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ÇALAMEA 1425

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Principios del año 1425. En Castilla reina Juan II. Una pequeña población al suroste peninsular que había sido ganada a los musulmanes e incorporada a la corona de Castilla hacía poco más de 150 años, atraviesa momentos difíciles. Antaño llamada Salamya, en la nueva lengua castellana su nombre había pasado a ser Çalamea. Está  habitada por gente mayoritariamente cristiana, pero aún se encuentran algunos de religión judía y  unos pocos descendientes de los antiguos musulmanes convertidos ahora, por fuerza  o conveniencia,  al cristianismo. Todos conviven  en una frágil armonía.

Ha alcanzado ya la condición formal de villa y  se encuentra bajo el señorío del arzobispo de Sevilla. Viven en ella alrededor de 100 vecinos, lo que supone entre 400 y 500 habitantes reales, distribuidos en un término extenso en el que también, bajo su administración, existen otros núcleos: Buitrón, Buitroncillo, Pozuelo, El Villar, Marixenta, Membrillo, el Monte de El Campillo, el Monte de Alonso Romero y Santa María de Rio Tinto.  Cultivan  en sus campos cereales y lino,  acotan algunos terrenos para viñas, cuidan y aprovechan el fruto de enormes dehesas de encinas y alcornoques y se afanan en sacar provecho de sus numerosas huertas; crían ganado: cerdos, bueyes y cabras: pero también se esmeran en algunas trabajos artesanales como los lagares de cera, el curtido de pieles y tejidos de lino.

Cuenta  la villa apenas con una  docena de calles que se agrupan en torno a un antiguo edificio restaurado que alberga una iglesia compuesta por dos naves y un pequeño campanario. Las calles tienen suelo de tierra y al ponerse el sol se sumergen en la más profunda oscuridad. Los que a esas horas transitan por ellas, por necesidad u obligación, deben llevar alguna luminaria que les alumbre el paso.

Dos alcaldes ordinarios rigen el pueblo ayudados por un alguacil, un escribano y un mayordomo. Todos bajo la atenta vigilancia de un alcalde mayor, designado por el arzobispo y que vela por sus intereses y porque se paguen los impuestos que a él se deben como señor de Zalamea.

Como a un cuarto de legua hacia levante  hay una pequeña ermita donde se venera una imagen de Santa María de Ureña, traída hace tiempo por los primeros repobladores castellano-leoneses desde sus lugares de origen.

Y aquí, en Zalamea, en los primeros meses de 1425, se padece una terrible epidemia de peste. Los vecinos tanto del pueblo como de su comarca sufren los rigores de esta terrible enfermedad que diezmó la población de toda la península ibérica durante la Edad Media.

Los alcaldes y hombres buenos de la villa, reunidos una noche, bien abrigados por el frío que todavía se deja sentir, ignorantes de las causas y el remedio de aquel mal que amenaza a los sencillos zalameños y a sus familias,  buscan en la religión la forma de resguardarse de ella.  Uno de los allí presentes propone elegir un santo patrón al que invocar para que interceda por ellos ante el Altísimo. Enseguida se escuchan los nombres de santos según las preferencias de cada uno, pero los alcaldes hacen valer su criterio acerca de es es una decisión de gran trascendencia que debe tomarse entre todos los que habitan la villa y así acuerdan convocar un concejo abierto en la puerta de la iglesia después de misa para el próximo domingo. Sería sobre sobre el mediodía, antes de la hora sexta, cuando las campanas tocan convocando a todos los vecinos varones de la villa y sus aldeas, a los que un pregonero había puesto sobre aviso antes oportunamente. Allí, ante el escribano Juan Rodríguez, se juntan la mayor parte de los hombres del pueblo. Entre ellos están Antón García Madroñuelo, Andrés García de la aldea de El Buitrón, Santos Martín del Butroncillo, también Alonso Martín de El Pozuelo, Juan de las Armas, Bartolomé Rodríguez y otros muchos venidos de todos los puntos del vasto término de Zalamea. Las mujeres y los niños miran expectantes retirados prudentemente. Solo los hombres toman parte y deciden sobre aquella cuestión en aquel momento tan solemne.

Estando ya todos juntos, después de debatir sobre la forma de elegir al santo se acuerda hacerlo fiándolo a la  suerte. Se adelanta entonces Bartolomé Martín, cura de la villa, y colocando un cántaro en el que se habían metido papeles con los nombres de todos los santos de las letanías, llama a  un niño y le manda que metiera la mano en el cántaro y  sacara uno de los papeles. Así lo hace el pequeño y extrae aquel que llevaba el nombre de San Vicente, por tres veces consecutivas se repite la extracción y en las tres sale el nombre del mismo santo, por lo que todos entenden que Dios les daba como patrón al glorioso San Vicente. Era, a la sazón, el 24  de marzo de 1425

Allí mismo se decide formar una hermandad y  se nombran a sus priostes y se acuerda mandar hacer una imagen del santo y contruirle una ermita, que en este caso se levantaría a poniente en un pago que ofrece el concejo. Los más hacendados del pueblo ofrecen a la nueva hermandad bienes y suertes de tierra para que dicha hermandad tuviera rentas propias.

Y de esta manera San Vicente Mártir se convirtió en patrón de la villa. Mucho ha llovido  desde entonces, ha habido guerras, periodos de abundancia y de malas cosechas, sequías y fuertes temporales, pero 594 años después, los descendientes de aquella Çalamea del Arçobispo, hoy convertida en Zalamea la Real, sigue rindiendo culto a aquel santo que eligieron sus antepasados.

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La narración es una recreación ficticia de la elección del santo, pero está basado en hechos rigurosamente históricos.

En 1425 Zalamea estaba asolada por una epidemia, “pestilencia” según dicen las reglas. Hemos supuesto como más probable que fuera de la temida peste negra, porque sobre 1422 tenemos constancia que hubo una  que tuvo especial virulencia en el suroeste peninsular, que quizá se prolongara hasta 1425, pero también pudo ser de otro tipo . En aquellos tiempos se denominaba pestilencia a cualquier epidemia que causara enfermedades y muertes.

Las personas nombradas son reales, aparecen en las reglas de la hermandad y son los primeros zalameños de los que se conocen sus nombres.

El número de habitantes de Zalamea en aquel tiempo está deducida de los datos  de población que se conocen para el territorio de la zona.

La reunión celebrada en la puerta de la Iglesia fue probablemente un concejo abierto, una forma de administración municipal asamblearia en el que los hombres de la villa tomaban las decisiones importantes. Se celebró aquel 24 de marzo de 1425, fue seguramente un domingo, fecha habitual en la que se celebraban los concejos abiertos.

Los denominados “hombres buenos” eran hombres respetados en el ámbito local, cristianos viejos e influyentes por su edad, experiencia o propiedades.

La ermita de Santa María de Ureña, hoy San Blas, ya existía en 1425, también la de Santa Marina en el Villar.

 Manuel Domínguez Cornejo           Antonio Domínguez Pérez de León

Imagen de San Vicente de Tomás Giner (Siglo XV)

21/01/2020 21:18 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

LOS LÍMITES ENTRE ZALAMEA Y VALVERDE. UN PLEITO DE MÁS DE 400 AÑOS

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             Hace ya bastantes años tuvimos acceso a la trascripción de un documento fechado en 1450 en el que se trataba de un litigio entre Zalamea, dependiente entonces del arzobispado de Sevilla, y la villa de Niebla y su lugar de Facanías, lugar que luego se independizó con el nombre de Valverde del Camino, relativo a los límites de los términos de ambas poblaciones. Este documento no nos hubiese llamado la atención más que cualquier otro si no hubiésemos comprobado más tarde que la disputa se alargó durante más de 400  años, hasta finales del siglo XIX.

