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DE CUANDO BELMONTE ESTUVO EN ZALAMEA

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Para los buenos aficionados taurinos el nombre de Juan Belmonte siempre tendrá  un significado especial y poco más habría que decirle que ellos no sepan. Para los profanos en la materia, sin embargo, sería conveniente recordar que se trata de una de las dos grandes figuras del toreo de todas las épocas,  que desarrolló su carrera en el primer tercio del siglo XX. Era por entonces lo que hoy se ha dado en llamar la “Edad de oro del toreo” en la que dos figuras representativas de estilos contrapuestos,  que destacaron por encima de las demás, levantaron pasiones entre los aficionados de manera  que en más de una ocasión los seguidores de uno y otro acabaron, después de un festejo, originando una auténtica batalla campal, a pesar del respeto y la amistad que ambos toreros se profesaban mutuamente dentro y fuera de la plaza. Eran Joselíto, apodado “El Gallo” o “Gallito”, para distinguirlo de su hermano Rafael, también torero; y  Juan Belmonte.

Ambos mantuvieron una sana  rivalidad profesional que como ya hemos dicho trascendió a los tendidos, rivalidad que acabó trágicamente en 1920 cuando Joselito fue cogido mortalmente por un toro en Talavera de la Reina. Por su parte, Belmonte siguió toreando hasta 1936. Después de la guerra civil no volvió a torear. Para algunos entendidos Belmonte fue el precursor del toreo moderno y desde luego  un auténtico revolucionario para la época. Además de torero, autodidacta, era hombre de gran personalidad,  inteligente y culto, gran aficionado a la lectura y amigo de muchos grandes intelectuales y pintores de su tiempo hasta el punto de llegar a ser considerado por algunos un miembro más de la generación del 98. Una muestra de su personalidad es esta anécdota que se cuenta de él: después de la guerra civil, uno de sus banderilleros llegó a ser gobernador de la provincia de Huelva y como tal presidió un festejo al que asistió Belmonte junto a un amigo. En el transcurso del mismo, su acompañante le preguntó si era verdad que el gobernador había sido banderillero suyo, a lo que nuestro hombre contestó  afirmativamente, entonces aquel amigo quiso averiguar cómo de simple banderillero se podía llegar a ser  gobernador, a lo que Belmonte contestó con su marcado acento andaluz: “Po como va a sé, degenerando”.

 Belmonte se suicidó de un disparo en la cabeza en 1962, con 70 años y corrieron ríos de tinta haciendo conjeturas acerca de los motivos de su suicidio.

Pues bien no consta, en la ya larga historia de nuestro coso taurino, que este torero hubiese pasado por la plaza de Zalamea. O mejor dicho no constaba hasta que se publicó el libro de José Chaves Nogales sobre la biografía de Juan Belmonte (por cierto, libro recomendable para cualquier aficionado a la literatura, le gusten o no los toros). En este libro él mismo narra un episodio que le ocurrió aquí en nuestro pueblo. Más allá de su interés taurino quisimos seguirle la pista histórica a aquel suceso aunque se trate de una simple anécdota.

Cuenta Belmonte - recordémoslo para aquellos que no hayan leído aún el libro - que en su época de maletilla,  tuvo noticias de una capea que se iba a celebrar en Zalamea la Real, y hasta aquí se vino desde Sevilla junto a unos amigos. En aquel tiempo los aspirantes a iniciarse en la profesión taurina aprovechaban cualquier festejo popular para practicar y demostrar sus habilidades. Al llegar se vieron decepcionados porque comprobaron que la capea era solo para jóvenes del pueblo. No obstante, esto no les enfrió los ánimos y acabaron saltando al ruedo, pero enseguida fueron detenidos por la Guardia Civil. El cabo comandante de puesto,   posiblemente con la oculta intención de que se dieran a la fuga y librarse de ellos sin más complicaciones, les dijo que si le prometían presentarse ellos mismos voluntarios en el calabozo les evitaría  la vergüenza de llevarlos presos por las calles.

Así lo prometieron, y cuando  el cabo se marchó, todos hicieron lo que se esperaba, salir huyendo olvidando la promesa hecha. Todos menos uno, Belmonte, que haciendo gala de la personalidad que le caracterizaría siempre, se obligó a sí mismo a cumplir la palabra dada a pesar de la insistencia de sus compañeros en hacerle entrar en razón. Así que se presentó él solo en la cárcel donde acabaron por encerrarle en un calabozo,  en el que, como nadie contaba con que él estuviera allí, hubiera permanecido indefinidamente a no ser por un amigo que, avisado por él mismo desde una ventanilla que daba a la calleja, advirtió a las autoridades  que dieron la orden de ponerlo en libertad. Todo un episodio que el contó con orgullo muchos años  después al autor del libro.

Llevados, como hemos dichos, por la peculiaridad de la aventura, nos pusimos a investigar tratando de identificar fechas y de qué capea se trataba.

El episodio narrado en el libro de Chaves Nogales sucede entre aquel que cuenta su estreno de luces en Elvas (Portugal) y una becerrada que torea en la población  de El Arahal en Sevilla. Identificadas las fechas en las que se produjeron esos eventos, resultó que la becerrada de  Elvas tuvo lugar el 6 de mayo de 1909, y la de El Arahal el 24 de Julio de 1910. Entre ese espacio de tiempo, poco más de un año, averiguamos que tuvieron lugar en Zalamea 7 festejos: cuatro corridas, una novillada y dos becerradas; así pues debió ser una de estas dos últimas.  La primera se celebró el 29 de Junio de 1909 y la otra el 16 de Julio de 1910. Dado que esta última estaba muy próxima a la de El Arahal, tan solo a 8 días de diferencia, y que por lo que cuenta en el libro se deduce que  en los días previos se dedicó de lleno en conseguir apoyos e influencias para lograr que le dejasen torear en esa población, lo más probable, según todos los indicios, es que tuviera lugar en la primera, es decir, la que se celebró el 29 de Junio de 1909.

Se trató de  una capea en la que se lidió una novilla de 2 años cedida por Don José Carvajal Bernal y celebrada a beneficio de una Asociación de Caridad. El espada principal fue Sebastián Pérez de León, actuando como sobresaliente, José María Lancha y como picadores Rafael González Lancha, Cayetano de León Cornejo y Torcuato Pérez González y como banderilleros Rafael Pérez de León, Juan González, Manuel Caballero, Juan de Dios Lancha, Antonio Abad Gómez., Domingo González y Germán Castilla, con obligación este último de dar la puntilla. Como director de lidia figuraba don Luis Carvajal Pérez de León. El espectáculo dio comienzo a las cinco de la tarde, aunque la plaza estaría abierta desde las cuatro. La asistencia sería por invitación.

Como puede deducirse de la composición del cartel, miembros de familias acomodadas de nuestro pueblo, es lógico que la autoridad  no permitiera la participación de nadie que no formara parte de aquel restringido círculo, razón por la que seguramente fueron detenidos Belmonte y sus compañeros y por la que nuestro hombre, por mantener la palabra dada, se vio obligado a pasar algún tiempo en el calabozo.

 Así pues aquel 29 de Junio de 1909, Juan Belmonte, con 17 años, luego afamado diestro y paradigma del toreo de todos los tiempos, estuvo en la plaza de toros de Zalamea. Un nombre más a añadir a la larga lista de figuras que han pisado nuestro centenario ruedo, aunque eso le supusiera terminar en la cárcel de nuestro pueblo.

Imagen de la foto: Cartel de la becerrada del 29 de junio de 1909. (Fondo documental de la Peña Cultural Taurina de Zalamea la Real a la que agradecemos su gentileza)

Manuel Domínguez Cornejo         Antonio Domínguez Pérez de León

20/09/2016 23:10 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

EL PRECIO DE LOS PRIVILEGIOS

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“…y os vendo a vos, el dicho concejo, justicia y regidores, escuderos, oficiales y hombres buenos de la villa de Zalamea, así a los que ahora son como a los que serán de aquí en adelante, para siempre jamás, la dicha jurisdicción civil y criminal y os hago villa de por sí y sobre sí para que en la dicha villa uséis la dicha jurisdicción…

…y  la gocéis perpetuamente…, y que nos, ni los reyes nuestros sucesores, ahora ni en tiempo alguno, la venderemos ni apartaremos… ni la daremos a persona alguna de cualquier calidad y condición …

 …Y si fuéredes o fueren despojados… de la tenencia y posesión… han de hacerlo restituir y restituirán luego sin dilación alguna.”

 (Extracto de la carta de privilegios de1592)

 Bien conocido por todos es el proceso de emancipación del arzobispado que culminó con los privilegios concedidos  por Felipe II fechados el 15 de Junio de 1592 en Segovia, por tanto no vamos a profundizar en ello; pero sin quitar  un ápice de valor a la importancia que supuso para el pueblo la concesión de estos privilegios ni restar relevancia  al esfuerzo que para conseguirlos tuvieron que hacer nuestros antepasados  es conveniente hacer algunas consideraciones sobre los mismos.

 En primer lugar hay que decir que los privilegios no fueron concedidos graciosamente, los zalameños tuvieron que pagar  un alto precio por ellos. Veremos cuánto y por qué.

 En aquellos años la monarquía de Felipe II se encontraba en una situación en la que las arcas reales  estaban exhaustas y todos los recursos de recaudación prácticamente agotadas. Gregorio XIII,  en compensación por los servicios prestados por el rey emite una bula por la que le permite hacerse con los señoríos de la Iglesia, lugares y villas,  de rentas inferiores a 40.000 ducados. Y Zalamea se encontraba entre ellas. Pero, claro la posesión de la villa no le reportaba ninguna cantidad directa en efectivo, entonces Felipe II, al que le interesaba contar con dinero en metálico, ideó una maniobra para que nuestro pueblo, y otros muchos pueblos más en situación similar al nuestro, pudieran aportarle unos ingresos inmediatos que le permitieran afrontar los gastos y deudas que le acuciaban.. De esta manera después de amagar con la cesión del señorío al marques de la Algaba, mediando en la operación Nicolás Grimaldi,  banquero genovés con el que Felipe II tenía tratos, el rey ofrece al pueblo la posibilidad de comprarse a sí mismo indicándole que de así hacerlo podría disponer de su propia jurisdicción.

 Después de pensarlo y de valorar las dificultades y ventajas  que de ello se desprenden, el concejo  acuerda solicitar al rey redimirse a sí mismo pagando la cantidad que se estableciera. Dicha cantidad fue de 16.000 maravedíes por vecinos y 42.500 por cada millar de rentas jurisdiccionales. Como en aquel momento Zalamea tenía en su término municipal  817 vecinos y medio ( que no es lo mismo que habitantes reales) y que las rentas jurisdiccionales se elevaban, según hemos calculado, a 47.816 maravedíes, correspondía pagar 13 cuentos (millones), 80.000 maravedíes por los vecinos y 2 cuentos  24.190 por rentas juridiccionales, resultando en total  una cantidad de 15 cuentos 104.190 maravedíes. 

 Naturalmente Zalamea, que no disponía ni por asomo de esa cantidad, hubo de pedir un préstamo del que salió fiador Don Francisco Bernal Estrada; ilustre personaje de la época; El préstamo lo concede Doña Brigida de Arco Corzo,   préstamo que hubo que pagar durante 200 años. Desde nuestra perspectiva la operación tiene algunas sombras que convendría aclarar en un futuro. Evidentemente el objetivo final era proporcionar liquidez al monarca, pero todos estos personajes debieron obtener  también sus propios beneficios.

 Finalmente Bartolomé Portillo de Solier, tesorero real, firmó una carta de pago fechada el 12 de diciembre de 1587 haciendo constar el haber recibido del concejo de Zalamea  la cantidad estipulada.

 Y fue entonces cuando Felipe II otorgó y confirmó los privilegios.

 Para tener una apreciación del esfuerzo que supuso para nuestros antepasados el pago de esta cantidad vamos a intentar trasladarlo a nuestros días. Resulta aventurado establecer una equiparación porque las situaciones sociales y económicas son distintas y la facilidad para conseguir esas cantidades hoy son diferentes  de las de aquella época. No obstante vamos a arriesgarnos para que podamos tener una idea aproximado del coste de la operación.

 Teniendo en cuenta lo que costaban algunos artículos en aquel tiempo y el precio que esos mismo artículos tienen hoy podemos equiparar el valor del maravedí con 0,60 euros aproximadamente, con lo que con una sencilla operación matemática calculamos que Zalamea hoy tendría que pagar por sus privilegios algo mas de 9 millones de euros ( más de mil quinientos millones de las antiguas pesetas) Si ya para estos tiempos es una cantidad muy elevada, hace cuatrocientos años sería literalmente desorbitada.

Ese fue el precio que los zalameños pagaron por unos privilegios que les llenaron de orgullo  y que aún hoy suscita nuestra admiración, pero que les dejaron embargados durante dos siglos.

Manuel Domínguez Cornejo      Antonio Domínguez Pérez de León


03/08/2016 13:01 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

EL RELOJ DE SOL DE LA IGLESIA

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Durante la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna el horario de los lugares, pueblos y villas de la península se regía, en ausencia de los posteriormente tan usados relojes mecánicos, por los tiempos marcados por los toques de campana que se hacían desde la iglesia. Estos toques servían de referencia de la vida en el pueblo, no sólo de los rezos que los creyentes tuvieran que realizar a lo largo del día sino de las labores y funciones sociales. Tengamos en cuenta que en los pueblos no existían otros medios de regular esos tiempos. Para ello las campanas sonaban en determinadas momentos del día que venían señalados por un reloj de sol que marcaba las horas y que se colocaba en algún lugar de la fachada del templo. Habida cuenta que la duración del día era distinta en verano que en invierno las horas tenían también distinta duración según la estación  del año.

Así pues en la época a la que nos referimos los tiempos venían marcados por las llamadas horas canónicas, derivadas de las horas romanas, que eran las siguientes, siempre teniendo en cuenta que aquellos horarios no tenían correspondencia con los actuales

 Maitenines: A media noche, y en todo caso antes del amanecer.

Laudes: Al canto del gallo, a la salida del sol.

Prima: que era la primera hora  después del amanecer.

Tercia: tercera hora después de salir el sol

Sexta: sexta hora después de salir el sol. En verano venía a coincidir con el mediodía

Nona:  novena hora desde el amanecer.

Vísperas: se tocaba al ponerse el sol

Completas: que marcaban el final de las actividades ordinarias ya entrada la noche.

Estas horas se agrupaban, según algunos expertos, en horas diurnas (prima, tercia,.sexta y nona) y horas nocturnas (maitines, laudes, vísperas y completas).

En la Edad Media, se introdujo en el rito católico el rezo del ángelus, que intentaba rememorar el momento de la Anunciación por parte del arcángel San Gabriel a María. Inicialmente el ángelus se comenzó a tocar con campanadas distintas a continuación de la hora sexta, que era la hora en que supuestamente se produjo aquel evento. No obstante con posterioridad se generalizó, en algunos lugares, hacerlo también por la mañana, al amanecer, y al ponerse el sol, es decir, después de las horas prima y vísperas. Los toques del ángelus continuaron tocándose después de la introducción de los relojes modernos y siguieron señalando determinadas labores en los medios rurales.

Los responsables de hacer los toques de campana se guiaban por un reloj de sol que, como hemos dicho, estaba colocado en la fachada de las iglesias que daba al sur y por tanto recibían los rayos del sol desde el amanecer hasta el ocaso. Es lo que se denominaba "reloj de misa".

En nuestra iglesia podemos ver aún este reloj empotrado bajo la barandilla del balcón junto a la torre.

En ocasiones se ha pensado que podía ser de procedencia romana y que era una más de las piedras reutilizadas en su construcción. No podemos descartar totalmente ese origen, pero si es seguro que cumplió la  función de la que hemos hablado en estas líneas durante la Edad Media y parte de la Moderna.

Por otra parte, algunas horas canónicas dieron, así mismo, nombre a los oficios religiosos que se celebraban en ese momento y así encontramos una referencia a ellos en varios documentos históricos de nuestro pueblo. Per citar uno de ellos mencionaremos aquí el que aparece en el capítulo 8 de las reglas de la hermandad de San Vicente de 1425, que dice así:

"… se han de tomar cuenta de las misas y vísperas y completas que se dicen el día del señor San Vicente."

Hoy el reloj mecánico situado en la torre nos marca las horas de manera más precisa, pero cada vez que miremos hacía aquel otro pensemos que fue testigo y guía durante varios siglos de la vida y labores de muchas generaciones de antepasados nuestros.

Manuel Domínguez Cornejo       Antonio Domínguez Pérez de León

17/05/2016 21:34 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

LA HERENCIA DE LA VERA CRUZ

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Ya hemos comentado en anteriores artículos que el origen de la Semana Santa en Zalamea se remonta al siglo XVI cuando se funda la hermandad de la Vera Cruz en julio de 1580 como reflejo de la que ya existía en Sevilla creada en 1448. En este punto es conveniente recordar que en aquellos momentos, y hasta 1592, nuestro pueblo perteneció al señorío del arzobispo de Sevilla y aún después de esa fecha, durante la Edad Moderna continuó administrativamente formando parte del llamado Reino de Sevilla, al igual que otras poblaciones de la actual provincia de Huelva que celebran actos religiosos similares a los nuestros.

 Las procesiones de Semana Santa comienzan a  prodigarse en España en el último tercio del siglo XVI como consecuencia de las medidas tomadas en el Concilio de Trento como reacción a la reforma protestante, lo que se denominó Contrarreforma. Su objetivo era promover manifestaciones religiosas que de alguna manera resaltaran la Pasión y Muerte de Jesús para afianzar la fe católica ortodoxa. Y esta es probablemente la razón por la que se crea en Zalamea la Hermandad de a Vera Cruz.

Esta hermandad debió tener un fuerte arraigo y  al desaparecer dejó en herencia a la Semana Santa zalameña actual una serie de elementos que trataremos de resaltar en este artículo.

 Recordemos antes que la Hermandad de la Vera Cruz celebraba varias funciones a lo largo del año: la fiesta de la circuncisión del Señor a primeros de Enero; los oficios del jueves santo; la procesión de las cruces de mayo; la procesión de la noche del jueves santo con penitentes blancos con torso descubierto para disciplinarse y penitentes negros, portadores de hachas encendidas, acompañando todos una imagen de Nuestra Señora de la Angustia; y por último la procesión del Corpus Christi. Tenía la hermandad su sede en un local ubicado donde hoy se encuentra la plaza nueva de la Constitución, junto a la antigua cárcel, el llamado hospital de Nuestra Señora de la Angustia. Además tenía establecida entre sus obligaciones la visita a los enfermos y el entierro solemne de los hermanos fallecidos haciendo las veces  de un servicio funerario, del que no todos, fuera de la hermandad, podían disponer en aquellos tiempos.

Pues bien la Vera Cruz ha dejado en nuestra Semana Santa algunos elementos que son hoy característicos de ella. En primer lugar la existencia de penitentes blancos y negros. En  aquellas primitivas procesiones estos colores en las túnicas diferenciaban a dos tipos de penitentes, por un lado los blancos, que iban con la espalda descubierta disciplinándose, es decir, azotándose  con una disciplina (manojo de latiguillos)  intentando emular el sufrimiento de Cristo durante la flagelación; eran los llamados hermanos de sangre; por otro lado los vestidos de negro, que portaban hachas o velones encendidos y acompañaban en la comitiva a los anteriores; eran conocidos como hermanos de luz.

En segundo lugar está la procesión de la noche del jueves al viernes, la que ha venido en llamarse la procesión del silencio. Rememora algunos aspectos de aquella antigua hermandad del siglo XVI que se desarrollaba en silencio en la noche del jueves santo sin ningún tipo de acompañamiento musical aunque bien es verdad que mantiene con la sustanciales diferencias. La Vera Cruz sacaba en procesión a una imagen enlutada de Nuestra Señora de la Angustia mientras que la cruz, en este caso una gran crucifijo, iba portada por un clérigo al principio de la procesión.

El tercer elemento que aparece en nuestra Semana Santa heredado de la Vera Cruz es el muñidor y la trompeta que acompañan hoy al Vía Crucis en la noche del viernes Santo. Como se cuenta en las antigua reglas, la procesión de la Vera Cruz iba precedido por una corneta que emitía un sonido “tañido de dolor” que advertía del paso de la solemne procesión; y además contaba con la figura del “muñidor” que era un hermano, que también precedía a la comitiva, tocando una esquila que avisaba a todos de su proximidad. Estos últimos elementos no eran exclusivos de la Hermandad de la Vera Cruz, eran propios  de cualquier procesión de carácter religioso en la Edad Media; de hecho hemos comprobado que hoy hay muchas hermandades de origen antiguo en la que aparece protocolariamente  una hermano que porta una trompeta simbólica, o bordada en  un  estandarte; es la manera de rememorar la función que debió realizar aquel antiguo corneta. En cualquier caso estos elementos que inicialmente en nuestro pueblo eran propios de la Vera Cruz se incorporaron a la comitiva de nuestro Vía Crucis cuando se funda en 1776.

Hemos visto, pues, como aquella primitiva hermandad, fundada hace más de 400 años, ha dejado una huella indeleble y sigue aún presente en  nuestra Semana Santa actual.

 Manuel Domínguez Cornejo      Antonio Domínguez Pérez de León

27/03/2016 14:44 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

ZALAMEA ROMANA (II)

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Los romanos crearon una extensa red viaria por toda la Bética. Tanto por la densidad de población como por la explotación del metal y producción agrícola que generaba nuestra territorio, se hizo necesaria la construcción de un ramal, que partiendo de Urium (Riotinto) llegaba hasta Onuba. Esta calzada atraviesa nuestro término de norte a sur pasando cerca de nuestra población por las proximidades de la Estación Vieja, donde  aún pueden observarse algunos de sus tramos, después desaparece para dejarse ver de nuevo en las proximidades de  la laguna de la Pepa, las Tejoneras y Corchito.

 Su construcción es un carril que aprovecha los lugares de más fácil tránsito, siguiendo a media altura de la falda de los montes, evitando las cañadas y los grandes desniveles para facilitar así el paso de los carros. Normalmente está tallado en la roca firme del suelo, pizarra en algunos puntos; para salvar desniveles se excavaban en la pizarra unas trincheras con las medidas justas para el paso de un carro. Nuestros tramos de calzada tienen unas características idénticas a los estudiados en otras poblaciones de la provincia por los que pasa. En su base tiene una anchura de 1,75 m, llegando a los dos metros en la parte superior de la trinchera. Las huellas de las ruedas  se encuentran a una distancia entre si de 1,40 m aproximadamente, lo que responde a las características propias de los carros que por allí transitaban. Este tipo de vía estaba diseñado para permitir el paso de un solo carro lo que obligaba a que de vez en cuando se dispusieran lugares donde pudieran cruzarse otros que circulaban en sentido contrario. Curiosamente en el tramo descubierto junto a la Estación Vieja es posible observar uno de estos lugares de cruce. Debieron ser carros, según las fuentes documentales, de dos ruedas de un diámetro de 1,10 m y que transportaban, según las referencias de la época, una carga de aproximadamente media tonelada de peso, aunque hay expertos que piensan que podían llegar hasta las dos toneladas.

 La calzada pasaba cerca de la ermita de San Blas. Los basamentos de gossan que pueden observarse en el exterior de su presbiterio dan indicios de que la ermita pudo haberse construido sobre un pequeño santuario de época romana.

 Todo apunta a que en esta época había un núcleo de población consolidado en el lugar que actualmente ocupa Zalamea o en sus proximidades, sin que podamos dar datos de su ubicación exacta ni de su importancia. Se llega a esta conclusión por la cantidad de material reutilizado que hallamos en construcciones posteriores, principalmente en el conjunto Iglesia Torre. Este material procedería de construcciones romanas existentes en el mismo pueblo o muy próximas a él. Por cierto, lo que hasta ahora hemos considerados como cupas, - parte superior de algunas tumbas de incineración – que pueden observarse en el porche de la Iglesia, pudieran más bien tratarse de secciones semicirculares de algunos tipos de columnas. También se ha hallado una pequeña columnita romana con el capitel invertido, de estilo corintio, empotrada en la fachada de una casa de la calle Canterrana. Igualmente se han encontrado dos figuritas de terracota –exvotos- en los trabajos de restauración del patio de una casa de la calle de la Iglesia. Todo ello, como hemos dicho, de confirmarse su origen local, alimentan la hipótesis de la existencia de un núcleo de población donde hoy se encuentra Zalamea o en sus alrededores.

 Sobre el nombre que pudo haber tenido durante esa época, dos son los que se barajan como más ciertos: Cotinae y Callensibus Aenanici. De ambos el que más posibilidades ofrece  es este último, que vendría a significar algo así como “Lugar en el camino del cobre” coincidiendo con la proximidades de esta población a la calzada que comunicaba Urium con Onuba, nombre que aparece en el Itinerario Anónimo de Rávena al hablar de las calzadas romanas.

 Con el paso del tiempo la cultura romana fue asentándose en nuestra población y con ella llegó el cristianismo a Zalamea. Aunque son escasos los vestigios de la época que encontramos en nuestro término de esta religión, si cabe destacar una cruz paleocristiana del siglo V que se halla grabada junto a símbolos más antiguos en la finca de los Aulagares. Es muy probable que el cristianismo conviviera durante años con otros ritos paganos indígenas e hispano-romanos  durante la decadencia del Imperio y que aquellos primeros seguidores grabaron la cruz en aquellas piedras como testimonio de su fe.

 Con la llegada de los godos, el dominio romano se desvaneció, políticamente, desde luego, porque al igual que en el resto de Hispania, dejó una huella indeleble en forma de leyes, lengua y costumbres.

Imagen de la foto: Figuritas de terracota halladas  en Zalamea.

Manuel Domínguez Cornejo    Antonio Domínguez Pérez de León

21/02/2016 21:26 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

ZALAMEA ROMANA (I)

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Otra de los periodos que ha sido tratados escasamente en el estudio de la historia de Zalamea es la época romana, por lo que volveremos  a intentar  introducirnos en ella a través de los vestigios que hoy podemos encontrar en nuestro término, vestigios que nos permiten aventurar algunas hipótesis, aunque es extremadamente arriesgado adentrarse en este terreno  sin hacer referencia al contexto histórico general.

 La península ibérica, por su riqueza agrícola y sobre todo minera, fue objeto de codicia de los grandes imperios que surgieron en el Mediterráneo. A comienzos del  siglo II a.C. se convirtió en el escenario del enfrentamiento entre las dos potencias del momento, cartagineses y romanos, enfrentamiento que acabó decantándose, como es sabido, a favor de estos últimos.           

 Tras la expulsión de los cartagineses, todo el territorio peninsular, a pesar de algunos focos de enconada resistencia, se integra definitivamente en el territorio de dominación romana. Nuestra comarca queda enclavada primeramente en la Hispania ulterior y posteriormente en la provincia denominada Bética, y dentro de ella en la región conocida como la  Baeturia céltica, cuando, tras la reorganización del Imperio que hace Augusto en el 27 a C, se crea esa provincia romana.

 Como es lógico, todas las minas de nuestra zona, principal interés de los nuevos colonizadores, en especial la de Riotinto, se convierten en un centro de atracción, así se volvieron  a reanudar los trabajos en minas como Chinflón, Buitrón, Masegoso, etc., algunas de ellas ya trabajadas en la Prehistoria. Durante el periodo republicano poco se altera en la vida de los indígenas ya que Roma se limita a someter política y militarmente los centros mineros y poblaciones para controlar el comercio que ellos generaban.

 Con la llegada del Imperio en el siglo I, comienzan a introducirse las costumbres, la religión y en definitiva la cultura de los nuevos colonizadores. La explotación de las minas provocó la llegada de un gran contingente de personas  que requerirían enormes cantidades de materia prima, lo que vino a promover el resurgimiento de las áreas próximas dedicadas a la agricultura y a la ganadería. Y ese debió ser el caso de Zalamea.

 Se han encontrado en el término hasta el momento gran cantidad de pequeños poblados dispersos, que podemos dividir en tres tipos. En primer lugar  están aquellos que se crearon en las proximidades de las minas, con el objeto de albergar a los trabajadores que se encontraban en ella. Tales fueron los casos de Castillo de El Buitrón, Tinto y Santa Rosa, la Mimbrera, Chinflón. Eran pequeños poblados que se dedicaban a la extracción del mineral, tarea que se realizaba en unas condiciones bastante duras y penosas, con pesadas herramientas y en galerías donde apenas cabía un hombre y en las que era frecuente se hiciera trabajar a niños.

 Un segundo tipo de poblado era el que se dedicaba a la fundición   del mineral que se recogía en diferentes yacimientos situados  en áreas cercanas, generalmente de poca envergadura. De este tipo son los hallados en Ciriaco, Los Picotes, Corchito o El Pozuelo,

 Por último encontramos un tercer tipo de poblamiento, se trata de  villas rústicas dedicadas a la explotación agropecuaria. Constituían el sector básico de la estructura económica de la zona y su función era la de explotar los recursos agrícolas y ganaderos que el terreno les propiciaba y proveer de ellos a los centros mineros. Como es lógico ocupaban las zonas más fértiles de nuestro término. Entre ellos encontramos los de  la Esparraguera; El Cañuelo, donde aún pueden observarse numerosos restos esparcidos por la zona; Cabezo de la Cebada; la Molinera o La Morolla,  por enumerar algunos de los muchos que se han localizado.

 Aunque sólo en algunos de ellos se han encontrado enterramientos funerarios, presumimos que todos debieron contar con un pequeño cementerio, pero debido quizás a la fragilidad de las construcciones, estos han ido desapareciendo con el paso del tiempo. La mejor conservada fue la necrópolis del Cabezo de la Cebada excavada y estudiada por Adriano Gómez. En algunas de sus sepulturas se hallaron pequeñas vasijas como  ofrendas en el ajuar funerario, así como una moneda de la época del emperador  Graciano (375-383). A unos 65 metros de esta necrópolis se halló un habitáculo,  y en sus cercanías dos pequeñas figurillas de terracota.

Imágenes de las fotos:

Izquierda: Restos de viviendas romanas en la finca El Cañuelo

Derecha: Sepultura de la necrópolis de El Cabezo de la Cebada 

Manuel Domínguez Cornejo       Antonio Domínguez Pérez de León

17/01/2016 13:06 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Antigua No hay comentarios. Comentar.

EL MENHIR DE ZALAMEA

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A finales de la década de los 90 descubrimos, recorriendo el término de Zalamea,  una gran piedra alargada en forma de huso que, tras las comprobaciones correspondientes, resultó ser un menhir, el único hasta ahora descubierto en Zalamea la Real y uno de los pocos existentes en toda la provincia de Huelva, aunque en la vecina Portugal   suelen ser frecuentes.

 Antes de entrar en detalles sobre esta pieza creemos conveniente introducir alguna explicación sobre lo que es un menhir y su significado.

 La palabra menhir, según algunos autores, es de origen celta y vendría a significar piedra larga (men: piedra –hir:larga). Se trata pues de enormes piedras alargadas y ovaladas que eran colocadas en posición vertical  y se levantaron en nuestra zona entre el 10.000 y el 1000  antes de Cristo. Su longitud podía oscilar entre uno y tres metros  y entre 50 y 80 cm de anchura en la parte central. Son los primeros monumentos megalíticos conocidos.

 Hay múltiples teorías acerca de su origen y significación, pero la más extendida es que se trataba de monumentos de un sentido mágico destinado a conseguir de los dioses  fertilidad para los campos y fecundidad en animales y personas. Así tallaron y levantaron enormes piedras como un símbolo fálico que propiciara del cielo la abundancia de lluvias que favorecieran el crecimiento de las plantas y la reproducción de los animales. Con frecuencia tienen en sus laterales grabados o hendiduras, con una significación aún no suficientemente aclarada, pero que casi con seguridad pretenden aludir a los dioses para conseguir sus favores.

 El menhir descubierto en Zalamea estaba situado junto a la finca de La Zorrera, a unos 500 metros al este de la aldea de El Membrillo alto. Tiene 2,20 de alto por 60 cm de ancho en la parte central. Está construido con pórfido pizarroso abundante en esa zona presumiblemente extraído de una cantera no muy lejana de allí. Se encontraba en un pequeño llano en lo alto de un cerro, aunque se encontró derrumbado en posición horizontal, pegado a la alambrada que delimita dos fincas, es seguro que no se trataba de su lugar original, sino que fue intencionadamente desplazado para que no constituyera un obstáculo en la labranza del terreno. Tiene grabadas dos cazoletas con un orificio central en una de sus caras cuyo significado desconocemos, aunque es algo común, como dijimos más arriba en este tipo de monumentos. Hasta hoy no se ha descubierto en nuestro término ningún otro, por lo que se trata de una pieza singular.

 Actualmente se encuentra en la puerta de acceso al Museo Provincial en Huelva, donde fue trasladado para su exposición,  lo que ha impedido posteriores investigaciones sobre el lugar que ocupaba y hubiera podido despejar muchas incógnitas  que se tienen sobre este tipo de monumentos en nuestra provincia.

 Imágenes de la foto:

Izquierda: Situación actual del menhir hallado en Zalamea, en la entrada del Museo de Huelva.

Derecha: Recreación de la situación que debió tener originalmente.

Manuel Domínguez Cornejo     Antonio Domínguez Pérez de León

09/12/2015 20:28 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

ACTAS CAPITULARES DEL ARCHIVO MUNICIPAL (III)

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Continuando con la forma en que las actas capitulares reflejan algunos acontecimientos significativos de la historia de Zalamea, encontramos en ellas el nacimiento de nuestra feria cuando el 5 de octubre de 1842, la corporación municipal acordó solicitar autorización para celebrar una feria de ganado en los días 18, 19 y 20  de septiembre, eran tiempos en que las explotaciones agrícolas y ganaderas constituían un pilar fundamental en la economía del pueblo y con ello se pensó en potenciar las transacciones de ganado. Por tanto podemos deducir que fue en 1843 cuando tuvo lugar por primera vez la celebración de la nuestra feria. El lugar elegido fue los alrededores de la ermita de San Vicente. Consecuencia del auge que tuvo y de las fiestas que acompañaron a la feria fue la celebración de corridas de toros que motivó la construcción de una nueva plaza de toros ya que estos festejos se venían celebrando en un corralón. También la edificación de la nueva plaza tiene su reflejo en las actas capitulares cuando el 6 de octubre de 1878 se acordó conceder un solar para la construcción de una plaza de toros a la sociedad de los arrepentidos, cuyo primer presidente fue don Manuel Carvajal.

Continuando con nuestra feria , en 1894, el 8 de abril se acordó, para evitar los riesgos de la climatología trasladarla al mes de julio, pero esta decisión no debió obtener  los resultados apetecidos porque el 17 de Mayo de 1896, tan solo dos años después se decidió volver a la antigua fecha. Como la fiesta que acompañaba a la feria era cada vez más del gusto de todos, el 10 de agosto de 1900 se acordó cambiar de nuevo la fecha  para que la feria se iniciara el sábado siguiente al 17 de septiembre para que al menos coincidiera con un día festivo y de esta manera los operarios de las minas pudieran disfrutar de ella.

Abordando ya otro tema, es llamativo, sin embargo, el poco eco que tuvo en las actas capitulares los sucesos del 4 de febrero de 1888, fecha en la que, como se recordará, una manifestación que protestaba contra las calcinaciones al aire libre de las minas, fue duramente reprimida. Presumimos que el temor a las posibles represalias hizo que en esas fechas no se reflejara nada relacionado con lo ocurrido ese día y los que le siguieron. Con anterioridad el ayuntamiento sí se había posicionado claramente contra las calcinaciones al aire libre con un acuerdo tomado el 12 de Junio de 1887 por el que las prohibía en todos los establecimientos mineros de su término municipal. No es nuestra intención valorar aquí los sucesos ocurridos (Los interesados en profundizar en esta cuestión pueden consultar la serie de 10 artículos titulados “El año de los tiros” publicados en esta blog). Queremos reflejar la extrañeza que nos causó que no se reflejara nada en las actas. El día anterior, el 3 de febrero, si encontramos un acta de una sesión extraordinaria celebrada a las 12 de la noche para dar cuenta de la agitación existente a esa hora en el pueblo con movimientos de protesta por los humos de las calcinaciones de las minas de Riotinto. La manifestación tuvo lugar, como es sabido, el 4 de febrero y acabó con una matanza sin precedentes en la comarca. El 5 de febrero se reúne el ayuntamiento y no se hace constar nada en las actas. ¿Puede alguien pensar que no se comentara nada, teniendo en cuenta que el alcalde de Zalamea era uno de los que encabezaba la manifestación, junto a Ordóñez, Lorenzo Serrano y Tornet?

Pasado el tiempo, el miedo se va diluyendo y empezamos a encontrar algunos reflejos de los hechos. Así,  el 17 de mayo, se da cuenta de la muerte de don Juan Talero, político que se destacó en la defensa de los pueblos afectados por los humos de las calcinaciones, acordándose manifestar las condolencias a la familia y nombrar una comisión que fuera a manifestársela personalmente y también realizar honras fúnebres en su memoria en la parroquia. El 9 de marzo de 1890 se decidió erigir un monumento a este hombre y empedrar la plaza que llevaría su nombre. El acto de inauguración tuvo lugar el 20 de mayo de 1890 con la presencia de un hermano de Talero y el prestigioso periodista José Nogales. Monumento que aún podemos contemplar y que fue durante más de cien años el único recuerdo que quedó en toda la comarca de los sucesos del 4 de Febrero.

03/11/2015 21:07 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

ACTAS CAPITULARES DEL ARCHIVO MUNICIPAL (II)

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Siguiendo con la reseña de algunos de los asuntos que se reflejan en  las Actas Capitulares que ya iniciamos en el capítulo anterior, encontramos detalles entrañables de una de las tradiciones mejor conservadas de nuestro pueblo,  como cuando el concejo, el 20 de agosto de 1776, a petición de Don Gabriel Alejandro Sanz y dos curas del pueblo Juan Domingo López y Pedro González – amigos y devotos de la Via Sacra -, acuerda concederle un terreno en el “Cabecito de los Paños” de seis varas en cuadro para edificar allí la décimo cuarta estación del Vía Crucis. Hoy podemos verla construida y a su vera la ermita del Santo Sepulcro.

 Igualmente vemos como algunos sucesos relevantes  de la Historia General de España también tienen su reflejo en ellas. Los recordaremos siempre desde la óptica que muestran las actas capitulares.

 De esta manera comprobamos como la resistencia a los franceses durante la Guerra de la Independencia dejó constancia en dichas actas. Sabemos que el día 7 de Mayo de 1808, a la una de la madrugada, llegó a Zalamea al bando de los alcaldes de Móstoles llamando a la resistencia contra el enemigo y enseguida se le dio traslado hacia Valverde, Calañas y Sevilla. Pues bien el 10 de Mayo, reunidos en cabildo, el Concejo, presidido por Don Juan Santana de Bolaños, personaje que después protagonizaría  otras acciones de lucha contra los franceses, acordó la formación de una partida de voluntarios  formada por hombres de entre 16 y 45 años, pagándoles seis reales diarios. Se vuelve a insistir en la formación de partidas de hombres armados el 28 de febrero de 1810.

Son diversas la referencias a la exaltación patriótica, pero también se reflejan las consecuencias que la guerra tuvo en la población con detalles como cuando en abril de 1810, después de que se marcharan las tropas francesas que ocuparon la villa varios arrendatarios de Abastos pretendieron dejar su compromiso de abastecimiento, lo que les fue denegado por considerar que ya en el primer trimestre habían tenido unas ganancias exorbitantes con motivo de haber estado alojado las tropas españolas en el pueblo. También leemos  que el pueblo se quedó vacío por temor a que volvieran los franceses. Igualmente, finalizada la guerra, se acordó enviar un comisionado que reclamase las cantidades que se habían gastado en la manutención de los ejércitos y guerrillas ya que la villa se encontraba en la más completa ruina.

Otro de los asuntos que quedan registrados en las actas aunque no con todos los detalles que quisiéramos es la segregación de las poblaciones de Riotinto, Nerva y Campillo. Todas ellas fueron consecuencia del aumento poblacional que registraron estas aldeas derivado de la explotación de las minas. Así en 1841 se da cuenta de la independencia del municipio de Minas de Riotinto como culminación de un proceso que conoció con anterioridad otros intentos fallidos, siempre con la oposición de Concejo zalameño. Mas adelante, el 7 de Julio de 1885, por orden gubernativa se forma el municipio de Nerva, agrupando las aldeas de Riotinto (no confundir con Minas de Riotinto) y Ventoso y los poblados mineros de Chaparrita y Peña de Hierro, esta segregación obliga a constituir una nueva corporación en Zalamea en ese mismo mes de Julio.

 Pero de todas las segregaciones, la más controvertida y la que causó más enfrentamientos en el seno de la corporación fue la de El Campillo. El intento más serio tiene lugar el 18 de abril de 1925, cuando la corporación niega la segregación de El Campillo solicitada mediante un pliego de firmas recogida en esta aldea, la tensión se pone de relieve cuando se duda de que muchos de los firmantes sean habitantes de la propia  aldea. Parece ser que un informe de la diputación fue favorable a la segregación lo que originó una airada protesta del Ayuntamiento zalameño que se concreta en un acuerdo de 17 de Octubre de 1825 alegando las razones por la que se niega dicha segregación aduciendo  además motivos de falta de recursos de la aldea. Como en aquella corporación había concejales de El Campillo, estos presentan un amplio informe contradiciendo los argumentos de Zalamea. Casi se puede sentir la tensión en las actas. El proceso se dilata y El Campillo no obtiene en ese momento su independencia. Aunque no hemos encontrado referencias en ellaqs sabemos que en los años sucesivos hubo constantes enfrentamientos entre los representantes de ambas poblaciones. Finalmente el 17 de abril de 1931, tres días después de proclamada la república, se constituye en Zalamea el nuevo ayuntamiento en el que un concejal de El Campillo es nombrado primer teniente de alcalde.  Ocho días más tarde el ayuntamiento imbuido por el espíritu de libertad y justicia dominante en el momento,  acuerda por unanimidad la segregación de El Campillo. Contrasta esta unanimidad con la tensión que se desprende de posteriores sesiones en las que se les niega la palabra a los concejales de El Campillo que aún formaban parte de la corporación, como se aprecia en la sesión del 14 de Agosto de ese mismo año, fecha en la que aún no se había constituido el nuevo Ayuntamiento del nuevo pueblo de Salvochea, nombre con el que se independizó.

La delimitación del nuevo término tampoco estuvo exenta de polémica, así la aldea de Traslasierra quiso seguir perteneciendo a Zalamea como quedó reflejado en la sesión de 5 de Febrero de 1932 donde se dio cuenta de una carta que  los vecinos de esta aldea dirigieron al ministro de la Gobernación solicitando permanecer bajo su jurisdicción.

Quizá estos conflictos fueron el origen de una absurda rivalidad entre los habitantes de ambos pueblos, afortunadamente hoy superada.

Manuel Domínguez Cornejo      Antonio Domínguez Pérez de León

28/09/2015 20:54 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

ACTAS CAPITULARES DEL ARCHIVO MUNICIPAL (I)

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Las actas capitulares son los documentos del archivo municipal donde quedan registradas las deliberaciones y los acuerdos de los miembros de la corporación. Son documentos de gran interés ya que en ellas  aparecen datos acerca de la apreciación que los componentes del Ayuntamiento tuvieron de los hechos de la historia general o de las decisiones sobre acontecimientos que incidieron en la historia local. Su confrontación con los hechos ofrece siempre información interesante y en ocasiones hasta sorprendente.

Las primeras actas que se conservan, si exceptuamos la que aparece reflejada en el libro de las Ordenanzas Municipales de 1535, son de 1578 aunque desgraciadamente, al menos en el momento el que nosotros estuvimos estudiándolas, habían desaparecido precisamente las correspondientes al periodo del proceso de emancipación del arzobispado (1579-1592). Estas actas hubieran proporcionado datos  sobre como se vivió desde el cabildo aquel proceso. Otra cuestión que nos llamó poderosamente la atención fue que algunos miembros de la corporación municipal firmaban, especialmente en las primeras actas, con marcas o señales. La educación no estaba ni mucho menos generalizada y la lectura y la escritura estaba reservada para unos pocos, por lo que con frecuencia eran nombradas personas, hombres buenos, cristianos viejos y distinguidos,  que no dominaban el mecanismo de la lectura y la  escritura y probablemente dejaban constancia de su presencia con marcas o señales por considerarlas más identificativas de su persona, o con sus propios nombres que, más que escribir, dibujaban. 

 Pasaremos en este capítulo, y en otros que le seguirán, a referir algunos aspectos de su contenido que nos parece conveniente poner de relieve por su importancia o curiosidad.

 Uno de los asuntos que acaparó la atención de nuestros munícipes es el famoso litigio que se tuvo con Niebla y su lugar de Facanías (hoy Valverde del Camino) por la delimitación de los términos de ambas poblaciones y que se prolongó durante más de 400 años (para más información sobre este tema pulsar aquí) y de esta manera observamos como se registran en las actas  las quejas de algunos vecinos de Zalamea que denuncian a los de Valverde por mover de su posición los mojones o cuando en 1686 se acuerda incoar un proceso a 40 individuos que arrancaron dichos mojones de su lugar.

Igualmente se pone de manifiesto en ellas  las consecuencias de las sucesivas guerras que España mantuvo con Portugal porque,  aunque nuestro término, que sepamos,  no fue escenario de ninguna batalla sí sufrió el paso de los ejércitos españoles hacía la frontera con todo lo que ello acarreaba. Así leemos como en 1711 se hace constar que el conde de Peruela ordenó requisar todo el trigo del Pósito y se presentó en la villa con diez compañias de dragones para que fueran alojados en las casas, lo que dejó a la población en una situación de penuria tal que el concejo se vio forzado a vender unos terrenos comunales, el denominado valle de Campofrío, para hacer frente a la difícil situación económica en la que los militares habían dejado a los vecinos. No era cuestión de patriotismo, era cuestión de supervivencia.

En las actas capitulares podemos hacer también un seguimiento de cómo el pueblo hubo de enfrentarse a la suspensión de los privilegios otorgados por Felipe II – privilegios otorgados previo pago, naturalmente, de 15 cuentos (millones) 104.190 maravedíes, que tuvo embargado al pueblo durante más de dos siglos- ;  suspensión que se llevó  a cabo en varias ocasiones  a lo largo del siglo XVII y XVIII. Sucedía que los gobiernos de la nueva dinastía borbónica nada entendían  de aquellos antiguos privilegios y con frecuencia tomaban decisiones que contravenían lo establecido en aquel documento (apropiación de terrenos de propios, nombramientos de alcaldes mayores, concesión de minas) por lo que el concejo se veía obligado a nombrar procuradores que defendieran en la Real Audiencia y Chancillería de Granada  los derechos concedidos en aquella Carta de Privilegio firmada de puño y letra por Felipe II en Segovia el 15 de Junio de 1592. Por lo que sabemos, el algunos casos ganó el pleito Zalamea.

 

 Imagen de la foto: Acta capitular de 13 de julio de 1578. En ella se acuerda destituir a Franscico Pérez como cuadrillero de la Santa Hermandad y nombrar en su lugar a Pedro Vázquez, que está presente y acepta y jura el cargo. Obsérvese como algunos miembros de la corporación firman con marcas o señales. 

24/08/2015 19:49 mdc y adpdl Enlace permanente. Varias épocas No hay comentarios. Comentar.

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