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ZALAMEA LA REAL - HISTORIA

EL PUEBLO QUE CONSTRUYÓ LOS DÓLMENES DE EL POZUELO

EL PUEBLO QUE CONSTRUYÓ LOS DÓLMENES DE EL POZUELO

Cuando alguien visita los dólmenes de El Pozuelo le vienen a la cabeza una serie de preguntas:

¿Cómo vivían los pueblos que construían este tipo de sepulcros?

¿Cuál era su organización social?

¿Qué creencias le llevó a realizar tales manifestaciones funerarias?

Por lo que podemos deducir de los estudiado hasta hoy, estamos asistiendo al primer gran cambio en la estructura de la prehistoria en nuestra zona.

A finales del neolítico, la religión y los rituales religiosos, entre los que ocupa un destacado lugar los funerarios, toman relevancia como un factor fundamental en la organización y estructura social de aquellos pobladores de nuestro territorio. Nos encontramos, por primera vez en nuestra historia con un monumento funerario cuya significación va mas allá de esa función, un lugar entorno al cual se concentran una serie de manifestaciones religiosas que lo convierten  en un símbolo emblemático para la comunidad que los construye.

Su finalidad no es exclusivamente funeraria, se trata de un monumento religioso en el que la inhumación es un elemento más de las creencias que llevaron a sus constructores a levantarlo. Por establecer una comparación, encontramos un paralelo, salvando las distancias y con las diferencias lógicas que establece el tiempo y las distintas creencias, en nuestras iglesias y ermitas de la Edad Media y Moderna  en las que además de  ser lugares en los que se rinde culto a Dios o a los Santos y se celebran ceremonias religiosas, se entierran en su interior los cadáveres de los creyentes. T

Todo ello implica que estar creencias vienen a determinar en gran manera su vida y su organización social.

Por otra parte, para hacerlos perecederos hay que levantarlos con elementos perdurables y por lo tanto hay que recurrir al material que, de todos lo que se disponen en ese momento, es el más resistente al paso del tiempo, la piedra. A medida que aumenta la población y se hace más compleja su sociedad, se agranda, consecuentemente, el monumento; el estudio del ritual viene a corroborar lo expuesto anteriormente y nos acerca más a la forma de interpretar la religión por parte de estos pobladores.

Aunque en estos yacimientos, los restos óseos que se han recuperado, por el estudio de otros sepulcros similares a los nuestros, done sí se han encontrado restos abundantes, se deduce que estos se colocarían por todo el sepulcro, directamente sobre el Suelo, situándolos junto a las paredes y guardando una posición similar o variada; así mientras en algunos sepulcros se les pone sentados en cuclillas con la espalda apoyada en el ortostato, en otros se le coloca en decúbito supino y en orientación transversal respecto al eje del sepulcro. La posición de sentado en cuclillas, es bastante frecuente en los sepulcros megalíticos y de otro tipo coetáneos a ellos, Solían ocupar poco espacio, pareciendo haber sido atado previamente y algunos de ellos se calzaban con piedras para que mantuvieran el equilibrio. En otro orden de cosas, sabemos que en los sepulcro se enterraban juntos a los niños y a los adultos, así como a mujeres y hombres.

Cuestión importante dentro del ritual funerario es la colocación de los ajuares. Es frecuente encontrar en ellos, depositados como ofrendas, huesos de animales que bien podían ser restos de comida o trofeos de caza con el fin de que acompañasen al difunto en la vida de ultratumba. Los ajuares cuando no se trataban de osarios, se les ponían individualmente a cada uno de los enterrados, colocando junto a él, cerca de la cabecera o sobre las piernas si estaban sentados.

La aparición entre el ajuar funerario de ídolos placas y de ídolos almerienses vienen a certificar  sus profundas creencias religiosas y a dar sentido al carácter escatológico del enterramiento. El hallazgo en el exterior del dolmen de ídolos y restos de cerámica, algunas de ellas intactas, y que por su posición no cabe relacionarlas con el ajuar del enterramiento apoya la teoría de que en torno al monumento debieron llevarse a cabo algún tipo de ceremonia ajena al ritual funerario, aunque es lógico pensar que el carácter religioso y sepulcral son indisolubles.

Otro aspecto que viene a apoyar el carácter religioso del monumento megalítico es la orientación del mismo, que por regla general obedece a unas pautas que vendrían determinadas por sus creencias, es decir, la orientación no es casual sino que responde  a una poderos razón de ser relacionada con su religión. Por lo común están orientadas de E a O,  con la entrada hacia levante, con las variaciones lógicas que impondría la orografía de terreno y la época del año en que se iniciara su construcción. Nuestras iglesias y ermitas, recurriendo de nuevo a la comparación antes mencionada, eran construidas hasta hace bien poco siguiendo igualmente, unjas normas de orientación tambien de E a O, pero en este caso con la entrada hasta poniente; Así mismo, las mezquitas musulmanas están orientadas hacia la Meca.

Paralelamente al carácter esencialmente religioso del monumento, hemos de mencionar que recientemente se están barajando hipotesis de que el conjunto de monumentos megalíticos de una zona también tuviesen un valor significativo de posesión por un clan o tribu que le sirviese como marca territorial. De hecho es el único elemento, ya que el poblado pudiera no tener un carácter estable, que permanece inalterable y demuestra que el territorio viene siendo ocupado por distintas generaciones de una misma tribu oclan.

Después de todo lo dicho anteriormente procede abordar como era la organización social de estos pueblos, tarea nada fácil y que, en todo caso se mueve en el terreno de la hipótesis.

Aunque recientemente hemos detectado dos emplazamientos, circunvalado  uno de ellos de paredes, éste en las cercanías de la mina de Chinflón  y otro en el lugar conocido como  “Las Perulas” que muestran en superficie  restos de cerámicas y que  bien pudieran tratarse de poblados semifortificados cuyo estudio y excavación si confirmara esa eventualidad, podrían arrojar alguna luz sobre muchas de las oscuridades que aún proyecta la cultura dolménica de El Pozuelo, ya que hasta ahora los únicos elementos de los que podemos deducir nuestras conclusiones son el espacio de habitabilidad, la ubicación y disposición de los enterramientos, el propio monumento megalítico y el ajuar.

Basándonos en estos elementos y con suma cautela podemos deducir que probablemente se tratara de grupos poblacionales dispersos que ocupan y aprovechan zonas fértiles, que en el caso del Pozuelo, estarían situadas al norte y oeste de los enterramientos. Es difícil establecer la relación que pudiera existir entre estos grupos poblacionales, que a su vez estarían divididos en clanes familiares. Estos clanes familiares estarían sujetos a una unidad superior en la que uno de los elementes o factor común, sería el culto religioso o funerario.

No sería muy aventurado concluir en que cada grupo dispondría de un lugar, que podemos denominar sagrado en el que construyen sus monumentos funerarios lugar que se constituye como marca territorial  e identificativa de dicho grupo. En él es muy posible que cada dolmen correspondiese a un clan determinado. El número de ellos estaría, pues, en relación directa con la densidad de  cada grupo poblacional. Así el número de clanes que lo componen determina el número de dólmenes y el de personas que lo forman . Por ejemplo, en el área del Pozuelo, observando la disposición de los distintos grupos de población, habría uno que utilizaría como zona de culto y lugar de enterramiento la que está al este de Chinflón (Dólmenes 1,2,3, y 4), otro en torno al cabezo del Chivito (dólmenes, 5,6,7,8, y 9) y un tercero en los Lomeritos ( 11 y 12)

Igualmente la economía de estos grupo en general , y de los clanes en particular, se basaría en una agricultura de subsistencia y en una ganadería pastoril que quizá tuviese  mayor relevancia, aprovechando las especies autóctonas, como podrían ser: el cerdo y las cabras principalmente. Así mismo, la caza y la recolección de frutos silvestres ocuparía un papel destacado. Hay otro elemento más que no debemos olvidar. Se trata de la minería, que tendría un papel significativo, No tanto porque las actividades mineras se incorporaran como aspecto fundamental de su economía sino por las implicaciones sociales y culturales que conlleva