             Esta cuestión, por su peculiaridad, atrajo nuestra curiosidad hasta el punto de conducirnos a investigar el tema para profundizar en los orígenes y desarrollo de este proceso. Independientemente de las implicaciones socioeconómicas, que no cabe abordar aquí por su extensión, y de la seriedad que indiscutiblemente tuvo el asunto para nuestros antepasados, hoy, desde nuestra perspectiva, el tema ofrece un aspecto ciertamente anecdótico que en lo relativo a su duración reduce a una simple escaramuza la tan cacareada guerra de los cien años entre ingleses y franceses en la Edad Media y demuestra que cuando dos partes se creen en posesión de la razón son capaces de transmitir su disputa a varias generaciones, pasándolas de padres a hijos durante más de cuatro siglos.

            El documento al que antes hicimos referencia y que inicialmente nos introdujo en el tema es una escritura donde se recogen los autos y las sentencias que sobre el conflicto da Fray Rodrigo Ortiz, comisionado de mutuo acuerdo por Don Juan de Guzmán, duque de Medina Sidonia y conde de Niebla, y don Juan de Cervantes, cardenal de Ostia y arzobispo de Sevilla, señor de Zalamea, para que resolviera sobre la colocación de los mojones (postes de mampostería destinados a marcar los límites territoriales) entre ambas poblaciones. Este hombre recibe a los alcaldes y regidores de los dos pueblos, que se acusan mutuamente de haber modificado las mojoneras que delimitan sus respectivos términos. La forma de resolverlo es interrogando a los testigos que se suponen neutrales, y que manifiestan conocer la situación de dichos puntos desde tiempo inmemorial al frecuentar la zona por las labores que en ellas realizan. Así mismo se refiere que la disputa viene de “más antiguo”.

 

            Posiblemente el origen del problema haya que buscarlo en la identificación de límites territoriales entre los distintos reinos de taifas, Hispalis y Lebla (Niebla) a los que pertenecían respectivamente Zalamea y Valverde pero probablemente esto no se puso de relieve  hasta que ambas poblaciones son reconquistadas por los cristianos y cedidas Zalamea al arzobispo de Sevilla y Niebla a los Guzmanes. Es precisamente en este momento cuando estos señores feudales ven la necesidad de establecer con claridad cuáles son los límites de sus respectivos señoríos ante los continuos enfrentamientos que se vienen produciendo entre los pobladores de uno y otro lugar por lo terrenos limítrofes. La decisión del mencionado juez Fray Rodrigo Ortiz, por muy salomónica que nos parezca, no dejó satisfechas a ninguna de las partes por lo que se desprende de posteriores documentos y los mojones eran derribados por unos y otros poco después de que volviera la espalda el último que los había colocado.

             En 1454, siendo arzobispo de Sevilla, Alonso de Fonseca, los Guzmanes le arrebatan Zalamea, no devolviéndosela hasta 22 años más tarde. No tenemos certeza de que haya relación entre este hecho y las disputas territoriales, aunque no hay que descartar que así fuera. También pudo ser una forma de presionar para favorece la aspiración de un Guzmán a la silla arzobispal.

             La siguiente referencia documental la encontramos en el Libro de los Privilegios de 1592 cuando el licenciado Miguel de Rado, juez comisionado real, procede a la delimitación del término de Zalamea para entregarlo a las autoridades de nuestro pueblo des pués de haberse comprado a sí mismo. Al llegar a los límite por el sur y ante el conocimiento de las disputas, el tal juez comisionado cita el 28 de Mayo de 1582 a los representante del concejo de Niebla y Valverde para que se persone en la identificación de los mojones. Aunque en principio los allí presentes no interponen ninguna queja, más tarde hacen saber al corregidor su disconformidad  y el procurador de Niebla requiere a Miguel de Rado para que deje en suspenso el tema ya que ha elevado el proceso a la  Real  Audiencia de Granada, protestando de su autoridad. El dicho licenciado vuelve a preguntar a los testigos presentados por Zalamea, sobre la situación de los tan traídos y llevados mojones, pero estos testigos son descalificados por los procuradores de Niebla y Valverde, tachándolos literalmente de “odiosos y sospechosos”. No obstante el mayordomo del concejo de Zalamaea, Juan González Lorenzo, insta a Rado para que continúe con el amojonamiento en virtud de la autoridad que le otorga el rey, alegando que por esa razón está por encima de cualquier magistrado. Éste así lo hace, colocándolos en el lugar que les indicaron nuestros antepasados.

             A pesar de todo, el recurso interpuesto por Niebla tuvo como consecuencia que el pleito se prolongara durante una buena parte del siglo XVII y el libro de los Privilegios hubo de viajar a Granada para servir como prueba en defensa de los intereses de Zalamea; probablemente la firma real que figura al final de este documento debió de pesar en la última decisión.

            Las distintas sentencias que se dictar acerca del tema no lo dejaron ni mucho menos resuelto, por lo que el asunto se reanuda durante el siglo XVIII, y así vemos como en 1774 el Ayuntamiento de Zalamea da poderes a un agente de Granada para que prosiga con el pleito que mantiene con Valverde por el lugar que ya se conoce como la “Contienda” haciendo alusión a las sucesivas disputas que el lugar estaba originando y durante las cuales los mojones eran destruidos frecuentemente por los pobladores de ambas villas. Al año siguiente en 1775, se dicta una nueva sentencia sobre el pleito ordenando sean colocados en los lugares que estaban antiguamente.

             Esta sentencia tampoco dejó zanjada la cuestión. Lo que presumiblemente ocurriera en esta y otras ocasiones, es que al carecerse por aquel entonces de unos agentes de la autoridad imparciales que hiciesen cumplir las resoluciones dictadas, los vecinos no conformes con ellas procedían de nuevo a modificar la situación de los puntos que se servían de límites dando pie a que resurgiera de nuevo el conflicto. Y así ocurrió efectivamente porque ya en el siglo XIX, en 1837, los Ayuntamientos de Zalamea y Valverde acuerdan constituir una comisión que realice el reconocimiento de las mojoneras en el lugar de la Fuente de la Murta. La mencionada comisión o no llegó a un acuerdo o la solución que aportó no satisfizo a las partes enfrentadas, especialmente a la de Valverde, ya que en 1892, más de 400 años después del primer proceso al que dio origen, vuelve a suscitarse la polémica según se deduce por las quejas que los vecinos de Zalamea presentan a nuestro Ayuntamiento, denunciando que la gente de Valverde, aprovechando que el monte había crecido en el lugar, habían vuelto a modificar de nuevo la situación de los mojones.

            Desconocemos la situación topográfica exacta en la que las distintas sentencias establecieron los límites ya que el procedimiento utilizado era colocarlos “in situ” siguiendo los testimonios de las personas que conocían el lugar, por lo que no tenemos referencia de las variaciones que se produjeron, pero se deduce de los documentos consultados que en su mayor parte eran favorables a Zalamea puesto que los recursos generalmente eran interpuestos por Valverde y en la mayoría de los casos eran los vecinos de esta población los que procedían a modificar la situación de esos puntos.

             No tenemos constancia de que en el siglo XX se reanudara el conflicto. Es posible que el cambio de las estructuras de explotación de la tierra con las que arranca el siglo y el abandono progresivo por el escaso interés agropecuario que en ese momento ofrece la zona, unido a la aparición de nuevas actividades económicas en su cercanía, como los trabjos de las Minas de El Castillo, Oriente y Palanco que dan trabajo a muchos de los lugareños que antes se ocupaban por necesidad en el aprovechamiento de aquellos terrenos hacen caer en el olvido la cuestión que durante más de cuatro siglos había tenido en constante enfrentamiento a vecinos de ambas villas. Si algún resquicio quedaba en la mente de alguien, los tractores de la repoblación de eucaliptos vinieron a dar por concluido el tema.

Manuel Domínguez Cornejo Antonio Domínguez Pérez de León

12/11/2019 21:39 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


LOS PETROGLIFOS DE ZALAMEA LA REAL

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Llamamos  petroglifos  a unas determinadas  representaciones propias del arte prehistórico que fueron realizadas mediante la grabación en grandes piedras de  figuras de características muy diversas. Para ello utilizaban un instrumento, generalmente también de piedra, con el que rayaban o golpeaban la roca hasta desarrollar la figura que se pretendía grabar, en ocasiones utilizaban también arena y agua.

Hay petroglifos prácticamente por todo el mundo, pero en la península ibérica tienen lugar fundamentalmente en el oeste peninsular, tanto en España como en Portugal. Son expresiones artísticas esquemáticas y simbólicas propias de una cultura que se desarrolló aproximadamente entre 1800 y 1500  aC , que se corresponde en nuestra zona con un periodo comprendido entre el final del Calcolítico y la Edad del Bronce.

Esta cultura prehistórica que dejo estas manifestaciones artísticas ha sido profusamente estudiada y se les atribuye un carácter mágico, simbólico, religioso  o ritual que supone un auténtico reto  para entender la forma de vivir de los seres humanos en aquel tiempo.

Muchas han sido las interpretaciones que se les ha dado a estos grabados rupestres; desde ser un antecedente previo a la escritura  hasta representaciones vinculadas a algún tipo de creencia religiosa, pasando por los que las consideran simples expresiones artísticas sin otra finalidad que la estética.

Zalamea ha sido uno de los lugares que ostentaba el honor de tener uno de los  yacimientos arqueológicos de mayor interés relacionado con este tipo de manifestaciones artísticas prehistóricas, pero el reciente hallazgo por nuestro amigo Félix Lancha de un nuevo grupo de petroglifos en Zalamea, en la finca de Los Manantiales, ha puesto de actualidad estas expresiones artísticas y hace que sean ya dos los lugares de nuestro término municipal en los que se han hallado este tipos grabados rupestres, ambos relativamente cerca de la población.

Son pues ya dos los grupos hallados en Zalamea, el grupo de Los Aulagares y el de Los Manantiales. Esto tiene su importancia,  toda vez que denota que el grupo de los Aulagares no fue un hecho aislado sino que en un momento determinado, alrededor del 1500 antes de Cristo, el término estuvo poblado durante un tiempo indeterminado por un pueblo que desarrolló esta peculiar  forma de manifestación artística. Lo que viene a situar a Zalamea en primera línea a la hora de estudiar este tipo de expresiones culturales.

El primer grupo, conocido en Zalamea desde hace tiempo, se encuentra en la finca denominada Los Aulagares, a 1 km aproximadamente, al suroeste de la población y está compuesto a su vez por dos grupos de piedras, separados entre sí unos 200 metros. El primero es una roca plana y  casi horizontal en la que se cuentan alrededor de 40 círculos concéntricos de formas variadas. El otro es de mucho mayor tamaño, pero con menos grabados , aunque más rico en lo que a simbología se refiere y  más dispersos, posiblemente por derrumbamiento. Los aulagares siguen siendo los grabados  más importante por su número y tamaño. Fueron estudiados por Mariano del Amo y hay diversas hipótesis sobre el significado que se les atribuye.  Pudieran ser símbolos relacionados con algún tipo de creencia religiosa con deidades astronómicas,  aunque últimamente está cobrando peso una interpretación más aproximada a las prácticas y necesidades cotidianas, apunta a que puede estar  relacionada con algún tipo de ritual  de culto al agua, invocando  lluvia, quizá  por su similitud con las ondas que las gotas al precipitarse  forman en la superficie del agua. En cualquier caso nada es definitivo y aún queda mucho por investigar para descubrir el auténtico significado de estos grabados.

El segundo grupo, el de Los Manantiales, recientemente descubierto, y pendiente  aún de datar y estudiar  por los expertos, es de menor tamaño que el anterior pero marca una notable diferencia en lo que se refiere a los símbolos grabados. Lo que apunta, bien a poblaciones distintas o al mismo grupo poblacional que se ha desplazado y  evolucionado, variando los símbolos grabados. En el caso de Los Manantiales, aunque aparecen también algunos pequeños círculos concéntricos, lo más significativo es que  en una de las rocas aparece un figura de difícil interpretación  ya que la roca está fracturada, habiéndose desprendido y desaparecido una parte en la pudo haberse completado la figura. Se trata de la representación esquemática de un animal o quizás una figura humana.  Tanto Los Aulagares como Los Manantiales debieron  ser  lugares de culto con un significado mágico o religioso. 

Los dólmenes repartidos por todo el término, las cistas  y los Petroglifos de la Edad del Bronce en  Zalamea la Real dan idea de la importancia que tiene nuestro término  en el estudio de la Prehistoria  en el oeste peninsular, algo de lo que podemos sentirnos orgullosos.

 

03/09/2019 20:53 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

LA INFLUENCIA DE LA INQUISICIÓN EN ZALAMEA

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Muchas veces nos hemos hecho la pregunta  si la Inquisición actuó en Zalamea. Veamos

En 1478 los Reyes Católicos fundaron la Inquisición en España. En contra de lo que se cree no fue un invento español, con anterioridad ya existía otra Inquisición creada por el papado, pero fue esta que crean los Reyes Católicos en España la que acabaría alcanzando fama mundial por su rigor y extrema dureza.

Tomás de Torquemada, nombrado Inquisidor general por los reyes, estableció  la sede del tribunal en Sevilla, ejerciendo su poder sobre todo el vasto reino de esta ciudad que incluía lo que hoy es la provincia de Huelva. No es por azar que fuera este reino el designado para constituir la sede primera del tribunal ya que Andalucía fue el último territorio en el que habitaron los musulmanes y donde persistía una numerosa comunidad judía. Su objetivo era velar por la pureza de la fe católica, combatir las perniciosas influencias  que estas religiones pudieran ejercer sobre los creyentes y vigilar las falsas conversiones. No tardaron mucho en constituirse tribunales de distritos en otros reinos como el de Jaén y Córdoba, creándose una tupida red de los conocidos como familiares y comisarios del Santo Oficio.

En lo que hoy es el territorio norte de la provincia de Huelva, el tribunal actúo con firmeza a finales del siglo XV. La existencia de colonias musulmanas, principalmente en Aracena y Almonaster, motivó que los tribunales del Santo Oficio intervinieran  especialmente en esos lugares.

Se tiene constancia de un auto de fe celebrado en Aracena el 20 de julio de 1481 en el que fueron  quemadas en la hoguera 28 personas. Por otro lado se sabe que en Zufre el tribunal del santo oficio de Sevilla estableció una sede temporal en un edificio que hoy ocupa el Ayuntamiento de esa localidad.

Los autos de fe eran actos públicos  que se celebraban para que los condenados pudieran mostrar su arrepentimiento, dictar las sentencias condenatorias  a los herejes y llevar  a cabo su ejecución,  cuando procedía. El reconocimiento público de su culpa, la abjuración, no siempre acarreaba el perdón y en algunos casos solo suponía la “clemencia” de ser ajusticiado antes de ser quemado en la hoguera. Si el reo no reconocía su delito ni mostraba arrepentimiento era quemado vivo.

No existe constancia hasta ahora de que el tribunal actuara en nuestro pueblo, y por tanto que tuviera lugar ningún auto de fe, pero sí sabemos de la existencia  en Zalamea desde el siglo XVI de familiares del santo Oficio.

Los familiares del Santo oficio eran agentes de segundo orden de la Inquisición que se ocupaban de vigilar la pureza religiosa de la población y de denunciar a aquellos sospechosos de herejías o de apartarse en su vida y costumbres de la heterodoxia católica vigente en aquellos momentos, Actuaban como verdaderos  espías del santo oficio, delatando a sus vecinos, en otras palabras, auténticos chivatos. Eran personas temidas en tanto que podían realizar su denuncia de manera anónima puesto que la inquisición no desvelaba nunca a los reos quienes eran los que les habían acusado. El hecho de ser familiar del santo oficio  suponía a sus titulares  ciertos privilegios como el derecho a portar armas.

Como hemos dicho antes no tenemos hasta el momento  constancia de personas de Zalamea que sufrieran persecución o fueran condenadas por el tribunal. El hecho de haber sido desde 1279 un señorío eclesiástico quizás impidió la proliferación de comunidades judías o musulmanas que fueron originalmente el centro de las sospechas. No olvidemos que el último arzobispo señor de Zalamea  fue precisamente inquisidor general de todos los reinos de España.

 La influencia de la Inquisición en Zalamea se ejerció de manera indirecta. Hemos podido ver documentos de limpieza de sangre que aún se conservan en archivos familiares. Se trataba de documentos protocolarios donde los aspirantes a algún cargo público de carácter eclesiástico o civil demostraban la pureza de su árbol genealógico. El Concilio de Trento celebrado entre 1545 y 1563 como respuesta a la reforma protestante estableció, entre otras medidas, la creación y celebración de ritos y manifestaciones de culto que contrarrestaran la propagación de la reforma de Lutero. Este movimiento conocido como “contrarreforma”  va a dar lugar a la fundación de numerosas hermandades religiosas que exteriorizan la devoción a las imágenes y símbolos católicos. Zalamea no es menos, y enseguida se crean en nuestro pueblo cofradías y hermandades, reflejo de las ya fundadas en Sevilla, con el fin de demostrar la las profundas creencias religiosas de los zalameños y especialmente  de los integrantes  de la hermandad. No es por casualidad  que en 1581, al poco de terminar el concilio  y coincidiendo con un periodo álgido de actividad inquisitorial,  se funde en Zalamea la hermandad de la Vera Cruz con su procesión de disciplinantes, los hermanos de sangre vestidos con su túnica blanca y los de luz con hachas encendidas. El capirote que más tarde incorporaron a su vestimenta los “penitentes” de las mayorías de hermandades religiosas de Semana Santa fue una herencia recogida de aquellos que se colocaban a los condenados por la Inquisición en señal de arrepentimiento.

La Inquisición fue abolida por las Cortes de Cádiz en 1813, fue restaurada por Fernando VII en 1814, pero había entrado ya en declive desapareciendo definitivamente 20 años más tarde.

 

 

04/06/2019 20:46 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

ACTIVIDADES ECONÓMICAS RELACIONADAS CON EL APROVECHAMIENTO DEL TINTO Y EL ODIEL (III)

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EL  ACECHE

Hemos dejado para el último capítulo el aspecto más particular, en lo que respecta a nuestro término, del aprovechamiento que los ríos Tinto y Odiel tuvieron durante la Edad Media y Edad Moderna, aunque en este caso debemos referirnos exclusivamente al río Tinto. Estamos hablando del aceche o acije. Con este nombre se conocía en aquel entonces a un sulfato de cobre, de hierro o de cinc, más  conocido en tiempos modernos como caparrosa.

Por su nacimiento y porque las aguas que afluían a la cuenca de este río procedían de terrenos antiguamente explotados, era en él donde se precipitaba este sulfato muy apreciado durante la Edad Media. Recordemos que el término que Zalamea administraba  entre los siglos XIII al XIX se extendía desde el río Odiel, por el Oeste, hasta la rivera del Jarrama, por el Este, por lo que el cauce del río Tinto discurría por terrenos pertenecientes a la que entonces era llamada Zalamea del Arzobispo.

En la época de la que estamos hablando, Edad Media y principios de la Edad Moderna, el acije o aceche era muy valorado por su uso tanto en medicina como en tintorería. Posiblemente en el río Tinto podrían encontrarse dos tipos de aceche, el azul que era el derivado del sulfato de cobre y el verde que era el derivado del sulfato de hierro. Aunque los documentos no lo precisan es muy probable que el más abundante fuera el azul, aunque no es descartable que se extrajera también el verde.  Ambos se precipitaban de forma sólida en los márgenes del río. El acije, según hemos podido saber, se utilizaba en época medieval para tres fines: el primero para fabricar tinta para escribir,  algo bastante escaso en el tiempo que nos ocupa; una segunda función era para tintorería, para teñir tejidos; ambas fines  le daban un alto valor en la Edad Media; y una tercera,  que respondería a su uso medicinal porque parece ser que se aplicaba como remedio en enfermedades de la piel.

Como hemos comentado más arriba, un buen  tramo del río en el que sus aguas tenían una mayor concentración de metales transcurría por el término de la  Zalamea del Arzobispo.

Pero debemos remontarnos a unos siglos antes porque ya en el  siglo X cuando Zalamea permanecía aún bajo dominio musulmán, encontramos referencias al aprovechamiento del Tinto para la obtención de la caparrosa y el alumbre, otro tipo de sulfato utilizado paja fijar los colores y darle más brillo. Varios estudios hacen referencia a autores árabes que hablan del aprovechamiento  de estos sulfatos antes del siglo XIII (mencionan a Ahmad al Razi  que describe: …E yace sobre el río Laxer, que muchos llaman río Tinto… e la tercera fuente nasce mucho acije que por eso cambian las aguas e no saben bien)

 También  hemos hallado  referencias a otros autores del  siglo XII que afirman que una de las fuentes del río es de aguas sulfúrica y que otra contenía sulfato de hierro, aceche, (Inb Galib). Un siglo después otra referencia a un autor árabe (Al Himyari) también menciona el conocimiento y el uso que los musulmanes hacían del aceche.

 Una vez reconquistado el territorio por los cristianos, como bien es sabido, Zalamea es cedida en 1279 por Alfonso X al arzobispado de Sevilla. No escapó entonces a los veedores arzobispales, siempre atentos a las riquezas de los territorios que pertenecían a su señor, el valor de estos sulfatos que aparecían  en el cauce  del río. Era tradición que el aceche recogido se reservaba íntegramente para el arzobispado. Y así se desprende de los documentos, porque  las ordenanzas municipales de 1535, que aún se conservan, dependiendo todavía Zalamea  de aquel señorío,  lo recoge en su artículo 127:

Otro sí, que cada y cuando hubiere acije en los ríos  que los alcaldes sean obligados a los mandar guardar hasta que se coja y que todos los ganados que no anden por ellos ni pasen sino por las pasadas siguientes, por la pasada del Val de las Tablas, y por  Paredes  Rubias y por encima del molino de Juan Nicolás y por el Argamasilla. Y que pasen los tales ganados acogidos. Y si fueren hallados en otra parte en los dichos ríos o no pasaren de la manera que dicha es que pague de pena por cada entrada cincuenta maravedís, la mitad para el concejo y la otra mitad para la persona que lo acusare.”

 El acije precipitado en los márgenes del río era recogido por mujeres y jóvenes expresamente enviados por el concejo en el mes de agosto, cuando el caudal del río estaba en su nivel más bajo y por tanto su extracción era más fácil. No deja de ser llamativo que este cometido lo realizaran sólo mujeres y niños, pero podría explicarse porque su producción no repercutía directamente sobre la economía de la villa  y los hombres no debían abandonar sus ocupaciones habituales para este menester. Por otro lado, los datos acerca de la forma de recogerlo y de la reglamentación acerca de los lugares de paso de ganado, así como las penas que se aplicaban a las infracciones, apuntan a que el aceche era algo muy valorado por  el señor feudal, el arzobispo, y que había que guardarlo celosamente

En el mismo sentido lo señala  la crónica del clérigo Diego Delgado, que recorrió el término de Zalamea en 1556, cuando aún Zalamea pertenecía al arzobispado, aunque estaba ya próxima su emancipación. Este clérigo describe en su narración:

 “y ansí todas las orillas de este río están llenas de aceche…” “ …son obligados los concejos de enviar sus cuadrillas de mujeres y mozas e mozos en todo el mes de agosto  a coger este aceche y con este aceche pagan al Arzobispo de Sevilla ciertos tributos, de los cuales ellos están obligados, los concejos y otras personas no lo pueden coger en ningún tiempo, `porque es suyo, del Arzobispo, so pena de graves penas…”

Una vez emancipado del señorío arzobispal, en 1592, en un proceso largo en la que Zalamea se convierte en una villa real, no hemos encontrado referencia de la explotación del acije en los años posteriores a esa fecha, aunque nos extrañaría que su extracción se detuviera de repente. Puede que en el régimen económico surgido de la Carta de Privilegios otorgada por Felipe II en junio de aquel año, el propio concejo se ocupara de extraerlo y comerciarlo, o bien puede que el rey o el propio arzobispo, que sabemos siguió manteniendo ciertos derechos, siguiera reservándose la producción. Dado su valor nos inclinaríamos por esto último.

Parece ser que a partir del siglo XVIII el aprovechamiento en general del  acije decayó mucho y con el tiempo, la explotación intensiva de las minas y el uso de otros productos para la obtención de tintes  hizo desaparecer esta actividad que durante la Edad Media, como hemos visto, alcanzó bastante importancia.

Manuel Domínguez Cornejo          Antonio Domínguez Pérez de León

23/04/2019 20:45 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

ACTIVIDADES ECONÓMICAS RELACIONADAS CON EL APROVECHAMIENTO DE LOS RÍOS TINTO Y ODIEL (II)

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LOS MOLINOS HARINEROS

Siguiendo con los capítulos que dedicamos al aprovechamiento del Tinto y el Odiel abordaremos en esta ocasión el referido a los molinos harineros que se construyeron en ambos ríos.

Ya dijimos en otra ocasión que está documentado que la provincia de Huelva tuvo una intensa actividad cerealística durante la Edad Media y principio de la Edad Moderna que propició la creación numerosos molinos harineros en los márgenes de los cauces de estos dos ríos, de sus afluentes y riveras, ambos cauces atravesaban el término de Zalamea   y en ese trayecto se construyeron un gran número de ellos. Ambos ríos dispusieron de molinos que aprovechaban  la fuerza hidráulica del Tinto y del Odiel, creándose en torno a ellos una verdadera cultura arquitectónica acerca de estas construcciones.

El tipo de molino que prevaleció en nuestra área fue el conocido como molino de rodezno y cubo. Un molino modesto constructivamente hablando, pero que se ajustaba a las posibilidades y necesidades de la población, así como al tamaño y volumen del caudal de ambos ríos.

El molino disponía de una presa y un canal que encauzaba el agua a la parte inferior del molino o cárcava, cuarto del rodezno, que disponía de una pala o cuchara  que empujada por el agua transmitía movimiento a las muelas. Con esta presa y el canal se intentaba controlar las irregularidades del caudal que ambos ríos sufrían a lo largo del año. En la parte superior se encontraba la tolva donde se vertía el trigo que las dos piedras molían- la volandera o piedra superior y la solera o piedra inferior. El cereal una vez molido se recogía en la tolva chica             que a su vez la dirigía a la farinera, especie de cajón donde caía finalmente la harina. El movimiento producido por el agua en el se transmitía a la piedra de moler a través de un eje llamado espada.

Los molinos podían pertenecer a particulares, ser propiedad del arzobispo, de algún clérigo e incluso de capellanías o cofradías religiosas, aunque lo más común es que perteneciesen a varias personas  que compartían su propiedad, bien por haberla adquirido a otros o  haber puesto el capital para su construcción. Eran mayoritarios los propietarios eclesiásticos sobre los seglares. Es de significar que hubo alguna mujer dueña de algunos  molinos, probablemente  por herencia familiar o viudedad.

Como ya dijimos, no todos los molinos trabajaban todo el año, algunos de ellos  paraban durante el largo estiaje.

El estudio de los molinos de los que se han podido obtener datos refleja que en el río Tinto había tres cuya propiedad la ostentaba la Iglesia o una capellanía, ocho pertenecían totalmente  o en parte a clérigos y nueve  eran de seglares. De los seis que se situaban en el río Odiel, dos pertenecían a hermandades, capellanías o Iglesia, uno a clérigos y tres eran de seglares. Es interesante destacar que la mayoría de los molinos construidos en los siglos XVII y XVIII se encontraban en la cuenca del Tinto, un total de veinte; mientras que en la del Odiel encontramos activos seis.

Generalmente un número significativo de estos molinos eran arrendados por sus propietarios a personas que lo trabajaban a cambio de una cantidad que dependía de su producción y que podía oscilar entre los 75 y 300 reales de vellón. Esta cantidad, en algunos casos, -las menos- era sustituida por su valor en fanegas. La producción de los molinos variaba dependiendo de su situación y de si se mantenían trabajando todo el año. Así encontramos molinos con una producción que no superaba los 375 reales de vellón al año,-los hay incluso de 50 y 90 fanegas anuales - , mientras que otros llegaban a los 2700 reales de vellón, lo que podría equivaler a unas 180 fanegas anuales.

Aunque los primeros molinos datan de época medieval, el auge de la actividad molinera se sitúa durante los siglos XVII y XVIII. A partir del siglo XIX se produce un decaimiento en la actividad de los molinos de los ríos Tinto y Odiel, que acabarían abandonándose completamente a principios del siglo  XX.

Manuel Domínguez Cornejo          Antonio Domínguez Pérez de León

30/03/2019 19:31 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

GRABADOS RUPESTRES DE LOS MANANTIALES

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Recientemente nuestro buen amigo Félix Lancha Gómez, en sus frecuentes paseos por nuestros campos, descubrió un grupo de rocas en las que, en su superficie, aparecían extrañas marcas. Enseguida nos comunicó su descubrimiento y hasta allí nos desplazamos comprobando el interés del hallazgo. Realizamos un estudio detallado de las formas y figuras y tomamos fotografías que nos permitieran realizar posteriormente un estudio comparativo con otros grabados rupestres similares. Despues de observar los trazos, la profundidad de los mismos y las caracteríticas de la pátina que los recubre y el grado de erosión que han sufrido, comparándolos con otros similares de la oeste peninsular  (Aulagares, Galicia, fachada atlántica, Extremadura) podemos adelantar, pendientes de un estudio por expertos, que efectivamente nos encontramos ante unos auténticos grabados rupestres  con una datación preliminar relativa  en torno a finales de la Edad del Bronce ( aprox. 1.500 AC).

Son de unas características distintas a las de los  grabados rupestres de los Aulagares aunque dentro del mismo orden cronológico. Aparecen figuras irregulares esquemáticas que precisan de un estudio más detenido. Más adelante publicaremos las conclusiones de una investigación más detallada.

Para ver la serie completa de fotos y el dibujo sobrepuesto de la probable representación puede pinchar en este enlace.

18/12/2018 23:09 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

ACTIVIDADES ECONÓMICAS RELACIONADAS CON EL APROVECHAMIENTO DEL TINTO Y EL ODIEL (I)

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En los siguientes capítulos vamos a profundizar en cada una de las tres facetas económicas  (lino, molinos harineros y aceche) relacionadas con el aprovechamiento de los ríos Tinto y Odiel, sus riveras y arroyos afluentes que hemos mencionado en el anterior artículo, pero en esta ocasión extendiendo el estudio a la Edad Moderna y analizando todos los aspectos que de una forma u otra tienen que ver con esa actividad económica. Empecemos en primer lugar por el lino.

El lino es una planta herbácea anual, de tallo recto y hueco, que alcanza un metro aproximado de altura, con florecillas de tonos azulados, que se cultiva en suelos frescos y profundos y del que se extrae una fibra que, debidamente tratada, se utiliza para elaborar tejidos que reciben este mismo nombre, igualmente de la semilla se obtiene el aceite de linaza.

El cultivo y tratamiento del lino no fue una actividad exclusiva o distintiva de Zalamea, estuvo bastante extendida en todos aquellos pueblos cuyo origen data de muy antiguo, siempre que lo permitiera la naturaleza de sus tierras, ya que formó parte de ese conjunto de trabajos artesanales que acompañan a la economía de subsistencia y que atienden a autoabastecer a la comunidad de aquellas materias que le son más necesarias: comida, techo y ropa. Entendemos, no obstante, que en Zalamea adquiere una especial significación tanto por la antigüedad de estos trabajos como por haber perdurados hasta finales del siglo XIX.

Documentalmente hay referencias directas a esta actividad en las Ordenanzas Municipales de 1535, pero se realizaban desde mucho tiempo atrás puesto que lo que se hace en ellas es regular una fase del proceso de elaboración, el enriado, y determinar las tasas que debían pagarse por utilizar las pesas y medidas del arzobispo, al que, recordemos, perteneció Zalamea una buena parte de la Edad Media.

            De los diferentes tipos de lino, el de Zalamea era de secano, circunstancia ésta que lo hacía ser considerado como de la mejor calidad. Se sembraba en vegas bajas y frescas, en general próximas a una corriente de agua y se utilizaba la semilla que se obtenía de cosechas anteriores. En los siglos XVII y XVIII, cuando parece que alcanzó las cotas más altas, la producción rondaba alrededor de las 250 arrobas con pequeñas oscilaciones hacía arriba o abajo según los años, aunque en algunas ocasiones fue preciso comprar lino en regiones próximas, Extremadura y Andalucía Oriental, para satisfacer la demanda local.

Una vez recolectado a principios de verano, se recogía en haces que se dejaban secar al aire libre, procediéndose a continuación después de extraerle la semilla a lo que se conocía con el nombre de enriado. Consistía este proceso en sumergir los haces de lino en agua para que por un proceso químico-bacteriológico natural se pudriese parte de los tallos leñosos y obtener así la fibra útil que después se hilaba y posteriormente se tejía. Los haces permanecían en el agua entre 8 y 10 días debiendo vigilarse la operación para sacarlos en su momento justo y así evitar que se deterioraran en su totalidad. La putrefacción del lino echaba a perder el agua de los charcos que se utilizaban para este menester y dada la importancia que el agua tenía para nuestros antepasados las ordenanzas municipales de 1535 regularon minuciosamente el uso de los denominados enriadero. Así, en los capítulos 70, 80 y 81 advierten que “… nadie sea osado de enriar lino en las riveras de esta villa fuera de los charcos señalados…” estableciéndose penas bastante elevadas. Igualmente se prohíbe que el enriado se realice “… hasta que deje de correr los tales arroyos o riveras y que estos  sea visto por el concejo o mandado que lo vean…” Razón lógica por otra parte puesto que el enriado, de correr la rivera, la contaminaría inutilizándola para otros usos. Había una excepción: la rivera del Odiel; desconocemos lo motivos aunque probablemente se debiera a que su caudal fuese más abundante o a que su lejanía del pueblo disminuía los efectos que la contaminación pudiera tener.

            La fijación por el concejo de charcos tenía dos finalidades: proteger el enriado del lino y a su vez al ganado para que no bebiese aguas contaminadas. Las charcas señaladas eran las siguientes: El charco de Don Vidal, en la rivera del arroyo molinos; en la rivera del Buitrón había dos, uno encima del camino del Buitrón Viejo y otro “ …que dicen de la Murtilla”; en el arroyo del Fresno tres charcas, la de Molenillo, Peña del alcornoque y la de la casa del Viejo; otro en el arroyo de Santa María de Riotinto (más tarde Nerva); otro charco en la tallisca de Abiud, en el arroyo de las casas; en la rivera del Jarrama dos charcos, el de la pasá del Madroño y en el camino del Madroño a las Cortecillas; y en Tamujoso, el charco bajo la casa de Nicolás Pérez.

            Una vez enriado había que secar el lino de nuevo, procediéndose después a majarlo con el fin de separar las partes ya descompuestas, sacudiéndolos  después con una pala de madera, operación que en Zalamea se conocía con el nombre de apadar. Por último se realizaba el rastrillado, trabajo que se hacía, como el mismo nombre viene a decirnos, con un rastrillo de púas de hierro que extraían las partes inservibles quedando la hebra que finalmente se hilaba con husos de hierro, especies de rodillo sobre los que se iba enrollando la hebra de lino, tejiéndose después por las mujeres, consiguiéndose así lienzos que era necesario curar en remojo con cenizas y dejándolo secar después al sol para blanquearlo.

            Los residuos o desperdicios que resultaban después de las operaciones de apadar y rastrillar el lino se usaban para obtener la estopa que se también se tejía o utilizaba para fabricar cuerdas y cordeles, operación para la que tenemos constancia existió una fábrica en Zalamea.

            El tejido del lino era puramente artesanal y tuvo pocas variaciones desde tiempos remotos , no llegando a convertirse, por lo que hemos averiguado, en una actividad industrial como lo fueron en su tiempo las fábricas de cera y las de cordobanes. Era un oficio propio de mujeres que se procuraban así la tela con la que confeccionar luego prendas y manteles. Una buena parte de la mujeres tejían para cubrir las necesidades de consumo  de su familia, mientras que otras trabajaban además por cuenta ajena con el fin de aportar un beneficio extra a la economía familiar. Según los datos que hemos manejado, en un momento determinado de la historia la inmensa mayoría de las mujeres del pueblo hilaban lino, es decir hacían hilos de lino con las fibras de esta planta, pero no todas tejían, esto debió ser un oficio que se transmitía de madres a hijas junto con el telar, la máquina de tejer. Las que no disponía de telar debía pedirlo prestado si sabían tejer o encargar a otras que les confeccionaran sus lienzos. También podían adquirirse en algunas tiendas donde se ponían a la venta.

            El telar que se utilizaba era un aparato sencillo constituido por cuatro piezas de madera que formaban un marco con su peine para ajustar los hilos y la lanzadera para atravesarlo. Se elaboraban lienzos de tres calidades, las dos primeras eran de lino y la tercera era de estopa. Cuando los documentos hacen referencia a telares no se habla de fábricas propiamente dichas sino de utensilios que las mujeres utilizaban para tejer; de esta manera en 1784 se mencionan la existencia de varios telares en el pueblo, cuatro años más tarde se habla que son 40 mientras que en 1792, se dice que son 22 telares y en 1801, 26. Conviene puntualizar, no obstante, que en los telares no se tejía sólo lino sino también lana  con la que se fabricaba excelentes mantas y prendas de vestir.

            Aunque los datos son confusos, podemos asegurar que esta actividad artesanal perduró hasta el siglo XIX existiendo aún familias en Zalamea que conservan prendas de lino tejidas y confeccionadas a mano por antepasadas más o menos recientes. A partir del siglo XIX esta actividad comienza a decaer. Por una parte la aparición de tejidos más prácticos y por otro el desarrollo del comercio que ha permitido un mejor acceso a distintos tipos de tejidos y prendas ya confeccionadas. En cualquier caso el descenso del cultivo del lino fue un fenómeno generalizado, llegando a ser en algunos lugares de hasta el 95 %. Los telares desaparecieron igual que hoy están desapareciendo los oficios de sastre y costurera que hasta hace unos 40 años eran muy comunes en los pueblos.

Imágen de la foto: Haces de lino preparados para su elaboración

Manuel Domínguez Cornejo       Antonio Domínguez Pérez de León

20/11/2018 22:48 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

EL APROVECHAMIENTO DEL TINTO Y EL ODIEL EN LA EDAD MEDIA

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El Tinto y el Odiel son dos ríos que han tenido una importancia fundamental en el desarrollo histórico de Zalamea y su término municipal. El Odiel fuel el límite por el oeste del territorio zalameño desde que se conformaron sus lindes. El Tinto, sin embargo llegó  a estar dentro de su término ya que en la Edad Media este llegaba hasta la rivera del Jarrama, ambos tuvieron una papel señalado tanto en la prehistoria como en la Edad Antigua, no obstante, en esta ocasión vamos a detenernos en la Edad Media, que es el periodo en el que la explotación de ambos ríos alcanzó una importancia significativa para la economía de Zalamea.

Hay que distinguir el sentido de la función  que ambos ríos desempeñaron inicialmente. En primer lugar centrémonos en el Odiel. Fue este un río utilizado  especialmente en los aspectos agropecuarios; en aquellos momentos el río Odiel estaba libre de la contaminación producida por las actividades minerometalúrgicas, lo que suponía que sus aguas estaban limpias y eran susceptibles de ser aprovechadas para estas actividades: como bien es sabido su contaminación por las actividades mineras se ocasiona a finales del siglos XVIII y durante siglo XIX. Insistimos en que estamos situándonos en la Edad Media, con un panorama económico totalmente distinto al que se puede encontrar hoy. Para ello es necesario hablar del cultivo de una planta, hoy completamente olvidada, pero que en la época de la que hablamos ocupó un lugar destacado entre nuestras actividades económicas. Estamos hablando del lino. No vamos a extendernos en el proceso de obtención y elaboración, (para más información sobre el tema pueden consultar nuestro articulo “El lino, cultivado, hilado y tejido en Zalamea, revista de feria 1997, o en nuestra blog zalamealareal-historia.blogia.com), en este caso sólo recordaremos que para su aprovechamiento era necesario usar mucha agua  para “enriarlo”,  es decir mantener sumergido  durante un tiempo los manojos de lino una vez cultivado y recogido, con el fin de que se pudrieran las fibras no válidas y obtener las utilizables para tejer lo que resultaba una tela cuyo uso estaba muy extendido en el periodo que nos ocupa. Tenemos una prueba de lo que hablamos  en las Ordenanzas Municipales de 1535, capítulo 81, donde se menciona 

“Otro sí, después que los linos estuviesen enriados en Odiel…”

Bien es verdad que en algunos arroyos afluentes del río Tinto, libres de contaminación, también se utilizaron para enriar linos como se menciona en el capítulo 80 de estas mismas ordenanzas cuando dice:

“Otros en el arroyo de Santa María de Rio Tinto”

Otro aspecto a destacar por su  relevancia fue el aprovechamiento de la fuerza hidráulica  para mover los molinos harineros que se levantaron en el cauce de ambos ríos.

Está documentado que en la Edad Media la provincia de Huelva tuvo una intensa actividad cerealística   a la que no fue ajena Zalamea y como consecuencia de ello se levantaron numerosos  molinos harineros en los cauces de los ríos Tinto y Odiel.

Se han publicado excelentes trabajos sobre los molinos harineros de estos ríos, entre los que merece destacar los publicados en diversos medios por Adriano Gómez Ruiz y por Ricardo Gómez Ruiz.

El uso de la fuerza hidráulica en los molinos no requería limpieza en sus aguas y era compatible con su uso paralelo para otros menesteres. De la documentación consultada, así como de lo que hemos podido averiguar, se desprende que en Zalamea en el río Odiel hubo cinco molinos harineros, de los cuales tenemos indicios suficientes para asegurar que 4 de ellos tienen su origen en el Medievo; por su parte en el río Tinto, donde se encontraban  la mayor parte de los molinos de nuestro pueblo, existieron un total de 18 molinos de los que tenemos constancia que al menos 16 ya existían en la Edad Media. Encontramos  una prueba de ello cuando en el Libro de los Privilegios de 1592 se menciona:

 “…el arrendamiento de 16 molinos que están en el río Tinto”.

 Todos estos molinos reflejan la importancia de una actividad que debió generar rentas sustanciosas a sus propietarios o usufructuarios y sobre la que se generó una cultura arquitectónica y un movimiento económico  que en otra ocasión trataremos con más profundidad.

Pero no sólo la actividad agropecuaria centró la explotación de los ríos. Otra también muy interesante proporcionó riqueza al municipio, aunque los beneficios repercutieran en otros estamentos. Nos estamos refiriendo al acije o aceche que se obtenía en aquella época exclusivamente en el río Tinto ya que, por su elevado índice de contenido de metales en sus aguas, se precipitaba en forma sólida  en algunas zonas de sus márgenes.

Lo que popularmente se conocía como “acije” o “aceche” es la caparrosa, un sulfato nativo de cobre, hierro o cinz  usado en medicina y tintorería y especialmente  por esto último en la Edad Media fue muy apreciado.

Para conocer su importancia en aquella Zalamea del Arzobispo veamos lo que nos dicen las Ordenanzas Municipales de  1535, en el capítulo 127:

Otro sí, que cada y cuando hubiere acije en los ríos  que los alcaldes sean obligados a los mandar guardar hasta que se coja y que todos los ganados que no anden por ellos ni pasen sino por las pasadas siguientes, por la pasada del Val de las Tablas, y por  Paredes  Rubias y por encima del molino de Juan Nicolás y por el Argamasilla. Y que pasen los tales ganados acogidos. Y si fueren hallados en otra parte en los dichos ríos o no pasaren de la manera que dicha es que pague de pena por cada entrada cincuenta maravedís, la mitad para el concejo y la otra mitad para la persona que lo acusare.”

Estas severas sanciones reflejan la relevancia que tenía para el concejo la producción de acije. Y estaría justificado en tanto con ello se pagaban las rentas al arzobispo, a cuyo señorío, no olvidemos, perteneció Zalamea durante un gran parte de la Edad Media (1279-1580). El acije precipitado en el márgenes del río Tinto eran recogido por grupos  de mujeres y jóvenes enviadas por el concejo en el mes de agosto cuando el caudal del río estaba en su  nivel más bajo y su extracción era más fácil. Todos los indicios apuntan a que su producción se reservaba, como hemos dicho para el arzobispo. Así nos lo dice el clérigo Diego Delgado, que recorrió el antiguo término de Zalamea  en 1556, en su crónica:

“y ansí todas las orillas de este río están llenas de aceche…”

“ …son obligados los concejos de enviar sus cuadrillas de mujeres y mozas e mozos en todo el mes de agosto  a coger este aceche y con este aceche pagan al Arzobispo de Sevilla ciertos tributos, de los cuales ellos están obligados los concejos, y otras personas no lo pueden cogen en ningún tiempo, `porque es suyo, del Arzobispo, so pena de graves penas…”

Hemos querido dar  sólo un ligero esbozo  del aprovechamiento que con el lino, los molinos harineros y el aceche se hizo del Tinto y del Odiel en Zalamea, una estampa muy  distinta de la que nos presenta  el olvido en el que hoy están sumergidos.

Imagen de la ilustración:

Ruedas de moler colocadas en el interior de un molino harinero de origen medieval remodelado posteriormente.

 

Manuel Domínguez Cornejo                Antonio Domínguez Pérez de León

 

11/09/2018 21:53 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

LOS FERROCARRILES DE ZALAMEA LA REAL

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La historia del ferrocarril en Zalamea parece haber estado marginada. Es como si esa parte de nuestro pasado hubiese caído en el olvido y no hubiese interés  por recuperarla.  Sin embargo durante aproximadamente un siglo, desde el último tercio del siglo XIX hasta pasada la mitad del siglo XX, el ferrocarril llegó a formar parte de nuestras vidas, fue durante un tiempo nuestra principal vía de comunicación con el resto de la Cuenca Minera, con Valverde y Huelva y  determinó en gran manera el desarrollo urbanístico del pueblo. Además podemos decir con orgullo que nuestro pueblo fue el único de la comarca que dispuso de dos líneas ferroviarias distintas, cada una de ellas con su estación correspondiente, y uno de los pueblos con mayor longitud de tendido ferroviario comprendido en su término municipal de toda la provincia. Hablemos un poco de ello, al menos para hacer justicia a este capítulo de nuestro pasado.

             Empecemos diciendo que el tendido de la red ferroviaria en nuestra localidad estuvo relacionado en todo momento a la actividad minera y que los otros usos vinieron asociados a  ella. Nos vamos a limitar entonces a la historia del ferrocarril en Zalamea ya que para conocer la historia general del ferrocarril de Riotinto y Buitrón existen excelentes trabajos publicados en los que el lector que desee profundizar encontrará bastante información.

             El primer ferrocarril que llegó a Zalamea no fue, contrariamente a la creencia popular, el de Riotinto, sino el de El Buitrón. La Compañía que explotaba las Minas de El Castillo de El Buitrón ya había terminado un tendido ferroviario desde San Juan del Puerto hasta Mina de El Castillo que se terminó de construir en 1870 y que obligó a levantar pasada la aldea de El Buitrón, sobre el arroyo de Los Aldeanos, un puente  metálico de 62,50 m. de largo y 17 metros de altura, que aún puede contemplarse, aunque, por desgracia, muy deteriorado; pero en 1873 adquiere la Mina de la Poderosa, por aquel tiempo en el término municipal de Zalamea la Real ya que El Campillo no se segregaría hasta 1931, y se planteó construir un ramal hasta Zalamea, con un ancho de vía  de 1,067 m., el ancho de los ferrocarriles ingleses, para prolongarlo después hasta Poderosa. En el trayecto del Empalme a Zalamea  fue necesario construir un túnel de 129 m. de longitud, conocido como el túnel de los Membrillos. Al final del mismo, en dirección a Zalamea, había un apeadero y una estación de aprovisionamiento de agua para las máquinas. Este ramal se abrió al tráfico el 6 de Febrero de 1875, 29 años antes que el ramal de Riotinto a Zalamea. En las afueras de nuestro pueblo, hacía el este, se construyó una estación con sus dependencias y unas cocheras con plato giratorio para cambio de vías. Esta circunstancia vino a determinar que en torno a la nueva estación se construyeran casas para albergar a los operarios del ferrocarril y a sus familias. Este barrio, inicialmente, fue conocido como barrio de la Estación, a secas, lo de vieja vino más tarde.

             A continuación la compañia de El Buitrón comenzó a tender otro ramal para llegar a Poderosa, curiosamente con un ancho de vía inferior, 0,76 m, lo que obligaba a cambiar el ancho de los vagones y de las máquinas en la estación de Zalamea. Este ramal atravesaba la actual carretera en las cercanías de El Campillo siguiendo las zonas de menor desnivel aunque llegados al curso del río Tintillo, afluente del Odiel, tuvo que salvar un pendiente para llegar hasta el nivel del río de aproximadamente un kilómetro de longitud y un 33% de pendiente. Para salvar este desnivel se ideó un ingenioso sistema que permitiría el ascenso y bajada de los vagones de una manera segura, para lo que se instaló una máquina de vapor fija en la parte más alta que con un cable enganchado a los vagones permitiría subirlos  y bajarlos, aunque no sin riesgos ya que se produjeron varios accidentes. Esta máquina de vapor dio nombre al lugar que aún es conocido como “La Fija” donde aún puede apreciarse su ubicación.

             Volviendo de nuevo al ramal que terminaba en Zalamea, hay que decir que el gobierno obligó a la empresa minera a que enganchara varios vagones que permitiera el transporte de pasajeros y así lo hizo desde 1875 hasta 1934, convirtiéndose posiblemente en el principal medio de comunicación con Valverde y Huelva. Después de ese año fue interrumpido reanudándose nuevamente en 1942 cuando la propia compañía de El Buitrón cedió a FEVE  las instalaciones del ferrocarril que estuvo funcionando hasta 1967. Durante este último periodo, para el  trasporte de viajeros se puso en funcionamiento una máquina automotor, que los más mayores recordarán, que hacia el trayecto hasta San Juan del Puerto donde los viajeros tenían que hacer trasbordo para coger el tren que venía de Sevilla en dirección a Huelva.

             No podemos dejar de menciona al hablar del ferrocarril de El Buitrón  del ramal que la compañía ALKALY, nueva propietaria de la Minas de El Castillo, construyó en 1909 para unir las Minas del Tinto y Santa Rosa con las de Sotiel, también con una ancho de vía de 1,067 m. Este ramal comunicó una de las minas más activas de nuestro término a principios del siglo XX con el trazado de El Buitrón. Esta variante necesitó de la construcción de un imponente puente sobre el río Odiel del que aún se conservan sus pilares.

             La otra red ferroviaria era la de Riotinto. El ferrocarril que unía esta explotación con Huelva lo construiría la nueva compañía inglesa tras comprar las minas en 1873, destinándole igualmente un ancho de vía de 1,067 m. iniciándose ese mismo año y quedando finalizado en 1875. No sería hasta principios de siglo cuando la compañía proyecto la construcción de dos nuevos ramales, uno hasta Nerva y otro hasta Zalamea. Éste último, que es el que nos interesa, fue bien recibido por las autoridades locales que lo llevaban demandando hacia tiempo y  al que contribuyeron  con 40.000 ptas. y la cesión de los terrenos de propios por donde circularía la vía, construyéndose una estación al final del trayecto que llegó a conocerse con el nombre de Estación Nueva, para distinguirla de la ya existente, la antigua estación del Buitrón, denominada a partir de entonces como Estación Vieja.

            El tramo hasta Zalamea fue inaugurado el 20 de Junio de 1904, para lo que se celebró, tras un  multitudinario recibimiento al primer tren, una comida popular que tuvo lugar en la todavía no concluida Plaza de Abastos. Igual que ocurrió con la compañía del Buitrón, el gobierno obligó a la empresa minera a que transportase también viajeros y esa fue la principal función de este ramal aunque también se usó para transportar provisiones y mercancías para Riotinto. Todo lo cual quedó perfectamente reflejado en una reglamentación que ha llegado hasta nosotros y que recoge los costes y condiciones de los usuarios. De esta manera durante muchos años el ferrocarril fue prácticamente el único medio de comunicación que los zalameños utilizaron para trasladarse al resto de los pueblos de la Cuenca Minera. De él hacían uso no sólo los trabajadores sino todos los ciudadanos en general y en los últimos años los estudiantes a los que, en el caso de ser hijo de mineros, la empresa facilitaba un “pase” gratuito. En los años de tráfico más intenso llegó a haber hasta nueve  trenes diarios entre Riotinto y Zalamea. Todo ello sin contar lo trenes especiales que se montaban, - también en la línea de El Buitrón-, en ocasiones especiales como era el caso de las  corridas de toros de Zalamea que gozaban de gran renombre en los pueblos de alrededor. El servicio quedó suspendido al final de los años 60. Con ello se cerró la historia del ferrocarril en Zalamea; sin embargo aún quedan vestigios que todos debemos esforzarnos en conservar, trazado, puentes, estaciones y túneles, porque sin duda forman también parte de nuestro patrimonio.

 Foto del artículo:

Tren saliendo de la Estación Vieja, tras los vagones de mineral van los de pasajeros.

Manuel Domínguez Cornejo            Antonio Domínguez Pérez de León

 

31/07/2018 22:55 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

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