Facebook Twitter Google +1     Admin

UN VIAJE EN EL TIEMPO A LA ZALAMEA DE FINALES DEL SIGLO XVIII

20211019211238-plano-zalamea-1790-b.jpg

En esta ocasión  vamos a proponerles que hagan ustedes un esfuerzo de imaginación y viajen con nosotros a la Zalamea de finales del siglo XVIII. Nos trasladaremos en el tiempo y apareceremos ante las casas del Concejo de la calle de la Plaza en la última década del siglo (1790). Antes nos hemos informado y nos vestiremos a la usanza de la época para no levantar sospechas.

Lo primero que nos sorprende  al llegar es ver  un espacio muy distinto al que hoy podemos ver. El aspecto de las casas es más rústico y todas están encaladas, la calle no está asfaltada ni enlosada y solo en algunos lugares, especialmente en las entradas al interior de las casas observamos un reducido espacio cuidadosamente empedrado. Es un día laborable y hay pocos hombres, sólo se ven algunas mujeres vestidas con una falda algo  abombada y larga hasta los tobillos y con una especie de mantilla grisácea echada a los hombros y cruzada sobre el pecho, la mayoría de ellas lleva un pañuelo cubriéndole el pelo y amarrado debajo de la barbilla. Una piara de cabras, bien conducidas, cruza la calle en dirección a las afueras.

Le  preguntamos a algunos viandantes cuál era el  Ayuntamiento y nos señalaron un edificio, situado justo donde se encuentra el actual pero con un aspecto diferente. Entramos en él y nos recibe un alguacil -(el aguacil era un cargo municipal con funciones policiales  y encargado de ejecutar las órdenes de alcaldes y regidores). Ante él nos identificamos como visitantes que reuníamos datos de esta población para elaborar un censo geográfico y estadístico. El hombre iba vestido con una chaquetilla larga, con unas calzas por debajo de la rodilla y zapatos con grandes hebillas y se cubría la cabeza con un sombrerillo de tres picos de color negro. En la mano tenía una especie de vara, símbolo de su cargo. Después de los saludos de rigor le hicimos una serie de preguntas a las que amablemente accedió a responder.

La primera fue cuántos habitantes tenía el pueblo. Nos dijo que eran alrededor de 980 vecinos entre el núcleo principal y las aldeas (entonces los censos se hacían por vecinos; 980 vecinos  equivaldrían aproximadamente a una 4.200 personas).

Preguntamos a continuación por algunos detalles del pueblo y se extrañó al oírnos nombrar algunas calles que aseguró no existían y pasó a enumerarnos las que el conocía: La Iglesia , Hospital, Alameda, Manovel, Rollo, La Plaza, Castillo, Olmo, Pie de la Torre (actual Don Manuel Serrano), Cruz, San Vicente, Caño, Real, Fontanilla, Nueva, La Fuente, Barrio (actual calle de San Sebastián, junto a la ermita de la Pastora), Tejada y Ejido. Asegura con rotundidad que no conoce otras, aunque dice que hay algunas casas sueltas en un lugar próximo que llaman el cabezo de Martín. Igualmente le interrogamos acerca de las aldeas. Nos dice que en aquel año tenía 15, pero que antaño tuvo muchas más. (Las existentes en ese año eran: El Buitrón, El Villar, Membrillo Alto y Bajo, Marigenta, Las Delgadas, Corralejo, Montesorromero, Pie de la Sierra, Riotinto, Ventoso, Ermitaños, Campillo, Traslasierra, y Pozuelo)

 Nos interesamos seguidamente por la vida en la Zalamea de aquel tiempo y su economía, pero entonces respondió que nos llevaría ante alguien que podría darnos una información más exacta  sobe esos asuntos. De esa manera nos acompañó a una sala donde, sentado tras una vieja mesa, nos recibe el mayordomo de propios (el mayordomo era un cargo municipal responsable de la administración de los bienes y propiedades del municipio). Éste tenía encima de la mesa un libro abierto en el que enseguida nos fijamos e identificamos. No obstante le preguntamos por él y el buen hombre después de mirarnos con cara de extrañeza nos dijo algo que nosotros ya sabíamos: eran las Ordenanzas Municipales de 1535. Por sus gestos y la manera en que nos habló de él comprendimos el valor que  este libro seguía teniendo para ellos.

Nos presentamos nuevamente y le rogamos nos facilitara más datos sobre población, oficios y propiedades. Para responder a nuestra pregunta se levantó y buscó despacio entre varios legajos de donde sacó unos papeles en los que leyó:  vivían en el pueblo de 2184 hombres y 2045 mujeres. Entre los cuales había 5 mercaderes, 415 labradores arrendatarios, 620 jornaleros, 145 pastores de todos los ganados, 1 armero, 3 cerrajeros, 4 sastres, 8 zapateros, 8 curtidores, 4 carpinteros, 1 arriero, y 8 taberneros.

Nos dijo igualmente que entre los principales hacendados estaban don Martín Bolaños, don Pedro Lorenzo Serrano, don Juan Santana de Bolaños, don Francisco Beato Romero y don José González Serrano, añadiendo que aunque había otros muchos más ninguno alcanzaba en rentas a estos.

Que había en el término municipal de la villa unas minas, pero eran propiedad de la corona, las Reales minas de Riotinto; nos contó en un tono confidencial que años atrás los responsables de la explotación habían intentado formar un pueblo aparte con el nombre de San Luis de Riotinto, pero el Ayuntamiento se había opuesto tajantemente y el gobierno no se lo había  concedido.

Dándole las gracias salimos de las casas capitulares y caminamos un poco por el pueblo, pasamos cerca de una cárcel de reciente construcción, nos sorprendieron los enormes corrales  con paredes de piedras que tenían la mayor parte de las casas, nos acercamos a la Iglesia y pudimos observar que había sido restaurada y encalada por completo hacía poco tiempo. (El terremoto de Lisboa de 1755, hacía poco más  de 40 años,  derrumbó la torre y gran parte del edificio). Entramos en su interior y comprobamos que varios religiosos se afanaban en disponer los preparativos para una misa que se iba a celebrar en breve. Nos acercamos a uno de ellos  por mera curiosidad para conocer detalles  de primera mano y preguntamos por el cura. Pero contestó, con cierta sorpresa, preguntándonos  por cuál de ellos. ¿Hay más de uno? dijimos. Se nos contestó que había siete curas, seis acólitos y siete sacristanes. Con un poco de habilidad conseguimos sonsacarle más información.

Nos contó que había seis parroquias en Zalamea. Una en el caso urbano y cinco en las aldeas. Que había doce capellanes responsables de las capellanías creadas en el pueblo (Una capellanía era una institución fundada por una persona, generalmente acaudalada, y atendida por un religioso, para que cumpliera algunas funciones religiosas y obras pías). De los siete curas, tres ejercían en el pueblo y cuatro en las aldeas. Como vimos que iba llegando gente y que se acercaba el inicio de la misa no quisimos interrumpirle más y volvimos a salir a la calle.

