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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Edad Moderna.

LA DEFENSA DE LOS PRIVILEGIOS DE ZALAMEA EN EL SIGLO XVIII (I)

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Desde 1592 Zalamea tenía una especie de autogobierno en virtud de una carta de Privilegios otorgada por Felipe II en ese año plasmada en un documento denominado Libro de los Privilegios que afortunadamente aún se conserva en el archivo municipal. (pulsar aquí para ver artículos sobre el Libro de los Privilegios I - II - III) En los inicios del siglo XVIII se sucedieron una serie de irregularidades tanto  en la elección como  en la actuación de los alcaldes ordinarias que provocan que el superintendente general de Sevilla, recordemos en esta época el pueblo pertenecía a la división administrativa de esa capital andaluza, envíe en 1723 un comisario de guerra para impedir las elecciones que debían tener lugar para nombrar a nuestros capitulares; a renglón seguido es enviado Don José Barrera Velarde para proceder a retirar los Privilegios de Zalamea. Era una medida excesivamente drástica y fuera de lugar para solucionar los problemas; los alcaldes ordinarios actúan con rapidez y envían a la corte a Don Juan Hidalgo Rico con el libro de los Privilegios para protestar contra esta medida. Consecuencia de todo ello es la suspensión de los citados privilegios que Felipe II había otorgado a la villa para su autogobierno y el nombramiento de un alcalde mayor, cargo que se había suprimido en 1592. Fue designado para ello don Antonio de Molina y Oviedo. El pueblo protestó enérgicamente y aquella medida sólo consiguió empeorar la situación social. El alcalde mayor asumió la función de los alcaldes ordinarios, ejercía como juez civil y criminal, representaba al rey y obligaba al concejo a respetar las leyes generales y  a atender sus obligaciones tributarias, al tiempo que supervisaba la actuación de la corporación municipal y la elección de sus miembros. Elecciones que se siguieron celebrando aunque con cierta irregularidad. Sin embargo tenemos constancia de que existía bastante resistencia a su autoridad.

En 1725, Juan Antonio Molina y Oviedo presenta su dimisión y es sustituido por Pedro Antonio de Ocampo. El nuevo alcalde mayor se encuentra con la misma situación que había dejado el anterior; los miembros del cabildo se reúnen a espaldas suya  y toman decisiones al margen de su autoridad, no obstante interviene en las elecciones y en algunos casos las suspende prorrogando durante un año más a los anteriores cargos. El ambiente es bastante tenso aunque hay muestras de que en ocasiones el alcalde mayor se aviene a ejecutar determinadas decisiones del cabildo, quizá con la intención de ganarse su favor. A pesar de ello el concejo de Zalamea se sigue resistiendo y continúa pleiteando en la corte para que le sean devueltos los Privilegios otorgados por el rey Felipe II. El 1730 es nombrado otro alcalde mayor, se trata de don Cristóbal Bernardo de Amezúa que al año siguiente suspendió a los miembros del cabildo elegidos en Enero, sustituyéndolos por otros nombrados directamente por él. Los nuevos aceptan a regañadientes, posiblemente por dos razones; una que la situación económica era mala y el cargo no le suponía ninguna ventaja y otra que aceptando por iniciativa propia suponía un desprestigio de cara al pueblo por encontrarse éste en una situación excepcional al estar los Privilegios secuestrados; y ello significaba acatar aquello por lo que el pueblo protestaba.

 Es de notar la actuación del escribano municipal Esteban Márquez que parece ser tenía una gran influencia y medraba en las decisiones del concejo y en las elecciones de los munícipes. Ese mismo año, 1730, los capitulares depuestos tuvieron que ser restituidos en sus cargos al prosperar la protesta que estos presentaron en las Cortes.

En 1735, es nombrado otro alcalde mayor, cargo que recae en esta ocasión en Juan Moreno Vallejo. Sin embargo este hombre no estaría mucho tiempo; al año siguiente las protestas de los zalameños ante el rey dan su fruto y una real provisión fechada el 18 de Febrero de 1736, devuelve los privilegios a Zalamea y cesa al alcalde mayor, reconociendo de esta manera los derechos que nuestros antepasados habían adquirido en 1592. Curiosamente en ella se advierte al escribano Esteban Márquez que no fomente discordias entre los miembros del concejo. De esta forma el pueblo recupera su autogobierno y los alcaldes ordinarios vuelven a ejercer sus funciones con plenos poderes.

07/09/2013 14:00 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

LOS VÍA CRUCIS EN EL MUNDO CATÓLICO, UN RITO. EL DE ZALAMEA, UNA JOYA CULTURAL.

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Muchos han sido los estudios realizados sobre los orígenes del Vía Crucis en Zalamea la Real, pero nunca se ha abordado desde la perspectiva que ofrece este ritual en el resto del mundo católico. Su estudio desde esta óptica ofrece unos datos interesantes.

El Vía Crucis, al contrario de ser una un elemento exclusivo entre las  manifestaciones religiosas, es  una ceremonia bastante extendida por la comunidad católica. Parece ser que sus orígenes se remontan a poco tiempo después de la muerte de Jesucristo; se inició posiblemente en el mismo Jerusalén sobre el siglo I cuando los primeros cristianos marcaron devotamente, en el camino hacia el Gólgota, algunos de los momentos por los que atravesó Jesús desde la casa de Pilatos hasta el lugar donde fue crucificado y posteriormente sepultado.

Se sabe que en tiempos del emperador Constantino, -aquel que legalizó el cristianismo en el imperio romano-, eran ya muy numerosos los peregrinos que acudían a Jerusalem para realizar algún tipo de Vía Crucis. Mucho tiempo después fueron los franciscanos los que formalizaron y difundieron la celebración del Vía Crucis como ceremonia religiosa ya que a ellos  les fue encomendada la responsabilidad de custodiar los Santos Lugares. Inicialmente no existía una forma fija de llevarlos a cabo, ya que algunos lo hacían recorriendo el camino desde la casa de Pilatos al Calvario, mientras que otros hacían ese mismo camino pero al revés. Se trataba pues sencillamente de recorrer los lugares por los que pasó Jesús en las últimas horas de su vida.

 Según hemos podido averiguar, en un principio  el Vía Crucis se componía de 7 estaciones aunque a finales del siglo XVI ya se contabilizaba en muchos de ellos 12. Probablemente fue en Europa donde se le aporta dos estaciones más para convertirla en las 14 que tendría definitivamente. A partir de mediados del siglo XVIII el Papa instó a todos los sacerdotes a sacar en procesión el Vía Crucis en sus parroquias, de donde puede provenir quizá la antigua tradición de realizar esta ceremonia en el interior de nuestra Iglesia. Como podemos ver, además, este impulso que se da al Vía Crucis a mediados del siglo XVIII coincide con los datos que se tienen en Zalamea acerca de su fundación, que nos dicen que ya se celebraba uno en Zalamea  en 1750, antecesor del que 26 años más tarde constituyera Gabriel Alejandro Sanz, cuya historia obviamos por ser de todos conocida. Aquel Vía Crucis  puede que inicialmente tuviera un recorrido distinto al de hoy  y con el que posiblemente  tengan relación  las cruces distribuidas en algunas calles de Zalamea y que aún se conservan empotradas en las fachadas de algunas casas

Recientemente, en 1991, Juan Pablo II promovió una reforma del Vía Crucis añadiéndole una estación más, aparte de otros nuevos cambios. Este nuevo ritual, hoy bastante extendido en muchas poblaciones del mundo católico occidental, cuenta con una notable diferencia con los primitivos. Mientras que el nuevo comienza en el Huerto de Getsamní, en los antiguos empieza en la Casa de Pilatos con la condena a muerte de Jesús. Como podemos comprobar ésta es una muestra más de que el nuestro se ha mantenido fiel a sus orígenes ya que hemos comprobado que la distribución de sus estaciones se corresponde exactamente con el orden primitivo anterior a la reforma de Juan Pablo II.