Probablemente el clan no ocuparía de manera permanente un lugar, sino que realizaría periódicos desplazamientos, que si bien eran limitados, vendrían impuestos por el agotamiento de los recursos de los lugares que habitaban. Dentro de cada clan se infiere una organización social en la que uno de sus miembros ostentaría una jefatura sobre el resto, como se desprende de hallazgo de algunos objetos del ajuar ( báculo del dolmen nº 4) que refleja una distinción entre las personas enterradas, denotando una posición preeminente; así mismo es probable, que en el clan hubiera personas, dentro de su organizan social básica, que realizasen funciones especificas y el algunos casos exclusivas, para cubrir algunas necesidades de sus miembros, De igual forma dado que el principal nexo de unión de los distintos clanes que integran un grupo poblacional son los cultos religiosos y funerarios, dentro de él, e independientemente de clan al que perteneciese, existía una figura que ostentaría una especie de liderazgo religioso común a todos ellos. En determinados momentos, claves para la vida de estos grupo, los clanes se aglutinarían en torno a esta figura, como podría ser algún tipo de manifestación religiosa o cultural o para la construcción de un nuevo dolmen en la que sería preciso la intervención de todos los miembros válidos. No es de descartar que e clan al que perteneciese esta figura dispusiera de una posición preponderante respecto a los demás.

Manuel Domínguez Cornejo           Antonio Domínguez Pérez de León

LA VIA ROMANA DE ZALAMEA

LA VIA ROMANA DE ZALAMEA

La vía romana de Urium a Onuba, (Minas de Riotinto – Huelva) es conocida y fue descrita  en el “Itinerario Anónimo de Rávena”, documento del siglo VII, basado en otra anterior, en el que se recogen los puntos más importantes del trazado de esta vía que sabemos que partía de Pax Iulia (En Portugal), pasaba por Arucci (Aroche), llegaba a Urium (Minas de Riotinto) y se dirigía a Onuba, enlazando con la vía Onuba - Ilipla a la altura de San Juan del Puerto y fue ampliamente utilizada para dar salida a lo producción minera que no era fundida, al parecer, en su lugar de origen sino a pie de embarque.

             Hasta ahora los tramos conocidos de esta calzada a su paso por el término de Zalamea la situaban lejos de esta población; el tramo más cercano estaba junto al lugar conocido como laguna de La Pepa, a unos dos kilómetros y medios al SE de Zalamea, poniendo en entredicho la hipótesis de la existencia de un núcleo de población en el lugar que hoy ocupa el pueblo, ya que es extraño que de haber existido éste no hubiese estado en sus proximidades, pero el hallazgo de un tramo de esta vía en aceptable estado de conservación a unos escasos doscientos metros de la Estación Vieja viene a reforzar la teoría de que, efectivamente, en aquel tiempo pudiera existir ya un asentamiento de mayor o menor envergadura en el solar que hoy ocupa el pueblo.

             Como es sabido, una de las aportaciones del periodo de la dominación romana en la península fue la construcción de un sistema de comunicaciones que enlazaron prácticamente todos los núcleos de población de importancia del país para favorecer de esa forma tanto la consecuente colonización como el desarrollo de las zonas que tenía un interés económico o estratégico. Fue uno de los aspectos más destacables de lo que se dio en llamar “romanización”.

             El trazado de este sistema de comunicaciones estuvo en muchos momentos supeditado a  la existencia de poblaciones que determinaban su itinerario y en otras ocasiones la existencia de una vía de estas características fue la causa de la creación de nuevos asentamientos.

             Estas vías de comunicación son las comúnmente conocidas como “calzadas”. Aunque este nombre originalmente se refiere a un tipo de pavimentación característico, realizado con losas en la parte superficial, también se aplica a otras vías que no responden a esa forma de construcción.

             Es probable que los romanos utilizaran en determinadas regiones o zonas  el trazado ya existente  creado por otras culturas y civilizaciones anteriores. Puede que éste fuera el origen de la vía que comunicaba las minas de Riotinto con la costa  para la exportación de mineral. Lo que se solía hacer es consolidar el trazado que ya había con una  estructura que permitiera la facilidad y la comodidad de las comunicaciones. Tal vez  esto fue lo que ocurrió en Riotinto ya que esta mina fue trabajada con anterioridad a la dominación romana. Ellos continuaron explotándola intensamente y  fundaron, a la luz de los restos arqueológicos encontrados, un asentamiento de importancia en torno a la explotación.

             A la vista de los tramos hoy conocidos esta calzada, que partía de las Minas de Riotinto, pasaba cerca de El Campillo, se aproximaba a Zalamea a la altura de la Estación Vieja, como ya dijimos, siguiendo en dirección sur y pasando cerca de la ermita de San Blas, discurriendo prácticamente junto a la vía del ferrocarril de El Buitrón, pasando cerca de la Caldera Vieja, y al oeste de la finca denominada Las Tejoneras, cruzando hacia El Toconal, Corchito y de ahí en dirección a El Pozuelo, atravesando Covache y saliendo del término cerca de la Fuente de la Murta, próxima al Cruce de El Buitrón.

             Su construcción es un carril que aprovecha los lugares de más fácil tránsito, siguiendo a media altura de la falda de los montes, evitando las cañadas y los grandes desniveles para facilitar así el paso de los carros. Normalmente está tallado en la roca firme del suelo, pizarra en algunos puntos; para salvar desniveles se excavaban en la pizarra unas trincheras con las medidas justas para el paso de un carro. Nuestros tramos de calzada tienen unas características idénticas a los estudiados en otras poblaciones de la provincia por los que pasa. En su base tiene una anchura de 1,75 m, llegando a los dos metros en la parte superior de la trinchera. La huella de las ruedas  se encuentran a una distancia entre si de 1,40 m aproximadamente, lo que responde a las características propias de los carros que por allí transitaban. Este tipo de vía estaba diseñado para permitir el paso de un solo carro lo que obligaba a que de vez en cuando se dispusieran lugares donde pudieran cruzarse otros que circulaban en sentido contrario. Curiosamente en el tramo descubierto junto a las Estación Vieja es posible observar uno de estos lugares de cruce. Debieron ser carros, según las fuentes documentales, de dos ruedas de un diámetro de 1,10 m y que transportaban, según las referencias de la época, una carga de aproximadamente media tonelada de peso, aunque hay expertos que piensan que podían llegar hasta las dos toneladas.

             Se pueden observar algunas diferencias entre los tramos encontrados en nuestro término municipal y los estudiados en Valverde, por ejemplo. Son la anchura y profundidad que dejaron la huella de los carros. Según nuestra opinión esto se debe a que  en nuestro término la calzada pudo registrar un tráfico más intenso debido a que los pequeños pero numerosos núcleos de población de Zalamea sirvieron como aprovisionamiento para las minas tanto de madera como de alimentos. También es necesario reseñar que la calzada siguió siendo utilizada en el  termino de Zalamea como vía de comunicación entre nuestro pueblo y sus diferentes aldeas durante muchos siglos después de que las minas fueran abandonadas por los romanos  y prácticamente hasta comienzos del siglo XX; así lo demuestra una trinchera que se construyó en el último tercio del siglo XIX para salvar el trazado del ferrocarril de El Buitrón a Zalamea    ya que éste había cortado la antigua calzada y fue necesario construir un rebaje que le diera continuidad, cosa que no hubiese sido necesaria de haber estado en desuso

             Esta vía romana viene a dar justificación a la existencia de yacimientos de época romana hallados en sus cercanías, como era el caso del poblado y la necrópolis del Cabezo de la Cebada, así como los numerosos escoriales encontrados en sus proximidades y que plantea unos interrogantes que quizá sean dignos de un estudio aparte. Asimismo explica la situación de la ermita de San Blas levantada sobre los cimientos de un  pequeño templo romano. Es conocida la costumbre romana de colocar determinados santuarios en lugares de tránsito. En cualquier caso viene a reforzar la hipótesis que hemos apuntado ya en otras ocasiones acerca del probable nombre que tuvo Zalamea en época romana, “ Callensibus Aenanicci” o “ Callensis Enanicci” que como hemos explicado otras veces significa en una traducción libre “ En el Camino del Cobre”. De hecho las referencias del Itinerario Anónimo de Rávena, una de las fuentes que describen las calzadas romanas de  la península, dicen que la Vía que parte de Pax Iulia, pasa por Arucci y desde Urium se dirige hacía la costa deja en su margen derecha a “Callensibus Aenanicci”. Siguiendo el itinerario desde Riotinto, Zalamea queda a la derecha,  nuestro pueblo fue así una población junto a la calzada que bajaba el mineral hasta la costa de Huelva, es decir “Un lugar en el camino del Cobre”

