto de los agentes naturales y otras a causa del mismo hombre.

            Una muestra de los efectos destructivos que sufrió como consecuencia de los fenómenos naturales fue el terremoto de Lisboa de 1755. Aquel año, durante unos segundos que se hicieron eternos, un fuerte movimiento de tierra sacudió los principales edificios de toda Andalucía ; la torre y la iglesia de Zalamea no fueron menos y el campanario, que tenía entonces un aspecto distinto al que tiene hoy, igual que la techumbre de la Iglesia sufrieron graves desperfectos, incluso parece ser que algunas de sus partes altas se derrumbaron. Como consecuencia de ello debieron de acometerse reformas de restauración que le dieron a la torre el aspecto que hoy tiene. Por cierto, para dar idea de la fuerza  aquel terremoto, recientes investigaciones han demostrado que también provocó un “tsunami” en la costa atlántica del suroeste peninsular.

            Los hombres han demostrado, así mismo, que muchas veces  pueden ser tan destructivos como los agentes naturales y hay dos casos que demuestran la barbarie a la que puede llegar la intransigencia y el radicalismo de estos. El primero de ellos fue en el año 1810. Dos años antes, como es sabido, el ejército de Napoleón invade España y el 15 de Abril de 1810, como ya contamos en los capítulos dedicada a la Guerra de la Independencia, los franceses consiguen entrar en Zalamea por la Fuente del Fresno obligando al destacamento del ejército español y a una gran parte de la población a retirarse en dirección a El Villar. Una vez controlado el lugar, fuera por represalia o porque se tratara de una actitud general para con los pueblos ocupados, los franceses se dedicaron a saquear casas particulares y especialmente los edificios que guardaban objetos de gran valor como fue el caso de la Iglesia. Cuentan las crónicas que el interior de la Iglesia fue invadido por los soldados que de manera impune destrozaron imágenes  y se llevaron los objetos de mayor valor llegando incluso a profanar este lugar sagrado al utilizar la iglesia como cuadra y sus altares como pesebres para dar de comer a las bestias.

            Apenas transcurridos poco más de cien años estalla en España la guerra civil que supuso la radicalización de los enfrentamientos políticos entra los dos bandos. Así, un día mas tarde del levantamiento militar, el 19 de Julio de 1936, un grupo de fanáticos llegados desde fuera y al que pronto se les unió otro grupo de radicales del mismo pueblo prendieron fuego a este edificio. Las llamas consumieron gran cantidad de obras de arte y documentos de gran valor, se dañó su techumbre y el pequeño cuarto de campanas. El conjunto quedo bastante afectado en su estructura. El campanario de la torre, que fue utilizada como bastión para colocar en lo alto una ametralladora, sufrió los impactos de las armas de fuego de las fuerzas nacionales infringiéndole múltiples daños en toda su estructura.

            En la década de los setenta a causa del deterioro sufrido por el paso de los años se realizó por fin una gran remodelación para conservar el edificio y salvaguardarlo tramitándose su declaración como Monumento Nacional y más tarde como Bien de Interés Cultural.

            Quizá ahora convendría recordar el momento en el que nació este conjunto Iglesia Torre. Fue allá por el año 1350 aproximadamente, cuando después de reconquistada la villa a los musulmanes, el arzobispo de Sevilla y señor de Zalamea, desde que Alfonso X el Sabio se la cedió a cambio de Cazalla, ordenó se levantara una iglesia con su campanario. Han transcurrido pues aproximadamente 650 años. Tenía entonces el edificio dos pequeñas naves y era de mucho menor tamaño que la que hoy conocemos y para levantarlo los maestros alarifes aprovecharon los restos de un edifico anterior situado cerca de donde hoy esta ubicado el templo. La Torre era inicialmente  mas baja  y probablemente coronada por una techumbre de madera y teja y el campanario tenía un solo ventanal en cada una de sus caras y era sensiblemente más baja que el actual. A principios del Siglo XVII empieza a dársele el tamaño y la configuración que hoy presenta.

            Desde entonces la Torre y la Iglesia han sido testigos de sucesos cruciales para la historia de nuestro pueblo. Han podido contemplar la elección de San Vicente como patrón de Zalamea en 1425, que se hizo en el porche delante de sus mismas puertas, y guardaron para sí el secreto de la elección del santo; vieron salir las primeras procesiones de la Vera Cruz 1580, germen de la actual Semana Santa; han presenciado el cambio de señorío de Zalamea del arzobispo al rey en 1592; con sus campanas han transmitido nuestras penas y nuestras alegrías durante cientos de años.

            Todo esto nos lleva a pensar si los zalameños seremos capaces de restituirle su dignidad y conservarlas para que las generaciones que nos sucedan puedan seguir disfrutando de ellas y contemplando su silueta al regresar a casa.

Manuel Domínguez Cornejo             Antonio Domínguez Pérez de León

LA LEYENDA DE SALOMÓN

LA LEYENDA DE SALOMÓN

            “…Cuentan que una hija del rey Salomón llegó a este lugar con su séquito y hallándolo pacífico y  con aguas saludables y medicinales estableció su campamento en la pequeña meseta  que hoy día es la plaza de Talero y habiendo recobrado su salud le dio  su nombre al lugar –“Salomea”- creando así un asentamiento que fue el origen del pueblo…”

             Esta es la leyenda, pero veamos ahora que nos dice la historia.

             A lo largo del primer milenio a.C y a partir de finales de la edad del Bronce, la civilización autóctona que se desarrolla en la región, al igual que hacen con otras minas andaluzas explotan también de una manera intensa las de Riotinto. Comienzan a extraer un metal, la plata, que da sentido a la aureola de riqueza  que la zona adquirió en la antigüedad . Más tarde, el uso de las herramientas de hierro, haría que se convirtieran en una explotación de primera importancia.