Como ya mencionamos anteriormente, en una primera fase,  en el  siglo XVI, el Vía Crucis tenía 12 estaciones y finalizaban con la muerte de Jesús en el Gólgota.   Con su generalización en Europa se le añaden dos estaciones más que se corresponden con el descendimiento de la Cruz y el entierro en el Sepulcro. Posteriormente en Zalamea se le incluyó una decimoquinta dedicada a la Resurrección, peculiaridad esta que caracteriza al Vía Crucis de Zalamea.

 Antes de seguir adelante debemos reseñar la sutil diferencia entre Vía Crucis y Vía Sacra. Aunque en Zalamea se le conoce indistintamente con ambos nombres debemos distinguir que Vía Sacra se refiere al recorrido físico por el que discurre  la ceremonia mientras que Vía Crucis es la denominación que se da a la  ceremonia en su conjunto. Aclarado esto, debemos detenernos  un momento para analizar un detalle que denota la antigüedad del que se celebra en nuestro pueblo, ya que si se observan  bien las tres últimas estaciones se debieron añadir al recorrido primitivo de la Vía Sacra una vez definitivamente fijada esta ya que podemos ver que en el último tramo se acumulan de una forma muy continuada las tres últimas estaciones cuando de haber sido establecidas desde el primer momento hubiesen estado mejor distribuidas a lo largo del recorrido como sucede con las 12 primeras.

Por otra parte y volviendo a referirnos a este ritual en otros lugares, hemos comprobado que existieron y aún existen algunos Vía Crucis que también tienen ciertas peculiaridades, por ejemplo, algunos no se realizan el viernes santo como es el caso de El Viso del Alcor que tiene lugar el viernes anterior al miércoles de ceniza; en Niebla se lleva a cabo el viernes de Dolores alrededor de la muralla. Otros se caracterizan por su espectacularidad como es el de los “Empalaos” de Valverde de la Vera. Por lo demás hemos encontrado numerosas cofradías de Vía Crucis que no son significativas porque se dedican a sacar en procesión una imagen durante algún día de la Semana Santa. Uno de los Vía Crucis más originales ya desaparecido, pero que fue de los primeros que se llevó  a cabo era el de Sevilla, preludio de la Semana Santa sevillana, que empezaba en la casa de Pilatos y terminaba en el templete de la Cruz de Campo.

Lo que hace único y da valor  a nuestro Vía Crucis es el conservar los elementos primitivos originales de esta manifestación religiosa a los que hemos hecho mención, además de celebrarse en la noche del Viernes Santo como los que tenían lugar originalmente en Tierra Santa. Otros elementos, como la asistencia exclusiva de hombres o la incorporación de los toques de corneta y esquila procedentes de la hermandad de la Vera Cruz, han contribuido al carácter peculiar y diferenciador de una ceremonia que es una autentica joya antropológica a conservar. 

07/07/2013 19:50 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

LA EMANCIPACIÓN DEL ARZOBISPADO (IV)

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EL PUEBLO DESPUÉS DE LA EMANCIPACIÓN

Después de haberse comprado a sí misma Zalamea obtuvo un término municipal cuya extensión estaba alrededor de los 410 Km2. Básicamente sus límites por el sur, este y suroeste son los mismos que hoy conocemos pues una reconstrucción de los amojonamientos que hizo Rado en 1582 coinciden con los que hoy existen, ya que aunque se mantuvieron litigios con Niebla y después con Valverde, una vez independizada esta población de aquella, por la situación de algunos mojones en el Valle de la Murta y en el lugar conocido como el Citolero, parece ser que el contencioso se resolvió en principio a favor nuestro. Por cierto, y a título anecdótico, este contencioso al que ya hemos hecho referencia anteriormente, duró más de cuatrocientos años, ya que hay constancia de que aún se seguía pleiteando a finales del siglo XVIII. Seguramente será uno de los procesos judiciales más largos de la historia. Así pues en aquellos momentos, por el sur se limitaba con el término de Niebla, siendo los ríos Tinto y Odiel los que marcaban los extremos orientales y occidentales del término zalameño, por el norte y por el noreste lindaba con Almonaster, Aracena y llegando hasta el Castillo de las Guarda, siendo con éste el límite de separación la ribera del Jarrama. Es por este lado nor-noreste por donde Zalamea sufrió la pérdida de una gran parte de su término, hasta un 40 %, con la emancipación de Minas de Riotinto, Nerva y El Campillo. Así pues, aunque hoy la población de Zalamea está situada casi en el extremo norte de sus límites, en la época que nos ocupa, finales del siglo XVI, se encontraba prácticamente en el centro del territorio que administraba.

 En este extenso término que hemos descrito hallamos numerosas poblaciones y en ellas habitaban, según el censo que se tomó para calcular la cantidad que había que pagar a Felipe II, 817 vecinos y medio, que nos da una población real que estaría entre 2.500 y 3000 personas, puesto que los censos se hacían por vecinos y no por individuos, habiéndose de multiplicar aquella cantidad por un coeficiente aproximado de 3,5, para que nos dé los habitantes reales.

El núcleo de mayor envergadura, y en la que residían la mayor cantidad de habitantes fue lógicamente el pueblo de Zalamea, que a partir de ese momento comenzó a denominarse “la Real”. El resto se encontraba disperso por la numerosas aldeas y lugares que se hallaban en sus tierras. Entre ellas podemos certificar  la existencia en aquellos años de los núcleos que a continuación enumeramos: en primer lugar encontramos El Villar, El Buitrón y El Buitroncillo o Buitrón Viejo, de las que tenemos constancia existían ya en 1425, por la mención que se hace en el libro de las reglas de la Hermandad de San Vicente de vecinos o lugares de esas aldeas. Posiblemente su origen se remontara a época musulmana o anterior. Igualmente hallamos la aldea de Marigenta, de la que tenemos noticias en las Ordenanzas Municipales de 1535 y que siguiendo un trabajo de Antonio Vázquez León, originario de la misma, publicado en la revista de feria de 1983, tuvo sus orígenes entre finales de 1300 y principios de 1500. Su nombre actual deriva de la aplicación del adjetivo “genta” al nombre de la virgen, que vendría a significar algo así como María la Gentil, Hermosa , Gallarda, María-genta.

 También sabemos de la existencia, en 1534, de Villanueva del Abiud, que bien pudo ser una nueva denominación de la aldea de Abiud o un nuevo habitáculo creado en las proximidades por desplazamiento de sus habitantes.  De cualquier manera ambas parecen estar estrechamente relacionadas y su origen plantea una gran interrogante por cuanto que su nombre, Abiud, es un vocablo de origen hebreo.

 Así mismo y por hacer referencia de ellas el libro de las Ordenanzas, hay que mencionar que a principios del siglo XVI existían también las aldeas de Riotinto, El Campillo, Traslasierra, Hermitaños, Las Delgadas y el Monte de Alonso Romero, que derivó más tarde por abreviación en Montesorromero. Aunque las noticias que tenemos son imprecisas suponemos que en este tiempo existían ya también otras aldeas, tales como El Pozuelo, Pie de la Sierra, Membrillo y Corralejo, así como numerosos caseríos diseminados que aún hoy siguen existiendo. La razón de tal cantidad de núcleos de población se debió a la necesidad de que existiera una dispersión poblacional con el fin de aprovechar todos los recursos que generaba tan amplio término, ya que es imposible que desde un solo punto pudiera realizarse un adecuado aprovechamiento por las dificultades lógicas de desplazamiento.

Probablemente después de la reconquista a los musulmanes y la entrega de Zalamea al arzobispo de Sevilla, todos estos lugares comenzaron a depender administrativamente del de mayor envergadura por una simple razón de concentrar el control de todos ellos en un núcleo determinado, dependencia que se convierte en definitiva en 1592 cuando nuestro pueblo se emancipa del arzobispado.

24/12/2012 20:44 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

LA EMANCIPACIÓN DEL ARZOBISPADO (III)

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LA CARTA DE PRIVILEGIOS

Continuando con el proceso de emancipación, una vez reunido el dinero, éste es llevado a la corte y  entregado a la tesorería real; de este modo, el 12 de Diciembre de 1587, se extiende por Bartolomé Portillo de Solier, tesorero general del reino, una carta de pago dando constancia de haber recibido del concejo de Zalamea la cantidad estipulada. Sin embargo, la deuda contraída por el pueblo con sus fiadores tardó en pagarse más de doscientos años ya que don Francisco Bernal cedió los derechos de cobro de ella a la Iglesia de Sevilla a la que el pueblo debió de seguir pagando durante ese tiempo.

