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ZALAMEA LA REAL - HISTORIA

LA GUERRA CIVIL EN ZALAMEA LA REAL (I)

LA  GUERRA CIVIL EN ZALAMEA LA REAL (I)

La ocupación de la Cuenca Minera y los primeros días después de la ocupación de Zalamea por las tropas nacionales

 Habiéndose cumplido en Agosto los 75 años de la ocupación  de Zalamea la Real por las tropas nacionales y respondiendo al compromiso que adquirimos al publicar el artículo en el que narrábamos este hecho (Ver artículo de Febrero de 2010: La ocupación de Zalamea la Real por las tropas nacionales durante la guerra civil.) vamos a dedicar una serie de capítulos a contar lo ocurrido a partir de aquella fecha.

Antes de comenzar con lo sucedido en nuestro pueblo recordaremos brevemente, a manera de introducción,  como se produce la ocupación de la Cuenca Minera en general y la participación de sus habitantes en la resistencia a la sublevados.

 Después del pronunciamiento de Queipo de Llano en Sevilla el 18 de Julio de 1936 adonde había llegado desde Huelva, donde el día 17 había estado simulando una inspección, una columna de mineros de Riotinto se dirige a aquella ciudad con el fin de evitar el triunfo definitivo de dicho general. Al mismo tiempo otra columna, esta vez de militares, guardias civiles y de asalto, al mando del comandante  Haro sale de Huelva con el mismo fin. No obstante durante el transcurso de la expedición el jefe de la columna militar decide sumarse a los sublevados y al llegar a Sevilla pacta con Queipo de Llano y prepara una emboscada en La Pañoleta a la columna minera  el 19 de Julio de 1936. Les hicieron estallar los camiones cargados con explosivos, causándole numerosas bajas, alrededor de 25 muertos y 78 prisioneros que fueron fusilados más tarde, el resto se vieron obligados a retroceder.

 Hemos contado este suceso por la incidencia que tendrá después ya que trae como consecuencia que un mes más tarde Queipo de Llano, temiendo una resistencia organizada en la Cuenca Minera, tome todas las precauciones posibles para garantizar el éxito de la ocupación de esta comarca por las tropas nacionales. Para ello organiza un movimiento envolvente que partiría  el 25 de Agosto desde tres puntos de la provincia de Huelva; por un lado una columna que sale de Valverde al mando del capitán Gumersindo Varela Paz, que a la postre sería la que tomaría muestro pueblo como ya hemos contado en el artículo al que hacíamos referencia al principio; otra que saldría de Aracena y tomaría Campofrío al mando del comandante Redondo y una tercera que saldría del Castillo de las Guardas al mando del comandante Álvarez de Rementería, dotando además a las fuerzas de una poderosa artillería y apoyo aéreo

 Los días 25 y 26 de Agosto de 1936 después de intensos bombardeos en El Campillo y Nerva que causaron numerosas bajas civiles, (recordemos que durante la guerra civil española la aviación bombardeó por primera vez poblaciones) se ocupa Zalamea, El Campillo y Riotinto. Posteriormente en la noche del 26 al 27 se toma el pueblo de Nerva, población de la que sus ediles habían huido con antelación a la Sierra del Padre Caro.

 Como ya explicamos, la ocupación de estos dos últimos  pueblos se llevó  a cabo con una resistencia menor de la que en principio las tropas nacionales esperaban, consecuencia en parte de los bombardeos que en el caso de Nerva duraron cerca de cinco horas. Es probable que influyera también decisivamente el desánimo que produjo en los leales a la República la toma de Zalamea y el fracaso de la intentona de recuperación de nuestro pueblo por fuerzas unidas provenientes de Riotinto y Campillo.

 Volviendo a la ocupación de Zalamea, una vez que las tropas nacionales tomaron el total control de la población se procedió a destituir y a detener a los miembros de la corporación republicana que había celebrado su última sesión el 4 de Julio de 1936 y que aún permanecían en la población, otros habían huido tras la entrada de las tropas en Zalamea. Inmediatamente se procede a formar una Comisión Gestora encabezada por un oficial de la tropas nacionales, que se encarga de tomar las primeras medidas mientras tanto se termina de ocupar y controlar toda la Cuenca Minera. Muchos zalameños de partidos de izquierda o sindicatos que habían participado de una manera u otra en política durante la etapa republicana huyen del pueblo por temor a las represalias. Una vez que  las fuerzas nacionales se asientan en la cuenca Minera  la mencionada Comisión Gestora que se formó con carácter provisional cesa siguiendo instrucciones del gobernador civil  y da paso el 30 de Agosto de 1936 a una nueva Comisión formada en este caso íntegramente por tres personas de la localidad de probada vinculación al llamado Movimiento Nacional.

 Entre las primeras medidas que toma esta comisión es la de readmitir en sus puestos a los funcionarios habían sido destituidos por las corporaciones republicanas del Frente Popular por diversos motivos. Así mismo se procede a abrir la caja de caudales y como quiera que no se conocía oficialmente el paradero del alcalde y del depositario de la corporación anterior que tenían en su poder las llaves, se procede a forzar la caja. En su interior se encuentran 936 pesetas y 50 céntimos en metálico y 1121 pesetas en valores, lo  que pone de relieve las honorabilidad de las personas que compusieron la corporación republicana  en sus últimos momentos ya que en su huida respetaron los fondos municipales por más que después se les acusara de haber utilizado indebidamente esos fondos.

