LA INCOGNITA DE GABRIEL ALEJANDRO SANZ

Para un gran número de zalameños el nombre de Gabriel Alejandro Sanz le resultará desconocido, sin embargo para otros muchos, familiarizados con la historia de nuestro pueblo, lo identificarán de inmediato como el promotor de la Vía Sacra, esa joya religiosa y de gran valor antropológico de nuestra Semana Santa.
La creación de la Vía Sacra y la construcción del Sepulcro han sido objeto de numerosos estudios anteriores a este artículo por lo que no es nuestra intención volver a tratar el tema. A manera de resumen, y con el fin de introducirnos en la personalidad de este controvertido personaje, haremos un resumen de la fundación del Vía Crucis y de la construcción de la ermita del Santo Sepulcro.
A mediados del siglo XVIII existía un culto al Vía Crucis, sin que podamos determinar en que año comenzó a celebrarse. En 1750 Fray Mateo de Ávila bendijo las estaciones de una Vía Sacra. En 1776 se establecería de forma definitiva promovida por D. Gabriel Alejandro Sanz, ayudado por dos curas del pueblo. Después de sortear numerosas dificultades y problemas se culminaría este Vía Crucis con la terminación de su ermita en el año 1777. Ese mismo año se colocó en su interior la imagen de Cristo Yacente en su urna donado por la viuda de D. Juan Lorenzo Serrano.
Pero ¿quién era Gabriel Alejandro Sanz? ¿Por qué un hombre que no es natural de Zalamea y que hacía pocos años había llegado a nuestro pueblo se toma tal empeño en promocionar un culto y construir una ermita en el pueblo?
Sabemos que había llegado de Valencia, de donde era natural, acompañando a su hermano Francisco Tomás Sanz para establecerse en Riotinto contratados por Samuel Tiquet, administrador general de las minas de Riotinto, en la primera mitad del Siglo XVIII, alrededor de 1740. En aquel entonces hacía las funciones de pagador, además trabajó de inspector para reconocer y descubrir nuevos filones por lo que debía descolgarse por las chimeneas de ventilación de las minas atado a una cuerda.
Después de la muerte de Tiquet, su hermano Francisco Tomás Sanz se hace cargo de la administración de esas minas, por lo que Gabriel Alejandro Sanz fue ascendido a contador y posteriormente notario administrador de correo y por último director de las reales Minas de Riotinto.
Curiosamente, las relaciones entre las Minas de Riotinto y Zalamea atravesaron en 1776 un momento álgido ya que Francisco Tomás Sanz entraba con frecuencia en los términos del pueblo con el fin de talar árboles, con la oposición de los habitantes de Zalamea que se quejaban ante el Consejo Real de los abusos del administrador.
Parece ser que en 1777 dos vecinos de Zalamea, atentaron contra la vida de Francisco Tomás. En este contexto resulta extraño que su hermano Gabriel Alejandro Sanz tuviera tanto empeño en promover la Vía Sacra en nuestro pueblo, tomando a su costa gran parte de la financiación de las nuevas estaciones y de la ermita del Sepulcro.
Estuvo casado con una zalameña, Feliciana García Beato, y en 1777, precisamente el año en que se construye la ermita, sería destituido de su cargo aunque su hermano le procuraría una pensión que siguió cobrando hasta que Francisco Tomás fue retirado de su cargo al frente de las minas. Durante todo este tiempo Gabriel Alejandro Sanz se empeñó en promover el culto al Vía Crucis en Zalamea.
Todo induce a pensar que se quedó a vivir aquí después de la marcha de su hermano. Era un hombre polifacético, aficionado a realizar experimentos científicos y a escribir sobre nuevos métodos y prácticas industriales. De este modo conocemos sus escritos sobre el lino y las abejas, por cierto dos actividades muy pujantes en la Zalamea del siglo XVIII. Tenemos constancia que presentó una solicitud para explotar las Minas del Castillo de El Buitrón donde residió algún tiempo para curarse de una grave enfermedad. En 1783 solicitó ser declarado fundador y mayordomo perpetuo del Santo Sepulcro así como autorización para ser enterrado allí a su muerte, petición que le fue concedida por el prior de las ermitas el 3 de Agosto de 1784. Sin embargo hoy sabemos que no pudo ver cumplido su sueño de ser sepultado en la ermita que construyó. Gabriel Alejandro Sanz falleció en Zalamea a finales de Agosto del año 1791. El 31 de agosto de ese año se le ofreció una misa cantada y vigilia en el Sepulcro y el día 1 de Septiembre fue enterrado en la Iglesia Parroquial. Sin embargo si cumplió la primera parte de su deseo y estuvo dirigiendo y rindiendo cuentas de la obras piadosas y limosnas hasta sus últimos años de vida. En la ermita se le erigió una placa que fue quitada en una restauración posterior.
La incognita de si Gabriel Alejandro Sanz comenzó a promover la construcción del Sepulcro llevado por una autentica devoción religiosa o para ganarse el agradecimiento de los zalameños interviniendo en algo que por aquel entonces llegaba a su corazón, la religión, aliviando de esta manera los enfrentamientos que se habían vivido entre aquellos y la Compañía de Riotinto.
Puede que algo de esto último tuviera algún sentido ya que en 1777 las autoridades zalameñas, a pesar de las continuas reclamaciones contra las minas le reconocieron méritos a Francisco Tomás. No es de extrañar que tuviera alguna influencia el hecho de estar casada con una zalameña. Desde luego fue un hombre constante y con una cierta dosis de oportunismo. En cualquier caso nos consta que con el tiempo se convirtió en un zalameño más ganándose el respeto y la consideración de sus paisanos.
Manuel Domínguez Cornejo Antonio Domínguez Pérez de León
CURIOSIDADES EN TORNO A NUESTRA SEMANA SANTA

El desarrollo de nuestra Semana Santa encierra algunos aspectos peculiares cuyo sentido despierta la curiosidad de todo aficionado a la historia menuda de nuestro pueblo. Son realmente curiosidades que quizá pasen inadvertidas en la Historia, con mayúscula, de esta manifestación religiosa pero que sin embargo puede ser interesente darlas a conocer. Hemos creído oportuno aprovechar esta ocasión para hablar de algunas de ellas.
