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ZALAMEA LA REAL - HISTORIA

LA MINERÍA PREHISTÓRICA EN ZALAMEA LA REAL (IV)

LA MINERÍA PREHISTÓRICA EN ZALAMEA LA REAL (IV)

LA MINERIA EN LA EDAD DEL BRONCE.

En historia general a la Edad del Cobre sigue la llamada edad del Bronce, en ella el hombre descubre que mediante una aleación con estaño, el cobre adquiere dureza y mayor consistencia.  Esto supone un avance tecnológico porque permite la utilización del resultado de la aleación para fines más avanzados y un paso más en la búsqueda de metales preciosos que harían destacar a muchas civilizaciones. La Edad del Bronce trajo sin embargo otras innovaciones de carácter cultural y social.

No obstante la Edad del Bronce se desarrolla en nuestra comarca con unas características específicas. Lo primero que se aprecia es que se produce un estancamiento, incluso un retroceso cultural en nuestra zona. ¿Qué explicación se le puede dar a este hecho? Los yacimientos arqueológicos y los estudios realizados apuntan a que durante el Bronce Inicial y Medio hubo un abandono de las minas, en parte debido al agotamiento de los afloramientos cupríferos en superficie y por las dificultades que entrañaba su extracción en minería de interior así como al desconocimiento de las nuevas tecnologías que exigía el nuevo periodo, esto provoca un descenso poblacional y un regreso a las actividades agrícolas y ganaderas,  sólo en el Bronce Final se produce un renacimiento de la minería a causa de la adquisición de nuevas tecnologías de extracción y fundición y al crecimiento de la demanda de cobre. Esto que hemos hablado se  demuestra en una de nuestras minas (Chinflón) en la que se ha excavado un poblamiento minero de  la Edad del Bronce final, en el que probablemente se realizó algún tipo de fundición aunque esto no acredita que se estuviese realizando la aleación para producir bronce por la carencia de ese otro metal necesario.

 No obstante la zona no volvería a adquirir el auge que mostró a finales del Neolítico  y en el Calcolítico. El cobre ha pasado a ser un metal secundario, necesita de otro para transformarse en bronce. El interés por él decae en la medida que ya no es el metal único, valioso y tan apreciado como  en periodos anteriores. A ello se añade la extracción de cobre más refinado en minas de mayor envergadura cerca de otras que producen estaño. Su extracción es ocasional, como lo demuestra el estudio realizado en el poblado de Chinflón, y los habitantes de la zona no pueden abandonar sus actividades agrícolas y ganaderas y solo estacionalmente se trasladan a las minas para extraer mineral de cobre y fundirlo con el fin de comerciar con él, regresando después a sus actividades cotidianas. Sin olvidar la atracción que una cercana mina como la de Riotinto que comienza ya  a manifestar su potencial productivo convirtiéndose en un foco de atracción.

La ausencia prácticamente total de objetos de bronce en los yacimientos arqueológicos de nuestro término reflejan que la producción de cobre se dedica en su totalidad al comercio, intercambiándolo por otros objetos de mayor utilidad, incluso puede que alimentos.

 Manuel Domínguez Cornejo       Antonio Domínguez Pérez de León

LA MINERÍA PREHISTÓRICA EN ZALAMEA LA REAL (III)

LA MINERÍA PREHISTÓRICA EN ZALAMEA LA REAL (III)

 LA VIDA DE LOS MINEROS DE LA EDAD DEL COBRE

Con el fin de  situarnos es preciso que hagamos un esfuerzo de imaginación para representarnos a aquellos pobladores que habitaban la zona alrededor de 3500 a.c., sobre finales del Neolítico, y que basaban su economía en la ganadería, la caza, la recolección y la agricultura.  La orografía no permite la explotación de grandes extensiones, las pequeñas zonas fértiles se concentran en las proximidades de los barrancos y riberas. La población por tanto no es muy numerosa, se trata de pequeñas tribus o clanes en los que entre sus integrantes no existen grandes diferencias sociales. Disponen ya de una estructura jerárquica básica, pero aún muy elemental. Comienza sin embargo a haber una especialización de trabajos  entre recolectores, cazadores, y miembros que empiezan a buscar piedras de valor para comerciar con ellas.

 

  Estos miembros de la comunidad que dedican su esfuerzo a buscar y recoger el cobre nativo existente que se ha formado por precipitación o decantación en las oquedades de las pequeñas minas del término municipal (Chinflón, Masegoso, Molinera, etc) en un principio no lo obtienen para uso propio sino como material de intercambio con otros visitantes venidos de fuera. Intercambios que les proporciona unos beneficios que les hace destacar dentro de  su tribu o clan y les confiere un status elevado que a su vez se transfiere de alguna manera a toda su comunidad que adquiere una preeminencia frente a  otras de regiones próximas Es lo que presumiblemente ocurre en la zona de El Pozuelo y que explicaría las características y la abundancia de los yacimientos de este área.  