Mientras tanto, durante el tiempo que permanecieron en  Zalamea los oficiales fueron alojados en las casa de las familias más pudientes mientras que la tropa se distribuyó en las casas de la gente sencilla y humilde a las que se obligó a acogerlos.

Imagen de la foto: Los mineros detenidos en La Pañoleta son conducidos a la Audiencia para someterlos a juicio sumarísimo

Manuel Domínguez Cornejo           Antonio Domínguez Pérez de León

LOS LAGARES DE CERA EN ZALAMEA (II)

LOS LAGARES DE CERA EN ZALAMEA (II)

Los últimos lagares y el proceso de extracción y elaboración.

Hablábamos en el artículo anterior que la industria de la cera permaneció en Zalamea hasta bien entrado el siglo XX. Pues bien los últimos lagares de los que tenemos constancia estaban situados uno en la calle San Vicente y otro en la calle Sevilla, manteniéndose este último en funcionamiento hasta el año 1943. Perteneció a Don José Lorenzo Serrano, el terrateniente que encabezó la manifestación contra los humos en 1888, pasando posteriormente a la familia Ordóñez, al casar una hija de aquel con José María Ordóñez Rincón , presidente de la liga antihumos de Huelva y estuvo regentado en sus últimos años por Sebastián Domínguez Díaz.

El proceso de extracción de la cera se hacía de una forma puramente artesanal y hay que distinguir entre el lagar propiamente dicho y la fábrica donde se manufacturaba la cera, aunque generalmente se asociaban ambas cosas. No obstante tenemos constancia de que existieron fábricas que no disponían de lagar y debían acudir  a éste para extraer la cera en amarillo que, como explicaremos más adelante, era la primera fase de todo el proceso.

La descripción del procedimiento mediante el cual se llevaba a cabo la elaboración de la cera nos permite reconstruir nombres y utensilios hoy desaparecidos, así como el trabajo alrededor del cual giró la vida de un buen número de nuestros antepasados.

 La cera en bruto de los panales era traída al lagar en forma de bolas por los propietarios de las colmenas o por algunos tratantes mayores que la negociaban con varios colmeneros; al llegar eran pesadas en una balanza de gran tamaño. La unidad de peso por aquel entonces era la libra, cuyo valor era aproximadamente 400 gramos. Una vez en el lagar se hacía un primer cocido para reblandecerla y se amontonaba en los capachos y después de exprimidas mediante una prensa, fabricada enteramente de madera de encina, tanto el tronco como el cuerpo de la palanca de presión, se extraía la cera de color amarillo que se endurecía en unos bloques ovalados, obteniéndose así las llamadas “marcas”. Estas marcas volvían a otras calderas donde de nuevo eran derretidas pasando después a un recipiente cilíndrico con perforaciones en su parte inferior por donde salían unos hilos líquidos que mediante una especie de rueda eran introducidos en unas pilas de agua donde volvían a endurecerse. Así se obtenían las “cintillas” que eran llevadas luego al exterior y extendidas en unas pilastras alargadas donde por la acción del sol se blanqueaban. Para este fin era necesario exponerlas durante 21 días, a la mitad de los cuales se les daba la vuelta para blanquear la otra cara.

 Transcurrido ese tiempo se volvían a cocer para librarlas de impurezas y se hacían nuevas “marcas”, esta vez de cera en blanco que se almacenaban hasta ser derretidas de nuevo en otras calderas para hacer finalmente las velas. Esto último se hacía vertiendo manualmente la cera derretida con un cazo en los pábilos o cordones (la mecha) que colgaban de una rueda colocada en posición horizontal que se hacía girar a la vez que se le dejaba caer a cada pábilo un baño de cera; dependiendo del grueso  que se quisiera dar a la vela así eran las vueltas que debía dársele a la rueda para hacer pasar los pábilos por encima de un recipiente donde se recogía la cera sobrante que escurría y donde se mantenía caliente. Una vez endurecidas era necesario enderezarlas y cortarlas a mano.

El producto elaborado  podía ser velas, en sus distintas formas y gruesos y  antiguamente, también “hachas”, especies de velas gruesas con estrías y varios pábilos, que fueron utilizadas por algunas hermandades en sus procesiones. Parte de esa producción se vendía fuera aunque, según los informes de los que disponemos, la mayor parte de la cera que se exportaba era en amarillo.

 El último lagar al que hicimos referencia se cerró, como dijimos en 1943, después de la muerte de Sebastián Domínguez. Con él desapareció  una de las tradiciones artesanales que más prestigio dio a Zalamea a lo largo de su historia, habiendo quedado hoy en el más triste de los olvidos.

 Imagen de la foto: Proceso de fabricación de las velas. En la foto puede verse como la cera era vertida en los pábilos que colgaban de una rueda horizontal y la caldera donde se mantenía la cera derretida.