 Manuel Domínguez Cornejo                          Antonio Domínguez Pérez de León

Pie de foto

 Calzada romana a su paso por  la Estación Vieja

LOS FERROCARRILES DE ZALAMEA LA REAL. UNA HISTORIA OLVIDADA

LOS FERROCARRILES DE ZALAMEA LA REAL. UNA HISTORIA OLVIDADA

             La historia del ferrocarril en Zalamea parece haber estado marginada. Es como si esa parte de nuestro pasado hubiese caído en el olvido y no hubiese interés  por recuperarla.  Sin embargo durante aproximadamente un siglo, desde el último tercio del siglo XIX hasta pasada la mitad del siglo XX, el ferrocarril llegó a formar parte de nuestras vidas, fue durante un tiempo nuestra principal vía de comunicación con el resto de la Cuenca Minera, con Valverde y Huelva y  determinó en gran manera el desarrollo urbanístico del pueblo. Además podemos decir con orgullo que nuestro pueblo fue el único de la comarca que dispuso de dos líneas ferroviarias distintas, cada una de ellas con su estación correspondiente, y uno de los pueblos con mayor longitud de tendido ferroviario comprendido en su término municipal de toda la provincia. Hablemos un poco de ello, al menos para hacer justicia a este capítulo de nuestro pasado.

             Empecemos diciendo que el tendido de la red ferroviaria en nuestra localidad estuvo relacionado en todo momento a la actividad minera y que los otros usos vinieron asociados a  ella. Nos vamos a limitar entonces a la historia del ferrocarril en Zalamea ya que para conocer la historia general del ferrocarril de Riotinto y Buitrón existen excelentes trabajos publicados en los que el lector que desee profundizar encontrará bastante información.

             El primer ferrocarril que llegó a Zalamea no fue, contrariamente a la creencia popular, el de Riotinto, sino el de El Buitrón. La Compañía que explotaba las Minas de El Castillo de El Buitrón ya había terminado un tendido ferroviario desde San Juan del Puerto hasta Mina de El Castillo que se terminó de construir en 1870 y que obligó a levantar pasada la aldea de El Buitrón, sobre el arroyo de Los Aldeanos, un puente  metálico de 62,50 m. de largo y 17 metros de altura, que aún puede contemplarse, aunque, por desgracia, muy deteriorado; pero en 1873 adquiere la Mina de la Poderosa, por aquel tiempo en el término municipal de Zalamea la Real ya que El Campillo no se segregaría hasta 1931, y se planteó construir un ramal hasta Zalamea, con un ancho de vía  de 1,067 m., el ancho de los ferrocarriles ingleses, para prolongarlo después hasta Poderosa. En el trayecto del Empalme a Zalamea  fue necesario construir un túnel de 129 m. de longitud, conocido como el túnel de los Membrillos. Al final del mismo, en dirección a Zalamea, había un apeadero y una estación de aprovisionamiento de agua para las máquinas. Este ramal se abrió al tráfico el 6 de Febrero de 1875, 29 años antes que el ramal de Riotinto a Zalamea. En las afueras de nuestro pueblo, hacía el este, se construyó una estación con sus dependencias y unas cocheras con plato giratorio para cambio de vías. Esta circunstancia vino a determinar que en torno a la nueva estación se construyeran casas para albergar a los operarios del ferrocarril y a sus familias. Este barrio, inicialmente, fue conocido como barrio de la Estación, a secas, lo de vieja vino más tarde.

             A continuación la compañia de El Buitrón comenzó a tender otro ramal para llegar a Poderosa, curiosamente con un ancho de vía inferior, 0,76 m, lo que obligaba a cambiar el ancho de los vagones y de las máquinas en la estación de Zalamea. Este ramal atravesaba la actual carretera en las cercanías de El Campillo siguiendo las zonas de menor desnivel aunque llegados al curso del río Tintillo, afluente del Odiel, tuvo que salvar un pendiente para llegar hasta el nivel del río de aproximadamente un kilómetro de longitud y un 33% de pendiente. Para salvar este desnivel se ideó un ingenioso sistema que permitiría el ascenso y bajada de los vagones de una manera segura, para lo que se instaló una máquina de vapor fija en la parte más alta que con un cable enganchado a los vagones permitiría subirlos  y bajarlos, aunque no sin riesgos ya que se produjeron varios accidentes. Esta máquina de vapor dio nombre al lugar que aún es conocido como “La Fija” donde aún puede apreciarse su ubicación.

             Volviendo de nuevo al ramal que terminaba en Zalamea, hay que decir que el gobierno obligó a la empresa minera a que enganchara varios vagones que permitiera el transporte de pasajeros y así lo hizo desde 1875 hasta 1934, convirtiéndose posiblemente en el principal medio de comunicación con Valverde y Huelva. Después de ese año fue interrumpido reanudándose nuevamente en 1942 cuando la propia compañía de El Buitrón cedió a FEVE  las instalaciones del ferrocarril que estuvo funcionando hasta 1967. Durante este último periodo, para el  trasporte de viajeros se puso en funcionamiento una máquina automotor, que los más mayores recordarán, que hacia el trayecto hasta San Juan del Puerto donde los viajeros tenían que hacer trasbordo para coger el tren que venía de Sevilla en dirección a Huelva.

             No podemos dejar de menciona al hablar del ferrocarril de El Buitrón  del ramal que la compañía ALKALY, nueva propietaria de la Minas de El Castillo, construyó en 1909 para unir las Minas del Tinto y Santa Rosa con las de Sotiel, también con una ancho de vía de 1,067 m. Este ramal comunicó una de las minas más activas de nuestro término a principios del siglo XX con el trazado de El Buitrón. Esta variante necesitó de la construcción de un imponente puente sobre el río Odiel del que aún se conservan sus pilares.

             La otra red ferroviaria era la de Riotinto. El ferrocarril que unía esta explotación con Huelva lo construiría la nueva compañía inglesa tras comprar las minas en 1873, destinándole igualmente un ancho de vía de 1,067 m. iniciándose ese mismo año y quedando finalizado en 1875. No sería hasta principios de siglo cuando la compañía proyecto la construcción de dos nuevos ramales, uno hasta Nerva y otro hasta Zalamea. Éste último, que es el que nos interesa, fue bien recibido por las autoridades locales que lo llevaban demandando hacia tiempo y  al que contribuyeron  con 40.000 ptas. y la cesión de los terrenos de propios por donde circularía la vía, construyéndose una estación al final del trayecto que llegó a conocerse con el nombre de Estación Nueva, para distinguirla de la ya existente, la antigua estación del Buitrón, denominada a partir de entonces como Estación Vieja.

            El tramo hasta Zalamea fue inaugurado el 20 de Junio de 1904, para lo que se celebró, tras un  multitudinario recibimiento al primer tren, una comida popular que tuvo lugar en la todavía no concluida Plaza de Abastos. Igual que ocurrió con la compañía del Buitrón, el gobierno obligó a la empresa minera a que transportase también viajeros y esa fue la principal función de este ramal aunque también se usó para transportar provisiones y mercancías para Riotinto. Todo lo cual quedó perfectamente reflejado en una reglamentación que ha llegado hasta nosotros y que recoge los costes y condiciones de los usuarios. De esta manera durante muchos años el ferrocarril fue prácticamente el único medio de comunicación que los zalameños utilizaron para trasladarse al resto de los pueblos de la Cuenca Minera. De él hacían uso no sólo los trabajadores sino todos los ciudadanos en general y en los últimos años los estudiantes a los que, en el caso de ser hijo de mineros, la empresa facilitaba un “pase” gratuito. En los años de tráfico más intenso llegó a haber hasta nueve  trenes diarios entre Riotinto y Zalamea. Todo ello sin contar lo trenes especiales que se montaban, - también en la línea de El Buitrón-, en ocasiones especiales como era el caso de las  corridas de toros de Zalamea que gozaban de gran renombre en los pueblos de alrededor. El servicio quedó suspendido al final de los años 60. Con ello se cerró la historia del ferrocarril en Zalamea; sin embargo aún quedan vestigios que todos debemos esforzarnos en conservar, trazado, puentes, estaciones y túneles, porque sin duda forman también parte de nuestro patrimonio.