  Con el paso del tiempo, bien sea por descubrimiento casual o por contactos culturales con pueblos que conocían ya las técnicas de fundición, aquellos primitivos extractores de cobre nativo comienzan a fundir el mineral y a obtener el cobre que casi con toda seguridad sigue siendo destinado al comercio, siendo el uso propio  meramente testimonial, quizá por falta de conciencia de la utilidad que podía darse a ese material. No obstante la minería se convierte en un elemento dinamizador del desarrollo social de estos primitivos pobladores del término. En el caso de El Pozuelo los vínculos entre los enterramientos y el ajuar lítico encontrado en ellos y la mina de Chinflón son evidentes y corroboran la teoría acerca de los motivos del avanzado desarrollo de la cultura dolménica de El Pozuelo. Las puntas de flecha de lado recto o algo curvo; alabardas triangulares; cuchillos con retoques marginales; microlitos retocados, todos ellos de sílex; cuentas de collar discoides hechas de serpentina; esquistos;  y junto a los útiles y objetos de adorno ídolos de tipo almeriense de cuerpo esbelto, hombros elevados y parte inferior triangular; todos ellos elementos propios de la Edad del Cobre.

 

Manuel Domínguez Cornejo       Antonio Domínguez Pérez de León

LA MINERÍA PREHISTÓRICA EN ZALAMEA LA REAL (II)

LA MINERÍA PREHISTÓRICA EN ZALAMEA LA REAL (II)

LAS PRIMERAS INVESTIGACIONES SOBRE LA METALURGIA EN NUESTRA ZONA.

 Los primeros datos sobre la metalurgia en nuestra zona los descubren los ingenieros de minas que realizan en el segundo tercio del siglo XIX prospecciones en las antiguas minas de la comarca para estudiar la posibilidad de su explotación. De esta manera encuentran restos que las primeras dataciones que realizan los investigadores demuestran que algunas de ellas se trabajaban ya en el III Milenio a.c. Desde entonces hasta ahora los distintos trabajos arqueológicos  que se han realizado han cambiado las fechas de datación de manera continuada hasta tal punto que hoy resulta difícil concretar cuál de ellas podría darse por válida.

Entre la década de los 40 y los 50 del siglo XX, Carlos Cerdán, un ingeniero de minas reconvertido en arqueólogo, y los esposos Leisner llevan a cabo una serie de investigaciones en las antiguas minas del término, especialmente en la  de Clinflón y Masegoso y los dólmenes de El Pozuelo, encontrando una relación directa entre estos y la minería que les lleva a formular una serie de hipótesis, concluyendo que estos yacimientos megalíticos datados en el III Milenio a.c. tienen una relación directa con Chinflón por su proximidad y que por tanto esta mina es también de la misma época.

Mas tarde, en la década de los 70 del siglo pasado, Beno Rothenberg y Blanco Frejeiro, en el proyecto metalúrgico de la provincia de Huelva,  realizan una serie de investigaciones para profundizar en la minería prehistórica, descubriendo el primer poblamiento en la mina de Chinflón, relacionándolos con los constructores de los dólmenes de El Pozuelo aunque escasamente fundamentado.

 Posteriormente, en los 80, Pellicer y Hurtado, estudian el poblamiento descubierto por Rothenberg y Frejeiro, concluyendo que se trata de un poblado del II Milenio, concretamente de la Edad del Bronce lo que vino a dar un vuelco a lo que en ese momento se conocía. Esa misma datación la corroborarían Fernández Jurado y Pérez Macías en los 90 que añaden que eran fenicios y griegos que llegan a nuestra zona buscando el oro y la plata.

Sin embargo en tanto que estos dos últimos arqueólogos insistían en la datación del poblado de Chinflón en el segundo milenio, en Portugal, en 1989, se descubría y excavaba un poblamiento que era datado en el III Milenio, hechos que se confirmarían posteriormente cuando en el Proyecto Odiel de 1991 se excava el Cabezo Juré datándolo en el 2500 a C, poniendo de manifiesto que la franja pirítica  del suroeste penínsular había sido trabajada ya en III Milenio a.C.

Después de todo lo anterior ¿en qué podemos concluir? Es nuestra opinión que la datación del poblado de Chinflón en la Edad del Bronce ha impedido reconocer que posiblemente esta mina fue trabajada también, con toda probabilidad, anteriormente, en la Edad del Cobre y puede que viniera precedida por una actividad minera destinada a la búsqueda de piedras para útiles de  ornamentación. Actividad que explicaría la alta concentración y características de los dólmenes del área de El Pozuelo. La falta de vestigios de esa época en un yacimiento tan frágil, arqueológicamente hablando, como Chinflón, o cualquiera de las minas de nuestro término, no significa necesariamente que no hayan sido trabajadas en aquel tiempo sino que su explotación posterior ha hecho desaparecer cualquier resto  que pudiera hallarse de periodos anteriores.