Manuel Domínguez Cornejo        Antonio Domínguez Pérez de León

LOS LAGARES DE CERA EN ZALAMEA (I)

LOS LAGARES DE CERA EN ZALAMEA (I)

UNA ACTIVIDAD INDUSTRIAL DESAPARECIDA

 Pocos productos elaborados en Zalamea difundieron en el exterior el nombre de nuestro pueblo como lo hizo la cera en el pasado. Sin embargo ¿Cuántos zalameños conocen hoy que existió una actividad industrial que le dio fama no sólo en nuestra región sino en una buena parte de España?  Pues bien durante los siglos XVIII y XIX se relacionó el nombre de Zalamea con la fabricación de cera  y miel hasta el punto que en algunos mapas se señalaba su posición con una colmena. De igual forma en nuestro antiguo escudo aparece una flor de jara como símbolo de la importancia que esta actividad económica tuvo para el pueblo.

 Aparte del aprovechamiento de la miel que lleva consigo la explotación de las colmenas, la producción de cera se materializa en un elemento que es el objeto de nuestro estudio:  el lagar de cera. Veamos como se origina esta actividad industrial.

 Aunque la extracción de miel se conocía ya en épocas prehistóricas, es en la Edad Media cuando se consolida en Zalamea aprovechando las condiciones naturales del término que favorecen la abundancia de colmenas a las que los repobladores castellanos no dudaron en sacarle su máximo rendimiento.

 Un factor decisivo para la creación de los primeros lagares, aparte de su uso doméstico, debió ser la demanda originada por las numerosas cofradías y hermandades religiosas que proliferaron en nuestro pueblo. Así encontramos las primeras referencias en las reglas de la hermandad de San Vicente, en 1425, cuando se dice “…las cuentas que cada año han de dar los priostes, así de las rentas de las tierras como de las obras pías y de la cera que hiciere para esta hermandad…” De lo que se infiere que ya en aquel tiempo se hacía cera  en Zalamea puesto que no se hace mención de la que se “comprare” sino de la que se “hiciere”.

 En un artículo anterior titulado “La cera en las manifestaciones religiosas del pasado” hacemos referencia a la elevada cantidad de cera que demandaban otras hermandades inmediatamente posteriores a la de San Vicente y que no vamos a repetir aquí y que influyó decisivamente en la creación de lagares de cera. Ya en las Ordenanzas Municipales de 1535 se dedican varios de sus artículos a esta actividad económica estableciendo en el número 68 los días y lugares en que se han de sacar los vecinos las colmenas y en el número 4 las condiciones que han de cumplir los que labren cera en el lagar del arzobispo, reconociendo implícitamente la existencia de otros lagares, pero sin precisar su número; así mismo al hablar del almotacenazgo (control de pesas y medidas) se menciona la cera pesada y labrada en dicho lagar del arzobispo. Posiblemente era donde se controlaba la mayor parte de la producción y a él acudían  muchos de los vecinos para hacer uso de prensa, calderas y pesos, convirtiéndose en el lagar por antonomasia, de tal manera que en el Libro de los Privilegios, cuando se recoge el momento en que el licenciado Rado en 1582 hace entrega del término al Concejo de Zalamea  y habla de “…una casa junto al lagar de cera…” se está refiriendo probablemente a él.

Así pues, aunque en principio consistió en una actividad destinada a autoabastecerse, la existencia de abundante materia prima permitió que más tarde creciera y se desarrollara transformándose en una de las más destacadas e importantes.

 Durante los siglos XVII y XVIII la producción de cera alcanzó las cotas más altas, así en el catastro del marqués de la Ensenada se registra la existencia de dos maestros cereros y 58 tratantes de cera, reconociéndose en 1787 un nivel de producción por un valor de 100.000 reales; un poco más tarde, en 1799, en la relación de vecinos más acaudalados, aparecen once de ellos con un importante valor en colmenas, que en conjunto llega a 43.150 reales. Probablemente la mayoría, si no todos, tendría su propio lagar.

 Según los datos de los que disponemos parte de la cera que se producía se exportaba a Madrid y a otros pueblos de Castilla y a ello se destinaban “recuas de bestias mayores” que eran utilizadas por sus dueños para transportar la cera en amarillo a estos lugares, tal como se explica en un informe extraído de las Actas Capitulares de 1786.

 A principios del siglo XIX aún perduraba intensamente esta actividad puesto que en un documento fechado el 21 de Noviembre de 1826, en el que se da noticias de la villa de Zalamea, se dice que hay “seis fábricas donde se elabora y blanquea cera y se hacen velas y así mismo en las propias fábricas hay tres lagares para sacar la cera en amarillo”. Por último, Pascual Madoz, en su Diccionario Geográfico Estadístico – Histórico de 1835, también refiere la existencia de varias de ellas en Zalamea.

 Todo parece indicar que los lagares decaen en Zalamea a finales del siglo XIX aunque no desaparecieron totalmente hasta casi mediado el siglo XX, una razón fundamental posiblemente fuera el humo de las calcinaciones al aire libre de las minas de Riotinto que se incrementaron al hacerse cargo la Compañía Inglesa en 1873 de su explotación. Los humos que tanto perjudicaron al campo zalameño, fueron nefastos también para las abejas de nuestras colmenas.

 Es interesante conocer también cuáles fueron los últimos lagares de Zalamea y el proceso utilizado en la extracción de la cera y los procedimientos de elaboración, pero de ello hablaremos en el próximo capítulo

Imagen de la foto: Prensa del lagar de la Calle Sevilla. Fabricada con el tronco y "trepá" de una encina y un torno de la misma madera con los que se ejercía presión sobre los capachos para extraer la cera en amarillo.