             Los colonizadores  fenicios y griegos establecieron una relación comercial con estos pueblos mineros. Su visita a nuestra zona es deducible pero nos hace preguntar: ¿En qué medida esa relación fue puramente comercial o supuso la creación de asentamientos para establecer una colaboración en los sistemas y métodos de extracción y elaboración del mineral? Sin duda fenicios y griegos, especialmente los primeros, nos influyeron más que económica culturalmente. Nos proporcionaron los elementos necesarios, artesanía del metal y cerámica, para enriquecer su rudimentaria cultura material y elevarla al nivel que gozó posteriormente. En Riotinto, está constatada por las excavaciones realizadas en la Corta del Lago en los años 1979 y 1980 la relación y la influencia que esos colonizadores tuvieron con los pueblos indígenas.

             En este marco histórico podemos situar lo que hoy conocemos como “La leyenda de Salamón” referida a Zalamea.

             Esta leyenda, cuyos orígenes desconocemos con certeza, se ha ido transmitiendo de padres a hijos a lo largo de sucesivas generaciones y tiene diversas versiones. La más común y generalizada es la que narramos al comienzo del artículo. Fue recogida, en sus distintas variantes, por algunos autores en los siglos XVII, XVIII y XIX, destacando entre ellos al Padre Flórez en su “España Sagrada”; Rodrigo Caro, en su libro  “Antigüedad de Sevilla” y el padre Juan de Pineda  en su obra “De rebus salomonis regis”

             Pero no existen hoy datos arqueológicos en Zalamea que permitan de una forma fehaciente establecer algún tipo de conexión entre los habitantes del lugar y los colonizadores que comerciaban con estas minas, aunque no es descartable que pudiese existir algún tipo de contacto. No obstante  creemos que al carecer de datos arqueológicos o documentales que lo corroboren, esta leyenda carece de fundamento. Creemos que pudo tener su origen entre los siglos XIII y XVI, por una asociación popular entre el nombre del pueblo y determinados topónimo existente en la zona (Cerro Salomón) o bien en algún autor que diese esta relación por cierta y difundiese la idea entre los habitantes del lugar.

             Independientemente de la leyenda, existen algunas incógnitas aún no suficientemente investigadas. En primer lugar , está constatada históricamente por las citas biblicas. – Libro de  los Reyes- 10-21, principalmente- las expediciones conjuntas a “Tarchist” de hebreos y fenicios  de la ciudad de Tiro, cuyos reyes respectivos, Salomón e Hiram, estaban emparentados. “Tarchist” es identificado por muchos autores con Tartessos, por lo que es posible que la zona fuera visitada por hebreos que viajaron con los colonizadores fenicios, aunque siempre dicho con las lógicas reservas que impone el carecer de datos arqueológicos. Por otra parte existe en nuestro término un topónimo que tiene una clara denominación hebrea. Es el caso de una aldea de Zalamea, desaparecida en el siglo XVIII, cuyo nombre era “Abiud”, nombre que aparece en la genealogía de Jesús que da Mateo en su evangelio (Mateo 1, 13). Esta aldea cuyos restos se pueden ver hoy cerca de Marigenta plantea algunas cuestiones no aclaradas acerca de su origen y desaparición.

 Mencionado todo lo anterior, mas que nada con carácter testimonial, no hay indicios claros de que hubiera con anterioridad al siglo II  d.C. una población en el lugar que ocupa la actual Zalamea.  Esto no quiere decir que no pueda ser, pero en base a las fuentes de las que se nutre la historia, documentos y hallazgos arqueológicos, no podemos decir nada al respecto. Sí podemos, sin embargo, asegurar que en el término actual de nuestro pueblo si existían  ya poblamientos más o menos estables que han venido formándose  desde el tercer milenio a.C

 Manuel Domínguez Cornejo             Antonio Domínguez Pérez de León

LAS ORDENANZAS MUNICIPALES DE ZALAMEA DE 1535

LAS  ORDENANZAS MUNICIPALES  DE ZALAMEA DE 1535

El documento de mayor valor conservado en el archivo municipal de Zalamea la Real es sin lugar a dudas el Libro de las Ordenanzas de 1535. Se trata de un libro en pergamino manuscrito de un valor material incalculable, aceptablemente conservado,  que es incuestionablemente una de las joyas de nuestro Patrimonio Cultural e Histórico.

Redactadas en 1534 y aprobadas un año más tarde por el arzobispo de Sevilla y señor de Zalamea, Don Alonso Manrique de Lara, hermano del famoso poeta castellano, su lectura nos traslada, como si de una máquina del tiempo se tratara, casi 500 años atrás y nos sumerge en una Zalamea que no parece tan lejana como se puede suponer. Es posible, además, que estas ordenanzas sean una actualización de otras anteriores en las que se aumentan las penas y sanciones y  se amplían los capítulos  ajustándolos a las necesidades del momento. Todos los expertos que las han estudiado coinciden en valorar su aspecto práctico y real, en contraposición a otras en las que se limitaban a copiar un modelo. Sin embargo el estudio comparativo de estas ordenanzas con otras similares nos lleva a pensar que también en este caso se siguió un modelo establecido, especialmente en algunos capítulos, sin embargo las  numerosas referencias que hay en el texto a situaciones, costumbres y lugares del pueblo, muchos de los cuales son perfectamente identificables hoy, 477 años después  indican que al margen de haber seguido un guión predefinido, su redacción se ajusta minuciosamente a la realidad, necesidades y formas de gobierno de Zalamea.

Deteniéndonos en su contenido el libro consta de 133 capítulos, a los que hay que añadir los cinco de las rentas del almojarifazgo y las rentas de la alcaidía. La distribución de estos capítulos es irregular y generalmente se agrupan todos los referidos a un mismo tema aunque en ocasiones puede aparecer un capítulo aislado entre otros de diferente asunto.