Foto de la imagen: Mina de Chinflón

 Manuel Domínguez Cornejo     Antonio Domínguez Pérezde León

MINERÍA PREHISTÓRICA EN ZALAMEA LA REAL

MINERÍA PREHISTÓRICA EN ZALAMEA LA REAL

Los primeros pasos que el hombre prehistórico da en la minería no tuvieron como fin la extracción del metal como hoy la conocemos. En la actualidad esta actividad se entiende, casi exclusivamente, como la extracción de las menas de las que se obtienen los metales.

 La minería nace y progresa a causa de la necesidad de materiales adecuados para el desarrollo de cada civilización por ello no es de extrañar que los primeros vestigios mineros se remonten al Paleolítico. La necesidad de piedras adecuadas para elaborar armas y utensilios hacen que se vean obligados a buscar en su entorno las más adecuadas a sus necesidades y cuando no la encuentran en sus lugares de origen se desplazan a otros lugares, naciendo de esta manera un tipo de comercio. Entre las vetas que más utilizó el hombre prehistórico estaba el sílex y  el cuarzo para tallar y mármoles de diferentes composiciones y otras rocas para pulir. De esta manera aparecen los primeros mineros canteros del sexto al cuarto milenio a.c.

  El sílex se utilizó en la prehistoria por sus propiedades de corte, duración, tipo de fractura y abundancia. Se trata de una roca frágil, en cierto modo parecida al vidrio, que al golpearla con otra piedra (percutor) provoca el desprendimiento de una lasca con filo cortante. Cualidad que lo hace idóneo para la fabricación de utensilios y armas con puntas planas y delgadas en forma de hoja, trabajadas por ambas caras, uniendo las puntas, con resina, a mangos de madera o astas de animales.

Durante el Neolítico, sin embargo, los trabajos mineros se concentraron en la consecución de rocas que por su colorido o por sus propiedades fueron utilizadas con fines ornamentales o para la fabricación de herramientas útiles en su vida cotidiana. De esta manera con ellas se realizaron adornos personales que alcanzaron un gran valor en estas primeras comunidades. La azurita, la malaquita y la variscita fueron las rocas más preciadas en aquel tiempo y que por su alto valor eran requeridas en todas la comunidades.

 Desde entonces y hasta nuestros días, la minería no ha dejado de desarrollarse de una manera continua. Una de las pocas cosas que hacen del hombre un ser único en el reino animal, es su capacidad para construir herramientas. Pero el paso definitivo se produce cuando el uso de  rocas de diferentes coloridos que se utilizaban como adorno, cuentas de collar, colgantes, ídolos etc, da a su propietario la distinción y la importancia que dentro del grupo tendría el personaje.  Entre las más utilizada se encuentran la variscita, la serpentina y la pizarra. Igualmente para fabricar tintes para pieles se utilizas diversos tipos de sulfatos de cobre. La materia prima más común encontrada en los dólmenes de El Pozuelo con la que se elaboraban las cuentas de collar eran las “piedras jabón”, hallándose tan sólo algún ejemplar de variscita.

Puede que los distintos pobladores que se instalan en nuestra zona lo hagan por el interés que le ofrece la riqueza minera de este territorio, de esa manera pasaron por nuestra zona, fenicios, griegos, romanos… etc. todos atraídos por la riqueza que nuestra comarca les proporcionaba, dando comienzo así a una nueva actividad que durará hasta nuestros días.

Según todos los indicios una de las primeras menas que se trabajan en la comarca fue la serpentina, una roca de color verde por oxidación de su contenido en cobre, era muy abundante en todas las minas de nuestro término municipal aunque es presumible que igualmente la variscita sea extraída también al ser un mineral  de características similares a pesar de que los hallazgos  de ella encontrados en los dólmenes son menores que los de serpentina.

Esta última es un mineral común y corriente, generalmente presente como producto de alteración de ciertos silicatos magnésicos, especialmente olivino, piroxenos y anfiboles. Aparece asociada frecuentemente con la magnesita , la cromita y magnetita. Se da tanto en las rocas ígneas como en las metamórficas; frecuentemente se presenta en partículas diseminadas; en algunos lugares lo hace con tal cantidad que llegan a formar prácticamente la masa entera de la roca.

Durante el III milenio coexisten la cantería con una nuevo modelo de minería que nace en el calcolítico.

Todos los arqueólogos e investigadores están de acuerdo en que fue el cobre el primer metal trabajado por el hombre. Probablemente nuestros antepasados  lo encuentran de manera casual al hallar cobre nativo que por oxidación adquiere un color similar a la serpentina o la variscita, al pulirlo descubre sus propiedades: su brillo y maleabilidad. El “cobre nativo” (metal casi puro que se encuentra en algunas partes superficiales de los yacimientos) se puede trabajar, bien en frío, por simple martilleado, bien calentándolo tan sólo a unos 300º C, lo que aumenta su maleabilidad. Lograr esta temperatura estaba al alcance del hombre del neolítico.