Manuel Domínguez Cornejo          Antonio Domínguez Pérez de León

EL LINO. CULTIVADO, HILADO Y TEJIDO EN ZALAMEA

EL LINO. CULTIVADO, HILADO Y TEJIDO EN ZALAMEA

Una parte importante de nuestra historia es el estudio de aquellas actividades que formaron parte de la base económica sobre la que subsistió el pueblo. En esta ocasión vamos a centrarnos en una que si bien no llegó a alcanzar gran envergadura fue muy significativa porque se trata de una de las actividades más antiguas y de mayor difusión de las que se realizaron en Zalamea.

El lino es una planta herbácea anual, de tallo recto y hueco, que alcanza un metro aproximado de altura, con florecillas de tonos azulados, que se cultiva en suelos frescos y profundos y del que se extrae una fibra que, debidamente tratada, se utiliza para para elaborar tejidos que reciben este mismo nombre, igualmente de la semilla se obtiene el aceite de linaza.

Al contrario de lo que ocurrió con la cera, de la que hablaremos en un próximo artículo, o de lo que sucede aún con el aguardiente el cultivo y tratamiento del lino no fue una actividad exclusiva o distintiva de Zalamea, estuvo bastante extendida en todos aquellos pueblos cuyo origen data de muy antiguo, siempre que lo permitiera la naturaleza de sus tierras, ya que formó parte de ese conjunto de trabajos artesanales que acompañan a la economía de subsistencia y que atienden a autoabastecer a la comunidad de aquellas materias que le son más necesarias: comida, techo y ropa. Entendemos, no obstante, que en Zalamea adquiere una especial significación tanto por la antigüedad de estos trabajos como por haber perdurados hasta finales del siglo XIX.

Documentalmente hay referencias directas a esta actividad en las Ordenanzas Municipales de 1535, pero se realizaban desde mucho tiempo atrás puesto que lo que se hace en ellas es regular una fase del proceso de elaboración, el enriado, y determinar las tasas que debían pagarse por utilizar las pesas y medidas del arzobispo, al que, recordemos, perteneció Zalamea una buena parte de la Edad Media.

            De los diferentes tipos de lino, el de Zalamea era de secano, circunstancia ésta que lo hacía ser considerado como de la mejor calidad. Se sembraba en vegas bajas y frescas, en general próximas a una corriente de agua y se utilizaba la semilla que se obtenía de cosechas anteriores. En los siglos XVII y XVIII, cuando parece que alcanzó las cotas más altas, la producción rondaba alrededor de las 250 arrobas con pequeñas oscilaciones hacía arriba o abajo según los años, aunque en algunas ocasiones fue preciso comprar lino en regiones próximas, Extremadura y Andalucía Oriental, para satisfacer la demanda local.

Una vez recolectado a principios de verano, se recogía en haces que se dejaban secar al aire libre, procediéndose a continuación después de extraerle la semilla a lo que se conocía con el nombre de enriado. Consistía este proceso en sumergir los haces de lino en agua para que por un proceso químico-bacteriológico natural se pudriese parte de los tallos leñosos y obtener así la fibra útil que después se hilaba y posteriormente se tejía. Los haces permanecían en el agua entre 8 y 10 días debiendo vigilarse la operación para sacarlos en su momento justo y así evitar que se deterioraran en su totalidad. La putrefacción del lino echaba a perder el agua de los charcos que se utilizaban para este menester y dada la importancia que el agua tenía para nuestros antepasados las ordenanzas municipales de 1535 regularon minuciosamente el uso de los denominados enriadero. Así, en los capítulos 70, 80 y 81 advierten que “… nadie sea osado de enriar lino en las riveras de esta villa fuera de los charcos señalados…” estableciéndose penas bastante elevadas. Igualmente se prohíbe que el enriado se realice “… hasta que deje de correr los tales arroyos o riveras y que estos  sea visto por el concejo o mandado que lo vean…” Razón lógica por otra parte puesto que el enriado, de correr la rivera, la contaminaría inutilizándola para otros usos. Había una excepción: la rivera del Odiel; desconocemos lo motivos aunque probablemente se debiera a que su caudal fuese más abundante o a que su lejanía del pueblo disminuía los efectos que la contaminación pudiera tener.

            La fijación por el concejo de charcos tenía dos finalidades: proteger el enriado del lino y a su vez al ganado para que no bebiese aguas contaminadas. Las charcas señaladas eran las siguientes: El charco de Don Vidal, en la rivera del arroyo molinos; en la rivera del Buitrón había dos, uno encima del camino del Buitrón Viejo y otro “ …que dicen de la Murtilla”; en el arroyo del Fresno tres charcas, la de Molenillo, Peña del alcornoque y la de la casa del Viejo; otro en el arroyo de Santa María de Riotinto (más tarde Nerva); otro charco en la tallisca de Abiud, en el arroyo de las casas; en la rivera del Jarrama dos charcos, el de la pasá del Madroño y en el camino del Madroño a las Cortecillas; y en Tamujoso, el charco bajo la casa de Nicolás Pérez.