 Foto del artículo:

Tren saliendo de la Estación Vieja, tras los vagones de mineral van los de pasajeros.

Manuel Domínguez Cornejo            Antonio Domínguez Pérez de León

LOS DOS PRIVILEGIOS DE ALFONSO X

LOS DOS PRIVILEGIOS DE ALFONSO X

Para no inducir a confusión, antes de nada, debemos aclarar que no vamos a escribir sobre ningún tipo de derecho preferente del pueblo sino sobre un tipo de documento, propio de la Edad Media y parte de la Edad Moderna, que era denominado “privilegio”. El privilegio era  pues una especie de decreto real en el que el rey con toda la autoridad que le confería su dignidad decidía sobre una cuestión determinada,  por lo que se trataba del más importante de los documentos reales.

                       Pues bien, aclarado esto, empezaremos diciendo que, como es bien sabido, el primer documento histórico que hace referencia a Zalamea es el ya conocido privilegio rodado de Alfonso X El Sabio de 1279. El sello real de este privilegio sirvió de inspiración al logotipo de las jornadas musulmano-cristianas que venimos celebrando en Zalamea desde hace 5 años.  Y aunque es un documento que habíamos estudiado con anterioridad, volvimos a investigarlo de nuevo con ese motivo, más detenidamente, a través de  un estudio fotográfico detallado y minucioso que hizo para nosotros Pastor Cornejo, al que agradecemos desde aquí su colaboración. La sorpresa se produjo cuando comprobamos que no existía un solo privilegio sino dos. Uno con fecha de 16 de diciembre de 1279 y otro de 11 de enero de 1280. En ambos aparece el nombre de Zalamea vinculado a un intercambio de localidades que hace Alfonso X el Sabio con el arzobispo de Sevilla. Ambos documentos son muy parecidos en la forma y sólo la trascripción de su contenido refleja que se trata de dos documentos distintos.

                       Quizás antes de entrar en profundidad convenga reseñar algo acerca del momento histórico en que se producen. En aquella época, a mediados del siglo XIII, Zalamea acababa de ser reconquistada a los musulmanes, con toda probabilidad en tiempos de Fernando III el Santo, naturalmente no por él en persona sino que al producirse la conquista de Sevilla por este rey, nuestro pueblo pasó a los dominios cristianos por extensión quedando enmarcada en el reino de Sevilla. Pero esta reconquista distó mucho de ser definitiva; durante algunos años Zalamea debió cambiar de manos en varias ocasiones e incluso servir de disputa entre los reinos de Portugal y Castilla. Reinando ya el hijo de Fernando III, Alfonso X, éste logra consolidar su dominio sobre la zona al llegar a un acuerdo con el rey portugués, quedando Zalamea bajo la jurisdicción del Concejo de la ciudad de Sevilla, y por fin en 1279, este rey, obedeciendo a intereses propios de los señoríos feudales característicos de la época realiza un intercambio con el arzobispo de Sevilla que sanciona mediante un privilegio real que dice así en su parte más significativa:

             “Nos, don Alfonso, por la gracia de Dios rey  de Castilla, de Toledo, de León  (…) Damos por nos y por nuestros herederos a la Iglesia de Santa María de la noble ciudad de Sevilla y a don Remondo, arzobispo della(…) y al Cabildo deste mismo lugar el Castillo y la villa que ha de nombre Almonaster y el lugar que dicen Zalamea.”

            Hecho el privilegio en Sevilla, sábado dieciséis días andados del mes de Diciembre en era de mil y trescientos diez y siete años. (…)

             Como ya dijimos, un privilegio es el documento más importante que dicta un rey y va culminado por una relación de confirmantes que figuran en la parte inferior. Se trata por lo general de los cargos eclesiásticos y nobiliarios del reino que refrendan de esa manera la decisión real y es un reflejo de que los reyes no gozaban aún del poder absoluto que tendrían más tarde. En el centro del privilegio va el sello de plomo real que consiste en una rueda policromada con tres círculos concéntricos en los que figura una cruz central, el signo del rey y los títulos que ostenta (Señor de Castilla, de Toledo, de León, etc) El sello viene a desempeñar la función que hoy ocuparía la firma. Lo curioso es que tan sólo 26 días después se emite otro privilegio de similares características en el que el rey Don Alfonso refrenda un acuerdo de intercambio entre el Concejo y el arzobispo de la Iglesia de esta ciudad refiriéndose a las mismas localidades. Veamos un extracto de su contenido:

            Nos, los alcaldes, alguacil, caballeros y hombres buenos del Concejo de la ciudad de Sevilla (…) dimos en cambio a vos don Remondo(…)arzobispo de la Iglesia de Sevilla y al Cabildo (…)para siempre jamás a Almonaster y a Zalamea por Cazalla, que era nuestra (…)nos distéis por nos a la orden de Calatrava (…)

            (…) Y estos heredamientos nos dieron a nos para poblarlos y darlos a pobladores de Alcalá de Guadaira

            (…)Pedimos merced a vos nuestro señor el rey don Alfonso que este cambio que nos hacemos con nuestro señor el arzobispo (… ) y con el cabildo (…) lo confirmaseis por vuestro privilegio plomado porque lo hayan seguro y estable para siempre jamás.

            (…) Y nos el sobredicho rey don Alfonso otorgamos este cambio y  confirmamoslo por este  nuestro privilegio (…) y mandamos que valga en todo (…)

            Hecho el privilegio en Sevilla, jueves, once días andados del mes de Enero en era de mil y trescientos y dieciocho años.

             ¿Cuál es la razón de este segundo privilegio tan sólo unas semanas después? Parece ser que después del primero, el Concejo de Sevilla planteó una serie de reclamaciones referente a unos derechos adquiridos sobre Cazalla. Indagando sobre el tema averiguamos que ya en 1260, el rey cedió Cazalla al arzobispo y al Cabildo, pero los miembros del Concejo no estuvieron muy de acuerdo y no dejaron de mostrar su descontento. Lo que probablemente pudo ocurrir es que una vez consolidado su poder sobre la zona de la Sierra y el Andévalo de Huelva, con el primer privilegio, el rey don Alfonso devuelve al concejo de Sevilla Cazalla y compensa al arzobispo con Almonaster y Zalamea, pero los miembros del concejo debieron plantear los derechos adquiridos a los que hemos hecho referencia y quisieron plasmarlos en un nuevo documento que motivó el segundo privilegio.

             Conviene aclarar que, como algunos habrán podido observar, las fechas que aparecen no se corresponden exactamente con las que hemos referido. La razón es bien sencilla, en aquella época en España, Portugal y sur de Francia se llevaba un cómputo de tiempo distinto al resto del mundo conocido. Se trataba de la llamada era hispánica que contaba 38 años más de los que realmente eran por lo que a todos los documentos de la época hay que restarles 38 años para fijarles la fecha real..

             Pero ¿qué significado tienen para Zalamea estos privilegios? Mucho. En primer lugar porque reflejan documentalmente, la existencia consolidada de nuestro pueblo hace nada más y nada menos que 729 años. En segundo lugar porque nos da indicios del origen del nombre de Zalamea que como ya hemos apuntado debió aparecer en tiempo de los musulmanes. Como ocurrió en otros muchos casos, en los primeros documentos cristianos se castellaniza el nombre que tuvieron los lugares durante la dominación árabe. En este caso Al-monastir (la fortaleza) pasa a llamarse Almonaster y Salamhe o Salamya deriva en  Zalamea.