Intentamos entonces saber algo sobre el tema sanitario y nos acercamos a un anciano que caminaba lentamente ayudado por un grueso bastón para  preguntarle por un médico que pudiera remediar un inventado dolor de espalda que uno de nosotros padecía. El buen hombre nos respondió que aunque en el pueblo había dos médicos, un cirujano, (el cirujano podría ser el equivalente hoy a un ATS), un veterinario y un boticario,  normalmente  para remediar estas dolencias ellos acudían a una anciana que, con unos ungüentos sacados de ciertas hierbas que ella misma recogía, curaba estos males milagrosamente.

Seguimos andando y volvimos a la calle que en aquel momento ya se conocía como de La Plaza y escuchamos de repente un enorme bullicio y griterío de niños. Se abrieron las puertas de una casona grande y salieron ordenadamente un elevado número de infantes de todas las edades que calculamos estarían entre 8 y 12 años y que nada más alejarse corrieron en desbandada bromeando entre ellos. Cuando todos se marcharon, un señor vestido  con una chaqueta raída con las consabidas calzas y un pañuelo blanco anudado al cuello, salió y cerró la puerta. Nos acercamos a él y le preguntamos si era el maestro. Nos confirmó que así era efectivamente  y después de interrogarle sobre varias cuestiones relacionadas con su trabajo, el hombre nos informó con paciencia y educación que había en la villa dos escuelas de primeras letras, teniendo cada una alrededor de 45 o 50 niños y que solo asisten a ellas los varones y no había escuela de niñas. Se lamentó de que su sueldo era de 666 reales de vellón de los que tenía que pagar el alquiler de la casa, con lo que su sueldo no le llegaba para vivir y tenía que sacar  un dinero extra dedicándose a escribir cartas o dar clases en su domicilio a los hijos de las familias acomodadas, además de llevar las cuentas a algunos hacendados.

Después de este breve paseo por el pueblo nuestro viaje en el tiempo se agotó y hubimos de regresar a nuestra época, pero con la decidida determinación de volver de nuevo para conocer más detalles de la vida de esta nuestra Zalamea del siglo XVIII.

 

19/10/2021 21:12 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

LA TOMA DE ZALAMEA POR LAS TROPAS NACIONALES DURANTE LA GUERRA CIVIL

20210803204940-guerra-civil.jpg

Durante este mes de Agosto se cumple 85 años de la toma de Zalamea por las tropas nacionales durante la Guerra Civil. Con este motivo hemos considerado oportuno volver a publicar el artículo que en su dia hicimos sobre este episodio. 

            La toma de la Cuenca Minera fue considerada por el Estado Mayor del General Queipo de Llano como uno de los escollos más difíciles,  por temor a la  fuerte resistencia que sospechaban iban a oponer los mineros al avance de las tropas sublevadas contra la República para tomar el control de la provincia de Huelva. La operación fue planteada rodeando la comarca desde tres frentes, uno por tropas que bajarían desde la sierra por Campofrío, al mando del Comandante Redondo, otro desde El Castillo de las Guardas procedente de Sevilla, al mando del Comandante Álvarez de Rementería y  finalmente el tercero, que es el que nos interesa porque sería le responsable de la toma de Zalamea, por tropas procedentes de Huelva, que se estacionaron en Valverde del Camino mandadas por el Capitán de la Guardia Civil Gumersindo Varela Paz, reforzadas  por 100 falangistas llegados desde Sevilla en tres autobuses. 

            Esta columna estaba compuesta por efectivos de la Guardia civil, mandadas por Fariñas; guardias de asalto, a las órdenes del teniente Lora; tropas de infantería, encabezadas por Pérez Carmona y Briones; requetés mandados por Arcos y López de Tejada; y falangistas, cuyo jefe era Alfonso Medina. Todos, como hemos dicho, bajo las órdenes supremas del Capitán Varela. 

            Descansan la noche del 24 de Agosto en Valverde del Camino, donde algunos duermen en la cárcel que hizo de casa improvisada de hospedaje. Ese día se había recibido la orden general de operaciones del Estado Mayor donde se determinaba que Zalamea debía ser ocupada el día siguiente, miércoles 25. Desde el cuartel general se prepararon octavillas que fueron lanzadas el martes por la aviación en Zalamea animando a la población a rendirse, entregando rehenes que garantizaran la entrada pacífica de las tropas. 

            En el otro lado, en el pueblo, fiel a la República, enterados por las octavillas del inminente ataque de las fuerzas nacionales, se organiza la resistencia. Para ello se arman a civiles voluntarios que bajo el mando de las mismas autoridades del concejo se disponen a ocupar posiciones para defender la población, con este fin se hicieron uso de las armas que anteriormente había requisado la guardia civil y que estaban depositadas en el cuartel. Los lugares elegidos para ofrecer resistencia fueron la entrada de los Pocitos y el Alechín (hoy calle la Encina), igualmente se situó un puesto de vigilancia avanzada en la cima del Monte del Pilar Viejo, también se colocaron algunos milicianos armados en la entrada por el cementerio y un grupo de hombres con ametralladora en el campanario de la torre que no se había visto afectado por el incendio de la Iglesia del mes anterior. 

            Entretanto, en Valverde, sobre las dos de la madrugada comienzan los preparativos para iniciar la marcha; algunos simpatizantes agasajan a los soldados ofreciéndoles café y churros, y así sobre las cuatro de la madrugada se ponen en camino hacía Zalamea. Las fuerzas las componen alrededor de mil hombres que son desplazados en camiones, camionetas y automóviles que suman en total unos 30 vehículos. A su paso por el empalme de El Buitrón toman precauciones por los incidentes registrados en aquel lugar unos días antes en los que un grupo de milicianos atacaron a las fuerzas allí concentradas. La marcha continúa lentamente y alrededor de las 7 de la mañana la expedición está ya situada a unos dos kilómetros de Zalamea y comienzan a realizar los preparativos para el asalto final. Son apoyados por un aeroplano de la base de Tablada que sobrevuela el pueblo constantemente. 

            En el interior de Zalamea,  el temor de las familias que se agrupan y se refugian en las casa que piensan están más protegidas contrasta con el arrojo y valentía  de los que se aprestan a resistir confiando en que podrán rechazar el ataque. 

            Para acometer el asalto, las fuerzas nacionales se reorganizan en tres grupos, el primero bajo las órdenes de Fariñas e integrado por guardias civiles, intendencia y carabineros se despliegan y entran por el Centro; por la izquierda, guardias de asalto al mando de Lora  rodean el pueblo para entrar por el camino de la Zapatera, y por la derecha, conducidos por Varela, otro grupo de guardias civiles y  requetés avanzan hacia la Estación Nueva. El primer encuentro se produce al toparse con el puesto avanzado republicano colocado en el Monte del Pilar Viejo; pero, aunque la resistencia de éste es heroica, es reducido fácilmente y se coloca allí uno de los cañones que bombardean las posiciones republicanas. Continúan adelante por Los Pocitos donde vuelven a encontrar combatientes republicanos a los que obligan a retroceder. El frente formado por las tropas al mando de Fariñas se extiende en una línea que alcanza alrededor de un kilómetro por los cercados de La Florida y el Alechín; allí se producen de nuevo enfrentamientos; pero los bombardeos de las posiciones fieles a la república por el avión de Tablada fuerzan a la resistencia a replegarse hacia el centro del pueblo. Las tropas nacionales que han conseguido penetrar en el interior del casco urbano  se encuentran con los disparos que hacen desde los altos de la Torre, produciéndose un tiroteo que acaba cuando los milicianos apostados allí se convencen de la inutilidad de su esfuerzo y abandonan la posición por temor a verse aislados. En los enfrentamientos de la calle de la Plaza muere un miliciano y  un oficial del ejército nacional. 