            Una vez enriado había que secar el lino de nuevo, procediéndose después a majarlo con el fin de separar las partes ya descompuestas, sacudiéndolos  después con una pala de madera, operación que en Zalamea se conocía con el nombre de apadar. Por último se realizaba el rastrillado, trabajo que se hacía, como el mismo nombre viene a decirnos, con un rastrillo de púas de hierro que extraían las partes inservibles quedando la hebra que finalmente se hilaba con husos de hierro, especies de rodillo sobre los que se iba enrollando la hebra de lino, tejiéndose después por las mujeres, consiguiéndose así lienzos que era necesario curar en remojo con cenizas y dejándolo secar después al sol para blanquearlo.

            Los residuos o desperdicios que resultaban después de las operaciones de apadar y rastrillar el lino se usaban para obtener la estopa que se también se tejía o utilizaba para fabricar cuerdas y cordeles, operación para la que tenemos constancia existió una fábrica en Zalamea.

            El tejido del lino era puramente artesanal y tuvo pocas variaciones desde tiempos remotos , no llegando a convertirse, por lo que hemos averiguado, en una actividad industrial como lo fueron en su tiempo las fábricas de cera y las de cordobanes. Era un oficio propio de mujeres que se procuraban así la tela con la que confeccionar luego prendas y manteles. Una buena parte de la mujeres tejían para cubrir las necesidades de consumo  de su familia, mientras que otras trabajaban además por cuenta ajena con el fin de aportar un beneficio extra a la economía familiar. Según los datos que hemos manejado, en un momento determinado de la historia la inmensa mayoría de las mujeres del pueblo hilaban lino, es decir hacían hilos de lino con las fibras de esta planta, pero no todas tejían, esto debió ser un oficio que se transmitía de madres a hijas junto con el telar, la máquina de tejer. Las que no disponía de telar debía pedirlo prestado si sabían tejer o encargar a otras que les confeccionaran sus lienzos. También podían adquirirse en algunas tiendas donde se ponían a la venta.

            El telar que se utilizaba era un aparato sencillo constituido por cuatro piezas de madera que formaban un marco con su peine para ajustar los hilos y la lanzadera para atravesarlo. Se elaboraban lienzos de tres calidades, las dos primeras eran de lino y la tercera era de estopa. Cuando los documentos hacen referencia a telares no se habla de fábricas propiamente dichas sino de utensilios que las mujeres utilizaban para tejer; de esta manera en 1784 se mencionan la existencia de varios telares en el pueblo, cuatro años más tarde se habla que son 40 mientras que en 1792, se dice que son 22 telares y en 1801, 26. Conviene puntualizar, no obstante, que en los telares no se tejía sólo lino sino también lana  con la que se fabricaba excelentes mantas y prendas de vestir.

            Aunque los datos son confusos, podemos asegurar que esta actividad artesanal perduró hasta el siglo XIX existiendo aún familias en Zalamea que conservan prendas de lino tejidas y confeccionadas a mano por antepasadas más o menos recientes. A partir del siglo XIX esta actividad comienza a decaer. Por una parte la aparición de tejidos más prácticos y por otro el desarrollo del comercio que ha permitido un mejor acceso a distintos tipos de tejidos y prendas ya confeccionadas. En cualquier caso el descenso del cultivo del lino fue un fenómeno generalizado, llegando a ser en algunos lugares de hasta el 95 %. Los telares desaparecieron igual que hoy están desapareciendo los oficios de sastre y costurera que hasta hace unos 40 años eran muy comunes en los pueblos.

El lino, los trabajos de él derivados y la terminología utilizada pasaron a engrosar la galería de objetos perdidos. Merece al menos un breve recuerdo. 

Imagen de la foto: Flor del lino 

Manuel Domínguez Cornejo         Antonio Domínguez Pérez de León

EL LIBRO DE LOS PRIVILEGIOS 1579-1592 (y III)

EL LIBRO DE LOS PRIVILEGIOS 1579-1592 (y III)

LA CARTA DE PRIVILEGIOS Y LA FIRMA DEL REY

La delimitación del término y su entrega al Concejo de Zalamea no supuso el fin de los problemas. Parece ser que la desmembración de Zalamea del arzobispado no fue del agrado de aquella dignidad eclesiástica ya que hay constancia de ciertas reclamaciones del Arzobispo sobre la villa que Felipe II se vio obligado a responder con un albalá (disposición real) de 16 de marzo de 1583, ordenando a aquel cesase sus exigencias sobre el pueblo.

             Entretanto, el dinero prestado a Zalamea es transportado a la hacienda real donde por fin llega y después de las comprobaciones obligadas, el 12 de Diciembre de 1587, se extiende por Bartolomé Portillo de Solier, tesorero general del reino, una carta de pago dando constancia de haber recibido del concejo de Zalamea la cantidad estipulada. Sin embargo la deuda contraída por el pueblo con sus fiadores tardó más de  doscientos años en pagarse. Por cierto que D. Francisco Bernal cedió los derechos de cobro de ella a la Iglesia de Sevilla a la que la villa debió de seguir pagando durante ese tiempo.