El estudio de estas reglas refleja como era la vida de Zalamea al final de la Edad Media. Un pueblo que pretendía autoabastecerse y por tanto dictaba unas normas que protegían su economía local. Su lectura nos permite conocer y valorar fundamentalmente los aspectos económicos de la población, sin embargo entre sus líneas salen a la luz costumbres y usos de la época y especialmente un aspecto que por aquel entonces tenía un enorme valor para los habitantes de nuestro pueblo, aspecto que hoy se ha definido como ecológico, y que no era otro que la necesidad de conservar los recursos naturales por razones estrictas de supervivencia.  Sencillamente, había que conservar y respetar la naturaleza porque era el pilar fundamental de su economía. Por ello estas ordenanzas pueden considerarse como paradigma de lo que era un sistema económico en consonancia con el medio ambiente.

Por ellas sabemos que la principal riqueza del pueblo eran las dehesas de encinas y alcornoques,  bienes de propios, a las que se dedican 29 capítulos que regulan su aprovechamiento y su protección. No olvidemos que la bellota era en aquella época un  producto de primera necesidad tanto para los animales como para la alimentación humana.

Le sigue en importancia la regulación de los cultivos, viñas, huertas, heredades y sementeras, que se extiende a lo largo de 17 capítulos; circunstancia lógica en una economía agrícola; entre ellas nos llama la atención  una actividad hoy desaparecida, el cultivo de la vid para la producción de vino

La carne y su venta en carnicerías es objeto de 14 capítulos que ponen especial énfasis en las condiciones sanitarias y de comercio para el abastecimiento de la población.

Las bestias y ganados, las primeras como instrumentos de trabajo y las segundas como fuente de aprovisionamiento, ocupan 15 capítulos, Entre ellos la regulación de la boyada municipal es un aspecto de gran interés, por lo que refleja una estructura comunal en la explotación de la riqueza.

Nueve capítulos ocupa el uso de las aguas. En ellos se dispone sobre la conservación, uso y mantenimiento de fuentes y corrientes de agua. Se trata de un bien escaso que debe ser minuciosamente controlado para evitar el abuso y la contaminación. Sorprende encontrar en estos capítulos algunas fuentes, riveras y charcos que han conservado sus nombres a través del tiempo y que aún hoy siguen llamándose así

Los impuestos y la regulación de la venta y compra son objeto de 13 capítulos, incluidos los cinco de las rentas del almojarifazgo. En este sentido se procura llevar un control de las mercancías que entran y salen del pueblo, evitando que puedan introducirse materias cuando hay existencias procedentes de la producción propia, como es el caso del vino, prohibiéndose la importación cuando hay cosecha propia.

La forma de gobierno se trata en 8 capítulos. En ellos se dispone la forma en que han de proceder los alcaldes y demás oficiales de la villa, cómo y cuándo han de elegirse y cuáles son sus obligaciones, estableciéndose penas y sanciones  para cuando no las cumplan como deben.

Hay temas que ocupan capítulos sueltos, pero que para el concejo tienen también su importancia, entre ellos hallamos asuntos como la construcción de casas, la regulación de la venta del pan y del vino,  los ejidos, los lobos, las colmenas y el fuego.

Conviene reseñar que en estas ordenanzas se establecieron normas que con el tiempo se convirtieron en costumbres que siguieron practicándose muchos años después de que las ordenanzas dejaran  de tener vigor. Muchas de ellas perduraron hasta tiempos bien recientes, por ejemplo cómo avisar a los vecinos mediante toques de campana para acudir a apagar los fuegos, o cómo proceder en  la quema de los rastrojos.

Las Ordenanzas terminan con su ratificación por el provisor de Sevilla, el licenciado Temino, en nombre del Cardenal.

Pero el libro guarda además de las ordenanzas propiamente dichas algunas sorpresas. Resulta que al final quedaron algunas páginas en blanco que se utilizaron posteriormente para hacer anotaciones y cálculos y entre ellos hay una que merece resaltar. Se trata de un breve texto que un joven estudiante que tuvo el libro entre sus manos, dedica con afecto y reconocimiento a su maestro y en el que se puede leer:

“De la mano y pluma de mi  Jerónimo Fernández, discípulo menor del señor maestro fray Cristóbal que Dios guarde muchos años y bueno y que es ermitaño en San Vicente y da escuela en San Vicente y que Dios le de salud, en Zalamea en veintiuno del mes de Agosto de 1.6… (ultimas dos cifras ilegibles)

Es sin duda la primera referencia documental a una escuela existente en Zalamea que parece ser se ubicó en la ermita de nuestro patrón.

En definitiva, un documento que nuestros antepasados han sabido guardar celosamente durante casi 500 años y que nosotros tenemos la enorme responsabilidad de conservar para las generaciones futuras.

Manuel Domínguez Cornejo          Antonio Domínguez Pérez de León

LOS GRABADOS RUPESTRES DE LOS AULAGARES

LOS GRABADOS RUPESTRES DE LOS AULAGARES

Existe un lugar en Zalamea, muy cerca del pueblo, que guarda un tesoro arqueológico de gran valor cuya finalidad aún no ha podido ser desvelada con certeza. Se trata de unas formas circulares grabadas en las superficies de dos grandes grupos de piedras. Las razones que impulsaron a aquellos antepasados nuestros que habitaron esta zona hace más de 3.500 años a grabar unos extraños símbolos en las piedras permanecen en el terreno de las conjeturas y su significado sigue siendo aún un misterio

 Constituyen uno de los complejos arqueológicos  de más interés de la provincia y arrojan  algo de luz  sobre unas manifestaciones culturales de la Edad del Bronce.