            Uno de los últimos combates se produce en la puerta  del Ayuntamiento desde donde hubo un intenso intercambio de disparos con las fuerzas ocupantes que se colocaron en el bar de la acera de enfrente. Los impactos de las balas fueron perfectamente visibles en las gradas que subían al piso alto del consistorio municipal hasta la remodelación del edificio en tiempos recientes. Cuando entienden que toda resistencia es inútil, los combatientes republicanos que no fueron capturados intentan salir del pueblo; un grupo lo hace por San Vicente, pero son interceptados por las fuerzas que suben desde la Zapatera, produciéndose disparos que causan varias bajas en ambos bandos. Otro grupo intenta salir por el este en dirección a Campillo y Riotinto pero se encuentran con las fuerzas que habían tomado posiciones en la Estación Nueva. A pesar de todo, algunos logran burlar el cerco saliendo por la Morita y consiguiendo llegar a El Campillo.

            La toma de Zalamea fue un episodio breve pero singularmente difícil en relación con otros pueblos de la Cuenca e incluso de la provincia, pero era un hecho perfectamente previsible. Al ánimo y al coraje de los leales a la República, algo más de un centenar de hombres con escaso o nulo entrenamiento militar y con un armamento deficiente e irregular,  se oponían unas fuerzas de un millar de soldados bastante bien organizados, con un armamento superior y con apoyo aéreo. 

            Esta primera operación militar termina alrededor de las 10 de la mañana. A partir de ahí las fuerzas ocupantes recorren las calles golpeando las puertas de las casas y obligando a sus propietarios a salir a la calle para efectuar después un registro en busca de refugiados fieles a la República. Las puertas que no se abren son derribadas violentamente. La gente atemorizada sale a la calle con los brazos en alto gritando las consignas fascistas por miedo a las represalias. El terror que se implanta en esas primeras horas hace  que muchos refugiados se vean delatados por los mismos que le había dado refugio. Inmediatamente se procede a liberar a los presos de derecha que estaban en la cárcel y en la escuela próxima, que habían conseguido salvar su vida gracias a la rectitud del alcalde republicano Cándido Caro, actitud que luego no se vio correspondida. Igualmente se comienza a requisar agua y comida para la tropa. 

            Unas horas después, sobre el mediodía, desde El Campillo y Riotinto, enterados por los que consiguieron escapar de la toma de Zalamea, se inicia una contraofensiva para intentar recuperar el pueblo. Esto se hace desde dos frentes: uno a través de la carretera nacional con dos camiones blindados que se habían preparado en Zarandas seguidos de una camioneta amarilla cargada de voluntarios, el otro frente intenta penetrar por la Estación Vieja. Las tropas nacionales, alertadas por unos vigías colocados expresamente, se apostan en los altos de la Estación Nueva con ametralladora y un cañón para contrarrestar la inicial ventaja de las atacantes republicanos. Contaron de nuevo con el apoyo de la aviación que tuvo una intervención definitiva en el final de esta ofensiva. Se produce un fuerte enfrentamiento y los nacionales  desde la ventajosa posición de las tropas de Varela en los altos de la Estación Nueva, consiguen inutilizar los camiones blindados que, aunque ofrecían protección contra los disparos, eran difíciles de manejar por su gran peso, consiguiendo finalmente detener, aunque con dificultad, el avance de los republicanos, y después de duros combates, que casi rozaron el cuerpo a cuerpo, logran hacerlos retroceder. 

            De la dureza de este  último episodio dan fe las numerosas bajas producidas. Los nacionales perdieron a dos hombres y más de una docena de heridos, sin embargo las más cuantiosas pérdidas tuvieron lugar en el bando de los republicanos que dejaron un número elevado de muertos esparcidos por la zona. Los que huyeron difundieron la noticia y contribuyeron involuntariamente a crear el desánimo y el temor en el resto de los pueblos de la Cuenca. 

 

 

03/08/2021 20:49 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


LA METALURGIA EN EL POBLADO DE CHINFLÓN (III)

20210714113040-fundicion-cobre-3.jpg

Hoy conocemos el proceso de fundición tanto por los restos hallados en el poblado como por el paralelismo con otros poblados de similares características ya estudiados. Para fundir y extraer el metal de cobre se utilizaban unos hornos realizados con barro. Tenían una forma cilíndrica con un diámetro aproximado de unos  40 centímetros y una altura  de entre 40 y 50 centímetros, disponían de  una o dos toberas laterales por donde se insuflaba el aire  para aumentar la temperatura del fuego que ardía en el interior alimentado a base de carbón vegetal. Alcanzada la temperatura óptima se introducía en ese mismo horno el mineral triturado y se continuaba insuflando aire para mantener la temperatura de fundición de la mena. Esta fundición producía una especie de lagrimitas de cobre que quedaban depositadas en el interior de horno mezcladas con los restos de carbón, cenizas y escorias. Tras enfriarse estas “lagrimas” de cobre eran cuidadosamente separadas de resto del material.

Por ultimo una vez que se conseguía un número considerable de estos pequeños trozos o lágrimas de cobre se reunían todas en un crisol donde se las sometía de nuevo a altas temperatura para que fundieran entre sí y formaran una especie de torta de cobre.

En ella este material fundido adquiría la forma de casquete esférico del crisol o recipiente. El proceso que hemos explicado en pocas palabras suponía un enorme esfuerzo y el empleo de una gran cantidad de tiempo para obtener una pequeña cantidad de cobre lo que revela el valor de este metal en la época de la que estamos hablando.

Hace unos años tuvimos la oportunidad de estudiar una de estas piezas de cobre hallada en el poblado de Chinflón en superficie por un equipo de arqueólogos. Pudimos medirla y pesarla. Hemos recuperado los datos que archivamos en su momento para completar esta serie de artículos.

La pieza aportó interesantes datos sobre las características del cobre que se extraía  y producía en Chinflón. Tiene, como dijimos, forma de casquete esférico con una altura en su centro de 2,5 cm y 9 cm de diámetro en el círculo superior. Su peso es de 750 gramos y su volumen de 120 cm3 , lo que nos da un peso específico de la pieza de 6,25 g/cm3 . Teniendo en cuenta que el peso específico del cobre en estado puro sólido es de 8, 96 g/cm3  nos da que dicha pieza tiene una pureza del 70 %. Esto supone que el nivel de de calidad de la fundición es más alto del que en un principio se le suponía. Como es lógico la pieza tiene un 30% de aire e impurezas en su interior.