La Vía Sacra es probablemente la que conserva mayor número de estas peculiaridades. Veamos: es una celebración a la que sólo asisten los hombres, que tiene lugar a una hora fija, las 10 de la noche, y que, hasta hoy, es el único de los actos de la Semana Santa que no se suspende por las inclemencias del tiempo. Todo esto es bien sabido; pero hay un aspecto que la inmensa mayoría desconoce; se trata de que sus fundadores procuraron representar en su trazado la distancia real que Jesucristo recorrió desde la casa de Pilatos hasta el Gólgota, de manera que las distancias entre estaciones no están distribuidas al azar ni el emplazamiento de la ermita elegido casualmente, fue seleccionado un lugar, el llamado cabecito de los Paños, alejado aquel entonces de la población, con el fin de ajustarlo a la, según ellos, distancia real. Todo estuvo pensado por los iniciadores de esta singular tradición para hacerlo coincidir con la realidad. Gracias a un pequeño pero interesante documento en el que se reflejan las medidas tomadas entre las distintas estaciones, sabemos que desde la Iglesia hasta el Sepulcro midieron exactamente 1.222 pasos, que era el cálculo que hicieron de la distancia que Jesús recorrió en su camino hasta el Calvario. Por cierto que en este documento figuran aún las 14 estaciones que tenía primitivamente la Vía Sacra (hoy son 15). Desconocemos si realmente estas medidas se ajustan a la realidad.
Otra de sus peculiaridades es la presencia de los muñidores con la campanilla y la corneta que preceden al paso de esta manifestación religiosa y van avisando de su cercanía confiriéndole un cierto halo de misterio y recogimiento. Es sabido que la figura del muñidor era antes frecuente en las cofradías para llamar a los hermanos o avisar del paso de las procesiones, normalmente con campanilla, pero la combinación de ambos instrumentos es excepcional. Indagando en cuales pudieron ser los orígenes de este aspecto tan curioso y llamativo del Vía Crucis, hemos encontrado un antecedente en la hermandad de la Vera Cruz de Zalamea la Real, allá en el siglo XVI, en cuyas reglas, concretamente en el capítulo 10, se especifica que la procesión debía ser acompañada de una trompeta que vaya tañendo de dolor. Si a ello se le añade el muñidor con la campanilla, propia, como ya hemos dicho, de cualquier procesión de aquel entonces, tenemos ya la combinación de ambos instrumentos que con el tiempo debieron ser adoptadas por la Vía Sacra.
Otra circunstancia que llama la atención, especialmente a la gente que nos visitan, es la particularidad de que una sola hermandad lleve a cabo la procesión de tantas imágenes. Debemos decir que esto es un aspecto relativamente moderno. En el siglo XVIII existían dos hermandades perfectamente diferenciadas y relacionadas con la Semana Santa. Una de ellas era la ya mencionada Hermandad de la Vera Cruz, fundada en 1581, que hacía desfilar una Cruz y la imagen de una Virgen vestida de luto el viernes Santo de madrugada; la otra era la de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que en la tarde del Jueves Santo sacaba las imágenes del Nazareno y la Virgen de los Dolores, a ellas se les une la Vía Sacra en 1776. Fue después de la Guerra Civil de 1936, desaparecidas las dos primeras, cuando una Hermandad de Penitencia aglutina todas estas procesiones y con el tiempo la ampliaría con una más, la del miércoles Santo, intentando de esa manera representar completa la Pasión y Muerte de Jesucristo.
También nos gustaría referirnos a la participación de las mujeres en las hermandades de Semana Santa. Hasta tiempos bien recientes era un terreno vedado para ellas; sin embargo no fue así siempre, las reglas de la hermandad de Penitencia de 1865, así como las de la Vera Cruz de 1581, reflejan la incorporación paulatina de la mujer a estas hermandades antes de la Guerra Civil. Fue después de esta trágica contienda cuando las ideas políticas dominantes marginarían a las mujeres de los actos religiosos de la Semana Santa. Todos podemos recordar cuando las mujeres mas osadas se atrevían a vestirse de nazareno, ocultas dentro del traje y el capirote, con la complicidad de algún cofrade, para salir clandestinamente en las procesiones. Afortunadamente hoy ya esto es un capítulo superado.
Por último nos gustaría también resaltar otra singularidad de nuestra semana mayor, los llamados encuentros, que tienen lugar el jueves Santo entre Nuestro Padre Jesús Nazareno y Nuestra Señora de los Dolores. En su ánimo por representar de la manera más ajustada a la realidad las procesiones, los cofrades idearon estos “encuentros” que representan a su vez los que la madre de Jesús tuvo con su hijo en la subida al Gólgota; escena que, como los más mayores recordarán, no se ha celebrado siempre en el mismo lugar ni con las mismas imágenes. Durante una época, a mediados de siglo XX, se llevó a cabo en el centro de la calle de la Plaza y se practicó entre Nuestro Padre Jesús Crucificado y María Santísima de la Soledad, entrando ésta por la calleja de la cárcel hoy ya desaparecida. Lo más llamativo, sin embargo, son los cánticos que un coro lleva a cabo en los intervalos, cánticos sin acompañamiento instrumental cuya cadencia y letra apuntan a unos orígenes remotos a los que hoy no podemos dar respuestas y que merecería la pena investigar.
Peculiaridades todas ellas que dotan de singularidad a nuestra Semana Santa y que debemos preservar para que la identidad de nuestras procesiones no se vea anulada por las corrientes que impone la modernidad.
Manuel Domínguez Cornejo Antonio Domínguez Pérez de León
LAS ORDENANZAS MUNICIPALES DE 1919

Desde mediados del siglo XIX se puso de manifiesto la conveniencia de contar en Zalamea con unas nuevas ordenanzas municipales que se ajustaran a la realidad social y económica del pueblo en esos momentos. No obstante, entrado el siglo XX lo conveniente se convierte en necesidad por dos razones: por un lado la obligación de contar con unas normas que regularan el orden público, la sanidad, el comercio, la higiene, etc, ante la ausencia de una legislación estatal que regulara estos aspectos en la localidad; por otro, la masiva afluencia de trabajadores de otros lugares que se habían venido asentando en nuestra zona ante la demanda de mano de obra de las minas, principalmente de la de Riotinto, pero también de otras locales, que traían consigo diferentes maneras de vivir que en ocasiones chocaban con los usos y costumbres que los lugareños venían respetando como propios sin la necesidad de una regulación oficial.