 Situados en la finca denominada Los Aulagares, a un km aproximadamente al suroeste de Zalamea, comprenden dos núcleos que ocupan a la vez dos pequeños cerros distanciados entre sí unos 200 metros, en los que afloran rocas de riolitas sobre las que estan realizados los grabados.

 El primero de ellos es una roca de superficie plana, casi horizontal, sobre la que se han realizado el grupo más numeroso. Se trata de 45 círculos de formas y dibujos variados, generalmente circunferencias concéntricas o radiadas de diferentes tamaños, algunas con puntos en sus diversas secciones. La figura principal llega a tener hasta 25 cm de diámetro

 En el otro núcleo, situado en un cerro de mayor altura que el anterior, los grabados se encuentran más dispersos, posiblemente debido a derrumbamientos o movimientos de las piedras, quizá por causas naturales. Pudiéndose distinguir dos agrupaciones que es probable que en su origen estuviesen juntas. En total son 13 figuras (12 prehistóricas y 1 paleocristiana) Aunque los grabados son menos numerosos sin embargo son más ricos en lo que a símbolos se refieren, predominando igualmente las figuras circulares concéntricas o radiadas  aunque en esta ocasión aparece también una que parece representar los ojos de una lechuza  y otra de forma cruciforme que no se corresponde con la época del resto, siendo datada, como dijimos antes, en un periodo paleocristiano (siglo V d. C.)

 No son únicos estos grabados en la península siendo relativamente frecuentes en la fachada atlántica ibérica (Laxe Ferrada. Monte Farelo, Estela de Oles en Villaviciosa, Lanhelas en Portugal) lo que refleja la influencia de una cultura que debió extenderse por todo el oeste peninsular desde Galicia hasta Andalucía occidental. Según los expertos su origen se remonta al arte esquemático megalítico.

 La interpretación más común que se le otorga en los estudios que sobre ellos se han publicado es la de carácter religioso, cosa frecuente en las manifestaciones artísticas prehistóricas. Pudo tratarse probablemente de un lugar sagrado que los pobladores de la zona tuvieran para realizar determinados ritos que se manifestaban en la grabación en las rocas de estos símbolos, no descartándose que pudiera tener también una determinada significación astronómica en la medida que esta estuviera relacionada con su religión y su vida social y económica, pero como dijimos al principio su significado está aún por desvelar.

El lugar pudo ser una especie de santuario en el  que los habitantes de la zona se reunían en determinadas épocas  para pedir protección y prosperidad para campos, animales y personas. Los escritores clásicos como Estrabón y Ptolomeo hacen alusión a este tipo de lugares sagrados como centros de culto a divinidades astronómicas recalcando que no son costumbres fenicias ni griegas sino propias de los indígenas.

 El estudio comparativo de estos grabados, así como de la patina que los recubre, ha establecido su cronología entre el 1.800 y 1.500 antes de Cristo, durante la Edad del Bronce.

 En lo que se refiere a la cruz paleocristiana que hallamos entre los grabados es el único testimonio que encontramos en Zalamea  del proceso de cristianización primitiva. Posiblemente el cristianismo conviviera en nuestro pueblo con otros ritos paganos indígenas e hispanorromanos en el siglo V durante un largo periodo de tiempo al final de la decadencia del imperio y comienzo de dominio visigodo. Con toda probabilidad los primeros cristianos zalameños utilizaron un lugar de alto valor simbólico para grabar en él lo que sería el signo de su nueva religión.

 Pero 2000 años antes que estos primeros cristianos, otros pobladores habían dejado ya sobre esas mismas  rocas las figuras de las que hemos hablado y que aún los expertos se afanan en interpretar.

Manuel Domínguez Cornejo        Antonio Domínguez Pérez de León

LA CERA EN LAS MANIFESTACIONES RELIGIOSAS DEL PASADO

LA CERA EN LAS MANIFESTACIONES RELIGIOSAS DEL PASADO

Antes de la invención de la energía eléctrica, la iluminación artificial de  iglesias, ermitas, capillas, etc, se hacía mediante velas que como todos sabemos se elaboraban, y elaboran, con cera. Dado el importante número de manifestaciones religiosas fruto de los distintos cultos que se realizaron en  nuestro pueblo por parte de las hermandades, cofradías y congregaciones existentes en el pasado podemos asegurar sin temor a equivocarnos que la Iglesia se convirtió  en la mayor consumidora de cera durante la Edad Media y Moderna

            Fundamentalmente, cuando hablamos de cera, estamos utilizando la expresión que en aquellos tiempos se utilizaba para referirse a las distintas formas en que los lagares presentaban sus productos a los consumidores: velas de diferentes tamaños y hachas. Las diferentes hermandades y fundaciones religiosas que funcionaron en Zalamea a lo largo de la historia reclamaron una cantidad tal de cera que a partir de la Edad Media propició la creación de una industria, tanto de extracción como de manufactura, que llegó a convertir a nuestro pueblo en uno de los principales centros de producción de la provincia, de tal manera que hasta el mismo siglo XIX, Zalamea fue conocida por la calidad y cantidad de su producción, llegando incluso a ser identificada por esta actividad antes que por otras que después alcanzarían más renombre, como fue el caso del aguardiente.