 Al iniciarse el III Milenio a.c, la franja pirítica ibérica desarrolló un repentino, masivo y coyuntural programa de ocupación del territorio, articulado alrededor de la práctica de la minería y metalurgia intensiva del cobre, de la que Cabezo Juré sólo fue uno de sus múltiples exponentes.

Imagen de la foto: Cuentas de collar halladas en un dolmen.

Manuel Domínguez Cornejo        Antonio Domínguez Pérez de León

EL HIMNO DE ANDALUCÍA Y LA VÍA SACRA ZALAMEÑA

EL HIMNO DE ANDALUCÍA Y LA VÍA SACRA ZALAMEÑA

Al leer el título que encabeza este artículo cualquiera puede verse sorprendido por la aparente disparidad que existe entre ambos temas, pero vamos a tener ocasión de demostrar, como ustedes comprobarán si siguen leyendo, que existe una estrecha relación entre ambos.

 Como de todos es conocido, al inicio del Vía Crucis en la puerta de la Iglesia, antes de empezar el recorrido, se lleva a cabo un cántico conocido como el  “Santo Dios”. Es el prólogo de una manifestación religiosa que lleva realizándose en Zalamea desde mediados del siglo XVIII, aunque existen indicios fundamentados de que se practicaba en nuestro pueblo desde mucho antes. Los investigadores que han estudiado esta tradición religiosa que cierra el viernes la serie de actos que componen nuestra Semana Santa resaltan, aparte de su aspecto religioso, el valor antropológico así como la variedad y peculiaridad de los cánticos que se llevan a cabo antes, durante y después del recorrido.

Indagando sobre el origen de estos  cánticos llegamos a averiguar que el “Santo Dios” procede de un antiquísimo himno religioso que los labradores de Andalucía entonaban al iniciar la jornada y al terminarla, en el amanecer y en la puesta de sol cuando se recogían. Según algunos autores, obedecían a un antiguo ritual, posiblemente, del siglo XIV, que realizaban los jornaleros moriscos que se convertían a la fe cristiana y que decía así:

                         ¡Santo Dios, Santo Fuerte!

                        ¡Santo inmortal!

                        ¡Líbranos, Señor, de todo mal!

                        Los pecadores pedimos

                        Al señor continuamente

                        Y por eso le decimos:

                        ¡Santo Dios, Santo Fuerte!

                        Con dolor de nuestro pecho

                        Le pedimos al Señor,

                        Que seamos perdonados

                        En el tribunal de Dios.

                        ¡Santo Dios, Santo Fuerte!

                        ¡Santo Inmortal!

                        ¡Líbranos, Señor, de todo mal!

                        ¡Líbranos, Señor, de todo mal!

  Como podemos ver, el estribillo de esta letra se incorporó a los cánticos de nuestro Vía Crucis y se entonan hoy al comienzo del mismo en la puerta de la Iglesia. Resulta difícil hoy explicar el proceso de cómo se añadieron al ritual, puede que al conformar el desarrollo  de la Vía Sacra se inspiraran en los de otro lugar, quizá Sevilla, desde donde partieron buena parte de nuestras tradiciones religiosas, pero no hay que descartar que sea un indicio de que esta ceremonia incluya ritos antiquísimos que originalmente no tendrían que ver con la Vía Sacra y  que posiblemente se practicaran en nuestro pueblo desde la Edad Media. Debiera ser esto objeto de un estudio más detenido que no es el momento de abordar.

 Pero volviendo a las razones que expliquen el título, sucede que cuando Blas Infante, creador del himno de Andalucía ejercía de notario en Cantillana (Sevilla) tuvo oportunidad de oír estos mismos cánticos a los labradores del lugar, quedando admirado del sentir y  de  la profundidad que le daban aquellos jornaleros y así lo hizo saber al director de la banda Municipal de Sevilla, José del Castillo Díaz, compositor de la música del himno que, tras escucharlos, se inspira en ellos para componerlo, lo que no desmerece en absoluto la originalidad de la composición que hoy nos representa a todos los andaluces.

             Blas Infante llegó a escribir sobre estos cantos:

 este magnífico himno  se cantaba en algunos pueblos andaluces a la salida y a la puesta del sol. Lo emplean en Cantillana los segadores, en cuyo campo hube de anotarlo yo.

En crepúsculos inolvidables, yo oí cantar el “Santo Dios”.

 En sus compases y en sus versos se inspira Blas Infante para componer la letra del himno de Andalucía y sustituye los versos por otros más ajustados al sentido político del himno. Ahora ya  no se pide “perdón” por los pecados sino “tierra y libertad” para los andaluces y el maestro José del Castillo  compone una música que, aunque original, recuerda vagamente los cánticos de aquellos segadores.