De esta manera el 11 de Enero de 1914 en una sesión plenaria de la corporación se nombra una comisión a la que se le encarga redactar un proyecto de nuevas ordenanzas. Los tumultuosos sucesos políticos a nivel nacional y bélicos a nivel internacional, la I Guerra mundial, que tuvieron lugar en los años sucesivos, hacen que ese proyecto se dilatara en el tiempo y no fuera hasta 1919 cuando por fin el borrador quedara definitivamente elaborado y llevado a Pleno, aprobándose el 14 de Julio de este último año. Aquel mismo día se acordó que se remitieran dos copias al gobernador civil para su supervisión y aprobación.
En aquellos momentos el pueblo contaba con 11.040 habitantes y tenía diez aldeas, a saber: El Villar, El Buitrón, El Pozuelo, Membrillo Alto y Bajo, Marigenta, Las Delgadas, Montesorromero, El Campillo y Traslasierra, además de los poblados mineros de El Tinto y Santa Rosa, Castillo de Buitrón y Poderosa. Contaba además con dos estaciones de ferrocarril: la Estación Nueva o de Riotinto y la Estación Vieja o de El Buitrón.
Las Ordenanzas de las que hablamos constaban de 173 capítulos en los que se hace una regulación minuciosa de todos los aspectos de la vida de un pueblo. Desde el comercio, la sanidad y las fiestas hasta la construcción de edificios. Los 173 artículos se agrupan en 35 capítulos y estos a su vez en tres títulos. Sería muy extenso pormenorizar aquí el contenido de cada uno de ellos pero si creemos conveniente resaltar por su significación aquellos que suponían un avance o una novedad en cuanto a lo norma que establecía o aquellos otros que recogen costumbres y tradiciones que se remontaban a las ordenanzas de 1535.
Empecemos por aquel que señala que la feria anual de Septiembre debía celebrarse en la calle Cánovas del Castillo, la actual calle de la Plaza y que la compraventa de ganado debía realizarse en el valle de San Vicente y el Sepulcro. No olvidemos que aquella zona era un ejido y estaba totalmente despoblada a excepción de las ermitas de San Vicente y el Sepulcro. La feria por aquel tiempo era realmente una feria de ganado y una fiesta popular que se llevaba a cabo paralelamente.
Es de destacar, en otro orden de cosas, lo avanzado de las medidas que prohibían fumar, ya en aquel entonces, en los salones y localidades de los espectáculos públicos., aunque al igual que hoy suponemos las dificultades que conllevaría su cumplimiento.
En el capítulo dedicado al comercio se regulan las pesas y medidas normalizándose ya las del sistema métrico decimal. Téngase en cuenta que hasta esa fecha era habitual el uso de medidas tradicionales como la vara, el almud, el azumbre, etc. Además se determina que serían inspeccionadas periódicamente por las autoridades para que se ajustaran a lo establecido, pudiéndose ser requisadas en caso contrario. Se establece de igual manera que los pesos y mediciones debían hacerse siempre en presencia del comprador.
Como curiosidad podemos resaltar los dos artículos que se dedican a la mendicidad. En ellos se autoriza esta práctica para los vecinos e hijos de la Zalamea, - con la debida autorización, claro está -, pero se prohibía para los personas forasteras, a los que en caso de ser sorprendidas en ese menester serían detenidas y trasladadas a sus lugares de origen.
El afán por regular la vida social llega hasta introducirse en los mas variados aspectos de la vida en común, como en ese artículo que señala que estaba totalmente prohibido formar corrillos en la vía pública ya que impedían el tránsito de las personas. Además en aquellas fechas, como el medio más común de transporte era el de tracción animal, se establecía también la manera en que estos animales podían estacionarse en la calle determinando que no podían permanecer atados a las rejas de una ventana mas de veinte minutos. La razón es obvia, las molestias que podían ocasionar los excrementos de estos animales para los vecinos.
Otro de los artículos que merece señalar es aquel que prohíbe las riñas y pedreas. Refleja un intento de atajar una costumbre muy asentada en aquel tiempo en la que los muchachos de grupos rivales acostumbraban a pelearse lanzándose piedras. Hechos de los que se derivaba con frecuencia algunas lesiones de importancia. Desde luego el éxito de la norma fue relativo porque aquellos encuentros siguieron produciéndose.
Son también una novedad, dado los usos de la época, los artículos que prohíben expresamente el maltrato a los niños y el dedicarlos a trabajos superiores a sus fuerzas. Recordemos que hasta ese momento era usual que los menores de 12 años, edad a partir de la cual se consideraban útiles para cualquier trabajo, fueran destinados a labores de todo tipo incluidos los de la minería. Erradicar esta costumbre requirió normas de más entidad a nivel nacional.
Para las personas que abusaban de la bebida también se redactaron normas en las que se determinaba que quien fuera encontrado por la calle en un estado de embriaguez sería conducido a la cárcel municipal donde permanecería hasta que se le pasara la borrachera. Imaginamos que habría fechas en las que el espacio de aquel depósito se quedaría escaso.
Tal como comentamos al principio hay también otras normas que regulas costumbres establecidas ya en las ordenanzas de 1535. Es el caso del artículo que establece que cuando hubiese un incendio había de avisar a la Parroquia para que diese los toques de campana con los que advertir a los vecinos para que se concentraran y contribuir en las tareas de extinción del incendio.
Es curioso también resaltar como se obliga a las fábricas de aguardiente a asentarse en los extramuros de la población con el fin de alejarlas al máximo por los riegos que tenían dado los materiales inflamables que utilizaba. Debió de respetarse aunque más tarde quedaron englobadas dentro del casco urbano por el crecimiento de la población.
Otra curiosidad digna de mencionar es la obligación de todos los vecinos de barrer al menos dos días a la semana la puerta de sus casas hasta el arroyo central. Era una manera de obligarlos a mantener limpio el pueblo, ante la ausencia de un servicio regular de de barrenderos.
La ordenanzas concluyen con el procedimiento de sanción y con una reseña geográfica e histórica de Zalamea. Desde una perspectiva actual fueron un serio intento de contribuir a una convivencia mas justa y respetuosa con todos.
Manuel Domínguez Cornejo Antonio Domínguez Pérez de León
EL MEGALITISMO EN ZALAMEA LA REAL VIII

LA METALURGIA
Hemos referido anteriormente que uno de los aspectos de la economía de la cultura megalítica de nuestra zona y especialmente del área de El Pozuelo, fue la actividad minero-metalúrgica que, tal como dijimos, sin constituir un elemento básico de sus actividades económicas tuvo una carácter significativo por sus implicaciones sociales y culturales que nos llevan a tratarla ahora, especialmente, de manera separada.