            No pretendemos profundizar ahora en el proceso industrial de la cera que será objeto de otro artículo.  A título de reseña podemos mencionar que el elemento fundamental en esta industria en nuestro pueblo era, como ya apuntamos antes, el lagar de cera donde mediante un proceso artesanal se extraía este producto derivado de las miles de colmenas que se prodigaban por nuestros  campos. Se tiene constancia de que ya en la Edad Media la producción debió ser tan importante que en las Ordenanzas Municipales de 1535 se regula de alguna forma el labrado de la misma. Sabemos que en los siglos XVII y XVIII la fabricación alcanzó sus más altos niveles y no sólo atendía la demanda local, que como veremos debió ser bastante elevada, sino que abastecía a otros lugares de la región. En 1787 su valor alcanzó los cien mil reales y en esa época Zalamea contaba con 12.008 colmenas, ocupando el segundo lugar en la provincia, llegándose a exportar cera a Madrid y a otros poblaciones de Castilla. En el siglo XIX existían seis fábricas para blanquear cera y hacer velas y tres lagares para sacar la cera en amarillo (cera bruta).

            Básicamente la producción de cera se destinaba a la elaboración de velas de distinto grueso y longitud, las llamadas velas mayores o menores, que constaba de un cilindro sencillo con un pabilo o cordón en su interior, pero también se fabricaban hachas que eran unas velas gruesas con estrías y varios pabilos o cordones. Esta última modalidad era la más utilizada en las procesiones que celebraban las distintas congregaciones.

            En el siglo XVI tres hermandades consumían una buena parte de la producción de cera del pueblo, se trataba de la Hermandad de San Vicente, la Hermandad de la Vera Cruz y la del Santísimo Sacramento. El consumo de estas  se destinaba tanto a la iluminación de sus capillas o ermitas como, y lo que sería más importante, a las procesiones, cultos y celebraciones que tenían lugar en fechas señaladas. Las tres establecen en sus reglas que parte de las cuotas que pagaban los hermanos por  ingresar en la hermandad o la cantidad que se recaudara por las sanciones que se les aplican por infringir alguna regla son destinadas a sufragar los costes de la cera que se consumía. De las mismas reglas de estas hermandades se deduce que es probable que las fábricas destinaran una producción específica para ellas. En algunos casos las velas eran realizadas en el tamaño y color que aquellas le solicitaban, por ejemplo la Hermandad de San Vicente determinaba que en sus procesiones los hermanos debían desfilar con un determinado tipo de velas y la de la Vera Cruz distingue entre velas menores, velas y hachas y además aquellas tenían que ser verdes o amarillas. A veces las sanciones debían pagarse directamente en cera aportando una libra o dos o incluso media arroba de cera

            Mas tarde en el siglo XVIII, encontramos que las cofradías y hermandades que funcionan en nuestro pueblo se elevan a trece, a las que hay que añadir las 22 que había en las distintas aldeas del término. El consumo de cera por parte de estas entidades religiosas debió ser enorme ya que presumiblemente todas ellas adquirían la cera que necesitaban de la producción interior. Hemos realizado un cálculo aproximado que apunta a que el consumo podría estar alrededor de los treinta mil reales al año, lo que supone una elevada cantidad para la época. De la lectura de algunos de los documentos relacionados con estas hermandades se deja entrever que algunas de ellas tenían colmenas propias de las que  obtenían directamente la cera en bruto y después la llevaban a la fábrica de cera para transformarla.

            Con la generalización del uso de la electricidad, tanto a nivel privado como público, la necesidad de este producto fue disminuyendo y el uso de las velas quedó relegado a manifestaciones de otro tipo, rituales o procesiones. En 1943 se cerró el último lagar de cera en Zalamea, desapareciendo de esta manera una de las actividades económicas que más prestigio le dio a nuestro pueblo, a partir de entonces la Iglesia y las hermandades tuvieron que importar de fuera la cera que necesitaban para sus actos.

Manuel Domínguez Cornejo           Antonio Domínguez Pérez de León

EL REAL DESPACHO DE 1408

EL REAL DESPACHO DE 1408

Entre los documentos de mayor interés que guarda nuestro valioso archivo municipal   se encuentra un dossier fechado en 1756 y que hace referencia al título de propiedad de las dehesas del Bodonal, Alcaría, Rincón del Villar y Jarillas, propios de esta villa, es decir de uso común, 

 Pero lo más interesante es que en este documento se hace referencia a un manuscrito que habla de Zalamea y que está fechado el 10 de Abril de 1408. Sería pues el segundo en antigüedad conocido hasta ahora. Recordemos que el primer texto escrito en el que aparece el nombre de Zalamea data de 1279 y fue un privilegio rodado firmado por Alfonso X el Sabio.  Este de 1408 se guardaba en el cuaderno de Hacimientos de la ciudad de Sevilla y es un Real Despacho, especie de decreto real, dictado por el que fue padre de Isabel La Católica, Juan II. Veamos cuales fueron las razones de su promulgación y su contenido

La causa que lo originó fue que en aquel tiempo, cuando aún los términos de cada villa  no estaban bien definidos, los distintos señoríos disputaban entre ellos por determinados territorios colindantes. Recordemos el famoso pleito que duró más de cuatrocientos años entre Zalamea y Niebla y que ya tratamos anteriormente.

 En esta circunstancias Zalamea atraviesa un momento crucial de despoblamiento cuyas causas tienen origen diverso, quizás el más significativo fue las sucesivas epidemias que en aquella época asolaban toda España, sin descartar la paulatina retirada de los restos de población musulmana que quedaron repartidos por la zona después de la reconquista. Este despoblamiento conlleva así mismo una crisis económica y es aprovechado por las villas y ciudades colindantes con nuestro término para adueñarse de los terrenos de propios, es decir de aquellas tierras que eran bienes comunales y que en aquel momento no estaban siendo explotadas por los vecinos. Bien es verdad que desde muchos años atrás existían acuerdos entre el arzobispado y otros señoríos para que pudieran aprovecharse conjuntamente estos terrenos, pero los vecinos de la ciudad de Sevilla y del Condado de Niebla abusaron de esta circunstancia llegando, en la práctica, a adueñarse de ellos.