Hoy solo podemos hacer conjeturas sobre el destino que tenía este cobre. Al no haberse hallado útiles de cobre en la zona se infiere que se dedicaba fundamentalmente al comercio. Posiblemente gente que procedían de otras zonas intercambiaban ese cobre por otros productos.

Son los primeros pasos que dieron lugar al comercio de cobre y estaño, que durante la edad del Bronce daría paso a las primeras colonizaciones en la provincia de Huelva.

29/06/2021 20:23 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

LA METALURGÍA EN EL POBLADO DE CHINFLÓN (II)

20210504201301-mineros-prehistoricos.jpg

LOS TRABAJOS MINEROS

Antes de introducirnos en la descripción de los trabajos mineros, hay que recordar que en aquella época el cobre era un metal con un enorme valor, hay autores que consideran que incluso mayor que el del oro, lo que de alguna manera impulsó a los habitantes del área de El Pozuelo a establecerse temporalmente en un poblado próximo a la mina para el aprovechamiento de sus menas de cobre.

La mina de Chcinflón de la época calcolítica y de la Edad del Bronce, constaba de varios pozos excavados en la roca, prospecciones al aire libre para extraer el mineral que posiblemente localizarían antes en superficie profundizando posteriormente en ella. Los pozos tenían unas estrechas dimensiones y poca profundidad, apenas cabían dos personas y no realizaban galerías. La razón es que trabajaban aprovechando la luz solar ayudados en las partes más oscuras por algún tipo de lucerna artificial muy rudimentaria. Cuando agotaban la mena del pozo hacían otra prospección a escasos metros. Las herramientas utilizadas para estas labores eran las mazas y los martillos de mineros fabricados de piedra usando un tipo de pórfido muy abundante en la zona.

Losa datos que hemos conocido de otros lugares donde se explotaban minas de cobre en la antiguedad apuntan a que posiblemente en el poblado el trabajo estuviera diversificado, realizándose por tres grupos de personas especializadas cada una en sus propias labores.

Un primer grupo estaba formados por los que podriamos denominar propiamente “mineros”, obreros que abrían los pozos, se introducían en ellos utilizando una especie de escalera labrada en la misma pared del pozo y  desprendiendo el mineral de la roca a base de golpes para introducirlo después en una especie de canasta que era sacada del interior por otros obreros sirviéndose de un trípode cuyo alojamiento en la boca del pozo puede aún apreciarse.

Otro grupo estaba encargado de triturar y preparar el mineral en pequeños trozos que facilitara su introducción en el horno de fundición. Esta función la llevaba a cobo otro grupo, conocedores de las técnicas de fundición aunque de una manera rudimentaria y de esa forma se  obtenía finalmente el metal.

Calculamos que dadas las características y tamaño de los pozos y del poblado, el número total de trabajadores estaría alrededor de quince personas, el grupo esencial en esta actividad sería el encargado de fundir, que probablemente era el que tallaba y endurecía, así mismo, los utensilios a utilizar, martillos y mazas de mineros. Estos hombres conocían los procedimientos de fabricación de herramientas y además dominaban básicamente el proceso de fundición.

Los martillos y mazas de mineros eran cuidadosamente elaborados y más tarde sometidos al fuego para dotarlos de la dureza necesaria, labrándosele un surco en el centro donde se le ajustaba un mango de madera, atándose bien con cuerdas para sujetarlo.

Una vez extraído el mineral de los pozos se trasladaba con sacas, probablemente realizadas con esparto, hasta el poblado donde el segundo grupo se encargaba de triturarlo, primero reduciendo el tamaño de la piedra usando las mismas mazas y posteriormente haciendo un triturado más fino usando un mortero sobre el que se golpeaba con machacadores de jaspe que reducían el tamaño a lo mínimo para facilitar su introducción en el horno y mas tarde su fundición para extraer de estos trozos la máxima cantidad de cobre. Por último, el grupo especializado en fundición, y esto es lo que queremos resaltar en este artículo, se encargaba de obtener el cobre. En el poblado, una observación detallada de la superficie excavada refleja las áreas donde se realizaba cada una de estas actividades. Aquella en la que se procedía a triturar el mineral y esa otra en la que se llevaba a cabo la fundición. 


04/05/2021 20:13 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

LA METALURGÍA EN EL POBLADO DE CHINFLÓN (I)

20210413203214-descarga-1-.jpg

LA MINA

La Mina de Chinflón situada en las proximidades de la zona conocida como Los Llanetes aproximadamente a unos 3 km al este de la aldea de El Pozuelo (Zalamea la Real) es uno de los asentamientos mineros de mayor interés histórico de nuestro pueblo. Tenemos constancia de que fue explotada en diversas etapas: en la Prehistoria, durante la Edad Antigua y también en la Edad Moderna.

La que más nos interesa, y en la que vamos a centrarnos en esta ocasión es su explotación durante la Prehistoria. Existen indicios fundamentados de haber sido trabajada ya en el eneolítico y hay autores que afirman que su localización en las proximidades de los dólmenes de El Pozuelo podría explicar el número elevado de estos monumentos funerarios en un área tan reducida. Puede que la razón que explique la continuidad poblacional en la misma zona venga motivada por el interés en aprovechar la mina, manteniéndose cerca de ella, aunque su actividad económica principal no fuera esa.

Aparte de ello el estudio realizado en las proximidades de los pozos dos y tres por Pellicer y Hurtado (El poblado minero de Chinflón. 1980) reveló un asentamiento, probablemente temporal, que se dedicó a la extracción y fundición in situ del mineral.

La excavación por estos arqueólogos de una parte del poblado que se extiende por una zona par amplia hacía el este sacó a la luz dos huecos que debieron servir bien para sostener los postes de algún tipo de cobertizo o choza o bien eran la sujeción de algún tipo de estructura indefinida. Aparecieron igualmente seis hogares de los que algunos de ellos contenían  los característicos martillos de mineros de piedra. Así mismo la excavación halló numerosos fragmentos de recipientes y vasijas de cerámica y algún que otro tipo de hacha también de piedra.

El poblado era ocupado probablemente con carácter temporal en determinadas épocas del año posiblemente para dedicarse durante esos periodos  a sacar el mineral y hacer allí mismo una primera fundición de lo extraído.

Desde el Neólítico, el término de Zalamea estuvo ocupado por un número relativamente  abundante de pobladores que se dedicaban fundamentalmente a la caza, a la recolección y, posiblemente en una fase muy inicial, a la agricultura. Estos pobladores tendrían un primer contacto con la minería para la obtención de piedras que sirvieran para fabricar objetos de ornamentación personal: cuentas de collar, colgantes, etc. Esta primera aproximación sería el punto de partida para la extracción del cobre nativo. Esto sería la base para que más tarde, ya en la edad del Bronce, alrededor de los años 1800- 1500 antes de Cristo, los descendientes de aquellos pobladores comenzaran a conocer el valor del mineral de cobre, posiblemente por el contacto con otros pueblos que lo demandaban en sus transacciones comerciales, lo que le llevaría a la explotación de las mina de Chinflón.