Quizá convenga, antes de profundizar en el sentido que tuvo esta actividad para nuestros pobladores, recordar algunos de los aspectos identificativos del Calcolítico. Se trata de un período en el que los hombres prehistóricos del Neolítico, para los que la piedra sigue siendo la materia prima para la elaboración de sus útiles y herramientas, comienzan a tener contactos con el metal, en este caso el cobre y empiezan a hacer uso de él, inicialmente con el fin de fabricar objetos de adorno y algunos otros más específicos, como pudieron ser hachas y puntas de flecha.
Todo ello conllevó el desarrollo de una técnica minero-metalúrgica que desembocó en una sociedad más avanzada y compleja. Por de pronto se advierte la existencia de tres procesos que llegaron a suponer una auténtica diversificación ocupacional; estos tres procesos serán el de extracción, fundición y elaboración. Todo esto hará que la sociedad calcolítica gozase de unos avances tecnológicos y culturales que se difundieron con rapidez; sin embargo hay que hacer notar que en este primer estadio las actividades mineras se limitaban a la extracción del cobre que se hallaba en cuevas u oquedades y en superficie, trabajándose sólo las primeras capas de las minas sin hacer una excavación exhaustiva, es decir, no se abrirían galerías en busca de filones sino que se limitaban a sacar el mineral de las menas que afloraban en los yacimientos a la vista, realizándose aún esta labor con útiles de piedra, los clásicos martillos de mineros.
Una vez dicho la anterior nos metemos de lleno en lo que a nosotros nos concierne, es decir: ¿En qué medida los contactos con los pueblos metalúrgicos intervienen en nuestra cultura megalítica?.
Lo primero en resolver es de dónde nos llegan la primeras influencias. Inicialmente procederían del sureste peninsular (Almería-Los Millares) que a su vez las tomarían del sureste europeo. Desde allí va extendiéndose con rapidez en busca de nuevos filones. Es lógico suponer por donde penetraron hasta nuestra zona; los dos ríos, especialmente el Tinto, llevarían en sus aguas los indicios que conducirían a estos pueblos hasta culminar en los yacimientos de envergadura (Riotinto) y desde allí se extendería a las pequeñas minas de sus proximidades (Chinflón, Masegoso, etc). No se trata de grupos poblacionales importantes sino muy reducidos que se instalan en la zona y que establecen contactos con los habitantes indígenas induciéndolos a la extracción del mineral. No modifican sustancialmente el sentido de su economía, simplemente los introducen en las actividades mineras para utilizarlos como mano de obra para obtener el mineral con el que ellos, posteriormente, comerciarían. Es necesario aclarar que, posiblemente, estos pequeños grupos que arriban a nuestra zona no son completamente distintos a los indígenas; presumiblemente la cultura metalúrgica, desde su punto de origen en el sureste peninsular, ha ido mezclándose con las culturas autóctonas a lo largo de su difusión hacia occidente, por lo que estos grupos reducidos, cuando llegan aquí, participan ya de muchos elementos comunes con los que habitan el lugar, aportando, no obstante, nuevas técnicas arquitectónicas y culturales, consecuencia de la poderosa civilización de procedencia.
Estos nuevos pobladores, una vez instalados, toman contacto con los que ya habitaban nuestra zona, pero esos contactos no se limitaban a las técnicas de extracción, sino que también les transmitieron las innovaciones culturales y religiosas que traían y que da como consecuencia la peculiaridad de la cultura dolménica de El Pozuelo, circunstancia que, sin lugar a dudas, también se produce en otras áreas del término de Zalamea pero en menor grado, debido quizá a una menor densidad de población o a la menor envergadura de las minas.
Estas innovaciones se ponen de manifiesto en la adopción de nuevos ídolos y de nuevas técnicas arquitectónicas, apareciendo dólmenes de una cámara y planta irregular, así como el algunos elementos de la vida cotidiana, cuentas de collar y otras piezas de adorno.
Es evidente la relación que se observa entre la mina de Chinflón y la ubicación de los lugares "de culto" o "sagrados", donde se situaban los enterramientos. La mina, que es el centro de interés de estos nuevos pobladores, puede ser el lugar desde el que se irradia esta nueva cultura, independientemente de que, como el lugar ya estaba habitado, allí pudieran haberse efectuado enterramientos anteriores.
Para concluir, es necesario incidir en que la cultura de El Pozuelo, aún datada en época calcolítica, no estaba plenamente inmersa en la metalurgia, posiblemente sólo conocen el primero de los tres procesos a los que antes mencionábamos, el de la extracción del mineral y quizá muy tímidamente el de la fundición, con el fin interesado de ofrecer para el comercio un mineral más enriquecido mediante unas técnicas primarias de fundición. Así pues, y tal como ya dijimos, su economía sigue basándose fundamentalmente en la agricultura y en la ganadería, siendo las actividades mineras una ocupación ocasional, no permanente, que realizarían en períodos en que la climatología les es propicia. El mineral, como adelantamos al hablar de los aspectos sociales, económicos y culturales, es sólo un complemento a sus actividades tradicionales. Esto explica el que no se hayan encontrado objetos de cobre en el ajuar de los dólmenes de El Pozuelo. Es probable que al ser objetos de un valor excepcional, obtenidos presumiblemente en el intercambio de mineral, no fuesen depositados entre el ajuar funerario, bien por su escasez o bien por su valor, por temor a que la sepultura fuese expoliada.
En cualquier caso la metalurgia, como hemos venido repitiendo, es la que da las características tan significativas que posee la cultura dolménica de El Pozuelo.
CONCLUSIÓN
En las últimas páginas hemos intentado aventurar una hipótesis sobre la vida y costumbres de unos hombre que vivieron hace cerca de 5000 años y que, especialmente en el área de El Pozuelo, nos legaron unos monumentos cuyas características han atraído el interés de arqueólogos e historiadores. De cualquier forma, para desvelar el misterio que aún supone para nosotros, serán necesarios muchos años de investigación y nuevos descubrimientos que confirmen o desmientan las hipótesis lanzadas. Entre los retos pendientes se encuentra el estudio de los poblados a los que hacíamos mención en el capítulo anterior cuyo resultado podría arrojar alguna luz sobre algunas de las oscuridades que aún proyecta la cultura dolménica de El Pozuelo.