             En cualquier caso estos dos  privilegios determinaron que nuestro pueblo estuviera bajo el señorío arzobispal durante 300 años justos, tiempo durante el cual fue conocida como Zalamea del Arzobispo, pasados los cuales se incorporó a la corona mediante un proceso que ya se ha narrado en numerosas ocasiones y que culminó en otro privilegio real, el de Felipe II en 1592.

             Los dos privilegios a los que hemos hecho referencia en este artículo se conservan en el archivo catedralicio de Sevilla, puede que fuera interesante, con la oportuna autorización, que se hicieran sendas reproducciones tipo “facsimil” para guardarlas en nuestro archivo municipal.

Manuel Domínguez Cornejo                           Antonio Domínguez Pérez de León

LOS LÍMITES ENTRE ZALAMEA Y VALVERDE

LOS LÍMITES ENTRE ZALAMEA Y VALVERDE

 

UN PLEITO DE MÁS DE 400 AÑOS.

              Hace ya bastantes años tuvimos acceso a la trascripción de un documento fechado en 1450 en el que se trataba de un litigio entre Zalamea, dependiente entonces del arzobispado de Sevilla, y la villa de Niebla y su lugar de Facanías, lugar que luego se independizó con el nombre de Valverde del Camino, relativo a los límites de los términos de ambas poblaciones. Este documento no nos hubiese llamado la atención más que cualquier otro si no hubiésemos comprobado más tarde que la disputa se alargó durante más de 400  años, hasta finales del siglo XIX.

             Esta cuestión, por su peculiaridad, atrajo nuestra curiosidad hasta el punto de conducirnos a investigar el tema para profundizar en los orígenes y desarrollo de este proceso. Independientemente de las implicaciones socioeconómicas, que no cabe abordar aquí por su extensión, y de la seriedad que indiscutiblemente tuvo el asunto para nuestros antepasados, hoy, desde nuestra perspectiva, el tema ofrece un aspecto ciertamente anecdótico que en lo relativo a su duración reduce a una simple escaramuza la tan cacareada guerra de los cien años entre ingleses y franceses en la Edad Media y demuestra que cuando dos partes se creen en posesión de la razón son capaces de transmitir su disputa a varias generaciones, pasándolas de padres a hijos durante más de cuatro siglos.

             El documento al que antes hicimos referencia y que inicialmente nos introdujo en el tema es una escritura donde se recogen los autos y las sentencias que sobre el conflicto da Fray Rodrigo Ortiz, comisionado de mutuo acuerdo por Don Juan de Guzmán, duque de Medina Sidonia y conde de Niebla, y don Juan de Cervantes, cardenal de Ostia y arzobispo de Sevilla, señor de Zalamea, para que resolviera sobre la colocación de los mojones (postes de mampostería destinados a marcar los límites territoriales) entre ambas poblaciones. Este hombre recibe a los alcaldes y regidores de los dos pueblos, que se acusan mutuamente de haber modificado las mojoneras que delimitan sus respectivos términos. La forma de resolverlo es interrogando a los testigos que se suponen neutrales, y que manifiestan conocer la situación de dichos puntos desde tiempo inmemorial al frecuentar la zona por las labores que en ellas realizan. Así mismo se refiere que la disputa viene de “más antiguo”.

 

            Posiblemente el origen del problema haya que buscarlo en la identificación de límites territoriales entre los distintos reinos de taifas, Hispalis y Lebla (Niebla) a los que pertenecían respectivamente Zalamea y Valverde pero probablemente esto no se puso de relieve  hasta que ambas poblaciones son reconquistadas por los cristianos y cedidas Zalamea al arzobispo de Sevilla y Niebla a los Guzmanes. Es precisamente en este momento cuando estos señores feudales ven la necesidad de establecer con claridad cuáles son los límites de sus respectivos señoríos ante los continuos enfrentamientos que se vienen produciendo entre los pobladores de uno y otro lugar por lo terrenos limítrofes. La decisión del mencionado juez Fray Rodrigo Ortiz, por muy salomónica que nos parezca, no dejó satisfechas a ninguna de las partes por lo que se desprende de posteriores documentos y los mojones eran derribados por unos y otros poco después de que volviera la espalda el último que los había colocado.

             En 1454, siendo arzobispo de Sevilla, Alonso de Fonseca, los Guzmanes le arrebatan Zalamea, no devolviéndosela hasta 22 años más tarde. No tenemos certeza de que haya relación entre este hecho y las disputas territoriales, aunque no hay que descartar que así fuera. También pudo ser una forma de presionar para favorece la aspiración de un Guzmán a la silla arzobispal.

             La siguiente referencia documental la encontramos en el Libro de los Privilegios de 1592 cuando el licenciado Miguel de Rado, juez comisionado real, procede a la delimitación del término de Zalamea para entregarlo a las autoridades de nuestro pueblo des pués de haberse comprado a sí mismo. Al llegar a los límite por el sur y ante el conocimiento de las disputas, el tal juez comisionado cita el 28 de Mayo de 1582 a los representante del concejo de Niebla y Valverde para que se persone en la identificación de los mojones. Aunque en principio los allí presentes no interponen ninguna queja, más tarde hacen saber al corregidor su disconformidad  y el procurador de Niebla requiere a Miguel de Rado para que deje en suspenso el tema ya que ha elevado el proceso a la  Real  Audiencia de Granada, protestando de su autoridad. El dicho licenciado vuelve a preguntar a los testigos presentados por Zalamea, sobre la situación de los tan traídos y llevados mojones, pero estos testigos son descalificados por los procuradores de Niebla y Valverde, tachándolos literalmente de “odiosos y sospechosos”. No obstante el mayordomo del concejo de Zalamaea, Juan González Lorenzo, insta a Rado para que continúe con el amojonamiento en virtud de la autoridad que le otorga el rey, alegando que por esa razón está por encima de cualquier magistrado. Éste así lo hace, colocándolos en el lugar que les indicaron nuestros antepasados.

             A pesar de todo, el recurso interpuesto por Niebla tuvo como consecuencia que el pleito se prolongara durante una buena parte del siglo XVII y el libro de los Privilegios hubo de viajar a Granada para servir como prueba en defensa de los intereses de Zalamea; probablemente la firma real que figura al final de este documento debió de pesar en la última decisión.

             Las distintas sentencias que se dictan acerca del tema no lo dejaron ni mucho menos resuelto, por lo que el asunto se reanuda durante el siglo XVIII, y así vemos como en 1774 el Ayuntamiento de Zalamea da poderes a un agente de Granada para que prosiga con el pleito que mantiene con Valverde por el lugar que ya se conoce como la “Contienda” haciendo alusión a las sucesivas disputas que el lugar estaba originando y durante las cuales los mojones eran destruidos frecuentemente por los pobladores de ambas villas. Al año siguiente en 1775, se dicta una nueva sentencia sobre el pleito ordenando sean colocados en los lugares que estaban antiguamente.

             Esta sentencia tampoco dejó zanjada la cuestión. Lo que presumiblemente ocurriera en esta y otras ocasiones, es que al carecerse por aquel entonces de unos agentes de la autoridad imparciales que hiciesen cumplir las resoluciones dictadas, los vecinos no conformes con ellas procedían de nuevo a modificar la situación de los puntos que se servían de límites dando pie a que resurgiera de nuevo el conflicto. Y así ocurrió efectivamente porque ya en el siglo XIX, en 1837, los Ayuntamientos de Zalamea y Valverde acuerdan constituir una comisión que realice el reconocimiento de las mojoneras en el lugar de la Fuente de la Murta. La mencionada comisión o no llegó a un acuerdo o la solución que aportó no satisfizo a las partes enfrentadas, especialmente a la de Valverde, ya que en 1892, más de 400 años después del primer proceso al que dio origen, vuelve a suscitarse la polémica según se deduce por las quejas que los vecinos de Zalamea presentan a nuestro Ayuntamiento, denunciando que la gente de Valverde, aprovechando que el monte había crecido en el lugar, habían vuelto a modificar de nuevo la situación de los mojones.

 

            Desconocemos la situación topográfica exacta en la que las distintas sentencias establecieron los límites ya que el procedimiento utilizado era colocarlos “in situ” siguiendo los testimonios de las personas que conocían el lugar, por lo que no tenemos referencia de las variaciones que se produjeron, pero se deduce de los documentos consultados que en su mayor parte eran favorables a Zalamea puesto que los recursos generalmente eran interpuestos por Valverde y en la mayoría de los casos eran los vecinos de esta población los que procedían a modificar la situación de esos puntos.

             No tenemos constancia de que en el siglo XX se reanudara el conflicto. Es posible que el cambio de las estructuras de explotación de la tierra con las que arranca el siglo y el abandono progresivo por el escaso interés agropecuario que en ese momento ofrece la zona, unido a la aparición de nuevas actividades económicas en su cercanía, como los trabjos de las Minas de El Castillo, Oriente y Palanco que dan trabajo a muchos de los lugareños que antes se ocupaban por necesidad en el aprovechamiento de aquellos terrenos hacen caer en el olvido la cuestión que durante más de cuatro siglos había tenido en constante enfrentamiento a vecinos de ambas villas. Si algún resquicio quedaba en la mente de alguien, los tractores de la repoblación de eucaliptos vinieron a dar por concluido el tema.

 Manuel Domínguez Cornejo                      Antonio Domínguez Pérez de León 

  

LOS ZALAMEÑOS QUE ELIGIERON A SAN VICENTE MÁRTIR

LOS ZALAMEÑOS QUE ELIGIERON A SAN VICENTE MÁRTIR

El desarrollo del culto y devoción del pueblo de  Zalamea por San Vicente Mártir, así como su origen, -aquella conocidísima  elección a manos de un niño-, han sido profusamente tratada en numerosas ocasiones. Hemos creído que quizá  sería oportuno acercarnos a conocer mejor a aquellos antepasados nuestros, cuáles eran sus usos y costumbres, su trabajo, su vida, en definitiva cómo eran los zalameños que eligieron por patrón a San Vicente Mártir hace nada más y nada menos que 585 años.

            Comencemos por situarnos en la época. Parte del territorio peninsular se encontraba aún en poder de los musulmanes. España distaba aún de ser una unidad política y se encontraba dividida en varios reinos, a uno de ellos, el de Castilla, pertenecía nuestro pueblo. Reinaba entonces Juan II, padre de la que luego sería conocida como Isabel la Católica. Zalamea había sido reconquistada a los árabes hacía apenas 150 años y cedida como señorío al arzobispado de Sevilla. Precisamente en aquellos momentos la sede arzobispal estaba administrada por un fraile al haber sido suspendido su titular Don Diego de Anaya y Maldonado por un litigio que mantuvo con el  cabildo de la catedral, así pues, como de todos es sabido, nuestro pueblo fue un señorío eclesiástico, dentro del reino de Castilla.

            Como es lógico el pueblo era muy distinto del que hoy conocemos. Su extensión era bastante inferior a la que hoy tiene y las casas se aglutinaban en torno a unas pocas calles, siendo la principal aquella en la que se encontraban las casas de Concejo que todo parece indicar estaban situadas en el lugar que hoy ocupa el actual Ayuntamiento. Por las posteriores ampliaciones que luego se realizaron podemos deducir que las calles existentes serían las actuales de La Plaza, Don José, Castillo, Hospital, Don Manuel Serrano, Plaza Talero, Caño, Tejada y puede que alguna que otra más, conocidas, en su mayoría, con otro nombre que hoy ignoramos. Naturalmente no existía ninguno de los edificios que hoy distinguen al pueblo ni, por supuesto, la torre tal como hoy la conocemos. Sí había una iglesia, denominada como la de las dos naves, ubicada donde hoy mismo se encuentra la actual y que entonces quedaba en el límite norte de la población; calculamos que su extensión  coincidiría aproximadamente con el presbiterio y sacristía de templo que hoy podemos contemplar; es de suponer que contaría con un campanario que ni por asomo alcanzaría la altura de la torre que hoy podemos ver. La única ermita con la que contaba el pueblo era  la de Santa María de Ureña. Después de la elección del Santo se construiría de inmediato la del patrón.

            Ya contaba Zalamea en aquel tiempo con algunas aldeas y lugares cuyos nombres son hoy perfectamente reconocibles como El Buitrón, El Campillo, los Barreros, El Villar, El Buitroncillo y Abiud, estos últimos hoy desaparecidos y de los que apenas quedan algunas paredes en pie.

             En lo que se refiere a las personas en concreto, las reglas de la Hermandad de San Vicente de 1425 nos hablan de los primeros zalameños cuyos nombres y apellidos conocemos, tales eran Antón García Madroñuelo, Andrés García del Buitrón, Alonso Manovel de la Juliana y Santos Martín del Buitroncillo así como el del cura Bartolomé Martín amén de otros personajes que no formaron parte de aquella primera "Junta Directiva" de la primitiva hermandad como fueron Juan Rodríguez, el escribano, Catalina González, Juan de las Armas y Bartolomé Rodríguez Pastor. El uso de los apellidos no estaba generalizado y con frecuencia se hacía referencia al lugar de origen, al oficio o al nombre del padre o madre.

             La economía giraba en torno a la agricultura y a la ganadería y el Concejo disponía ya desde 1408 de varías dehesas comunales donadas por el arzobispo y en partes compradas para el pueblo para atender a sus necesidades y parece ser que había algunas industrias de carácter artesanal como eran la miel y la cera así como el cuero y los telares de lino. Seguramente  nuestros antepasados se sorprenderían al oírnos hablar hoy de metros, kilos y litros; sus medidas de longitud las hacían en varas, sogas y leguas,  las de peso en libras y onzas mientras que para medir líquidos se utilizaba la arroba y el azumbre, equivalente éste a unos dos litros aproximadamente. La mayoría de los vecinos practicaban una economía de subsistencia y tan solo unos pocos gozaban de una situación de privilegio derivada quizá del uso y propiedad de sus heredades donadas a sus antepasados por los reyes castellanos al proceder a la repoblación posterior a la reconquista.

            Poco nos ha llegado acerca de sus fiestas y costumbres pero si podemos decir que la religión era el centro alrededor del cual giraba la vida de los zalameños de aquel entonces. El ritmo cotidiano del tiempo era, así mismo, dirigido por los toques de campana de los oficios religiosos ya que no se disponía de relojes públicos o privados. De esta manera las llamadas horas canónicas, maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas determinaban el comienzo o el final de los distintos menesteres del día, desde el comienzo de la jornada hasta la hora de audiencia de los alcaldes o las reuniones de concejo; igualmente, los vecinos eran convocados al toque de campana y de esta forma fueron reunidos para la elección del santo aunque no sabemos si el lugar era el pórtico de la Iglesia o la puerta del Ayuntamiento, pero nos inclinamos más bien por este último. La religiosidad impregnaba, pues, la vida de aquellos sencillos hombres de la Edad Media, destacando la importancia del culto funerario; las misas por los difuntos son frecuentes en la creencia que hay que redimirlos del purgatorio a base de oraciones, misas y obras de caridad para las que el mismo difunto, si disponía de medios, destinaba en su testamento parte de su hacienda para este fin, encargando a sus familiares que las llevara a efecto.

             El índice de mortalidad era elevado. Con frecuencia se producían epidemias que asolaban a la población. Sabemos que en 1425, Zalamea sufría una epidemia de peste que, a falta de medios sanitarios, obligó a la población a ponerse bajo la protección del Santo. Conviene quizás recordar que los muertos eran enterrados en el interior de la Iglesia y sus inmediaciones, cuando el lugar estuvo saturado se acudió a las ermitas. Los fallecidos eran  envueltos en una saya de lino y colocados en unas "andas" ,- especie de parihuelas-, y de esta forma eran llevados desde su domicilio hasta el lugar de entierro.

             Y  un buen día del mes de marzo de 1425, después que un pregonero avisara de las razones de la convocatoria, los toques de campana, como era uso y costumbre, llamaron a loa vecinos a reunirse para nombrar un santo patrón al que poder encomendarse, y allí, en presencia del escribano y del cura eligieron a San Vicente Mártir sin pensar en que 585 años más tarde los zalameños seguirían congregándose, como cada año, en torno a su santo patrón.