 Como hemos podido comprobar existe una relación entre los cánticos de nuestra Vía Sacra  y el Himno de Andalucía que en su día compusieron Blas Infante y José del Castillo y que justifica el título de este artículo.

 Manuel Domínguez Cornejo           Antonio Domínguez Pérez de León 

CURIOSIDADES EN TORNO A LAS ORDENANZAS DE 1535

CURIOSIDADES EN TORNO A LAS ORDENANZAS DE 1535

Hemos abordado en otras ocasiones el tema de  las Ordenanzas Municipales de 1535. El documento, custodiado en el Ayuntamiento de Zalamea la Real, es una de las joyas de nuestro patrimonio  y una valiosísima fuente de información sobre la historia de nuestro pueblo.

Vamos a tratar esta vez sobre algunas curiosidades que el estudio del documento nos ha permitido descubrir.

Quizá sea conveniente hacer antes algunas referencias al contexto histórico general para poder situarlas, entenderlas  mejor y valorar su importancia.

En aquel tiempo gobernaba en España, con el título de rey, Carlos I, nieto de los Reyes Católicos, aunque aún vivía su madre, la reina legítima, Juana, incapacitada por una supuesta locura que está originando hoy mucha controversia. En la recién descubierta América la exploración y colonización de nuevos territorios está en plena efervescencia y Francisco Pizarro funda en el Perú la ciudad de Lima. En el Mediterráneo las naves turcas de Barbarroja atemorizan las costas de los naciones cristianas. Europa, y España con ella, está saliendo de la Edad Media, pero las estructuras feudales aún perdurarían mucho tiempo en los territorios alejados de las ciudades y Zalamea permanece, desde 1279, bajo el señorío del arzobispo de Sevilla. Por aquel entonces ostentaba ese cargo Alonso Manrique de Lara, hermano menor del famoso poeta castellano Jorge Manrique, con el que le separaba una diferencia de edad de más de 30 años, ya que su padre, Rodrigo Manrique, I Conde de Paredes de Nava, lo engendró siendo sexagenario. Don Alonso, además de arzobispo de Sevilla, era también Inquisidor General. Este era, en aquellos momentos, el señor de Zalamea, aunque no tenemos constancia de que hubiese estado nunca en nuestro pueblo.

Fue entonces, en 1534, cuando las ordenanzas se elaboraron, mejor diríamos  fueron aprobadas, por el cabildo el lunes 14 de octubre de ese año, aunque no serían ratificadas  por el arzobispo hasta  el 3 de junio de 1535.

Físicamente el libro en sí es un soberbio ejemplar manuscrito en pergamino con letra gótica y con las capitulares ricamente decoradas, con tapas de madera forradas en cuero, con bisagras y hebillas de cierre de hierro, en todo ello el tiempo y los avatares del destino han dejado sus huellas. Aún así se mantiene en un estado de conservación aceptable.

Según se refiere en ellas mismas, lo que realmente se hace es actualizar las penas de otras más antiguas, por lo que podemos entender que nos ofrece datos  de  una Zalamea medieval.  Constan, como hemos dicho otras veces, de 133 capítulos que van precedidos de un índice y a los que hay que añadir los 5 capítulos de las rentas del almojarifazgo (impuestos sobre entradas y salidas de mercancías) y las condiciones en que se han de recaudar las rentas de la alcaidía.

Son consideradas hoy como paradigma de unas ordenanzas ecológicas, aunque en aquel tiempo no se conocía el significado de ese concepto que no fue acuñado hasta el siglo XIX. Lo que si existía era una conciencia sobre la  conservación de la naturaleza y de sus recursos porque en ellos se basaba fundamentalmente su economía.

Al contrario de lo que sucede en otros lugares donde las ordenanzas estaban impuestas por el señor y se redactaban siguiendo un modelo que en muchas ocasiones no se correspondía con el lugar en el que se querían aplicar, en nuestro caso son prácticas y reales y se ajustan a las necesidades de la comunidad zalameña de la época. Las mismas ordenanzas ofrecen numerosos indicios que así lo demuestran. Veámoslos.

En ellas se mencionan lugares perfectamente reconocibles hoy, después de 480 años: El cabezo Martín, la fuente del Fresno, el Bodonal, Santa María de Ureña, El Baquillo, el arroyo de Rizón, El Toconal, los corrales del Zumajo, las casas de El Campillo, Fuente Limosa, El Villar, La Mimbrera.

Pero hay otras pruebas de su uso continuado: si observamos el ángulo inferior derecho de todas  las hojas de pergamino veremos que se encuentra oscurecido, los dedos de nuestros antepasados al pasar con frecuencia  las hojas han dejado su huella. Pero aún hay más: en los márgenes hay anotaciones y dibujos de puños con el dedo índice extendido que señalan algunos artículos determinados, o la palabra “ojo” escrita con reiteración al lado de párrafos que debieron tener una especial significación para los zalameños de entonces; así como palabras entremetidas entre líneas que vienen a aclarar situaciones que a los primeros redactores no se les ocurrió.