 Pero la administración real es muy lenta, y transcurrió bastante tiempo hasta que por fin el 15 de Junio de 1592, casi cinco años después de recibido el dinero, estando en Segovia, el rey Felipe II otorga la carta de privilegios a Zalamea, haciéndola “villa de sí y sobre sí, dueña de su propia jurisdicción”. Este carta, de una vital importancia para la Zalamea de aquel entonces, tendría sus consecuencias en años posteriores y sería utilizada con frecuencia por nuestros antepasados para defender sus privilegios ante las amenazas que vinieron de diversas instituciones.

 De ella podemos extraer por significativos estos párrafos:

            “ … y os vendo a vos, el dicho concejo, justicia y regidores, escuderos, oficiales y hombres buenos de dicha villa, así a los que ahora son como a los que serán de aquí en adelante, para siempre jamás, la dicha jurisdicción civil y criminal… y os hago villa de si y sobre sí… para que en dicha villa  y en los dichos términos uséis la dicha jurisdicción”

            “… para que la gocéis perpetuamente… y que nos, ni los reyes nuestros sucesores, ahora ni en tiempo alguno no venderemos ni apartaremos… la dicha villa de Zalamea  ni su jurisdicción y términos ni la daremos a… persona alguna de cualquier calidad y condición…”

             “…y si fueredes o fueren despojados… de la tenencia y posesión… ha de hacerlo restituir y restituirán luego sin dilación alguna…”

 Hemos resaltado estos trozos de la carta de privilegio con el fin de dar una idea del alcance de ésta, ya que ello va a marcar la historia de Zalamea durante toda la Edad Moderna.

Todo este proceso se recoge en un documento de excepcional valor que conocemos como el Libro de los Privilegios, que se guarda celosamente en el archivo municipal y que se debe seguir conservando con las medidas de seguridad que exige su importancia.

05/12/2012 20:32 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

LA EMANCIPACIÓN DEL ARZOBISPADO (II)

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EL SUCESO DEL ALCALDE

Continuando con el proceso de emancipación, el 8 de mayo de 1581, Felipe II extendió una cédula por la que concede a Zalamea la jurisdicción y rentas jurisdiccionales de su propio término y la potestad de elegir sus alcaldes, oficiales y alguaciles, sin que se les pueda poner corregidor. Al año siguiente se procede a continuar con el amojonamiento y la delimitación del término para lo cual había sido comisionado, como dijimos en el capítulo anterior, el licenciado Rado, al que se le había designado un plazo de veinte días, cobrando su salario y el de su escribano, Juan Catalán, del concejo de Zalamea.

A principios de aquel año, 1582, se había procedido, como era uso y costumbre, a nombrar los miembros del concejo que regirían la villa. Estos fueron: Alonso Pérez León y Alonso Romero, alcaldes ordinarios; Andrés Pérez León y Alonso González, alcaldes de la Santa Hermandad; Juan González Lorenzo, mayordomo; Pedro Alonso Bernal, alguacil y Bernabé González, Juan Varela y Gregorio Salvador como regidores.

Don Miguel de Rado dilató el proceso de amojonamiento excesivamente, enfrentándose al concejo zalameño que se exasperaba ante la lentitud de aquél en efectuar su cometido. Ya el año anterior, dicho concejo había enviado a Juan Serrano a Almonaster, pueblo que seguía un proceso paralelo al nuestro y en el que se encontraba dicho licenciado con un requerimiento para que terminara de delimitar el término, siendo despedido con evasivas. Zalamea protestó ante el Concejo Real de Hacienda que respondió instando a Rado para que diera posesión de aquél a las autoridades de nuestro pueblo y así, el 5 de Septiembre de 1582, emprendió de nuevo su tarea. Ya en el amojonamiento se pusieron de nuevo de manifiesto las disputas entre Zalamea y Niebla por cuestiones de límites entre sus respectivos términos. En todo momento de este proceso, dicho licenciado estuvo acompañado por Juan González Lorenzo, mayordomo del concejo, como antes hemos apuntado, al que por último le hace entrega solemne de los edificios públicos, la cárcel, el pósito  y las casas del cabildo. A renglón seguido les hizo saber su intención de darles posesión de sus cargos en nombre del rey. Esto no fue del agrado de los munícipes zalameños que no entendían, según la cédula de 8 de mayo de 1581 por las que el rey les concedía la potestad de elegir sus oficiales y alguaciles sin que se les pudiera poner corregidor, que Rado había cumplido ya su función como mero juez de comisión y por tanto no podía nombrar los cargos del concejo. De esta manera le presentaron, el 20 de Septiembre de 1582, un requerimiento para que no osase molestarles en la posesión de sus varas, no obstante el licenciado insiste en su intención y les convocó con ese fin el domingo 23 de septiembre en las casa del cabildo.

En principio parece ser que su propósito era ratificar a los que ya estaban, sin embargo para algunos miembros de la corporación aquello suponía un atentado a su honor y dignidad en tanto era hacerles entrega de algo por lo que habían pagado y consideraban fuera de lugar.

Llegado el momento determinados miembros del concejo optaron por plegarse a la autoridad de  Miguel de Rado y les entregaron sus varas que éste les devolvió después de haberlas juntado con la suya como símbolo de posesión real, pero otros, encabezados por el alcalde Alonso Pérez  León, se resistieron a hacerlo adoptando una postura enérgica y orgullosa ante el corregidor. Y así, tal como aparece en los documentos:

“ habiéndosela dado no la acabó de soltar porque la mantuvo asida por un extremo della”

Para evitar un escándalo público el licenciado dio la suya propia a Juan Serrano de la calle de la Iglesia, destituyendo a Alonso Pérez León, y haciendo lo mismo con los tres regidores que le habían apoyado, nombrando a otros nuevos. Los destituidos presentaron al día siguiente una reclamación exigiendo la posesión de las rentas del almojarifazgo.

Aunque en historia ni se puede ni se debe entrar en interpretaciones ni valoraciones subjetivas, si es perfectamente destacable el valor del que hicieron gala al enfrentarse a todo un corregidor comisionado por el rey en representación suya, asumiendo los riesgos que ello podía suponer. 

18/11/2012 21:19 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

LA INCOGNITA DE GABRIEL ALEJANDRO SANZ

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Para un gran número de zalameños el nombre de Gabriel Alejandro Sanz le resultará desconocido, sin embargo para otros muchos, familiarizados con la historia de nuestro pueblo, lo identificarán de inmediato como el promotor de la Vía Sacra, esa joya religiosa y de gran valor antropológico de nuestra Semana Santa.

 La creación de la Vía Sacra y la construcción del Sepulcro han sido objeto de numerosos estudios anteriores a este artículo por lo que no es nuestra intención volver a tratar el tema. A manera de resumen, y con el fin de introducirnos en la personalidad de este controvertido personaje, haremos un resumen de la fundación del Vía Crucis y de la construcción de la ermita del Santo Sepulcro.

A mediados del siglo XVIII existía un culto al Vía Crucis, sin que podamos determinar en que año comenzó a celebrarse. En 1750 Fray Mateo de Ávila bendijo las estaciones de una Vía Sacra. En 1776 se establecería de forma definitiva promovida por D. Gabriel Alejandro Sanz, ayudado por dos curas del pueblo. Después de sortear numerosas dificultades y problemas se culminaría este Vía Crucis con la terminación de su ermita en el año 1777. Ese mismo año se colocó en su interior la imagen de Cristo Yacente  en su urna donado por la viuda de D. Juan Lorenzo Serrano.

 Pero ¿quién era Gabriel Alejandro Sanz? ¿Por qué un hombre que no es natural de Zalamea y que hacía pocos años había llegado a nuestro pueblo se toma tal empeño en promocionar un culto y construir una ermita en el pueblo?