             Pero la lentitud de la administración de Felipe II es proverbial y el reconocimiento de los derechos que adquirían los zalameños por la compra de su señorío tardó en producirse. Por fin el 15 de Junio de 1592, estando en Segovia, el rey Felipe II, aquél en cuyos dominios nunca se ponía el sol, otorga Carta de Privilegio a Zalamea, haciéndola “ villa de sí y sobre sí”, dueña de su propia jurisdicción. De ella podemos extraer, por significativos, estos párrafos:

 “… y os vendo a vos, el dicho concejo, justicia y regidores, escuderos, oficiales y hombres buenos de dicha villa, así a los que ahora son como a los que serán de aquí en adelante, para siempre jamás, la dicha jurisdicción civil y  criminal… y os hago villa de sí y sobre sí… para que en la dicha villa y en los dichos términos uséis la dicha jurisdicción…”

“…para que la gocéis perpetuamente, … y que nos, ni los reyes nuestros sucesores, ahora ni en tiempo alguno no venderemos ni apartaremos… la dicha villa de Zalamea ni su jurisdicción y términos ni la daremos a … persona alguna de cualquier calidad y condición”

“… Y si fuéredes o fueren despojados… de la tenencia y posesión… ha de hacerlo restituir y restituirán sin dilación alguna”

 Todo un auténtico status de  autonomía política, administrativa y económica.

Finaliza la Carta  de Privilegio con la firma autógrafa del rey certificada por su secretario.

             Hemos resaltado estos trozos de la Carta de Privilegio con el fin de dar una idea del alcance de ésta ya que ello va a marcar lo que será la historia de Zalamea durante toda la Edad Moderna y que tendremos ocasión de comentar en otros artículos.

             Todo este proceso, con la firma real a la que hemos hecho referencia, se recoge en un documento de excepcional valor que conocemos como el “Libro de los Privilegios” que se conserva aún en el archivo municipal y que se debe seguir conservando  a toda costa con las medidas de seguridad que exige su importancia.

Manuel Domínguez Cornejo         Antonio Domínguez Pérez de León

Imagen de la foto: Última hoja del Libro de los Privilegios. En la parte superior de la imagen se aprecia la firma real autógrafa (Yo El Rey) refrendada más abajo por su secretario

EL LIBRO DE LOS PRIVILEGIOS 1579-1592 (II)

EL LIBRO DE LOS PRIVILEGIOS 1579-1592 (II)

EL ENFRENTAMIENTO ENTRE EL ALCALDE Y EL COMISIONADO REAL

Después de ser anulada la venta de Zalamea al marqués, se inicia la delimitación del término que por aquel entonces era aún impreciso y que era necesario concretar, pero en aquel entretanto muere en el ejercicio de su cometido el licenciado Álvaro de Santander, el comisionado real desplazado a Zalamea con el fin de llevar a cabo el proceso, ocupando su cargo interinamente el doctor Burgos de Paz que lo ejerció hasta el nombramiento de don Miguel de Rado como juez de comisión para terminar de amojonar el término y entregarlo a las autoridades de Zalamea.

 Pero el primer problema surge cuando  se trata del dinero que había que entregar al rey para comprar nuestra propia jurisdicción -15 cuentos (millones) 104.190 maravedíes. No disponiendo el  pueblo de esa cantidad en efectivo tuvo que embargar los bienes de propio y tomar un préstamo de doña Brígida de Arco Corso, saliendo como fiador un zalameño ilustre de aquella época, Don Francisco Bernal Estrada. Este hombre, nacido en Zalamea, alcanzó muy joven altos cargos eclesiásticos en Jerez y Sevilla.

 Una vez garantizados los fondos, el ocho de Mayo de 1581 Felipe II extendió una cédula por la que se concedía a Zalamea la jurisdicción y rentas jurisdiccionales de su propio término y la potestad de elegir sus alcaldes, oficiales y alguaciles, sin que se les pueda poner corregidor. Al año siguiente se procede a continuar con el amojonamiento y la delimitación de territorio para la cual había sido comisionado, tal como dijimos, el licenciado Rado al que se le había asignado un plazo de veinte días, cobrando su salario y el del escribano, Juan Catalán, del concejo de Zalamea.

 Mientras tanto, al principio de aquel año, 1582, se había procedido como era uso y costumbre, a nombrar los cargos del concejo  que regían la villa. Estos fueron, Alonso Pérez León y Alonso Romero, alcaldes ordinarios; Andrés Pérez León y Alonso González, alcaldes de la Santa Hermandad; Juan González Lorenzo, mayordomo; Pedro Alonso Bernal, alguacil; y Bernabé González, Juan Varela y Gregorio Salvador, como regidores, cargo equivalente al de los actuales concejales.

 Don Miguel de Rado, dilató el proceso de amojonamiento excesivamente, enfrentándose al Concejo que se exasperaba ante la lentitud de aquel en efectuar su cometido. Ya el año anterior, dicho concejo había enviado a Juan Serrano a Almonaster - pueblo que seguía un proceso paralelo al nuestro y en el que se encontraba dicho licenciado - con un requerimiento para que terminara de delimitar el término, siendo despedido con evasivas. Zalamea, protesta ante el Consejo Real de Hacienda que responde instando a Rado para que dé posesión de aquel a las autoridades de nuestro pueblo y así el 5 de Septiembre de 1582 , emprendió de nuevo su tarea. Ya en el amojonamiento se pusieron de nuevo de manifiesto las disputas entre Zalamea y Niebla por cuestiones de límites entre sus respectivos términos, a los que ya hemos hecho referencia en un artículo anterior (Los límites entre Zalamea y Valverde, un pleito de mas de 400 años). En todo este proceso estuvo acompañado por Juan González  Lorenzo, mayordomo del Concejo, como antes dijimos, al que por último le hace entrega solemne de los edificios públicos, la cárcel, el pósito y las casas del  Cabildo. A renglón seguido les hizo saber su intención de darles posesión de sus cargos en nombre del rey.

             Esto no fue del agrado de los munícipes zalameños que entendían , según la cédula de 8 de Mayo de 1581 por la que el rey les concedía la potestad de elegir sus cargos sin que se le pudiera poner corregidor, que Rado había cumplido ya su función como mero juez de comisión y por tanto no podía nombrar los cargos del concejo. De esta manera le presentaron, el 20 de Septiembre de 1582, un requerimiento para que no osase  molestarles en la posesión de sus varas. No obstante el licenciado insiste en su intención  y les convoca con ese fin el domingo, 23 de septiembre en las casas del Cabildo.

            En principio parece ser que su propósito fue la de ratificar a los que ya estaban, sin embargo para algunos miembros de la corporación aquello suponía un atentado a su honor y dignidad en tanto que era hacerles entrega de algo por lo que habían pagado y que consideraban fuera de lugar. Llegado el momento, determinados miembros del concejo optaron por plegarse a la autoridad de Miguel de Rado y les entregaron sus varas que éste les devolvió después de haberlas juntado con la suya como símbolo de posesión real, pero otros, encabezados por el alcalde Alonso Pérez León, se resistieron a hacerlo adoptando una postura enérgica y orgullosa ante el corregidor extendiendo sus varas pero sin soltarlas. Y así, tal como aparece en los documentos, “…habiéndosela dado no la acabó de soltar porque la mantuvo asida por un extremo de ella” Y para evitar un escándalo público el licenciado “…dio la suya propia a Juan Serrano, de la calle de la Iglesia…”, destituyendo a Alonso Pérez León, y haciendo lo mismo con los tres regidores que le habían apoyado, nombrando a otros nuevos. Los destituidos presentaron al día siguiente una reclamación exigiendo la posesión de las rentas del almojarifazgo.

 Aunque en Historia no se puede ni se debe entrar en interpretaciones ni valoraciones subjetivas, si es perfectamente destacable el valor del que hicieron gala al enfrentarse a todo un corregidor comisionado por el rey, asumiendo los riesgos que aquello podía suponer. 

Imagen de la foto: Primera página del Libro de los Privilegios de Zalamea la Real

Manuel Domínguez Cornejo          Antonio Domínguez Pérez de León

EL LIBRO DE LOS PRIVILEGIOS. 1579-1592 (I)

EL LIBRO DE LOS PRIVILEGIOS.         1579-1592 (I)

LA EMANCIPACIÓN DEL ARZOBISPADO DE SEVILLA

 Durante una gran parte de la Edad Media, trescientos años exactamente, Zalamea perteneció a un  señorío eclesiástico, el del arzobispado de Sevilla, pero este hecho cambia radicalmente en el último tercio del siglo XVI.

             Todo comienza cuando en 1574, el papa Gregorio XIII, en agradecimiento a los servicios prestados por Felipe II en la guerra contra los infieles, emite una bula que le autoriza a apropiarse de los lugares y villas de la Iglesia de renta inferior a 40.000 ducados. Esto permite al rey que en 1579 haciendo uso de dicha bula, separe la villa de Zalamea  de la dignidad arzobispal con efectos de 1 de Enero de 1580. Con esta reesolución se iniciaba para nuestro pueblo un largo proceso que culminaría 12 años más tarde.

             El hombre que trajo la noticia a Zalamea fue Juan Ruiz Carillo, enviado “ex profeso” por el rey, que informó a los munícipes zalameños de la decisión real y  tomó los datos de población y renta,  marchándose a continuación. Meses después es enviado el licenciado Álvaro de Santander para tomar posesión de la villa y nombrar los cargos del concejo en nombre del rey y haciéndole saber que éste piensa respetar sus usos y costumbres. Más tarde por una cédula de 20 de Febrero de 1580, la vendería a Don Francisco de Guzmán, marqués de la Algaba. Algunos historiadores locales hacen referencia a que la primera venta fue a Don Nicolás de Grimaldo, príncipe de Salerno. Sin embargo, todo apunta a que este actuó como intermediario, siendo probablemente una especie de procurador de la corte que medió en la operación para proceder a la venta más conveniente. De cualquier manera la venta real y efectiva es al mencionado marqués. No obstante, el licenciado Álvaro de Santander hizo saber al concejo y habitantes del pueblo que si lo deseaban podían redimirse de la venta, pagando al rey la misma cantidad por la que se le vendía a don Francisco de Guzmán, disponiendo para decidirlo de cuatro meses. ¿Estamos quizá ante una hábil maniobra para conseguir más rápidamente dinero del que el rey no andaba sobrado precisamente? Cualquier respuesta a esta pregunta entra en el terreno de las conjeturas.

              El caso es que los habitantes de Zalamea, encabezados por aquellos vecinos que ocupaban una posición relevante dentro del pueblo tomaron la determinación de aceptar esta condición y solicitaron del rey el poder redimirse a sí mismos pagando la cantidad que se estableciera.

             Esta opción fue probablemente decidida por este grupo de personas que gozaban de un status social elevado y a los que no se les escapó las ventajas que la compra del pueblo podría suponer para ellos, tanto económica como socialmente.