Pero las ordenanzas guardan también algunos detalles entrañables que no dejan de arrancarnos una sonrisa, es el caso de aquella anotación realizada en una de las páginas finales que quedaron en blanco, hecha por un agradecido y afectuoso alumno, que reza así:

De la mano y pluma de mi, Jerónimo Fernández, discípulo menor del señor maestro Fray Cristóbal, que Dios guarde muchos años y bueno, y que es ermitaño en San Vicente y que da escuela en San Vicente y que Dios dé salud en Zalamea. En 21 del mes de agosto de mil seiscientos años…

Es la primera referencia que tenemos de una escuela en nuestro pueblo y - ¿quien sabe?- puede que en estas ordenanzas aprendiera a leer el autor de aquella nota protegiéndose del calor del verano zalameño entre los muros de la ermita de nuestro patrón . Desde luego  nada mejor que practicar, ante la inexistencia de otros libros, con las reglas que luego tendría que aplicar o cumplir. 

Es difícil precisar hasta cuando estuvieron en vigor, desde luego 44 años más tarde aún seguían siendo plenamente válidas porque entre sus hojas se intercalaron otras dos con diferente letra fechadas el 27 de diciembre de 1577 en las que se describe el acotamiento del terreno denominado “El Escorial” en el lugar conocido como Castillo Viejo, en el término de Zalamea.

 Es posible que continuaran siendo válidas hasta que los cambios en la estructura de gobierno de los modernos estados y las normas emanadas desde ellos las dejaran sin efecto. Deducimos que su derogación  no se produjo de manera repentina sino que fue  consecuencia de un proceso en el que sus reglas fueron siendo sustituidas por la legislación estatal y desde luego dejaron costumbres que perduraron hasta bien entrado el siglo XX como la obligación de acudir al toque de campanas a apagar los fuegos que se producían en las dehesas.

Hoy, tanto por su valor intrínseco como  por  el  respeto que debemos a nuestros antepasados, todos los zalameños tenemos la  gran responsabilidad de conservarlas y trasmitirlas a las generaciones futuras.

 

Foto: Detalle de un capítulo de las ordenanzas señalado con un dedo índice por la importancia que debió tener para los zalameños de entonces.

Manuel Domínguez Cornejo           Antonio Domínguez Pérez de León

EL CARÁCTER SIMBÓLICO DE LOS DÓLMENES DE EL POZUELO

EL CARÁCTER SIMBÓLICO DE LOS DÓLMENES DE EL POZUELO

Desde la prehistoria, el culto a los muertos y los ritos funerarios han tenido para el hombre un significado claramente religioso, ya que suponen una aceptación del hecho de la muerte y un reconocimiento a la memoria de los muertos.

Los grupos humanos más primitivos rendían culto a sus difuntos, probablemente por las creencias en los espíritus de los muertos y casi con toda seguridad, en esa conciencia de la muerte, la concebían como una prolongación de la vida y por lo tanto requerirían unas necesidades más o menos iguales a la que en tuvieron en ella.

En los rituales de los enterramientos prehistóricos, en los que se depositaba al difunto con su ajuar, en muchos casos más delicados y de mayor riqueza que el que pudo poseer en vida, no cabe duda de que lo que se pretendía era dotar al difunto de sus mejores galas para que afrontara una nueva vida con todo los recursos necesario que le haga más fácil el transito.

Que algún tipo de culto o trato ritualizado a los muertos fuera ya una realidad en las creencias espirituales de nuestros antepasados remotos es un hecho constatado por el hallazgo y estudio de los cadáveres primitivos depositados en las fosas, tendidos o muchas veces en posición fetal, pintados de rojo, según se ha comprobado en enterramientos en los que se han hallados restos óseos, y siguiendo rituales tan diversos y con tantas diferencias culturales como lo puedan ser hoy en día en las dispares religiones que ha desarrollado la especie humana común.

A partir del Neolítico se fueron imponiendo las sepulturas colectivas, rodeadas y cubiertas de losas y señalizadas por túmulos de grande piedras. Y la creencia en el más allá se tradujo, cada vez con mayor firmeza, en el incremento del valor y variedad de las ofrendas y los ajuares.

 Todas las inquietudes funerarias culminaron con la construcción de grandes moles pétreas, llamadas megalitos, como los menhires, los dólmenes o las alineaciones pétreas, cuyo origen y significado todavía no son plenamente conocidos, pero que, en cualquier caso, constituyen los primeros monumentos funerarios que fueron construidos por la mano del hombre y que han llegado más o menos intactos hasta nuestros días.

De igual manera, desde la prehistoria, la figura femenina ha estado vinculada a la muerte. En Egipto, por ejemplo, los sarcófagos de piedra eran denominados "vientres maternos". Asimismo, en la cuenca mediterránea los difuntos solían ser enterrados en el seno de las montañas, pues se creía que la divinidad que habitaba en ellas les ayudaba a renacer. Por otro lado, muchas de las estatuillas que nos han llegado se han encontrado en sepulcros, lo que hace suponer que su misión era despertar a los muertos para conducirlos hacia su nueva vida en la tierra de los bienaventurados. Utilizadas como ornamentos, fetiches, joyas o amuletos, estas representaciones femeninas (de divinidades o de sacerdotisas) actuaban como intermediarias entre los dioses y los muertos. Así, a su belleza se unían sus poderes mágico-religiosos, ya que la fuerza que emanaba de ellas tenía un carácter protector relacionado con las creencias en el más allá.

   El cambio de una sociedad nómada cazadora a otra sedentaria agricultora otorgó protagonismo a la figura femenina. Se estableció un vínculo entre la fertilidad de la tierra y la fecundidad de las mujeres; éstas no sólo trabajaban los cultivos, sino que se convirtieron en responsables de la abundancia de las cosechas, pues sólo ellas poseían el misterio de la creación. La vida humana empezó a asimilarse al ciclo vegetal, tras ser engendrados (la tierra pasa a transformarse en una enorme matriz), tanto los hombres como las plantas crecen y terminan regresando a las entrañas terrestres cuando mueren. Asimismo, esta evolución hizo que la sacralidad femenina cobrase mayor importancia.

La inhumación significa devolver el cuerpo a la Tierra, a la Diosa Madre, que dispensa la muerte y la vida, con la esperanza de una ansiada resurrección.

Observando detenidamente cualquiera de los monumentos megalíticos que encontramos dispersos por nuestro término, y analizando cada uno de los múltiples detalles que marcan su construcción, nos daremos cuenta que el carácter simbólico de este tipo de enterramiento está directamente enraizado con el transito a una nueva vida, posiblemente en el más allá o  a una resurrección. La forma de la entrada al dolmen, el corredor, el túmulo e incluso la orientación guardaban una lógica y no adoptaron esas formas por razones estéticas o  de capricho.

Situaban el cadáver en posición fetal y lo untaban de sangre o pintaban el interior del sepulcro de ocre, de ahí podríamos sacar conclusiones: puesto que nacemos cubiertos de sangre, ¿sería una forma de devolver el cuerpo del difunto al útero ancestral, la madre tierra? ¿Lo preparaban simbólicamente para su siguiente nacimiento? Algunos antropólogos han planteado que esta disposición se debe a que veían en la muerte el nacimiento a un nuevo cuerpo, por ese motivo, los muertos eran colocados en la postura de los fetos, esperando que volviesen nuevamente a la vida.

¿Podría ser el dolmen el útero ancestral al que hacíamos alusión? Todo apunta a que así fue. Si analizamos con detalle el monumento encontraremos similitudes con el órgano reproductor femenino. Si tomamos por ejemplo los dólmenes hallados en nuestro pueblo, especialmente los de El Pozuelo, que son el ejemplo más claro de lo que queremos decir, observaremos que la entrada es muy parecida a la vulva del aparato reproductor femenino, el corredor representaría la vagina,  la cámara al útero, lugar donde se depositaron la mayor parte de los cadáveres, y finalmente el túmulo, clara protuberancia que destaca en el horizonte, querría representar el vientre de una mujer en cinta. Y todo en una orientación con la entrada hacia el este, hacia el sol naciente, hacia una nueva luz, signo inequívoco de esperanza.

Manuel Domínguez Cornejo            Antonio Domínguez Pérez de León

EL APROVISIONAMIENTO DE AGUA EN EL PASADO (II)

EL APROVISIONAMIENTO DE AGUA EN EL PASADO (II)

A lo largo del siglo XIX se pone de relieve la preocupación por la conservación de esta fuentes y pilares y por el aumento de su caudal, así se pone de manifiesto cuando en 1875, aprovechando el manantial existente  en el lugar, proveniente de lo que puede que fuera la desaparecida Fuente de la Atalaya, se acondiciona y reconstruye el Pilar de las Calles. Era este, sin duda, un pilar de relevancia para el pueblo por encontrarse en un punto estratégico y el ayuntamiento se preocupó por profundizar el  pozo que le servía de suministro y de mejorar las cañerías de  conducción de agua. Esta obra entrañó grandes dificultades debido a la dureza del terreno, por lo que hubo, en varias ocasiones que aumentar  el presupuesto.

Creemos que este pilar no se construye por primera vez en este año, sino de lo que se trató fue de acondicionarlo, levantar una nueva fuente y realizar obras que aumentaran su caudal, debido a la creciente necesidad de agua. Hoy lamentablemente nada de eso queda.