Hay que recordar que en aquella época el cobre era un metal con un enorme valor, hay autores que consideran que incluso mayor que el del oro, lo que de alguna manera impulsó a los habitantes del área de El Pozuelo a establecerse temporalmente en un poblado próximo a la mina para el aprovechamiento de sus menas de cobre.

13/04/2021 20:32 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

INTRODUCCIÓN Y DESARROLLO DEL CRISTIANISMO EN ZALAMEA

20210403194238-cruz-paleocristiana.jpg

Antes de entrar en cómo pudo introducirse el cristianismo en Zalamea la Real, vamos a echar un vistazo al contexto histórico en la Península Ibérica.

La tradición atribuye al apóstol Santiago y a San Pablo el inicio de la evangelización de la Península. No existen datos fidedignos que acrediten esa tradición. La única referencia que se encuentra es la intención de venir a nuestro país expresada por Pablo en su epístola a los Romanos.

Las últimas investigaciones apuntan a que el cristianismo fue introducido en nuestro país por las propias legiones romanas, consolidándose después en amplias zonas. Aunque en principio la nueva religión pudo practicarse con relativa libertad en todo el territorio del imperio, más tarde algunos emperadores, como fue el caso de Diocleciano  y Galerio, decretaron persecuciones, bien es verdad que no solo contra los cristianos,  que causaron los primeros mártires en Hispania, Fructuoso, Eulogio, Justa y Rufina, Vicente, que pronto se convirtieron en objeto de devoción para las primeras comunidades cristianas en la península. De ahí fue creciendo y extendiéndose entre la población hispanorromana. Las invasiones bárbaras, que acaban con el dominio romano, si bien hostigan en un primer momento  a estas comunidades, con el tiempo se convierten al cristianismo favoreciendo su difusión. De hecho en la conocida leyenda del rey Gunderico cuando después de la batalla de los montes Nervasos se refugia en la Bética encuentra una primitiva basílica dedicada a San Vicente; basílica que reformada y reconstruida más tarde es la Iglesia que hoy es conocida con ese mismo nombre en la ciudad de Sevilla.

Con la invasión musulmana la religión cristiana  pasa a ser una práctica relativamente tolerada, pero con unas duras condiciones para  el culto público.

Después de la reconquista la religión cristiana vuelve a adquirir su anterior prevalencia y se desarrolla hasta tal punto que va a impedir la práctica de otras creencias, como la musulmana y la judía.

Después del concilio de Trento se impulsa de manera notable las manifestaciones religiosas que tienen como objetivo contrarrestar la influencia de las herejías y deviaciones de la ortodoxia cristiana.

Hasta aquí un breve repaso de lo ocurrido a nivel nacional, vamos ahora a adentrarnos en como pudo producirse la introducción del Cristianismo en Zalamea. Existen pocos datos sobre cuáles eran las religiones practicadas por nuestros antepasados antes de la llegada del cristianismo, por el contexto general deducimos que creencias animistas o de carácter simbólico y el culto a dioses regionales, como el caso del dios celtíbero Endovélico, a los que luego se incorporaron los dioses del panteón romano, centraban el culto y las creencias de aquellos que habitaban el territorio de  lo que hoy es Zalamea. Está constatada la existencia de lugares sagrados en el término de Zalamea, como el caso de la zona de los Aulagares o Los Manatiales donde quedan reflejados grabados que demuestran el valor de esos lugares incluso para creencias más tardías como el mismo cristianismo.

 Los primeros indicios de la nueva religión se encuentran en el poblado paleocristiano del Cabezo del Castillo del Buitrón lo que apunta a que puede que el cristianismo fuera introducido en nuestra zona por contingentes poblacionales relacionados con el comercio o la explotación de la minería. También hay que considerar  un  posible culto a San Vicente Mártir con anterioridad a la propia reconquista. Como ya hemos mencionado el culto a estos primeros mártires está directamente relacionado con las primeras comunidades cristianas.

Los otros indicios que apuntan a la existencia de estas comunidades primitivas es la existencia de la cruz de calvario o de gólgota hallada junto a los grabados de los Aulagares y las tumbas antropomorfas encontradas en el término cuya datación puede establecerse en un  amplio periodo de tiempo comprendido entre los siglos VIII y XVI de nuestra era. La datación cronológica exacta de estos restos arqueológicos  sería muy interesante por cuanto nos ofrecería información sobre la existencia de población mozárabe en la antigua Salamya. Puede que durante la dominación musulmana, a pesar de la presión fiscal y social a que fue sometida por los nuevos señores, persistiera alguna población que se mantuvo fiel al cristianismo, abierta o secretamente,

Tras la reconquista a mediados del siglo XIII los nuevos repobladores castellano-leoneses generalizan y refuerzan el cristianismo en la entonces Zalamea del Arzobispo y encontramos las primeras referencias arquitectónicas y documentales. Son las antiguas ermitas  de Santa María de Ureña, hoy San Blas,  y la primitiva de Santa Marina de El Villar, situadas a extramuros de ambas poblaciones, que  se levantaron sobre los restos de anteriores construcciones romanas que aún pueden apreciarse; de igual manera ocurre con la conocida como Iglesia de las dos naves, tal como es llamada en las antiguas reglas de la hermandad de San Vicente en 1425, cuya torre, según recientes estudios, se levanta sobre un antiguo “castellum” romano. Por cierto, “castellum” que, parece ser, dio nombre a la actual calle Castillo. La Edad Media fue, pues, testigo de la consolidación del cristianismo en Zalamea.

Tras el concilio de Trento, celebrado a mediados del siglo XVI, se promueve la creación de hermandades y cofradías que exterioricen los cultos y devociones de la ortodoxia católica como manera de contrarrestar la difusión de la reforma protestante iniciada en Centroeuropa. Así, como espejo de lo ocurrido en Sevilla, a cuyo reino pertenecimos hasta la creación de la provincia de Huelva, se crea en Zalamea la Hermandad de la Vera Cruz en 1580, germen de la actual Semana Santa zalameña, y la del Santísimo Sacramento de El Villar en 1590, posiblemente reflejo de otra existente en la villa.

Desde ahí,  las manifestaciones religiosas cristianas proliferan y en el siglo XVIII son ya  trece las celebraciones vinculadas a hermandades o cofradías. Con el paso del tiempo muchas de ellas han desaparecido, como la Suma Caridad, la del Carmen o San Antonio, otras, sin embargo, conocidas por todos, han permanecido hasta nuestros días y su historia es sobradamente conocida.