             Y en efecto, ellos fueron los más favorecidos en esta transacción ya que la nueva situación del pueblo, que así gozaría de una cierta autonomía en su gobierno, les permitió consagrar tanto sus privilegios como el goce de sus posesiones sin necesidad de tener que rendir cuentas a ningún señor, aunque indiscutiblemente también el pueblo salió favorecido en gran medida, por cuanto suponía el disfrute común de muchos terrenos que se convirtieron en bienes de propio.

 La cantidad que se estableció, y que Zalamea debería pagar fue de 16.000 maravedíes por cada vecino y cuarenta y dos mil quinientos por cada mlllar de rentas jurisdicionales.

             Teniendo en cuenta que existían en ese momento 867 vecinos y medio (el cómputo se hacía por cábezas de familia, ocupantes de una vivienda), la cantidad total se ajustó en 15 cuentos (millones) 104,190 maravedíes.

 La venta al marqués es anulada. Pero queda por delante un camino tortuoso y lleno de dificultades.

Manuel Domínguez Cornejo       Antonio Domínguez Pérez de León

LA RELIQUIA DEL PADRE GIL

LA RELIQUIA DEL PADRE GIL

Durante la Edad Media y hasta bien entrado el siglo XIX, todas las hermandades y cofradías que se preciaran buscaban la forma de poseer una reliquia de su santo titular que contribuyera a reforzar la veneración que los hermanos y fieles en general profesaran al santo en cuestión. La Hermandad de San Vicente Mártir en Zalamea no fue menos y llegó a disponer de una reliquia de nuestro patrón que fue traída por un zalameño ilustre de aquel tiempo: el Padre Gil.

             Antes de hablar de la reliquia hagamos una breve reseña biográfica de este personaje. Su nombre completo era Manuel Gil Delgado y nació en Zalamea el 11 de Octubre de 1741, hijo de Martín Gil y de su mujer María Rafaela, también naturales de esta villa. Desde muy joven mostró sus inquietudes por seguir la carrera religiosa y así ingresó en la Orden de Clérigos Regulares Menores de la casa del Espiritu Santo de la ciudad de Sevilla. Parece ser que teniendo 26 años protagonizó un pequeño incidente con su orden porque sin contar con los permisos pertinentes se trasladó a Zalamea para socorrer a su padre que se encontraba en una precaria situación, por lo que fue requerido para que de inmediato volviera, en el plazo de 24 horas, a su clausura. Destacó por sus dotes oratorias y como escritor de obras científicas, llegando a ser visitador general de su orden. Sus inquietudes políticas le llevaron a formar parte de la Junta Central Española durante la invasión francesa, representando a la misma como embajador en Nápoles. Debió de tener un papel destacado en ella puesto que Benito Pérez Galdós lo menciona directamente en uno de los episodios nacionales que dedica a la Guerra de la Independencia.

             Pues bien, este hombre, que al parecer no perdió los vínculos con nuestro pueblo, aprovechó una visita a Roma en 1777, asistiendo a un capítulo general de su orden, para hacerse con una auténtica reliquia de San Vicente, acompañada de su bula correspondiente que la autentificaba y autorizaba para ser expuesta públicamente a los fieles.

             La reliquia consistía, según se describe en la bula, en un trozo de hueso del santo y cumplía todos los requisitos propios de la época para ser expuesta, incluido un auto de aprobación y licencia dado por el provisor en Sevilla en diciembre del año 1777. Después de lo cual llega por fin a Zalamea donde es recibida solemnemente por las autoridades religiosas y civiles.

             En Septiembre de 1778 el Ayuntamiento, a petición del presbítero de la villa, Don Francisco Martín Gil, acuerda dejar constancia documental en el archivo municipal de la recepción y autenticidad de la reliquia, siendo alcalde ordinario Don José Martín Zarza.

             La reliquia no fue depositada en la ermita de San Vicente sino que se conservó en la Iglesia Parroquial en el interior de una custodia de plata dorada  a través de la cual era mostrada  a los fieles. En un momento que no podemos precisar se deja de tener noticias de ella, desconociéndose actualmente su paradero. Puede que se perdiese durante la invasión francesa tras el expolio que sufre la Iglesia a manos de los invasores extranjeros o tras el incendio de la Iglesia durante la guerra civil española.

            No obstante, en la actualidad, en la  sala de sacristía de la ermita de San Vicente se encuentra una bolsa de paño  que contiene un ara, especie de losa de mármol, con un pequeño cuadro del mismo material incrustado que supuestamente oculta en su interior una reliquia, pero no podemos precisar en que consiste. La losa muestra restos de haber sufrido un incendio y en el cuadro incrustado se aprecian indicios de haberse intentado forzar para descubrir su contenido. No podemos afirmar si esta losa guarda alguna relación con la reliquia del Padre Gil.

             Hoy, en Zalamea, una transversal entre las calles Tejada y Fontanilla, llamada antiguamente Juego de las Bolas, nos recuerda el nombre de este ilustre zalameño y su destacado papel en la Guerra de la Independencia, quizás como testimonio de que en aquel lugar se produjeron los primeros enfrentamientos entre la resistencia zalameña y las tropas francesas que ocuparon la población en 1810.

Manuel Domínguez Cornejo             Antonio Domínguez Pérez de León