También encontramos numerosos datos sobre la Fuente del Fresno, de la que nos atrevemos a asegurar que es una de las más antiguas de nuestro pueblo, al menos la única que ha mantenido, como ya hemos dicho antes, igual denominación desde la Edad Media, puesto que es mencionada ya en las reglas de la Hermandad de San Vicente de 1425, al referirse al arroyo que llevaba su nombre. En 1883 la corporación acordó realizarle una serie de obras de acondicionamiento, dadas las pésimas condiciones en que se encontraba. Aquel año se le abrieron cuatro pozos que se enlazaron por medio de una galería subterránea. A finales de ese año, el 30 de Diciembre, el alcalde José González Domínguez, aquel que encabezó la manifestación de los humos en 1888, expuso con satisfacción que la obra de la Fuente del Fresno había dado excelentes resultados, habiendo aumentado su manantial de 3.500 a 19.500 litros al día, por lo que se acordó colocar una lápida en la misma recordando este evento, lápida que aún hoy puede contemplarse en el frontal de dicha fuente. Sin duda este resultado supuso un gran alivio para la población, ya que aquel año se registró una gran sequía.

A comienzos del siglo XX continúa la preocupación por el abastecimiento de agua y se procede a realizar obras de mejora en algunos pilares y fuentes, como las realizadas en 1905, año en el que se registra otra sequía, prolongando las cañerías del Pilar de la Fuente, que aumento el caudal en 4605 litros;  y del que ya mencionamos existía, probablemente, en la Puerta Real.

En 1914 se elaboraron unas nuevas ordenanzas municipales y en ellas se vuelve a poner de manifiesto, el interés por regular el uso del agua de los pilares y de las fuentes, permitiéndose abrevar las caballerías en el Pilar de la calles, en el de Indias y de la Fuente, y a toda clase de ganado en el Pilar Viejo y en el Nuevo, prohibiéndose en todos ellos bañarse y lavar la ropa.

 En 1928 comienza a ponerse en evidencia, con el aumento del consumo de agua, la insuficiencia de estos pilares con lo que se pone en marcha sucesivos proyectos de aprovisionamiento de agua.

En 1930, para justificar  uno de estros proyectos, se hace una relación de los pilares, fuentes y pozos públicos de los que dispone el pueblo, a saber:

Fuente del Fresno

Pilar de la Fuentes

Pilar de las Indias

Pilarete

Pozo de la Alameda

Pozo de las Tenerías

Pilar Nuevo

Fuentecita

Es de destacar que esta última, que recordemos estaba ubicada en la cañada que discurre al sur del Colegio de Primaria, proporcionaba ella sola en ese momento más de la tercera parte del total del agua que suministraban todas las demás.

Estos pilares y fuentes desempeñaron un gran papel hasta mediados de nuestro siglo, durante todo este tiempo propiciaron toda una cultura del agua: el uso de cántaros, pimporros  y otros recipientes para transportar y almacenar el agua, la existencia de un oficio, las “aguadoras”, y de un breve pero intenso ritual social que comportaba el acudir a por agua al pilar o a la fuente.

No hay que olvidar la importancia que en el suministro de agua tuvieron los pozos de casas particulares que supieron aprovechar las abundantes bolsas de agua subterráneas que hay en el pueblo, pozos que en muchos casos se están imprudentemente cegando en las obras de reforma o nueva construcción.

 Los intentos de un moderno abastecimiento a Zalamea culminan en 1958 con la construcción de un depósito de almacenamiento y seis  fuentes artificiales que se situaron en La Pastora, Cabezo Martín, en el rincón de la casa del tío Bartolo, El Jardín, Barriada del Rocío y Calle San Juan. A excepción de la del Cabezo  Martín todas ellas se conservan, pero sin realizar la función para que fueron destinadas.

Por último en 1963 se construye el pantano viejo y el tendido de la red de suministro de agua, y más recientemente el pantano nuevo. La moderna red de abastecimiento trajo como consecuencia  el que los pilares y fuentes quedaran relegadas al olvido y hoy sólo algunas personas acuden a ellas, por el apego que tienen a consumir sus aguas.

 No obstante, aun considerando que las fuentes y pilares tradicionales no pueden, en ningún caso, sustituir al agua que se suministra por la red, sí creemos que son testimonios vivos de la importancia que tuvo el agua en la historia de nuestro pueblo. Por tanto, desde aquí, queremos reivindicar su conservación y mantenimiento para sacarlos del lamentable estado en el que se encuentran algunos de ellos, no sólo por la importancia histórica que en sí tienen sino también porque constituye una parte de nuestro patrimonio y que, dada la problemática que el agua presenta en la actualidad, no hay que despreciar que en el futuro pudiera seguir proporcionando algún tipo de servicio a la comunidad. Confiemos que la Fuente del Fresno, el pilar de las Indias, el Pilar Viejo y el Pilarete y aquellos otros que están en la mente de todos, no se conviertan simplemente en un recuerdo, aunque sólo sea como homenaje a aquellos antepasados nuestros que tanto esfuerzo pusieron en conservarlos y mejorarlos.

Manuel Domínguez Cornejo          Antonio Domínguez Pérez de León