------------------------------

Imagen de la ilustración: Cruz de Calvario o Gólgota grabada en una de las rocas de Los Aulagares  (Zalamea la Real)

03/04/2021 19:42 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

NUEVOS DATOS SOBRE LOS ORÍGENES DEL CULTO A SAN VICENTE

20210123200628-basilica-san-vicente-2.jpg

Recientes estudios sobre los inicios del cristianismo en España revelan que el culto a San Vicente Mártir en Zalamea pudo ser muy anterior a la fecha que hoy se le atribuye. Como hemos  comentado en otras ocasiones, la devoción a San Vicente parece que ya estaba arraigada en Zalamea antes de que tuviera lugar aquella elección formal como patrón del pueblo que se produjo el 24 de marzo de 1425 en la puerta de la iglesia en lo que probablemente se trató de un concejo abierto convocado a tal fin ante la existencia de una epidemia de peste que asolaba el pueblo para elegir un santo patrón que lo protegiese.

Por todos es sabido que San Vicente vivió a mediados del siglo III y principios del IV. Fue diácono del obispo Valero en Zaragoza. En aquel tiempo ejercía el cargo de prefecto  Publio Daciano, una especie de gobernados provincial, en  Lusitania y en Hispania citerior. Aunque se ha cuestionado la existencia de este gobernador romano, hoy el hallazgo y estudio de algunas inscripciones de la época demuestran su existencia real. Cumpliendo los edictos imperiales de Diocleciano, llevó a cabo la persecución de las primitivas comunidades cristianas en los territorios que gobernaba. Algunos autores le hacen responsable de la detención y muerte de Vicente de Huesca, diácono del obispo de Zaragoza, nuestro San Vicente. Su martirio y muerte se produjo en el año 304 o 305 de nuestra era y la tradición fija su fecha el 22 de Enero. Fue reconocido como santo  de una forma muy temprana por las primeras comunidades cristianas que se crearon en los siglos V y VI en nuestra península y su devoción se extendió rápidamente por todos los territorios, en los que se levantó en su honor ermitas y basílicas, de algunas de las cuales se conservan hoy vestigios. Vemos dos de ellos.

En los primeros años del siglo V penetran en España los vándalos y suevos, pueblos bárbaros que llegan aprovechando la debilidad del Imperio. No tarda mucho en producirse enfrentamientos entre ellos, llegando a materializarse en una batalla conocida hoy como la de los montes Nervasos, en la actual zona del Bierzo. Como consecuencia de esta derrota el rey vándalo Gunderico se ve obligado a desplazase al sur donde se hace fuerte en la Bética, llegando a saquear Hispalis. En este punto es donde aparece la leyenda que nos interesa en cuanto hace referencia a la existencia de una Iglesia dedicada a San Vicente en la ciudad  que intentó profanar y que según la leyenda misma fue la causa de su muerte. Lo que nos importa de esta leyenda es la mención de la basílica dedicada ya en aquel tiempo a San Vicente. Esa Iglesia existe aún dedicada al mismo santo, aunque reformada completamente, ya que las referencias sobre ella habla de su construcción en el siglo XIV o XV.

Por otro lado, es conocida, igualmente, la existencia de una basílica visigoda dedicada a San Vicente Mártir en la Córdoba premusulmana que mencionan algunas crónicas árabes del siglo X. Aunque algunos investigadores ponen en duda que pueda tratarse del mismo edificio, en el interior de la Mezquita de Córdoba, puede apreciarse hoy lo que queda de ella nada más entrar, a través de una mampara de cristal. Según algunos autores la basílica inicial fue respetada por los musulmanes aunque posteriormente en las sucesivas ampliaciones en tiempos del califato fue ya destruida y ocultada, quedando hoy sólo algunos restos de su cimentación y solería inicial.

Pues bien, todo esto viene a decirnos que el culto de San Vicente estaba ya bastante extendido en Andalucía occidental antes de la invasión musulmana y que las primeras comunidades cristianas lo llevaban allí donde se asentaban.

En Zalamea la Real los primeros vestigios del cristianismo lo tenemos alrededor del siglo VI o VII,  como lo demuestra la existencia de una cruz paleocristiana junto a los grabados de Los Aulagares. Esto no acredita que los que grabaran aquella cruz ya prestaran devoción al Santo, no hay ningún resto que lo pueda confirmar, no obstante es conveniente tener en consideración que los datos que hoy se barajan relacionan, como hemos dicho, el culto al Santo con las primeras comunidades.

Lo que si está comprobado es que después de la expulsión de los musulmanes, se refuerza de nuevo el culto a San Vicente, bien reconstruyendo las antiguas edificaciones o levantando otras nuevas dedicadas a su devoción.

Ya hemos mencionado otras veces que en las mismas reglas de la hermandan de 1425 se habla de obligaciones de los priostes según la “devoción antigua” de esta cofradía. Así mismo, las fuertes donaciones que recibe la hermandad nada más constituirse refuerzan la hipótesis de que el culto al santo ya tenía cierto arraigo especialmente entre la gente acomodada.

La falta de documentos y restos arqueológicos nos obliga a movernos en el terreno de las conjeturas, pero el contexto y los indicios contenidos en las primitivas reglas apuntan que la devoción a San Vicente Mártir en Zalamea  es muy anterior a 1425.

_________________________________________________________

Pie de foto para la ilustración

Restos hallados en el subsuelo de la Mezquita de Córdoba que algunos autores identifican con la antigua basílica de San Vicente

 

23/01/2021 20:06 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

OTRAS EPIDEMIAS EN ZALAMEA LA REAL

20201103213648-cuadro-triunfo-peter-brueghel-viejo-1448865910-118935699-667x375.jpg

La difícil situación que atravesamos por la pandemia del COVID-19 nos trae a la memoria otras epidemias, algunas de ellas más graves que la que sufrimos en estos momentos, que también afectaron a nuestro pueblo

 Sin pretender hacer un estudio exhaustivo de todas ellas señalaremos aquellas que nos parecen más significativas de las que hemos encontrado en los documentos que hemos manejado sobre la historia de Zalamea.

 Las más importantes por su virulencia han sido de tres tipos: la peste negra o bubónica, el cólera morbo y la gripe.

La peste negra que se caracterizaba  por fiebre alta, dolores de cabeza y articulaciones, escalofrío y la aparición de los llamados “bubones”, que no eran más que la inflamación purulenta de los ganglios, que solían convertirse en úlceras, pudiendo provocar una septicemia que desembocaba en la muerte. La enfermedad era transmitida por la pulga de la rata. Una variante de la peste era la neumónica, muy contagiosa, que afectaba a los pulmones y se transmitía por vía aérea. Fue una de las pandemias más temidas en la Edad Media, habiendo causado millones de muertes; en algunos casos llegó a reducir la población de algunos países afectados en una tercera parte. Su aparición en un pueblo o ciudad causaba tal estado de terror que hacía que muchos de sus habitantes, si sus medios se lo permitían, huyeran a refugiarse en el campo.

 La segunda a la que nos referiremos era el cólera morbo. Fue otra de las más extendidas durante la Edad Media y Moderna. Afectaba al aparato digestivo y sus síntomas eran vómitos y diarreas extremas, pudiendo desembocar en la muerte en menos de una semana. Era muy propia de zonas de clima cálido y se extendía con rapidez por contaminación con residuos fecales de las fuentes de agua potable que no estaban  sujetas en aquellos tiempos a control ni desinfección. Producía, igualmente, un estado de alarma generalizada.