 Sabemos que había llegado de Valencia, de donde era natural,  acompañando a su hermano Francisco Tomás Sanz para establecerse en Riotinto contratados por Samuel Tiquet, administrador general de las minas de Riotinto, en la primera mitad del Siglo XVIII, alrededor de 1740. En aquel entonces hacía las funciones de pagador, además trabajó de inspector para reconocer y descubrir nuevos filones por lo que debía descolgarse por las chimeneas de ventilación de las minas  atado a una cuerda.

 Después de la muerte de Tiquet, su hermano Francisco Tomás Sanz se hace cargo de la administración de esas minas, por lo que Gabriel Alejandro Sanz fue ascendido a contador y posteriormente notario administrador de correo y por último director de las reales Minas de Riotinto.

Curiosamente, las relaciones entre las Minas de Riotinto y Zalamea atravesaron en 1776 un momento álgido ya que Francisco Tomás Sanz entraba con frecuencia en los términos del pueblo con el fin  de talar árboles, con  la oposición de los habitantes de Zalamea que se quejaban ante el Consejo Real de los abusos del administrador.

  Parece ser que en 1777 dos vecinos de Zalamea, atentaron contra la vida de Francisco Tomás. En este contexto resulta extraño que su hermano Gabriel Alejandro Sanz tuviera tanto empeño en promover la Vía Sacra en nuestro pueblo, tomando a su costa gran parte de la financiación de las nuevas estaciones y de la ermita del Sepulcro.

 Estuvo casado con una zalameña, Feliciana García Beato, y en 1777, precisamente el año en que se construye la ermita,  sería destituido de su cargo aunque su hermano le procuraría una pensión que siguió cobrando hasta que Francisco Tomás fue retirado de su cargo al frente de las minas. Durante todo este tiempo Gabriel Alejandro Sanz se empeñó en promover el culto al Vía Crucis en Zalamea.

Todo induce a pensar que se quedó a vivir aquí después de la marcha de su hermano. Era un hombre polifacético, aficionado a realizar experimentos científicos y a escribir sobre nuevos métodos y prácticas industriales. De este modo conocemos sus escritos sobre el lino y las abejas, por cierto dos actividades muy pujantes en la Zalamea del siglo XVIII. Tenemos constancia  que presentó una solicitud para explotar las Minas del Castillo de El Buitrón donde residió algún tiempo para curarse de una grave enfermedad. En 1783 solicitó ser declarado fundador y mayordomo perpetuo del Santo Sepulcro así como  autorización para ser enterrado allí a su muerte, petición que le fue concedida por el prior de las ermitas el 3 de Agosto de 1784. Sin embargo hoy sabemos que no pudo ver cumplido su sueño de ser sepultado en la ermita que construyó. Gabriel Alejandro Sanz falleció en Zalamea a finales de Agosto del año 1791. El 31 de agosto de ese año se le ofreció una misa cantada y vigilia en el Sepulcro y el día 1 de Septiembre fue enterrado en la Iglesia Parroquial. Sin embargo si cumplió la primera parte de su deseo y estuvo dirigiendo y rindiendo cuentas de la obras piadosas y limosnas hasta sus últimos años de vida. En la ermita se le erigió una placa que fue quitada en una restauración posterior.

La incognita de si Gabriel Alejandro Sanz comenzó a promover la construcción del Sepulcro llevado por una autentica devoción religiosa o para ganarse el agradecimiento de los zalameños interviniendo en algo que por aquel entonces llegaba a su corazón, la religión, aliviando de esta manera los enfrentamientos que se habían vivido entre aquellos y la Compañía de Riotinto.

 Puede que algo de esto último tuviera algún sentido ya que en 1777 las autoridades zalameñas, a pesar de las continuas reclamaciones contra las minas le reconocieron méritos a Francisco Tomás. No es de extrañar que tuviera alguna influencia el hecho de estar casada con una zalameña. Desde luego fue un hombre constante y con una cierta dosis de oportunismo. En cualquier caso nos consta  que con el tiempo se convirtió en un zalameño más ganándose el respeto y la consideración de sus paisanos.

 Manuel Domínguez Cornejo          Antonio Domínguez Pérez de León

08/05/2012 23:31 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

EL LIBRO DE LOS PRIVILEGIOS 1579-1592 (y III)

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LA CARTA DE PRIVILEGIOS Y LA FIRMA DEL REY

La delimitación del término y su entrega al Concejo de Zalamea no supuso el fin de los problemas. Parece ser que la desmembración de Zalamea del arzobispado no fue del agrado de aquella dignidad eclesiástica ya que hay constancia de ciertas reclamaciones del Arzobispo sobre la villa que Felipe II se vio obligado a responder con un albalá (disposición real) de 16 de marzo de 1583, ordenando a aquel cesase sus exigencias sobre el pueblo.

             Entretanto, el dinero prestado a Zalamea es transportado a la hacienda real donde por fin llega y después de las comprobaciones obligadas, el 12 de Diciembre de 1587, se extiende por Bartolomé Portillo de Solier, tesorero general del reino, una carta de pago dando constancia de haber recibido del concejo de Zalamea la cantidad estipulada. Sin embargo la deuda contraída por el pueblo con sus fiadores tardó más de  doscientos años en pagarse. Por cierto que D. Francisco Bernal cedió los derechos de cobro de ella a la Iglesia de Sevilla a la que la villa debió de seguir pagando durante ese tiempo.

             Pero la lentitud de la administración de Felipe II es proverbial y el reconocimiento de los derechos que adquirían los zalameños por la compra de su señorío tardó en producirse. Por fin el 15 de Junio de 1592, estando en Segovia, el rey Felipe II, aquél en cuyos dominios nunca se ponía el sol, otorga Carta de Privilegio a Zalamea, haciéndola “ villa de sí y sobre sí”, dueña de su propia jurisdicción. De ella podemos extraer, por significativos, estos párrafos:

 “… y os vendo a vos, el dicho concejo, justicia y regidores, escuderos, oficiales y hombres buenos de dicha villa, así a los que ahora son como a los que serán de aquí en adelante, para siempre jamás, la dicha jurisdicción civil y  criminal… y os hago villa de sí y sobre sí… para que en la dicha villa y en los dichos términos uséis la dicha jurisdicción…”

“…para que la gocéis perpetuamente, … y que nos, ni los reyes nuestros sucesores, ahora ni en tiempo alguno no venderemos ni apartaremos… la dicha villa de Zalamea ni su jurisdicción y términos ni la daremos a … persona alguna de cualquier calidad y condición”

“… Y si fuéredes o fueren despojados… de la tenencia y posesión… ha de hacerlo restituir y restituirán sin dilación alguna”

 Todo un auténtico status de  autonomía política, administrativa y económica.

Finaliza la Carta  de Privilegio con la firma autógrafa del rey certificada por su secretario.

             Hemos resaltado estos trozos de la Carta de Privilegio con el fin de dar una idea del alcance de ésta ya que ello va a marcar lo que será la historia de Zalamea durante toda la Edad Moderna y que tendremos ocasión de comentar en otros artículos.

             Todo este proceso, con la firma real a la que hemos hecho referencia, se recoge en un documento de excepcional valor que conocemos como el “Libro de los Privilegios” que se conserva aún en el archivo municipal y que se debe seguir conservando  a toda costa con las medidas de seguridad que exige su importancia.

Manuel Domínguez Cornejo         Antonio Domínguez Pérez de León

Imagen de la foto: Última hoja del Libro de los Privilegios. En la parte superior de la imagen se aprecia la firma real autógrafa (Yo El Rey) refrendada más abajo por su secretario

12/07/2011 23:28 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

EL LIBRO DE LOS PRIVILEGIOS 1579-1592 (II)

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EL ENFRENTAMIENTO ENTRE EL ALCALDE Y EL COMISIONADO REAL

Después de ser anulada la venta de Zalamea al marqués, se inicia la delimitación del término que por aquel entonces era aún impreciso y que era necesario concretar, pero en aquel entretanto muere en el ejercicio de su cometido el licenciado Álvaro de Santander, el comisionado real desplazado a Zalamea con el fin de llevar a cabo el proceso, ocupando su cargo interinamente el doctor Burgos de Paz que lo ejerció hasta el nombramiento de don Miguel de Rado como juez de comisión para terminar de amojonar el término y entregarlo a las autoridades de Zalamea.

 Pero el primer problema surge cuando  se trata del dinero que había que entregar al rey para comprar nuestra propia jurisdicción -15 cuentos (millones) 104.190 maravedíes. No disponiendo el  pueblo de esa cantidad en efectivo tuvo que embargar los bienes de propio y tomar un préstamo de doña Brígida de Arco Corso, saliendo como fiador un zalameño ilustre de aquella época, Don Francisco Bernal Estrada. Este hombre, nacido en Zalamea, alcanzó muy joven altos cargos eclesiásticos en Jerez y Sevilla.

 Una vez garantizados los fondos, el ocho de Mayo de 1581 Felipe II extendió una cédula por la que se concedía a Zalamea la jurisdicción y rentas jurisdiccionales de su propio término y la potestad de elegir sus alcaldes, oficiales y alguaciles, sin que se les pueda poner corregidor. Al año siguiente se procede a continuar con el amojonamiento y la delimitación de territorio para la cual había sido comisionado, tal como dijimos, el licenciado Rado al que se le había asignado un plazo de veinte días, cobrando su salario y el del escribano, Juan Catalán, del concejo de Zalamea.

 Mientras tanto, al principio de aquel año, 1582, se había procedido como era uso y costumbre, a nombrar los cargos del concejo  que regían la villa. Estos fueron, Alonso Pérez León y Alonso Romero, alcaldes ordinarios; Andrés Pérez León y Alonso González, alcaldes de la Santa Hermandad; Juan González Lorenzo, mayordomo; Pedro Alonso Bernal, alguacil; y Bernabé González, Juan Varela y Gregorio Salvador, como regidores, cargo equivalente al de los actuales concejales.

 Don Miguel de Rado, dilató el proceso de amojonamiento excesivamente, enfrentándose al Concejo que se exasperaba ante la lentitud de aquel en efectuar su cometido. Ya el año anterior, dicho concejo había enviado a Juan Serrano a Almonaster - pueblo que seguía un proceso paralelo al nuestro y en el que se encontraba dicho licenciado - con un requerimiento para que terminara de delimitar el término, siendo despedido con evasivas. Zalamea, protesta ante el Consejo Real de Hacienda que responde instando a Rado para que dé posesión de aquel a las autoridades de nuestro pueblo y así el 5 de Septiembre de 1582 , emprendió de nuevo su tarea. Ya en el amojonamiento se pusieron de nuevo de manifiesto las disputas entre Zalamea y Niebla por cuestiones de límites entre sus respectivos términos, a los que ya hemos hecho referencia en un artículo anterior (Los límites entre Zalamea y Valverde, un pleito de mas de 400 años). En todo este proceso estuvo acompañado por Juan González  Lorenzo, mayordomo del Concejo, como antes dijimos, al que por último le hace entrega solemne de los edificios públicos, la cárcel, el pósito y las casas del  Cabildo. A renglón seguido les hizo saber su intención de darles posesión de sus cargos en nombre del rey.

             Esto no fue del agrado de los munícipes zalameños que entendían , según la cédula de 8 de Mayo de 1581 por la que el rey les concedía la potestad de elegir sus cargos sin que se le pudiera poner corregidor, que Rado había cumplido ya su función como mero juez de comisión y por tanto no podía nombrar los cargos del concejo. De esta manera le presentaron, el 20 de Septiembre de 1582, un requerimiento para que no osase  molestarles en la posesión de sus varas. No obstante el licenciado insiste en su intención  y les convoca con ese fin el domingo, 23 de septiembre en las casas del Cabildo.

            En principio parece ser que su propósito fue la de ratificar a los que ya estaban, sin embargo para algunos miembros de la corporación aquello suponía un atentado a su honor y dignidad en tanto que era hacerles entrega de algo por lo que habían pagado y que consideraban fuera de lugar. Llegado el momento, determinados miembros del concejo optaron por plegarse a la autoridad de Miguel de Rado y les entregaron sus varas que éste les devolvió después de haberlas juntado con la suya como símbolo de posesión real, pero otros, encabezados por el alcalde Alonso Pérez León, se resistieron a hacerlo adoptando una postura enérgica y orgullosa ante el corregidor extendiendo sus varas pero sin soltarlas. Y así, tal como aparece en los documentos, “…habiéndosela dado no la acabó de soltar porque la mantuvo asida por un extremo de ella” Y para evitar un escándalo público el licenciado “…dio la suya propia a Juan Serrano, de la calle de la Iglesia…”, destituyendo a Alonso Pérez León, y haciendo lo mismo con los tres regidores que le habían apoyado, nombrando a otros nuevos. Los destituidos presentaron al día siguiente una reclamación exigiendo la posesión de las rentas del almojarifazgo.

 Aunque en Historia no se puede ni se debe entrar en interpretaciones ni valoraciones subjetivas, si es perfectamente destacable el valor del que hicieron gala al enfrentarse a todo un corregidor comisionado por el rey, asumiendo los riesgos que aquello podía suponer. 

Imagen de la foto: Primera página del Libro de los Privilegios de Zalamea la Real

Manuel Domínguez Cornejo          Antonio Domínguez Pérez de León

30/06/2011 01:16 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

EL LIBRO DE LOS PRIVILEGIOS. 1579-1592 (I)

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LA EMANCIPACIÓN DEL ARZOBISPADO DE SEVILLA

 Durante una gran parte de la Edad Media, trescientos años exactamente, Zalamea perteneció a un  señorío eclesiástico, el del arzobispado de Sevilla, pero este hecho cambia radicalmente en el último tercio del siglo XVI.

             Todo comienza cuando en 1574, el papa Gregorio XIII, en agradecimiento a los servicios prestados por Felipe II en la guerra contra los infieles, emite una bula que le autoriza a apropiarse de los lugares y villas de la Iglesia de renta inferior a 40.000 ducados. Esto permite al rey que en 1579 haciendo uso de dicha bula, separe la villa de Zalamea  de la dignidad arzobispal con efectos de 1 de Enero de 1580. Con esta reesolución se iniciaba para nuestro pueblo un largo proceso que culminaría 12 años más tarde.

             El hombre que trajo la noticia a Zalamea fue Juan Ruiz Carillo, enviado “ex profeso” por el rey, que informó a los munícipes zalameños de la decisión real y  tomó los datos de población y renta,  marchándose a continuación. Meses después es enviado el licenciado Álvaro de Santander para tomar posesión de la villa y nombrar los cargos del concejo en nombre del rey y haciéndole saber que éste piensa respetar sus usos y costumbres. Más tarde por una cédula de 20 de Febrero de 1580, la vendería a Don Francisco de Guzmán, marqués de la Algaba. Algunos historiadores locales hacen referencia a que la primera venta fue a Don Nicolás de Grimaldo, príncipe de Salerno. Sin embargo, todo apunta a que este actuó como intermediario, siendo probablemente una especie de procurador de la corte que medió en la operación para proceder a la venta más conveniente. De cualquier manera la venta real y efectiva es al mencionado marqués. No obstante, el licenciado Álvaro de Santander hizo saber al concejo y habitantes del pueblo que si lo deseaban podían redimirse de la venta, pagando al rey la misma cantidad por la que se le vendía a don Francisco de Guzmán, disponiendo para decidirlo de cuatro meses. ¿Estamos quizá ante una hábil maniobra para conseguir más rápidamente dinero del que el rey no andaba sobrado precisamente? Cualquier respuesta a esta pregunta entra en el terreno de las conjeturas.

              El caso es que los habitantes de Zalamea, encabezados por aquellos vecinos que ocupaban una posición relevante dentro del pueblo tomaron la determinación de aceptar esta condición y solicitaron del rey el poder redimirse a sí mismos pagando la cantidad que se estableciera.

             Esta opción fue probablemente decidida por este grupo de personas que gozaban de un status social elevado y a los que no se les escapó las ventajas que la compra del pueblo podría suponer para ellos, tanto económica como socialmente.

             Y en efecto, ellos fueron los más favorecidos en esta transacción ya que la nueva situación del pueblo, que así gozaría de una cierta autonomía en su gobierno, les permitió consagrar tanto sus privilegios como el goce de sus posesiones sin necesidad de tener que rendir cuentas a ningún señor, aunque indiscutiblemente también el pueblo salió favorecido en gran medida, por cuanto suponía el disfrute común de muchos terrenos que se convirtieron en bienes de propio.

 La cantidad que se estableció, y que Zalamea debería pagar fue de 16.000 maravedíes por cada vecino y cuarenta y dos mil quinientos por cada mlllar de rentas jurisdicionales.

             Teniendo en cuenta que existían en ese momento 867 vecinos y medio (el cómputo se hacía por cábezas de familia, ocupantes de una vivienda), la cantidad total se ajustó en 15 cuentos (millones) 104,190 maravedíes.

 La venta al marqués es anulada. Pero queda por delante un camino tortuoso y lleno de dificultades.

Manuel Domínguez Cornejo       Antonio Domínguez Pérez de León

18/06/2011 21:03 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

LAS ORDENANZAS MUNICIPALES DE ZALAMEA DE 1535

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El documento de mayor valor conservado en el archivo municipal de Zalamea la Real es sin lugar a dudas el Libro de las Ordenanzas de 1535. Se trata de un libro en pergamino manuscrito de un valor material incalculable, aceptablemente conservado,  que es incuestionablemente una de las joyas de nuestro Patrimonio Cultural e Histórico.

Redactadas en 1534 y aprobadas un año más tarde por el arzobispo de Sevilla y señor de Zalamea, Don Alonso Manrique de Lara, hermano del famoso poeta castellano, su lectura nos traslada, como si de una máquina del tiempo se tratara, casi 500 años atrás y nos sumerge en una Zalamea que no parece tan lejana como se puede suponer. Es posible, además, que estas ordenanzas sean una actualización de otras anteriores en las que se aumentan las penas y sanciones y  se amplían los capítulos  ajustándolos a las necesidades del momento. Todos los expertos que las han estudiado coinciden en valorar su aspecto práctico y real, en contraposición a otras en las que se limitaban a copiar un modelo. Sin embargo el estudio comparativo de estas ordenanzas con otras similares nos lleva a pensar que también en este caso se siguió un modelo establecido, especialmente en algunos capítulos, sin embargo las  numerosas referencias que hay en el texto a situaciones, costumbres y lugares del pueblo, muchos de los cuales son perfectamente identificables hoy, 477 años después  indican que al margen de haber seguido un guión predefinido, su redacción se ajusta minuciosamente a la realidad, necesidades y formas de gobierno de Zalamea.

Deteniéndonos en su contenido el libro consta de 133 capítulos, a los que hay que añadir los cinco de las rentas del almojarifazgo y las rentas de la alcaidía. La distribución de estos capítulos es irregular y generalmente se agrupan todos los referidos a un mismo tema aunque en ocasiones puede aparecer un capítulo aislado entre otros de diferente asunto.

El estudio de estas reglas refleja como era la vida de Zalamea al final de la Edad Media. Un pueblo que pretendía autoabastecerse y por tanto dictaba unas normas que protegían su economía local. Su lectura nos permite conocer y valorar fundamentalmente los aspectos económicos de la población, sin embargo entre sus líneas salen a la luz costumbres y usos de la época y especialmente un aspecto que por aquel entonces tenía un enorme valor para los habitantes de nuestro pueblo, aspecto que hoy se ha definido como ecológico, y que no era otro que la necesidad de conservar los recursos naturales por razones estrictas de supervivencia.  Sencillamente, había que conservar y respetar la naturaleza porque era el pilar fundamental de su economía. Por ello estas ordenanzas pueden considerarse como paradigma de lo que era un sistema económico en consonancia con el medio ambiente.

Por ellas sabemos que la principal riqueza del pueblo eran las dehesas de encinas y alcornoques,  bienes de propios, a las que se dedican 29 capítulos que regulan su aprovechamiento y su protección. No olvidemos que la bellota era en aquella época un  producto de primera necesidad tanto para los animales como para la alimentación humana.

Le sigue en importancia la regulación de los cultivos, viñas, huertas, heredades y sementeras, que se extiende a lo largo de 17 capítulos; circunstancia lógica en una economía agrícola; entre ellas nos llama la atención  una actividad hoy desaparecida, el cultivo de la vid para la producción de vino

La carne y su venta en carnicerías es objeto de 14 capítulos que ponen especial énfasis en las condiciones sanitarias y de comercio para el abastecimiento de la población.

Las bestias y ganados, las primeras como instrumentos de trabajo y las segundas como fuente de aprovisionamiento, ocupan 15 capítulos, Entre ellos la regulación de la boyada municipal es un aspecto de gran interés, por lo que refleja una estructura comunal en la explotación de la riqueza.

Nueve capítulos ocupa el uso de las aguas. En ellos se dispone sobre la conservación, uso y mantenimiento de fuentes y corrientes de agua. Se trata de un bien escaso que debe ser minuciosamente controlado para evitar el abuso y la contaminación. Sorprende encontrar en estos capítulos algunas fuentes, riveras y charcos que han conservado sus nombres a través del tiempo y que aún hoy siguen llamándose así

Los impuestos y la regulación de la venta y compra son objeto de 13 capítulos, incluidos los cinco de las rentas del almojarifazgo. En este sentido se procura llevar un control de las mercancías que entran y salen del pueblo, evitando que puedan introducirse materias cuando hay existencias procedentes de la producción propia, como es el caso del vino, prohibiéndose la importación cuando hay cosecha propia.

La forma de gobierno se trata en 8 capítulos. En ellos se dispone la forma en que han de proceder los alcaldes y demás oficiales de la villa, cómo y cuándo han de elegirse y cuáles son sus obligaciones, estableciéndose penas y sanciones  para cuando no las cumplan como deben.

Hay temas que ocupan capítulos sueltos, pero que para el concejo tienen también su importancia, entre ellos hallamos asuntos como la construcción de casas, la regulación de la venta del pan y del vino,  los ejidos, los lobos, las colmenas y el fuego.

Conviene reseñar que en estas ordenanzas se establecieron normas que con el tiempo se convirtieron en costumbres que siguieron practicándose muchos años después de que las ordenanzas dejaran  de tener vigor. Muchas de ellas perduraron hasta tiempos bien recientes, por ejemplo cómo avisar a los vecinos mediante toques de campana para acudir a apagar los fuegos, o cómo proceder en  la quema de los rastrojos.

Las Ordenanzas terminan con su ratificación por el provisor de Sevilla, el licenciado Temino, en nombre del Cardenal.

Pero el libro guarda además de las ordenanzas propiamente dichas algunas sorpresas. Resulta que al final quedaron algunas páginas en blanco que se utilizaron posteriormente para hacer anotaciones y cálculos y entre ellos hay una que merece resaltar. Se trata de un breve texto que un joven estudiante que tuvo el libro entre sus manos, dedica con afecto y reconocimiento a su maestro y en el que se puede leer:

“De la mano y pluma de mi  Jerónimo Fernández, discípulo menor del señor maestro fray Cristóbal que Dios guarde muchos años y bueno y que es ermitaño en San Vicente y da escuela en San Vicente y que Dios le de salud, en Zalamea en veintiuno del mes de Agosto de 1.6… (ultimas dos cifras ilegibles)

Es sin duda la primera referencia documental a una escuela existente en Zalamea que parece ser se ubicó en la ermita de nuestro patrón.

En definitiva, un documento que nuestros antepasados han sabido guardar celosamente durante casi 500 años y que nosotros tenemos la enorme responsabilidad de conservar para las generaciones futuras.

Manuel Domínguez Cornejo          Antonio Domínguez Pérez de León

19/05/2011 20:26 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

UNA PROCESIÓN DE ZALAMEA EN EL SIGLO XVI

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Vamos a intentar en las próximas líneas describir lo que fue un desfile procesional religioso a finales del siglo XVI en Zalamea con el fin de que, además de ilustrarnos sobre los orígenes de la actual Semana Santa, pueda servirnos como referencia a la hora de estudiar la evolución  de dichas procesiones.

Antes de comenzar creemos conveniente introducirnos en lo que era Zalamea en aquel entonces con el objeto de ponernos en situación. Esto nos va a permitir en gran medida comprender los hechos que narraremos más tarde.

 En primer lugar hay que decir que estamos hablando de un periodo comprendido entre 1581 y 1599, es decir, han transcurrido desde entonces más de cuatrocientos años. En aquel tiempo  el pueblo era conocido como Zalamea del Arzobispo y contaba con 817 vecinos incluyendo los habitantes de las aldeas. Desde 1581 había iniciado un proceso de emancipación del arzobispado de Sevilla, suficientemente tratado y conocido, que culminó  en 1592 con su anexión a la corona de Castilla que  ostentaba Felipe II.

 En lo que se refiere al gobierno municipal, el pueblo estaba administrado por un alcaide mayor, representante de la autoridad arzobispal, dos alcaldes ordinarios, que en los actos públicos llevaban una vara para que se les reconociera como tal, cuatro regidores, equivalentes a los actuales concejales, un mayordomo, figura ésta de importancia, ya que era el encargado de custodiar y administrar los bienes del concejo, todos ellos asistidos por un alguacil y un escribano que hacía las veces de notario público. El cabildo o conjunto de gobernantes municipales se reunía semanalmente, y a él podían asistir todos los “hombres buenos” del pueblo, es decir los varones adultos, cristianos viejos y de reconocida honradez.

 Zalamea era un pueblo bien distinto del que hoy podemos ver y sería difícilmente reconocible por una persona que viva en la actualidad. Solo sería identificable la disposición de  la parte más antigua del pueblo. Las casas se agrupaban alineadas en una pocas calles; éstas serían Calle La Plaza, La Iglesia, Castillo, Olmo, Don Manuel Serrano, prolongándose hacía la Plaza de Talero, Fontanilla, Rollo y Tejada. Los edificios más significativos que distinguían al pueblo en aquel entonces eran la Iglesia y las Ermitas. La Iglesia,  con una configuración muy distinta a la actual, más pequeña, tenía tan sólo dos naves y un campanario de menor altura que nuestra actual torre. Estaban ya construidas la ermitas de San Sebastián, San Vicente y Santa María de Ureña, hoy dedicada a San Blas. Todas quedaban entonces a extramuros del pueblo. Las calles eran de tierra, las casas, normalmente bajas, de una sola planta y grandes corrales con paredes de piedra. No había iluminación que alumbrase las vías públicas una vez que se hacía de noche,  salvo alguna luminaria que pudiera colocarse en algún lugar de  concurrencia, con lo que el pueblo después de ponerse el sol se sumía en la  oscuridad más absoluta.

 No existían escuelas y un porcentaje muy elevado de zalameños eran analfabetos. La enseñanza estaba restringida para los hijos de familias acomodadas y la recibían normalmente de manos de canónigos o frailes que dedicaban parte de su tiempo a esos menesteres. Las actividades cotidianas comenzaban al amanecer y tocaban fin cuando las primeras sombras de la noche hacían su aparición, retirándose la gente a sus casas muy temprano. Zalamea era eminentemente agrícola y ganadera y se regía por unas normas recogidas en unas Ordenanzas Municipales desde 1535.

 La vida social giraba en torno a la religión hasta el punto que las actividades cotidianas venían determinadas por los toques de campana que llamaban a oración; la mentalidad de aquellos tiempos hacía pensar al hombre que la solución a sus problemas estaba en la religión: la curación de sus enfermedades, el éxito de sus cosechas, etc.. La práctica totalidad de las fiestas tenían carácter religioso.

 Todo lo dicho hasta ahora nos permite aproximarnos a lo que fue la vida de nuestro pueblo a finales del siglo XVI y nos ayudará a comprender lo que describimos a continuación. Pasemos ahora a hablar de lo que fue una procesión en aquel tiempo.

 No existía una Semana Santa propiamente dicha y en el marco de las convicciones religiosas y costumbres se llevaba a cabo una sola procesión que tenía lugar el jueves por la noche.

De esta manera, el día señalado, una vez anochecido, un toque de trompeta con “cadencia de dolor” anunciaba el comienzo de la procesión. Se iniciaba, partiendo desde la Iglesia, un desfile encabezado por un gran crucifijo portado por un clérigo vestido con su ornamento  característico; a continuación desfilaban seis cofrades con túnica negra  y hachas o velones encendidos y a continuación la imagen de una virgen, vestida de luto  y llevada por seis penitentes  negros, seguidamente  desfilaban los restantes cofrades de túnica negra con sus velas o hachas encendidas que rodeaban a los hermanos  cofrades vestidos de blanco. Estos llevaban el torso descubierto para disciplinarse, es decir se flagelaban, - azotaban -, con un manojo de latiguillos a los que algunos añadían una especie de pelotillas con vidrios incrustados; circunstancia ésta que estaba expresamente prohibida por considerarse una forma de alarde. Así, con la tenue luz que desprendían las velas  recorrían una buena parte de las calles del pueblo. Por delante de la procesión iba una cruz roja con una especie de pañuelo negro llevada por un cofrade que de esta manera advertía de  la proximidad de la procesión, acompañado siempre por la trompeta que repetía de vez en cuando su toque cadencioso y triste.

 Al final se disponía de una especie de servicio de higiene para lo cual la hermandad designaba algunos cofrades que con paños y agua  limpiaba las espaldas de los hermanos de Sangre.

Bien entrada ya la noche la procesión se recogía de nuevo igual que había comenzado, en un silencio profundo con el único sonido lejano de la corneta y con el sordo chasquido de las disciplinas sobre las espaldas de los penitentes blancos.

La procesión que acabamos de reconstruir no es una ficción, se trata de una reconstrucción basada  en los documentos  de la época y ofrece una imagen bastante fidedigna de cómo debió desarrollarse en la realidad. Es posible que alguien se sienta tentado de calificarla como una babarie o espectáculo cruento, pero los hechos del pasado ni se pueden justificar ni tampoco juzgar con la mentalidad del presente, en cualquier caso este tipo de procesiones eran muy comunes en los reinos de España y respondían a la  mentalidad a la que hacíamos referencia más arriba.

En Zalamea era realizada por la Hermandad de la Vera Cruz, a finales del siglo XVI y fue el germen de nuestra Semana Santa actual y en la que aún pueden distinguirse algunos elementos reconocibles: La existencia de penitentes negros que eran los encargados como hemos podido ver de alumbrar la procesión con sus hachas o velones y que por ello eran llamados hermanos de luz, y penitentes blancos, vestidos con túnica de ese color  y que se azotaban durante toda la procesión y consecuentemente eran llamados hermanos de sangre. Otro vestigio  lo encontramos en el toque de trompeta que advierte del paso durante el Vía Crucis.

 Manuel Domínguez Cornejo        Antonio Domínguez Pérez de León   

21/04/2011 13:32 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

EL ALCALDE DE ZALAMEA DE LOPE DE VEGA. UNA DUDA RAZONABLE

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         En ningún momento habíamos llegado a poner en tela de juicio, en el tiempo que llevamos investigando sobre la historia de Zalamea la Real, que el suceso original que da pie al drama titulado "El alcalde de Zalamea" ocurriera en Zalamea de la Serena.  Por un lado admitíamos algo que es comúnmente aceptado en círculos literarios y por otro siempre hemos creído que en nuestro pasado hay suficientes hechos de interés que justifican la entidad histórica de nuestro pueblo sin necesidad de ser identificado con el de la obra dramática. Sin embargo, desde hace unos años, algunas circunstancias han venido a sembrar en nosotros la duda y, cediendo a la natural inclinación humana por la curiosidad, decidimos dedicar algún tiempo a su investigación, investigación que, como veremos, nos deparó pequeñas sorpresas.

             Todo empezó en el año 1995 cuando se recibe en Zalamea - la nuestra - una carta de un vecino de Zurbarán (Badajoz) que hacía referencia a un texto del libro "La Hegemonía Española" de la Historia Universal de la Editorial Daimon. Consultada la referencia, en ella se asegura que el suceso tiene lugar en una aldea de la provincia de Huelva. Evidentemente Zalamea la Real. En un primer momento seguimos sin darle importancia pero en 1998 se publica la obra "Felipe II y su tiempo" de Manuel Fernández Álvarez por la Editorial Espasa, obra muy completa y documentada sobre la época de Felipe II; pues bien su autor asegura, en la página 218, que la Zalamea de Pedro Crespo es Zalamea la Real. Son ya dos afirmaciones  en el mismo sentido y esta última no puede tomarse a la ligera por cuanto la realiza todo un catedrático de Historia, reconocido especialista en la Edad Moderna. Cualquiera comprenderá que la cuestión merece, al menos, que se le dedique algún tiempo.

             Como es lógico la principal fuente de información se centra en la obra de teatro en sí. "El Alcalde de Zalamea" pertenece al género que en literatura es conocido como de "historia y leyenda española", en él se agrupan las obras que tienen como fondo argumental un hecho histórico o leyenda que en la época alcanza cierto difusión y que el autor utiliza modificando, a veces, el argumento para darle fuerza dramática e introduciendo personajes nuevos hasta el punto que, en ocasiones, el suceso original queda disfrazado de manera que resulta difícil reconocerlo. En el caso de "El alcalde de Zalamea" vamos a dar por supuesto la veracidad del suceso aunque sin determinar de principio dónde, cuándo y cómo.

            Antes de continuar hay que recordar, quizás para aclarar la perplejidad que en algunos puede haber causado el título de este artículo, que, como muchos de ustedes ya sabrán, existen dos versiones de "El alcalde de Zalamea"; una, la más conocida y también la que según los expertos alcanza mayor riqueza literaria y dramática, es aquella de la que es autor Calderón de la Barca, pero existe otra, más desconocida, con el mismo título, atribuida a Lope de Vega. La primera que se escribió, alrededor de 1610, fue la de Lope, la de Calderón es posterior, sobre 1642. Parece ser que Calderón toma la idea de Lope, modificando algo el argumento y algunos personajes, aunque bien es verdad que enriqueciéndolo literariamente hasta el punto de que con el tiempo oscureció la primera. En ninguna de las dos se aclara terminantemente a cual de las dos "Zalamea" se refiere. Justo es reconocer que en el "Alcalde" de Calderón hay indicios que hacen pensar que pudo tratarse de Zalamea de la Serena; en él se habla de que el grueso de las tropas al que pertenecen los soldados que entran en el pueblo se halla en Llerena y que su maestre de campo, Lope de Figueroa, se encuentra  en Guadalupe, ambas poblaciones extremeñas. En relación con Lope de Figueroa, que aparece en ambas obras, conviene significar que es un personaje que existió realmente; se trata de un militar que estuvo en Flandes con el duque de Alba y parece ser participó también en la campaña de Portugal. Como veremos más adelante, este detalle puede tener también su importancia.

             Continuando con la obra de Calderón,  el contexto en el que se desarrolla hace suponer que las tropas se dirigen a Portugal o regresan de allí. Está comprobado que en 1580 Felipe II concentra tropas en Badajoz con el fin de hacerlas entrar en Portugal, precediéndole,  para dar apoyo militar a sus derechos dinásticos al trono luso y Zalamea de la Serena se encuentra próxima a esa ruta.

             Sin embargo leyendo con detenimiento la obra de Lope, que no olvidemos fue la primera en escribirse y por lo tanto la más cercana al suceso original, advertimos algunos detalles dignos de tener en consideración. En primer lugar no hay referencias ni a Llerena ni a Guadalupe, se habla sólo de soldados que pasan por el pueblo y se alojan en él, van también a hacer la campaña de Portugal pero parece que el rey tiene intención de enviar el tercio de Lope de Figueroa, como así lo confiesa él mismo, a las islas Terceras (Azores) para mantenerlas en orden y evitar que de allí pueda partir alguna rebelión, con lo que bien pudiera ir a embarcarse en algunos de los puertos andaluces, lo que sitúa a nuestra Zalamea en su ruta. En segundo lugar se mencionan dos personajes significativos que no figuran luego en el "alcalde" de Calderón: Bartolo el de Berrocal y Juan Serrano;  el primero tiene como referencia de origen del personaje un pueblo cercano al nuestro con el que se mantuvo una gran relación en tiempos pasados; el segundo es un personaje cuya existencia real está documentada en  Zalamea, en el Libro de los Privilegios, primero como regidor y después como alcalde, precisamente en el periodo en el que se sitúan los hechos (1580 - 1583).

 En la versión de Lope sorprende, por otra parte, el uso de expresiones, apellidos y nombres que fueron muy comunes en nuestro pueblo, aunque, para no faltar a la verdad, hay que decir que pudieron serlo también de cualquier otro pueblo del sudoeste peninsular.

             Veamos ahora cuándo pudieron tener lugar los hechos. Menéndez y Pelayo supone que el suceso debió ocurrir entre 1580 y 1581 por los indicios que se contienen en ambas obras. Efectivamente en ellas se habla, como ya hemos dicho, del envío de tropas a Portugal para apoyar los derechos dinásticos de Felipe II al trono del país vecino, país al que se desplaza el propio rey en persona siguiendo al ejercito, hechos que acaecen en aquellos años, aunque no es descartable que pudieran ocurrir también al regreso, que se produce en 1583.

             En ese periodo nuestro pueblo, en aquel tiempo Zalamea a secas ya que el apelativo la Real lo obtuvo más tarde, se encuentra inmerso en un proceso de emancipación del señorío arzobispal y anexión a la corona. Desgraciadamente las actas capitulares correspondientes a esos años desaparecieron del archivo municipal y el único documento que aporta información es el Libro de los Privilegios de 1592. En él no aparece ningún alcalde llamado Pedro Crespo pero se narra un suceso ocurrido el 21 de Septiembre de 1582 en el que un alcalde ordinario, Alonso Pérez León, se enfrenta a un juez comisionado real que pretende desposeerlo de su vara haciendo caso omiso de un privilegio concedido un año antes; se trata de un hecho en el que se defiende el honor y la dignidad de un pueblo ante el abuso de autoridad del comisionado. Por cierto la persona a la que éste nombra nuevo alcalde es ¡Juan Serrano! que a la sazón vivía en la calle de la Iglesia

             Hay otro aspecto que conviene resaltar. Durante su desplazamiento de Madrid a Lisboa para coronarse rey de Portugal, Felipe II despacha con frecuencia asuntos relacionados con nuestro pueblo, en concreto firma de su puño y letra seis documentos relacionados con el proceso de emancipación del arzobispado, el primero es un alvala fechado en Madrid el 25 de Diciembre de 1579; antes de partir hacia Lisboa firma otros dos, una carta de privilegio el 19 de febrero de 1580 y al día siguiente, 20 de Febrero, una provisión. Estando en Mérida, el 15 de Mayo de 1580, firma la carta de desmembración del arzobispado; más tarde en Badajoz, el 3 de Noviembre de 1580, firma otra cédula- provisión relacionada con el mismo asunto y estando ya en Lisboa el 17 de Noviembre de 1581  firma una cédula haciendo entrega a nuestros antepasados de la jurisdicción y rentas. Desde luego si hay una Zalamea que al rey, y a la austera corte que le acompaña, debió sonarle, entre los asuntos menores que hubo de tratar en ese tiempo, fue la nuestra.

             Es difícil precisar hoy como debió ocurrir - si ocurrió - el suceso original que dio origen a la leyenda que su vez sirvió de base al argumento de ambas obras. Indudablemente se trató de una cuestión de honor. Entre ese momento y la primera versión de la obra transcurren casi 30 años, tiempo suficiente como para que los hechos se tergiversen, si además se le añaden las modificaciones que los autores le introducen para dramatizarlo, resulta que puede ser realmente difícil averiguarlo. Puede que incluso Lope de Vega, y más tarde Calderón, tengan conocimiento de una leyenda que sitúen al azar en un pueblo cualquiera de España. Y por qué no en nuestra Zalamea si en aquellos momentos sonó en la Corte aunque por motivos distintos    

            A pesar de todo lo expuesto queremos dejar suficientemente claro que no podemos afirmar que el suceso que dio origen al famoso drama se desarrollara en Zalamea la Real. Carecemos de pruebas concluyentes que así puedan demostrarlo pero después de leer a Lope de Vega pensamos que hay lugar para una duda razonable.

 Manuel Domínguez Cornejo                      Antonio Domínguez Pérez de León

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