Es entonces cuando el Concejo de Zalamea se dirigió directamente al rey Juan II reclamándole la propiedad de estas dehesas como bienes de propio, recibiendo una respuesta contundente del monarca; una vez consultado los antecedentes su majestad  ordena a la ciudad de Sevilla y a Niebla que devuelvan al Concejo de Zalamea las dehesas del Bodonal, Alcaría, Rincón del Villar y Jarillas para que sean tenidas y disfrutadas por la villa de Zalamea, perteneciente al arzobispado de Sevilla, firmándose este Real Despacho, como dijimos, el 10 de Abril de 1408 en Alcalá de Henares. Merece la pena extraer algunos de los párrafos más sustanciosos:

 “…los dichos lugares e otros del conde de Niebla que alindan con la dicha villa les embargan y cortan ciertas dehesas  (...) que dicen de nombre Bodonal, Arcaría, Rincón del Villar y Jarillas (…) y que si esto así pasase, los vecinos de la dicha villa vendrían en gran miseria (…) por no tener donde pacer sus ganados…!

 “….Por que vos mandamos… fagades tornar e volver a la dicha villa de Zalamea cualquier términos e dehesas e otras casas que por los lugares de dicha ciudad e su tierra le sean tomados… por manera que la dicha villa de Zalamea haya lo que de derecho le pertenece e no tenga motivo de quejar…”

 Este documento, pues, acredita que estas dehesas comunales ya estaban determinadas como tales en aquella fecha. ¿Qué razones impulsaron a nuestros antepasados para que 350 años más tarde, en 1756, tuvieran que recurrir a este documento de Juan II para confirmar la propiedad comunal de la mencionadas dehesas?

 Desde comienzos del siglo XVIII, con la llegada de los Borbones, se introduce en España un sistema político, el absolutismo, que entra en confrontación con muchos de los privilegios y fueros que la anterior dinastía, los Austrias, había reconocido a diferentes regiones, ciudades y lugares de España.

 Concretamente, en Zalamea, Felipe V, el primer  rey de la dinastía Borbón, pretendió adueñarse de todas las tierras que no tuviesen dueño conocido y se dan por baldías todos los terrenos comunales que Zalamea tenía desde antiguo y cuyo uso había regulado exhaustivamente las Ordenanzas Municipales de 1535, viéndose además refrendadas por los Privilegios otorgados por Felipe II en 1592.

El pueblo atraviesa en aquel entonces, en la primera mitad del siglo XVIII, una situación difícil en la que se vieron obligados a hacer frente a los gastos del pleito que supuso rescatar los privilegios que habían sido suspendidos en 1723, y que no se recuperarían hasta 1736, por el impago de determinadas cantidades a la Real Hacienda, así como por algunas irregularidades a la hora de nombrar los alcaldes; sin olvidar la carga que suponía para el pueblo los costes de alojamiento y aprovisionamiento de las tropas en la guerra con Portugal.

 También en este periodo se otorga la concesión de las minas de Riotinto a Liebert Wolters, lo que se consideró como otro atentado más contra los privilegios de Zalamea, ya que estas minas estaban dentro del termino y jurisdicción de nuestro Ayuntamiento, aunque en este caso por desgracia, las reclamaciones no tuviesen fortuna.

 En todas estas circunstancias es cuando Zalamea, en 1738, de nuevo debe afrontar la apropiación por parte de la corona de los terrenos denominados baldíos a los que ya hicimos referencia más arriba, entre los que se consideraron como tales las dehesas de propio.  Se inicia entonces un pleito  entre Zalamea y la Intendencia Real para lo cual se presentan, en nuestra defensa, los Privilegios de 1592 concedidos por Felipe II, pero tal prueba es considerada insuficiente y se busca desesperadamente documentos que acrediten que aquellas dehesas son propiedad del común de los vecinos de nuestro pueblo. La prueba se encontró en el Cuaderno de Hacimientos de la ciudad de Sevilla y se trataba del Real Despacho de 1408 al que hemos hecho referencia más arriba, extrayéndose una copia notarial que se registró en nuestro archivo con el nombre de Títulos de Propiedad de las Dehesas del Bodonal, Alcaría, Rincón del Villar y Jarillas, propias de esta villa. Zalamea debió recurrir directamente ante el rey que finalmente nos da la razón.

Entrar en cómo estas dehesas y otros ejidos  y bienes de propio pasaron a ser, más tarde, propiedad de particulares sería motivo de otro artículo. Algunos de aquellos fueron vendidos por el Consistorio para hacer frente a los gastos de las graves epidemias de cólera morbo que asolaron nuestro pueblo. Más tarde, en la primera mitad del siglo XIX, casi cien años después de haberse hechos efectivo los títulos de propiedad a los que hemos hecho mención, se llevó a cabo un proceso de reparto de las dehesas de arbolado y partidas de tierras calmas de las tierras de propio entre los vecino de Zalamea y sus aldeas. Con ello se enterraron definitivamente las Ordenanzas Municipales de 1535 y los Privilegios de 1592. Pero como hemos dicho esa es  otra historia. 

 Imagen de  la foto:

 Portada del dossier de 1756 donde figura la trascripción notarial del Real Despacho de 1408 y que se guarda en el archivo municipal

Manuel Domínguez Cornejo      Antonio Domínguez Pérez de León

UNA PROCESIÓN DE ZALAMEA EN EL SIGLO XVI

UNA PROCESIÓN DE ZALAMEA EN EL  SIGLO XVI

Vamos a intentar en las próximas líneas describir lo que fue un desfile procesional religioso a finales del siglo XVI en Zalamea con el fin de que, además de ilustrarnos sobre los orígenes de la actual Semana Santa, pueda servirnos como referencia a la hora de estudiar la evolución  de dichas procesiones.

Antes de comenzar creemos conveniente introducirnos en lo que era Zalamea en aquel entonces con el objeto de ponernos en situación. Esto nos va a permitir en gran medida comprender los hechos que narraremos más tarde.

 En primer lugar hay que decir que estamos hablando de un periodo comprendido entre 1581 y 1599, es decir, han transcurrido desde entonces más de cuatrocientos años. En aquel tiempo  el pueblo era conocido como Zalamea del Arzobispo y contaba con 817 vecinos incluyendo los habitantes de las aldeas. Desde 1581 había iniciado un proceso de emancipación del arzobispado de Sevilla, suficientemente tratado y conocido, que culminó  en 1592 con su anexión a la corona de Castilla que  ostentaba Felipe II.

 En lo que se refiere al gobierno municipal, el pueblo estaba administrado por un alcaide mayor, representante de la autoridad arzobispal, dos alcaldes ordinarios, que en los actos públicos llevaban una vara para que se les reconociera como tal, cuatro regidores, equivalentes a los actuales concejales, un mayordomo, figura ésta de importancia, ya que era el encargado de custodiar y administrar los bienes del concejo, todos ellos asistidos por un alguacil y un escribano que hacía las veces de notario público. El cabildo o conjunto de gobernantes municipales se reunía semanalmente, y a él podían asistir todos los “hombres buenos” del pueblo, es decir los varones adultos, cristianos viejos y de reconocida honradez.

 Zalamea era un pueblo bien distinto del que hoy podemos ver y sería difícilmente reconocible por una persona que viva en la actualidad. Solo sería identificable la disposición de  la parte más antigua del pueblo. Las casas se agrupaban alineadas en una pocas calles; éstas serían Calle La Plaza, La Iglesia, Castillo, Olmo, Don Manuel Serrano, prolongándose hacía la Plaza de Talero, Fontanilla, Rollo y Tejada. Los edificios más significativos que distinguían al pueblo en aquel entonces eran la Iglesia y las Ermitas. La Iglesia,  con una configuración muy distinta a la actual, más pequeña, tenía tan sólo dos naves y un campanario de menor altura que nuestra actual torre. Estaban ya construidas la ermitas de San Sebastián, San Vicente y Santa María de Ureña, hoy dedicada a San Blas. Todas quedaban entonces a extramuros del pueblo. Las calles eran de tierra, las casas, normalmente bajas, de una sola planta y grandes corrales con paredes de piedra. No había iluminación que alumbrase las vías públicas una vez que se hacía de noche,  salvo alguna luminaria que pudiera colocarse en algún lugar de  concurrencia, con lo que el pueblo después de ponerse el sol se sumía en la  oscuridad más absoluta.

 No existían escuelas y un porcentaje muy elevado de zalameños eran analfabetos. La enseñanza estaba restringida para los hijos de familias acomodadas y la recibían normalmente de manos de canónigos o frailes que dedicaban parte de su tiempo a esos menesteres. Las actividades cotidianas comenzaban al amanecer y tocaban fin cuando las primeras sombras de la noche hacían su aparición, retirándose la gente a sus casas muy temprano. Zalamea era eminentemente agrícola y ganadera y se regía por unas normas recogidas en unas Ordenanzas Municipales desde 1535.

 La vida social giraba en torno a la religión hasta el punto que las actividades cotidianas venían determinadas por los toques de campana que llamaban a oración; la mentalidad de aquellos tiempos hacía pensar al hombre que la solución a sus problemas estaba en la religión: la curación de sus enfermedades, el éxito de sus cosechas, etc.. La práctica totalidad de las fiestas tenían carácter religioso.

 Todo lo dicho hasta ahora nos permite aproximarnos a lo que fue la vida de nuestro pueblo a finales del siglo XVI y nos ayudará a comprender lo que describimos a continuación. Pasemos ahora a hablar de lo que fue una procesión en aquel tiempo.

 No existía una Semana Santa propiamente dicha y en el marco de las convicciones religiosas y costumbres se llevaba a cabo una sola procesión que tenía lugar el jueves por la noche.

De esta manera, el día señalado, una vez anochecido, un toque de trompeta con “cadencia de dolor” anunciaba el comienzo de la procesión. Se iniciaba, partiendo desde la Iglesia, un desfile encabezado por un gran crucifijo portado por un clérigo vestido con su ornamento  característico; a continuación desfilaban seis cofrades con túnica negra  y hachas o velones encendidos y a continuación la imagen de una virgen, vestida de luto  y llevada por seis penitentes  negros, seguidamente  desfilaban los restantes cofrades de túnica negra con sus velas o hachas encendidas que rodeaban a los hermanos  cofrades vestidos de blanco. Estos llevaban el torso descubierto para disciplinarse, es decir se flagelaban, - azotaban -, con un manojo de latiguillos a los que algunos añadían una especie de pelotillas con vidrios incrustados; circunstancia ésta que estaba expresamente prohibida por considerarse una forma de alarde. Así, con la tenue luz que desprendían las velas  recorrían una buena parte de las calles del pueblo. Por delante de la procesión iba una cruz roja con una especie de pañuelo negro llevada por un cofrade que de esta manera advertía de  la proximidad de la procesión, acompañado siempre por la trompeta que repetía de vez en cuando su toque cadencioso y triste.

 Al final se disponía de una especie de servicio de higiene para lo cual la hermandad designaba algunos cofrades que con paños y agua  limpiaba las espaldas de los hermanos de Sangre.

Bien entrada ya la noche la procesión se recogía de nuevo igual que había comenzado, en un silencio profundo con el único sonido lejano de la corneta y con el sordo chasquido de las disciplinas sobre las espaldas de los penitentes blancos.

La procesión que acabamos de reconstruir no es una ficción, se trata de una reconstrucción basada  en los documentos  de la época y ofrece una imagen bastante fidedigna de cómo debió desarrollarse en la realidad. Es posible que alguien se sienta tentado de calificarla como una babarie o espectáculo cruento, pero los hechos del pasado ni se pueden justificar ni tampoco juzgar con la mentalidad del presente, en cualquier caso este tipo de procesiones eran muy comunes en los reinos de España y respondían a la  mentalidad a la que hacíamos referencia más arriba.

En Zalamea era realizada por la Hermandad de la Vera Cruz, a finales del siglo XVI y fue el germen de nuestra Semana Santa actual y en la que aún pueden distinguirse algunos elementos reconocibles: La existencia de penitentes negros que eran los encargados como hemos podido ver de alumbrar la procesión con sus hachas o velones y que por ello eran llamados hermanos de luz, y penitentes blancos, vestidos con túnica de ese color  y que se azotaban durante toda la procesión y consecuentemente eran llamados hermanos de sangre. Otro vestigio  lo encontramos en el toque de trompeta que advierte del paso durante el Vía Crucis.

 Manuel Domínguez Cornejo        Antonio Domínguez Pérez de León   

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN ZALAMEA LA REAL (VIII)

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN ZALAMEA LA REAL (VIII)

ZALAMEA JURA LA CONSTITUCIÓN DE 1812

 Volviendo a la situación política y militar, el sistema de ocupación que los franceses pusieron en práctica en la mayor parte de España, según se desprende de las referencias de la historia general,  era el de ocupar las grandes ciudades y  ejercer un control a distancia de los centros de interés económico y de los pequeños pueblos en los que hacían incursiones esporádicas para combatir las guerrillas, saquear bienes y provisiones y dejar sentado su control sobre el gobierno del país, intimidando permanentemente  a la población. Un ejemplo de ello es  el comunicado que el  16 de Julio de 1810, envía a Zalamea el coronel de las tropas francesas desde Paterna del Campo, dirigido a las justicias de esta villa que dice así:

 Aviso a la justicia de Zalamea la Real.

Señores, estáis avisados que una columna de tropas francesas vienen a tomar asiento en su villa. El deseo que tengo y tenido siempre de hacer respetar las personas y bienes de los estados de su majestad, el seño don Joseph , me determina a mandarle oficio para que todo el pueblo esté con el mayor sosiego, que todos los vecinos se queden quietos en sus casas y sigan sus trabajos como anteriormente. Venimos pacíficos y con el mayor orden y disciplina. Muy bien sabemos y sentimos lo que ha padecido ese pueblo en la última expedición, pero muy diversas eran las circunstancias entonces éramos enemigos, ahora vamos a proteger a amigos y aliados que se consulten bien los hombres de justicia y de conocimiento y que vayan a informarse a otros pueblos de la acogida que los franceses habían dado a esos pueblos.

  De los datos de los que se dispone se desprende que el grueso de las tropas que se movieron de forma estable por la zona de la actual provincia de Huelva, entonces parte del denominado reino de Sevilla, se componían de alrededor de 600 hombres que encontraron una resistencia especialmente enconada en  esta zona del Andévalo y la Sierra.

 A finales de 1811, el ejército francés se retira de Zalamea para no volver jamás, pero su ocupación dejó aterrorizados y escandalizados a todos sus habitantes por su reiterada falta de respeto a las tradiciones religiosas hasta el punto  de que en 1812 los componentes de la hermandad del Santísimo Sacramento organizaron un sentido  acto de desagravio al venerable sacramento de la sagrada persona de Jesucristo por las ofensas recibidos por las tropas enemigas. (Algunos documentos hacen referencia a que una de las veces en que las tropas francesas estuvieron en Zalamea, utilizaron la Iglesia como establo para sus caballos y los altares como pesebres)

 Pero un nuevo suceso vuelve a subir la moral de los zalameños. El 19 de Marzo de 1812 se proclama en Cádiz la nueva Constitución Española, conocida popularmente como “la Pepa” por coincidir con la fecha de la celebración de San José. La nueva constitución era un símbolo de la resistencia a la ocupación francesa y el Consejo de Regencia, que había sustituido a la Junta Central, se preocupó por hacerla llegar y reclamar su juramento a todos los rincones de España. Así el día 27 de julio de 1812 se recibe en Zalamea una orden para que se jure la Constitución. Los alcaldes ordinarios de aquel momento le juran sin reservas obediencia y cumplimiento en todas sus partes. Pero quisieron celebrar un acto más solemne y así, días más tarde, los cargos municipales, tanto del pueblo como de las aldeas, se reunieron  en la Iglesia para jurar fidelidad a la nueva Constitución Española.

 Pero el final de la ocupación está cerca. Las tropas napoleónicas han sido derrotadas en la batalla de los Arapiles en Julio de 1812 y  José I Bonaparte se ve obligado a salir de Madrid. Los franceses son derrotados de nuevo  en Vitoria  en Junio de 1813 y  salen de España por los Pirineos perseguidos por las tropas españolas e inglesas al mando del duque de Wellington. La guerra de la Independencia había terminado. En Marzo de 1814 regresa  el ansiado Fernando VII. La alegría inunda el país y nuestro Ayuntamiento acuerda el encendido de luminarias y el repique de campanas durante tres días seguidos.  

Lo que vino a continuación con la llegada de este  rey es otra historia.

 

Manuel Domínguez Cornejo           Antonio Domínguez Pérez de León

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 Queremos, al finalizar esta serie sobre la Guerra de la Independencia en Zalamea la Real, mostrar nuestro agradecimiento a  dos personas: Pastor Cornejo Márquez y  Vicente Rodríguez Serrano por su colaboración al facilitarnos documentos de sus archivos personales.