 La tercera epidemia que nos ocupa fue la gripe. Aunque esta enfermedad era conocida desde antiguo, fue identificada como “gripe española” a principios del siglo XX. Se sabe que la gripe tenía en ese tiempo una gran virulencia y causaba una elevada mortandad. Aunque se le dio el adjetivo de española, en realidad  no se originó en España sino que procedía de Asia y los primeros casos en Europa se dieron en Francia de donde pasó a España. Fue denominada de ese modo porque en nuestro país no se censuró la publicación de los informes sobre esta enfermedad, contrariamente a lo que se hizo en el resto de Europa, donde por cuestiones políticas no se informó de las consecuencias de la enfermedad (acababa de terminar la I Guerra Mundial y los gobiernos no quisieron alarmar a la población ni que se pensara que era un efecto de la misma) con lo que a nivel sanitario dio la impresión que fue España el único país afectado.

 Pasando ya a los datos que hemos hallado sobre epidemias en nuestro pueblo, los primeros de los que disponemos apuntan a una epidemia de peste en 1425. Por las antiguas reglas de la hermandad de San Vicente sabemos que en ese año Zalamea y sus “lugares comarcanos” estaban asolados por una terrible “pestilencia”. Lo más probable es que se tratara de la temible peste negra. Se tiene constancia que en 1422 esa terrible enfermedad se extendió por Andalucía occidental. Puede que se tratara de un rebrote de los muchos que se produjeron en los años posteriores, aunque no hay que descartar que se tratara de otro tipo. En la Edad Media se denominaba “pestilencia” a cualquier contagio que causara enfermedades y muertes generalizadas. De hecho, según las mencionadas  reglas, esa fue la causa  por la que se eligió a este santo como patrón de Zalamea, con el fin de que intercediera ante Dios para que protegiera a nuestros antepasados. Ante el desconocimiento de la causa de la enfermedad y de su  tratamiento, se tenía la convicción de que estas epidemias eran algún castigo divino y se recurría a la religión como remedio. La de esos años debió de tratarse de una fuerte epidemia que causó estragos en la población zalameña.

 En 1649, hubo otra epidemia de peste bubónica que se había extendido por toda Andalucía y que también afectó a Zalamea.

 Los brotes epidémicos motivaban por lo general que la corporación constituyera Juntas de Sanidad específicas que abordaran la crisis y tomara las medidas preventivas o de remedio que fueran necesarias. En algunos casos se llegó a prohibir la circulación de personas durante un cierto periodo de tiempo, lo que hoy llamamos una cuarentena.

Así lo vemos en  1799 cuando se produjeron algunos brotes de peste en Sevilla y Cádiz, hecho que provocó que se formara una Junta de Sanidad, aunque por fortuna, al parecer, no llegó a afectar a nuestro pueblo.

 En 1804, se constituyó otra Junta de Sanidad que evidentemente fue reflejo de la existencia de una epidemia o del temor al riesgo de que se produjera. Los datos hacen referencia a unos contagios indeterminados  producidos por escasez de alimentos. No hay que olvidar que los periodos de hambruna estaban asociados a la aparición de epidemias puesto que los deficits alimentarios producen un debilitamiento de las defensas del organismo.

En 1819 se produce otra epidemia en nuestro pueblo, aunque en este caso no se determina de qué tipo

 A finales del primer tercio del siglo XIX, entre 1833 y 1834, hay en toda Andalucía una epidemia de cólera morbo que tuvo también sus consecuencias en Zalamea y que causó un número elevado de muertes.

 En 1855 hubo otra gran epidemia a nivel nacional, que dejó su reflejo también en nuestro pueblo. La aparición de otro brote en 1890 llevó a la corporación municipal a aumentar el número de médicos para atender a los afectados.

La gran epidemia  de la denominada gripe española, que afecto como ya dijimos a España y a toda Europa a principios del siglo XX, tuvo su reflejo, así mismo, en nuestro pueblo en 1918.

 La preocupación por tomar las medidas necesarias para prevenir cualquier tipo de epidemia  quedo materializada en las Ordenanzas de 1914, donde se dedica un capítulo completo a regular las actuaciones que debían llevarse a cabo; todo ello en un tiempo en que la sanidad  dependía aún de los ayuntamientos.

Como hemos visto no es la primera vez que una epidemia afecta a nuestro pueblo, en esta ocasión, como en tantas otras, coinciden con las que se producen a nivel nacional. Cosa lógica por otra parte porque, aunque en ocasiones se producían brotes locales, lo común es que los brotes epidémicos afectaran a grandes áreas geográficas.

 Confiemos en que , como  esas otras veces, la humanidad consiga superarla.

 

03/11/2020 21:29 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

SEPULTURAS ANTROPOMORFAS EN ZALAMEA LA REAL

20200714202119-imagen-sepultura-antropomorfa-3.jpg

Llamamos sepulturas antropomorfas a un tipo enterramiento excavado en la roca cuya forma evoluciona desde el tipo de bañera, pasando por la ortoédrica, hasta aquellas en la que se perfila la silueta de una persona, cabeza, hombros, troncos y piernas. Estas últimas algunos estudiosos las han considerado como derivadas del sarcófago.

Los estudios realizados sobre este tipo de tumbas  reflejan que son bastante abundantes en la península ibérica. Su datación general se inicia alrededor del siglo VI d C y tienen continuidad hasta el siglo XIII o XIV. Suelen aparecer en grupos de un número indeterminado de tumbas, pero no es extraño el hallazgo de algunas aisladas.

En un principio este tipo de sepulturas fue asociada a las primeras comunidades cristianas de la península ibérica, pero recientes investigaciones reflejan que algunas comunidades judías utilizaron también este tipo de enterramientos.

Dentro de la  cronología que se baraja para datarlas se suele considerar que las más primitivas son las de tipo bañera o trapezoidal mientras que las más tardías son aquellas que tienen un perfil antropomorfo más definido. Es este último caso hay diversas variantes, dependiendo del hueco que  la forma de la cabeza pueda adoptar, puede ser rectangular o redondeada o también en forma de herradura. El objetivo era mantener la cabeza del difunto mirando al frente.

Generalmente son sepulturas individuales, pero se han encontrado algunas en las que se aprecian hasta tres individuos inhumados como si se tratara de una especie de panteón familiar.

La orientación más común es de este a oeste y normalmente estaban tapadas con losas aunque no de manera exclusiva.

En nuestro término se han hallado hasta el momento tres tumbas antropomorfas, dos de ellas se encuentran en la finca Los Manantiales, y una tercera próxima al camino de Zalamea a El Membrillo. De las halladas en Los Manatiales  una de ellas tiene forma de bañera con dos pequeñas oquedades a cada lado y la otra es de perfil antropomorfo, marcándose con claridad el hueco de la cabeza, hombros y el torso. La hallada en el camino a El Membrillo es de forma ortoédrica. Por otra parte, hay quien opina que las tumbas tardo-romanas o paleocristianas del Cabezo de la Cebada y de la Esparraguera son un antecedente de este tipo de tumbas.