Manuel Domínguez Cornejo                         Antonio Domínguez Pérez de León 

CRONOLOGÍA DEL PATRIMONIO HISTÓRICO Y CULTURAL DE ZALAMEA LA REAL

CRONOLOGÍA DEL PATRIMONIO HISTÓRICO Y CULTURAL DE ZALAMEA LA REAL

            Hemos venido observando que, si bien es verdad que el conocimiento sobre nuestro patrimonio está cada vez más extendido, también es cierto que aún hay gran cantidad de personas que posiblemente no tengan conciencia de la importancia de  los elementos más singulares que lo componen y de la época en que tuvieron su origen. Hemos creído, pues, conveniente hacer una especie de cronología que sitúe en el tiempo aquellos edificios, documentos o construcciones que por su valor histórico, cultural o testimonial conforman hoy una parte importante de nuestro patrimonio. Al mismo tiempo hemos querido reseñar, en algunos casos, unas referencias comparativas al contexto histórico general que, a veces, puede contribuir a apreciar la verdadera dimensión de lo que tenemos tan cerca.

 DÓLMENES DE EL POZUELO: Son, como casi todo el mundo sabe, grandes sepulcros colectivos que fueron levantados entre  2.800 y  2.500 años antes del nacimiento de Cristo. Son los primeros monumentos de importancia en Zalamea y sin lugar a duda uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de Andalucía.

 GRABADOS RUPESTRES DE LOS AULAGARES: Los grabados fueron realizados por nuestros antepasados  en el 1.800 antes de Cristo en la finca de ese nombre, próxima a Zalamea la Real, en plena Edad del Bronce

             Estas dos manifestaciones artísticas demuestran el poblamiento de nuestro término en épocas remotas y sitúan a Zalamea entre las localidades de mayor interés en el estudio de la Prehistoria en Andalucía. Hay quien opina que en la cultura megalítica está el origen de la civilización tartésica. En Oriente se desarrollaban las civilizaciones  mesopotámica y  egipcia pero aún faltaba más de mil años para la mítica fundación de Roma

 ERMITA DE SAN BLAS: Construida en el siglo XIV se trata quizá de la más antigua ermita de nuestro pueblo, anterior incluso a la de San Vicente. Aprovechó las ruinas de un edificio anterior

 ERMITA DE SAN VICENTE: Primer tercio del siglo XV, su construcción se inició sobre 1425.

             Cuando se construyen estas ermitas España estaba dividida en cuatro reinos, Navarra, Castilla, Aragón y el reino moro de Granada que aún tardaría bastantes años en ser conquistado a los musulmanes y todavía no había nacido Colón, el hombre que 67 años más tarde protagonizaría el descubrimiento de América. Zalamea, aunque sometida al señorío del arzobispado de Sevilla, formaba parte del reino de Castilla, gobernado entonces por Juan II, padre de la futura reina Isabel la Católica. Este rey, por cierto, firmó una cédula que reconocía la existencia de fincas comunales en nuestro pueblo.

 ERMITA DE SAN SEBASTIÁN: Construida a mediados del siglo XVI aunque en el siglo XVIII se le hizo una gran reforma, después se destinó a la devoción de una imagen de La Pastora.

0RDENANZAS MUNICIPALES: Fechadas en 1535, se trata de un manuscrito de valor incalculable. Fueron sancionadas por un arzobispo, hermano del famoso poeta de la época Jorge Manrique. España estaba bajo el gobierno de Carlos I, nieto de los reyes Católicos aunque oficialmente la reina seguía siendo aquella pobre desgraciada, inteligente, pero  mentalmente inestable, conocida como Juana  La Loca. Los españoles fundan Lima la actual capital del Perú y extienden su imperio por América

 LIBRO DE LOS PRIVILEGIOS: Firmado en 1592. Se trata de un extenso documento que otorga una serie de privilegios al pueblo y en el que figura la firma autógrafa, hecha de su propia mano, del rey Felipe II, el monarca más poderoso del orbe en aquel momento. España extendía sus dominios por todos los continentes  y aunque sumida en una profunda crisis económica, militarmente imponía sus condiciones al resto del mundo, sus tercios eran temidos allí donde llegaban.

 IGLESIA PARROQUIAL: El edificio actual data del siglo XVIII, aunque en el mismo lugar existía ya en el siglo XIV una primitiva iglesia que probablemente utilizó para su construcción materiales de un edificio anterior, quizá romano; más tarde fue sustituido por otro templo, antecesor del actual, que se comenzó a construir sobre 1560, comenzándose la torre en 1606 un años después de que Cervantes escribiera la primera parte del Quijote

EL SEPULCRO: Construido en 1777, con motivo de la fundación en nuestro pueblo de la Vía Sacra. España vive la época de la Ilustración y experimenta un cierto resurgimiento cultural y político bajo el reinado de Carlos III. Un año más tarde, en 1778, se construía en Madrid la famosa Puerta de Alcalá en honor a este rey. Los Estados Unidos no era aún un país independiente

CASA CILLA: Siglo XVIII. Edificio destinado originalmente a guardar el trigo procedente de los diezmos.

 ESTACIÓN VIEJA: Construida en 1875. En este año la compañía que explotaba las Minas del Castillo de El Buitrón hace llegar hasta Zalamea un ramal de la línea que  ya unía  El Buitrón con San Juan del Puerto y que fue el primer ferrocarril que se construye en la provincia de Huelva, anterior incluso al de Riotinto, y uno de los primeros de España. Así pues, nuestro pueblo es uno de los primeros municipios del país en recibir los síntomas de  la revolución industrial En España es la época de la restauración en la persona de Alfonso XII, bisabuelo del rey actual después de la breve experiencia republicana

 PLAZA DE TOROS: Data de 1879, aunque en el mismo lugar existía un corralón que se utilizaba para hacer festejos taurinos. Posteriormente  sufrió algunas modificaciones como las de 1909 y 1950 que sirvieron para añadirle nuevas filas de gradas y más toriles.

 PLAZA DE TALERO: Inaugurada El 20 de Mayo de 1890. Se adecuó un espacio ya existente y se erige en el centro un busto de D.Juan Talero, el diputado defensor de los pueblos en la cuestión de los humos de Riotinto. Es el único monumento en los pueblos de la Cuenca Minera que recuerda los sucesos de 1888 que llevaron a esta comarca a la primera plana de las noticias nacionales. A la inauguración no pudo asistir Talero que murió dos años antes, a la edad de 28 años. En contra de la creencia popular no era zalameño. Había nacido en un pueblo de Córdoba. Alfonso XII había fallecido y el país se regía por el sistema de bipartidismo bajo la regencia de María Cristina, segunda esposa del rey.

 ESTACIÓN NUEVA O DE RIOTINTO: Inaugurada en 1904 cuando la compañía inglesa decide extender un ramal hasta Zalamea para transportar obreros y mercancías a los centros de trabajo. Zalamea se convierte en uno de los pocos pueblos que cuenta con dos estaciones de ferrocarril distintas destinadas al transporte público.

 PLAZA DE ABASTOS: Inaugurada el 21 de Septiembre de 1904, algunos meses después del ferrocarril de Riotinto. Por cierto que aunque no estaba abierta oficialmente, en ella se celebró el acto y el banquete de inauguración de la estación nueva.

CEMENTERIO: fue abierto el 14 de Abril de 1907. Este cementerio, con las modificaciones posteriores es el que podemos contemplar hoy, vino a sustituir a otro anterior, conocido popularmente como cementerio viejo que se construyó en 1813 que estaba en el solar que hoy ocupa el Instituto.

 GRUPO ESCOLAR VIEJO Y EL JARDÍN: Su construcción tardó algunos año pero fue inaugurado el 25 de Abril de 1910. En estos años reina ya en España Alfonso XIII.

 SALÓN RUIZ TATAY: Construido en 1930, es el último de los edificios singulares  que analizamos hoy. En el país el descontento popular se extiende, dimite Primo de Rivera  y algunos meses más tarde, en Abril de 1931, se proclamaría la II República.. Fue adquirido por el Ayuntamiento y reformado recientemente.

 Manuel Domínguez Cornejo        Antonio Domínguez Pérez de León

DE ENTIERROS Y CEMENTERIOS

DE ENTIERROS Y CEMENTERIOS

            Todas las culturas que han desfilado por estas tierras a lo largo de la historia han dejado un testimonio más o menos claro de cuáles eran sus ritos y costumbres funerarias; de hecho tenemos noticias de muchas de ellas gracias a la información que nos ha proporcionado sus lugares de enterramientos. Los dólmenes de El Pozuelo, por ejemplo, son ante todo grandes sepulturas colectivas sin las cuales nada o muy poco hubiéramos sabido de la gente que habitaron nuestro término municipal  hace casi 5.000 años; sin embargo queremos centrarnos en esta ocasión en la evolución de las ceremonias y lugares de enterramiento desde la Edad Media en adelante.

             Cuando hace ya aproximadamente treinta años, durante la restauración de la Iglesia, al levantar la vieja solería, se descubrieron gran cantidad de restos humanos las conjeturas y la imaginación popular se dispararon y circularon las hipótesis  más inverosímiles acerca del origen de tanto hueso. La realidad, que algunos pocos conocían, era más sencilla, las iglesias, y también las ermitas, fueron desde la Edad Media en una buena parte del mundo cristiano el lugar donde se daba sepultura a los fieles. Zalamea no fue una excepción y allí tuvieron su ultima morada infinidad de antepasados nuestros.  Lo lamentable fue que por falta de conciencia de su valor, se perdió la oportunidad de realizar un estudio de algunos elementos y objetos de adorno que se encontraron y que hubiesen revelado la época a la que pertenecían e incluso puede que la identificación de algunas sepulturas. Allí se encontraban, casi con toda seguridad los restos de tantos y tantos zalameños cuyos nombres hemos encontrado en los documentos como protagonistas de sucesos destacados de la Historia de Zalamea. Allí o en las ermitas porque cuando la iglesia estuvo saturada se recurrió a ellas como lugares de enterramientos, aunque es que probable que en las ermitas también se diera sepultura con anterioridad a personajes especialmente vinculados a su culto. De esta forma cuando en la de San Vicente se cambió la solería en 1985 se encontraron igualmente numerosos restos; en esta ocasión con un poco de más conocimiento de causa fueron de nuevo depositados en una cripta excavada al efecto en la misma ermita

             En el caso de Zalamea tenemos constancia que en los aledaños de la Iglesia existía también una especie de cementerio, probablemente donde hoy se emplaza el paseo redondo. Todo parece indicar que este lugar estaba delimitado de alguna manera, aunque no podemos precisar exactamente cómo. Puede que las epidemias, relativamente frecuentes, que asolaron el pueblo y causaron estragos entre sus habitantes, obligaran a utilizar los alrededores de los lugares sagrados para acoger a las víctimas. Lo que sí es cierto es que con el tiempo, debido a la saturación, el interior de la Iglesia se reservó para personas de cierta relevancia social mientras que el exterior quedó para los más desfavorecidos.

             Los funerales y velatorios no diferían mucho de los  que hoy tienen lugar aunque con peculiaridades bien distintas. Como en otros muchos aspectos de la vida las diferencias entre las personas de posición social elevada y el pueblo llano eran notables. En este sentido, la mejor forma de garantizarse un entierro digno era pertenecer a una hermandad de las que ya estaban constituidas en el pueblo, San Vicente, Vera Cruz, Santísimo Sacramento, ya que todas ellas recogían en sus reglas la obligación de dispensar un funeral en condiciones a los hermanos y en muchos casos a sus mujeres e hijos, sancionándose severamente a los cofrades que no cumplían con el deber de asistir a los entierros. Es curioso que en algunos casos se regulaba el establecimiento de turnos en el velatorio para que al menos hubiese siempre dos hermanos acompañando a la familia. Después, en el entierro, todos, incluso los que vivían en las aldeas, debían acompañar al difunto hasta la Iglesia donde hubiera de enterrarse. Como quiera que fuera de las hermandades las honras fúnebres dejaban bastante que desear, era frecuente que algunos vecinos que en vida no pertenecieron a algunas de estas cofradías demandaran sus servicios, para lo cual se "encomendaban" a una hermandad que, previo pago por parte de la familia de una cantidad estipulada, le daba al difunto el tratamiento que le dispensaba a un hermano, con lo que comprobamos que además de las funciones que les eran propias, las hermandades prestaban una forma de servicios funerarios. Bien es verdad que algunas de estas instituciones contemplaron igualmente en sus reglas el dispensar un entierro digno a "pobres y extranjeros"

             Llegado el momento, el traslado del cuerpo se hacía en unas "andas", especie de tabla ancha de madera con varales para cargarlo a hombros, no usándose, por lo general caja o féretro alguno sino que el difunto era colocado directamente en las "andas" envuelto en una "saya" que era una tela, generalmente de lino, ajustada al cuerpo por ataduras para evitar que se abriera en el camino. Los acompañantes portaban velas encendidas y la comitiva era encabezada por una vara culminada por una cruz que en el caso de las hermandades tenía un distintivo especial y era portada por un cofrade. Así se llegaba a la iglesia o ermita donde después de las ceremonias de rigor eran depositados en el hueco excavado a tal efecto.       

             Las iglesias y ermitas continuaron siendo el lugar de enterramiento en nuestro pueblo hasta comienzos del siglo XIX. En el año 1801, debido a que se recibieron instrucciones del gobierno central por razones sanitarias sobre que los enterramientos no se practicaran en el interior de la villa, y también a que  se reconocía literalmente que la iglesia y sus alrededores estaban saturados, se proyecta un cementerio extramuros con un presupuesto de 18.000  reales pero el Cabildo atravesaba un momento de grandes dificultades económicas y el proyecto no se pudo ejecutar de inmediato, justificándose el Ayuntamiento en que el arzobispado y el gobierno central tampoco habían aportado las cantidades que le correspondían y como quiera que a la gente le era imposible esperar y seguía con la mala costumbre de dejar este mundo se recomendó que mientras tanto los enterramientos se realizaran en las ermitas. Por fin, ante la imposibilidad material de encontrar un hueco a los que iban dejando  este valle de lágrimas, no hubo más remedio que ejecutar la obra en 1813, cuando España entera se hallaba inmersa en la resistencia a la invasión francesa. El solar elegido, como recordarán los más mayores, fue parte del que hoy ocupa el nuevo instituto de secundaria. Su gran inconveniente fue la proximidad a la población con lo que transcurridos apenas 90 años fue necesario proyectar uno nuevo para lo cual esta vez si se procuró que tanto en tamaño como en distancia no se quedaran cortos y así se eligió el emplazamiento actual que se adquirió en 1897 por 1.266 ptas., acordándose el pliego de condiciones para la obra ese mismo año en el que por cierto también se le colocó un pararrayos a la torre. En 1906, finalizada ya la construcción, hubo de habilitarse un nuevo presupuesto para excavar el solar y darle profundidad  y construirle una pequeña capilla. En Enero del año siguiente se elabora un reglamento de utilización y, el 14 de Abril de 1907, se procede a la bendición del nuevo cementerio. En el mismo acto de inauguración se puso de relieve la necesidad de adecuar el camino que conducía a él comprometiéndose las autoridades municipales en acometer la obra de inmediato. El Ayuntamiento acordó conceder gratis el nicho número uno y la lápida al primero que se enterrara. Por extraño que parezca y a pesar del ofrecimiento nadie mostró el menor interés en disfrutar de tan "distinguido" privilegio.

            Pedimos disculpas a los hayan creído ver un punto de frivolidad en la forma en la que hemos tratado el asunto; nada más lejos de nuestra intención  aunque la seriedad no está reñida con el buen humor. No queremos tampoco que este artículo dé un mal preámbulo a la fiesta, todo lo contrario pensamos que la perspectiva del fin último debe ser el mejor acicate para vivir plenamente el presente pese a las dificultades. Dispongámonos a ello.

Manuel Domínguez Cornejo                       Antonio Domínguez Pérez de León