EL MEGALITISMO EN ZALAMEA LA REAL (VII)

Llegado este punto es necesario referirnos particularmente a los dólmenes de área de El Pozuelo, que es donde vienen a ponerse de relieve, de manera más significativa, y casi exclusiva, todo lo que hasta ahora hemos venido diciendo. Es en estos dólmenes, por sus características constructivas, donde viene a materializarse de manera más expeditiva la convergencia de las culturas que van a influir a su vez en el perfil cultural y económico de estos pueblos. Tal y como mencionamos en otra parte de este trabajo, las influencias orientales y la metalurgia, de la que ya hablaremos más adelante, son los elementos que imprimen dinamismo a la difusión de esta nueva cultura. Podemos apreciarlo perfectamente en el propio enterramiento que aparece en El Pozuelo, donde observamos como a los dólmenes de una sola galería se les ha ido añadiendo cámaras anexas, tomando una configuración propia. De esta manera vemos como, en algunos sepulcros de este área, encontramos una más que sospechosa similitud con los templos prehistóricos egeo-anatólicos, como es el caso del dolmen nº 13 y el templo de Gigantija, en Goza (Malta), lugar de origen, así mismo, de un tipo de ídolo cruciforme denominado mas tarde en el sur peninsular como ídolo almeriense.
En qué medida, pues, la metalurgia es el elemento dinamizador del que hemos hablado? Pues sencillamente porque el pueblo que la conoce disfruta de una posición más avanzada tecnológica y socialmente y esta circunstancia impone una difusión más rápida de su cultura. La metalurgia no supuso sólo la llegada de nuevas prácticas económicas, sino también de nuevas costumbres religiosas y sociales que, sin suplantarla, van a incidir en la organización socioeconómica de los pueblos que habitan nuestra zona.
Después de todo lo dicho anteriormente procede abordar como era la organización social de estos pueblos, tarea nada fácil y que, en todo caso, se mueve en el terreno de la hipótesis.
En los últimos años hemos descubierto dos emplazamientos circunvalados uno de ellos de paredes y rocas, uno en las cercanías de la mina de Chinflón y otro en el lugar conocido como Las Perulas que muestran en superficie restos de cerámica y que bien pudiera tratarse de poblados semifortificados cuyo estudio y excavación por profesionales, si confirmaran esa eventualidad, podría arrojar luz sobre algunas de las oscuridades que aún proyecta la cultura dolménica de El Pozuelo, ya que hasta ahora los únicos elementos de los que podemos deducir nuestra conclusiones son: el espacio de habitabilidad, la ubicación y disposición de los enterramientos, el propio monumento megalítico y el ajuar.
Basándonos en estos tres elementos y con suma cautela deducimos que probablemente se tratara de grupos poblacionales dispersos que ocupan y aprovechan zonas fértiles, que en el caso de El Pozuelo, estarían situadas al norte de los enterramientos. Es difícil establecer la relación que pudiera existir entre estos grupos poblacionales, que a su vez estarían divididos en clanes familiares; estos clanes familiares estarían sujetos a una unidad superior, en la que uno de los elementos o factor común sería el culto religioso o funerario. Geográficamente cada clan ocuparía un espacio determinado dentro del área general en el que se dispersa el grupo poblacional al que pertenece. No sería muy aventurado concluir en que cada grupo dispondría de un lugar, que podemos denominar sagrado, en el que construyen sus monumentos funerarios, lugar que se constituye como marca territorial e identificativa de dicho grupo; en él es muy posible que cada dolmen correspondiese a un clan determinado. El número de ellos estaría, pues, en relación directa con la densidad de cada grupo poblacional; así el número de clanes que lo componen determinarían el número de dólmenes y el de personas que forman el clan el tamaño y envergadura de aquellos. Por ejemplo, en el área de El Pozuelo, observando la disposición de los distintos grupos poblacionales, uno que utilizaría como zona de culto y lugar de enterramiento la zona al este de Chinflón (Dólmenes 1, 2, 3 y 4), otro en torno al Cabezo de El Chivito (dólmenes 5, 6, 7, 8, 9) y un tercero en Los Lomeritos ( dólmenes 11 y 12).
La economía de estos grupos en general, y de los clanes en particular, se basaría en una agricultura de subsistencia y en una ganadería pastoril que quizá tuviese mayor relevancia, aprovechando las especies autóctonas, como podrían ser cerdos y cabras principalmente; así mismo, la caza y la recolección de frutos silvestres ocuparía un papel destacado. Hay otro elemento más que no debemos olvidar; se trata de la minería, que tendría un papel significativo, no tanto porque las actividades mineras supongan un aspecto fundamental de su economía sino por las implicaciones sociales y culturales que conlleva, circunstancia que trataremos detenidamente más adelante.
Probablemente el clan no ocuparía de manera permanente un lugar, sino que realizaría periódicos desplazamientos, que si bien eran limitados, vendrían impuestos por el agotamiento de los recursos de los lugares que habitan. Dentro de cada clan se infiere una organización social en la que uno de sus miembros ostentaría una jefatura sobre el resto, como se desprende del hallazgo de algunos objetos del ajuar (báculo del dolmen nº 4) que refleja una distinción entre las personas enterradas, denotando una posición preeminente; así mismo es probable, que en el clan hubiese personas, dentro de su organización social básica, que realizasen funciones específicas, y el algunos casos exclusivas, para cubrir algunas necesidades de sus miembros. De igual forma, dado que el principal nexo de unión de los distintos clanes que integran un grupo poblacional son los cultos religiosos y funerarios, dentro de él, e independientemente del clan al que perteneciese, existía una figura que ostentaría una especie de liderazgo religioso común a todos ellos. En determinados momentos, claves para la vida de estos grupos, los clanes se aglutinarían en torno a esta figura, como podría ser algún tipo de manifestación religiosa o cultural, o para la construcción de un dolmen, en la que sería preciso la intervención de todos los miembros válidos. No es de descartar que el clan al que perteneciese esta figura dispusiera de una posición preponderante respecto a las demás.
EL MEGALITISMO EN ZALAMEA LA REAL (VI)

CONCLUSIONES
Las primeras preguntas que cabe hacerse después de todo lo expuesto en relación con el fenómeno megalítico son:
¿Cómo vivían los pueblos que construyeron este tipo de sepulcros?
¿Cuál era su organización social?
¿Que creencias les llevo a realizar tales manifestaciones funerarias?
Por lo que podemos deducir de todo lo estudiado, estamos asistiendo al primer gran cambio en la estructura social y religiosa de la Prehistoria en nuestra zona.
A finales del Neolítico, la religión y los rituales religiosos, entre los que ocupa un destacado lugar lo funerarios, toman relevancia como un factor fundamental en la organización y estructura social de aquellos pobladores de nuestro territorio. Nos encontramos, por primera vez en nuestra historia con un monumento funerario cuya significación va más allá de esa función, un lugar en torno al cual se concentran una serie de manifestaciones religiosas que lo convierten en un símbolo emblemático para la comunidad que los construye. Su finalidad no es exclusivamente funeraria, se trata de un monumento religioso en el que la inhumación es un elemento más de las creencias que llevaron a sus constructores a levantarlo. Por establecer una comparación, encontramos un paralelo, salvando las distancias y con las diferencias lógicas que establece el tiempo y las distintas creencias, en nuestras iglesias y ermitas de la Edad Media y Moderna, en las que además de ser lugares en los que se rinde culto a Dios y se celebran ceremonias religiosas, se entierran en su interior los cadáveres de los creyentes. Todo ello implica que estas creencias vienen a determinar en gran manera su vida y su organización social.
Por otra parte, para hacerlos perecederos hay que levantarlos con elementos perdurables y por lo tanto hay que recurrir al material que, de todos los que se dispone en ese momento, es el más resistente al paso del tiempo, la piedra. A medida que aumenta la población y se hace más compleja su sociedad, se engrandece, consecuentemente, el monumento; el estudio del ritual viene a corroborar lo expuesto anteriormente y nos acerca más a la forma de interpretar la religión por parte de estos pobladores.
Aunque en estos yacimientos no se han podido recuperar cadáveres, por el estudio de otro sepulcros similares a los nuestros, se deduce que estos se colocarían por todo el sepulcro, directamente sobre el suelo, situándolos junto a las paredes y guardando una posición similar o variada; así, mientras en algunos sepulcros se les pone sentados en cuclillas, con la espalda apoyada en el ortostato, en otros se les coloca en decúbito supino y en orientación transversal respecto al eje del sepulcro. La posición de sentado en cuclillas es bastante frecuente en los sepulcros megalíticos y de otro tipo coetáneos a ellos. Solían ocupar poco espacio, pareciendo haber sido atados previamente y algunos de ellos se calzaban con piedras para que mantuvieran el equilibrio.(Santos Rocha, 1899-1903). En otro orden de cosas, sabemos que en los sepulcros onubenses se enterraban juntos a los niños y a los adultos, así como a mujeres y hombres.
Cuestión importante dentro del ritual funerario es la colocación de los ajuares. Es frecuente encontrar entre ellos, aparte de los explicados, depositados como ofrendas, huesos de animales que bien podían ser restos de comida o trofeos de caza con el fin de que acompañasen al difunto en la vida de ultratumba. Los ajuares, cuando no se trataban de osarios, se les ponían individualmente, colocado junto a él, cerca de la cabecera o sobre las piernas si estaban sentados.
La aparición entre el ajuar funerario de ídolos placas y de ídolos almerienses viene a certificar sus profundas creencias religiosas y a dar sentido al carácter escatológico del enterramiento. El hallazgo en el exterior del dolmen de ídolos placa y restos de cerámicas, algunas de ellas intactas y que por su posición no cabe relacionaras con el ajuar del enterramiento, apoya la teoría de que entorno al monumento debió de llevarse a cabo algún tipo de ceremonia ajena al ritual funerario, aunque es lógico pensar que el carácter religioso y sepulcral son indisolubles.
Otro aspecto que vine a apoyar el carácter religioso del monumento megalítico es la orientación del mismo, que por regla general obedece a unas pautas que vendrían determinadas por sus creencias, es decir, la orientación no es casual sino que responde a una poderosa razón de ser relacionada con su religión. Por lo común es de este-oeste, con la entrada hacia levante, con las variaciones lógicas que impondrían la ortografía del terreno y la época del año en la que se inicia su construcción. Nuestras iglesias y ermitas, recurriendo de nuevo a la comparación antes mencionada, eran construidas hasta hace bien poco siguiendo, igualmente, unas normas de orientación, también de este a oeste, pero en este caso con la entrada hacia poniente; así mismo las mezquitas musulmanas se orientan hacia La Meca.
Paralelamente al carácter esencialmente religioso del monumento, hemos de mencionan que en los últimos años se han barajado las hipótesis de que el conjunto de monumentos megalíticos de una zona también tuviese un valor identificativo de posesión de esa determinada zona por un clan o tribu, que les valiese como una especie de marca territorial. De hecho es el único elemento que permanece inalterable y demuestra que el territorio ha sido ocupado sucesivamente por distintas generaciones de esa misma tribu o clan, ya que el poblado pudiera no tener un carácter estable.
EL MEGALITISMO EN ZALAMEA LA REAL (V)

EL AJUAR
En cuanto al ajuar que han arrojado los tres tipo de dólmenes de galería que hemos relacionado, encontramos dos corrientes culturales bien diferenciadas conforme a su origen y cronología. En primer lugar hay que destacar el material correspondiente a una fase neolítica propia e pueblos pastores, y que es el más abundante de nuestros dólmenes, consistentes en hachas de sección circular que sólo tienen pulimentado el filo, escoplos y azuelas hechas en piedras eruptivas y ocasionalmente en fibrolitas, microlitos de formas muy variadas, cuchillos de silex sin retoques placas de esquisto grabadas con un orificio y a veces con dos cuyos motivos decorativos son representaciones de ojos o bien triángulos y líneas oblicuas así como bastones o báculos, también de esquisto, generalmente sin decoración y con un sólo orificio.
En segundo lugar hallamos un ajuar que se corresponde al período calcolítico compuesto por puntas de flechas de lado recto o algo curvo y base recta o cóncavo generalmente retocadas en los dólmenes, alabardas triangulares, cuchillos con retoques marginales y microlitos retocados, todos ellos en silex, pequeños núcleos de cristal de roca, cuentas de collar discoides bicónicas en forma de aceitunas, cilíndrica, talladas en esquisto, serpentinas, mármol y pequeños colgantes de piedra verde clara. Junto a los útiles objetos de adorno, se encuentran también ídolos de tipo almeriense de cuerpo esbelto, hombros elevados y parte inferior triangular, lados rectos o bien con cuerpo ancho que se estrena en el Centro. En cuanto al metal, sólo se ha hallado un objeto de cobre en forma de punzón, totalmente estropeado.
En lo que respecta a la cerámica, es de cierta uniformidad y están presentes vasos esféricos, cuencos altos de fondo esférico y paredes rectas o inclinada, cuencos semiesférico, vasos globulares con cuello estrecho y exvasados, vasos carenados, etc. El material en el que están fabricados es de una pasta comúnmente pardusca, roja, gris, o negra y a veces presentan mamelones.
Tomando como referencia el ajuar encontrado podemos sacar las siguientes conclusiones finales acerca de la datación cronológica del megalitismo en Zalamea:
El origen del megalitismo se remonta, como hemos dicho, a finales del Neolítico prolongándose a lo largo del Calcolítico. Los últimos hallazgos estudiados en el Alentejo portugués por medio del método del Carbono 14, así como los ya conocidos en el oeste de Europa, apuntan que el inicio de este fenómeno se produce en la fachada atlántica europea, sin poder definir con exactitud que región fue la primera en emplear este tipo de enterramientos que después se extenderían hacia el interior del continente. Posteriormente encontramos otros focos en el Este de Europa (Mar Egeo) que va a irradiar su influencia por todo el litoral mediterráneo, llegando hasta la Península. Pudo ocurrir que llegase a nuestra zona coincidiendo con la etapa de transición hacia la Edad del Cobre, caracterizada por las cazuelas carenadas, puntas de flechas y pesas de telar. Con todo, no hay pruebas contundentes ya que algunos ajuares vienen del Neolítico, como ya dijimos, continúan durante el Calcolítico junto a los nuevos elementos surgidos en este periodo de transición.
Así pues, no todos los ajuares ni monumentos megalíticos son contemporáneos y aunque creemos que los primeros sepulcros dolménicos ya estarían introduciéndose en esta zona a finales del cuarto milenio, hemos de concluir que, por los datos hasta el momento conocidos, nuestras tumbas megalíticas pueden ser fechadas entre el 2.800 y el 2.000 a.C.., sufriendo algunas de ellas reutilización en el bronce antiguo, como podemos ver con los recipientes cerámicos, similares en algunos casos a los encontrados en cistas megalíticas de nuestra provincia.
Manuel Domínguez Cornejo Antonio Domínguez Pérez de León
EL MEGALITISMO EN ZALAMEA LA REAL IV

THOLOS Y CISTAS
Abordaremos en este capítulo los dos últimos tipos de monumentos megalíticos que hemos descrito.
En lo que se refiere al modelo que enunciamos en el punto d, sepulcro de falsa cúpula o tholo, el que hallamos en nuestro término se encuadra dentro del subtipo II de la clasificación que diera Cabrero García de los monumentos de la provincia de Huelva. Hasta hace bien poco tiempo todas la referencias documentales que se publicaron sobre este tipo de enterramiento los localizan en zonas fértiles situadas más al sur, en la Campiña o bien hacia el oeste, Andévalo occidental, careciéndose de documentación sobre la existencia de estos enterramientos en zonas mineras, por los que se les consideró impropios de este ámbito, sin embargo, tras el hallazgo que hicimos de dos tholos en el área occidental de Zalamea, se plantea la necesidad de reconsiderar y extender hasta nuestra zona el área de difusión de estos sepulcros de falsa cúpula. Posiblemente la fragilidad de esos monumentos ha condicionado su destrucción y ha dificultado su hallazgo. No es de extrañar que su número fuese más elevado del que ahora mismo se conoce.
Estos monumentos constan de dos partes bien diferenciadas, un corredor y una cámara circular a la que da acceso aquel. La cámara está construida con ortostatos bien trabajados, de similar tamaño y poco grosor que sirven para revestir la pared y no para soportar la cubierta. Esta está formada por una falsa cúpula realizada por aproximación de hileras de piedras acuñadas y recubiertas con barro para compactarlas. En lo que respecta al corredor, es recto, de paredes paralelas y asimétricas a diferencia del de galería, que va creciendo a medida que se aproxima a la cámara, levantado igualmente con ortostatos verticales sobre los que se disponían otros horizontales que le servían de cubierta. El monumento se construye previa excavación en el firme de una fosa para la cámara y una zanja para el corredor que pudo servir como soporte a la cobertura, dicho con las reservas propias al carecer de datos directos, ya que los sepulcros hallados se encuentran en un grado de destrucción bastante avanzado. En los hallados en nuestra zona, el túmulo difiere notablemente de los de galería, mientras que en aquellos se trata de una colina artificial levantada para cubrir el monumento en estos es una prolongación de un montículo natural en el que se ha practicado la excavación. No podemos asegurar, por el avanzado estado de deterioro, la existencia de un anillo peristalítico ya que estos casos no es tan preciso como cuando se levanta la colina artificial a la que sirva de sujeción, aunque por paralelos conocidos en la provincia de Huelva es deducible su presencia. En el tholo la orientación es Este-Oeste con el corredor hacia levante.
El último modelo de monumento que hemos relacionado es la cista megalítica. Se trata de una sepultura de forma cuadrangular a la que se accedía por su cubierta. Consta básicamente de losas mal trabajadas que conforma las cuatro paredes que configuran el monumento. Sus dimensiones oscilan entre los 2,20- 2,45 m. de largo por 1,10-0,55 m. de ancho. La parte superior estaba cerrada con grandes losas horizontales. Conservan restos de túmulo que originalmente la cubrirían en su totalidad y cuyas medidas oscilan entre 12 y 15 metros. Posiblemente careciesen de anillo peristalítico. Para construir este tipo de enterramiento se excavaba en el firme un hueco con las dimensiones que se les pretendían dar a las sepulturas y en el que se disponía delimitando el perímetro las losas verticales culminadas por la horizontales, cubriéndose luego con tierra. Se aprovechaba para ello una colina natural. La orientación en estos enterramientos no sigue unas pautas fijas.
Imagen de la foto: Restos de un tholo hallado al oeste de El Villar
Manuel Domínguez Cornejo Antonio Domínguez Pérez de León
EL MEGALITISMO EN ZALAMEA LA REAL (III)

Especificamos en el capítulo anterior los cinco tipos de monumentos funerarios que hallamos en Zalamea. Nos centraremos en esta ocasión en los tres primeros.
Todos ellos disponen de unos factores comunes, el contar con una puerta de acceso, un corredor y una cámara que ofrece una disposición en forma de V que ha venido a definir, según algunos autores (Piñón 1.985), el tipo de construcción, cubierto todo ello por un túmulo delimitado por un anillo peristalítico.
El perímetro interior está relacionado con ortostatos que van aumentando de tamaño desde el corredor a la cámara, adecuadamente apuntalados en el firme y culminados con ortostatos de cubierta para cerrar el monumento y cubiertos todos ellos con un túmulo elaborado con tierra y piedras. El sistema de montaje no está suficientemente estudiado, probablemente el túmulo se construyera simultáneamente con las piedras verticales y no es descartable que el interior también se rellenara con el fin de permitir la consolidación de aquellas y facilitar el acceso y colocación de las pesadas cubiertas. Una vez colocadas éstas procederían a cubrirlo en su totalidad con tierra.
El túmulo está compuesto por piedras superpuestas, compactadas con tierra y agua. Esta colina tumular cubría todo el monumento, disimulándolo en el entorno geomorfológico. El perímetro del túmulo viene delimitado por un anillo peristalítico que en algunos casos se trata de una simple hilera de piedras y en otros ha sido necesario levantar una pared por la configuración del terreno. El túmulo ofrece en general una forma circular aunque en muchos casos se adapta a la orografía de la colina natural sobre la que se ha asentado. El diámetro del monumento oscila entre catorce y veintiún metros. El piso de la cámara y el corredor están terminados, en algunos casos, con una especie de barro rojizo muy bien compactado mientras que en otros se observa un empedrado de guijarros blancos y determinados vestigios apuntan a que los ortostatos pudiesen estar pintados. Igualmente el túmulo puede que tuviera algún tipo de coloración que lo destacara de su entorno de manera que el aspecto exterior del monumento megalítico causara impacto visual y cumpliera su función, al margen de la funeraria, de señalización del territorio como dominio de un clan o tribu
El acceso al interior se configura por un estrechamiento del corredor que posteriormente, ya en el exterior, se abre para buscar el anillo peristalítico. Dicho estrechamiento se culmina por una piedras verticales, una a cada lado, bien diferenciadas del resto de los ortostatos del corredor que señalan el inicio del mismo y que servirían de soporte o “ bastidor” para una puerta de piedra o madera.
En algunos de ellos se detecta la presencia de una antecámara separada de la cámara principal por una losa colocada de forma transversal o simplemente definida por un ensanchamiento del espacio sepulcral (dolmen nº 4 de El Pozuelo). La cámara presenta en la mayor parte de los casos una forma poligonal al igual que las cámaras anejas. En otras galerías, el fondo está formado por una piedra grande y única (dólmenes 18 y 14); normalmente este último caso es propio de los pequeños dólmenes de galería en los que la cámara y el corredor es todo uno.
En proporción a las cámaras , el corredor es corto y sólo en muy pocos casos se observa un corredor relativamente largo (dolmen 7). En los dólmenes de galería múltiple, el corredor no se encuentra necesariamente en el centro sino que puede estar colocado en una situación lateral con respecto a las cámaras. La orientación es en general, salvo en contadas excepciones de este a oeste, con el corredor dispuesto hacía levante.
EL MEGALITISMO EN ZALAMEA LA REAL (II)

Cuando el megalitismo irrumpe en Zalamea, los dos focos en que se originan este fenómeno¸ ya han tenido sus contactos y se han influido mutuamente, nos estamos refiriendo al occidental, fachada atlantica y al oriental, Mediterráneo, no obstante, por razones de proximidad geográfica, las primeras ideas nos llegarían de occidente, Algarve y Alentejo portugués, que darían origen a los primeros sepulcros de galería de los que se extrae un ajuar marcadamente neolitizante. Posteriormente nos llegaría las primeras influencias orientales ( Almería) y los primeros contactos con pueblos que conocen la metalurgia y que nos introducirían en el calcolítico. No olvidemos que nos encontramos en el tercer milenio a.C. y que en el resto del Oriente peninsular se hallan inmersos en el calcolítico Pleno. Ante este panorama cabe preguntarse por qué estas dos culturas nos llegan en un tiempo relativamente simultáneos cuando originalmente existe una notable diferencia cronológica entre ambas. La respuesta puede estar en que mientras la difusión desde Occidente es más lenta por el tipo de economía, agrícola-ganadera, desde oriente la difusión es más rápida ya que el conocimiento de la metalurgia le lleva a buscar más rápidamente las fuentes de extracción allí donde ésta se encuentre. Como consecuencia de lo que acabamos de exponer está adquiriendo cada vez más relieve la tesis autónoma occidentalista en relación con las técnicas constructivas y la forma de los megalitos en nuestra zona. Esta tesis nos refiere, en lo que respecta al megalitismo, el desarrollo de un fenómeno dolménico con unas característica propias y bien diferenciadas, representadas por un tipo de construcción adintelada de ascendencia neolítica, claramente autóctona y occidental, propias de comunidades ganaderas y trashumantes del Andévalo, y por otro lado los monumentos de falsa cúpula de mampostería pertenecientes al bronce inicial, obra de grupos asentados en zonas más ricas, de acuerdo con el calendario de sus constructores, conocedores de nuevas técnicas para la extracción y elaboración del metal.
Dicho esto, podemos diferenciar tres etapas en la dinámica de construcción de los dólmenes. Estas son:
-Una primera fase de transición o de formación, donde se aprecian la existencia de un sustrato neolítico íntimamente ligado al desarrollo posterior de la Edad del Cobre y que se refleja en materiales neolíticos, propios de pastores como pudieran ser: microlitos, azuelas cilíndricas, etc.
-Una segunda fase que implica la Edad de Cobre propiamente dicha, formada con materiales de “facies” oeste europeas característica de los primeros agricultores.
-Una tercera fase que correspondería a la última etapa de la edad del Cobre, donde tradiciones se entremezclan con comportamientos vanguardistas con materiales procedentes de las culturas adelantadas de la metalurgia.
Aunando todas la etapas que han arrojado yacimientos megalíticos en nuestro pueblo, desde aquellas en las que se denota una marcada tradición neolítica hasta estas otras que se enmarcan en el Bronce, encontramos cinco tipos de monumentos funerarios
a)Pequeños dólmenes de galería, en los que no existen diferenciación entre el corredor y la cámara única de que consta.
b)Dólmenes de galería y cámara única dotadas de sostenes centrales para las piedras de cubierta
c)Dólmenes de galería en los que a la cámara inicial se le ha añadido otras laterales.
d)Sepulcros de falsa cúpula construidos con ortostatos verticales tanto en el corredor como en la cámara
e)Cistas ortoédricas construidas con grande losas.
En los próximos artículos nos extenderemos sobre todos ellos.