Nada podemos decir respecto a su datación, aunque si se pudiera establecer su cronología sería una enorme fuente de información para conocer la población de Zalamea en la época medieval.

No hay que descartar que pudieran estar asociadas a las primeras comunidades cristianas que se instalaron en nuestro término. Hay estudios que afirman que su relación con yacimientos prehistóricos próximos es una simple coincidencia casual, sin embargo hay otros que relacionan la ubicación de estos sepulcros con lugares sacralizados desde la Prehistoria. En este sentido conviene señalar que la primera manifestación del cristianismo en nuestra zona, la cruz paleocristiana de los Aulagares, aparece precisamente junto a unos grabados rupestres de la edad del Bronce, lo que vendría a corroborar la relación a la que hemos hecho referencia. Podría también no ser una coincidencia el hecho que las tumbas antropomorfas de los Manatiales se encuentran próximas al otro grupo de grabados rupestres. Por otro lado, su datación cronológica podría darnos también información sobre la población mozárabe que habría podido permanecer en la zona durante la ocupación musulmana, llegando hasta mediados del siglo XIII.

En cualquier caso, la existencia de estas tumbas antropomorfas en nuestro término pone en valor la importancia de la población cristiana en la época altomedieval en Zalamea la Real.

Manuel Domínguez Cornejo Antonio Domínguez Pérez de León

 

14/07/2020 20:21 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

LA MUJER EN LAS HERMANDADES RELIGIOSAS DE ZALAMEA

20200623204444-mujer-medieval-2.jpg

No es necesario explicar que antes del siglo XX la mujer ha estado relegada a un papel secundario y subordinado, cuando no completamente anónimo en sus funciones públicas en la sociedad, especialmente si esa función era de carácter político o religioso. No obstante, algunas mujeres tuvieron un papel fundamental en las actividades que realizaron estas hermandades,  pero su protagonismo quedaba oculto por la preponderancia que el hombre ejercía en todas ellas, Sin embargo, aunque tímidamente, entre los textos de los documentos, se atisba que algunas féminas fueron más allá del papel que le asignaban la convenciones sociales. Así hemos podido comprobar que algunas de ellas desempeñaron una función relevante en las hermandades y cofradías de aquel tiempo, como se desprende de las reglas y actas de reuniones.


     Empecemos por la hermandad de San Vicente.. Nos encontramos en plena Edad Media donde las mujeres estaban sometidas a la autoridad de los varones. Las antiguas reglas de 1425 son un buen reflejo de ello. En el apartado de donaciones, cuando se habla del día de la fiesta de la hermandad en la que se debe cocer la carne de las vacas destinada a este fin en dos calderos que regala Bartolomé Rodríguez Pastor de Ureña se menciona que debe ser con la condición de que en ella “no debe haber mujer ni regocijo alguno” y en los donativos del capítulo tres, al hablar de la caridad que se debe dar a los que vinieren a rogar por lo difuntos, se habla de hombres y niños, excluyendo a las mujeres. Sin embargo en estas reglas, entre los personajes que aparecen realizando fuertes donaciones aparece de una manera destacada Catalina González, que donó  ”las casas y el hospital de los hermanos de la cofradía de nuestro Señor San Vicente”.  Puede que se trate de una de las donaciones de más valor que se hicieron. Tengamos en cuenta que el hospital es el local donde solían reunir los hermanos y donde se acogían a enfermos  e indigentes tanto locales como venidos de fuera. Era una de las propiedades más significativa de cualquier hermandad o cofradía. Debió ser una mujer de marcada influencia en la villa. Nos la podemos imaginar haciéndose notar entre tantos hombres y haciendo valer su determinación de figurar entre las personas que quedarían señaladas para siempre en la historia de la hermandad. ¡Y todo esto en 1425!


Poco más de  140 años más tarde, la hermandad de la Veza Cruz, germen de nuestra actual Semana Santa, en 1580,  recoge en sus reglas de una manera más expresa, probablemente demandado por ellas, la participación de hermanas en esta institución, concretamente en el capítulo 5 de sus reglas se establece “ordenamos y tenemos por bien que reciban en esta hermandad cofradas” aunque señalando que el hermano mayor y diputados procurarían saber sin son personas “honestas y recogidas” y, respondiendo a las costumbres de la época, en ese mismo capítulo, se refleja que tenían impedimentos por ser casadas o estar sujetas a otra persona y que por tanto pagarían la “excusa” de 10 maravedís cada año. Por lo demás se decide que pueden tener las mismas obligaciones que el resto y si está casada con un hermano de la cofradía deberá pagar dos reales, más medio real para cera y diez maravedís de “excusa”. Si el marido no fuera hermano, la cofradía sólo estaría obligada a enterrarla a ella, pero no a su marido ni a sus hijos. Ténganse en cuenta que en Zalamea las hermandades y cofradías entre los siglos XV y XIX realizaban una labor similar a la que hoy hacen las entidades funerarias, encargándose de proporcionar un entierro digno a los difuntos que eran hermanos y a sus familiares, con lo que muchas personas entraban a formar parte de ellas para asegurarse de que sus restos recibieran una honrosa sepultura.


La hermandad del Santísimo Sacramento de El Villar, constituida en 1590, registra también algunos avances en el papel de la mujer y así en el capítulo siete se dispone que se puedan recibir como hermanas a mujeres “así viudas, como casadas o doncellas” estableciendo que deberán pagar igual que los hombres, 50 maravedís. La curiosidad que aporta esta hermandad está en que en el leguaje utilizado en algunos capítulos hace mención diferenciada entre ambos sexos. Así, en los capítulos  8 y 10, se habla de “cofrades y cofradas” y en el capítulo 18 se habla de “hermanos y hermanas” con intención de explicar que las obligaciones son iguales para ambos
Curiosamente en el siglo XVIII parece que se produce una regresión en el papel que las mujeres desempeñaron en estas hermandades y no es hasta el 28 de marzo de 1874 cuando en el libro de  acuerdos de la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, refundada en 1865, se produce la admisión de una mujer, María Josefa  Zarza, como hermana de esta cofradía, que lo solicitó después del fallecimiento de su marido, don Cornelio Gómez, que era hermano antes de fallecer, aunque señalando que tenía que ser “sin voz ni voto”.


A lo largo del siglo XX la mujer va a ir adquiriendo derechos en las hermandades de Penitencia y de San Vicente, aunque en aquella no se le permitió la participación en los desfiles procesionales vestidas de Nazareno hasta bien entrado el último tercio del siglo XX.


En el año 2003, por primera vez una mujer, curiosamente con el mismo apellido que aquella otra que fue admitida en 1874, María Dolores Zarza, desempeñó el cargo de hermana mayor de la actual hermandad de Penitencia.


23/06/2020 20:44 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris