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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2010.

LAS MINAS DE ZALAMEA LA REAL

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 La minería ha sido una de las  riquezas de nuestro pueblo, y no nos estamos refiriendo a las minas de Riotinto, cuya explotación en los últimos 125 años la convirtió en la principal fuente generadora de empleo en la Cuenca Minera y que quizá sea tema de otro artículo teniendo en cuenta que pertenecieron a Zalamea hasta 1841; estamos hablando de las minas de Zalamea, de todas aquellas explotaciones enclavadas en el término  actual que en algún momento dieron ocupación  a muchos zalameños.

 Cualquier aficionado a perderse andando por estos campos encontrará hoy, a veces con riesgo para su integridad física, socavones, casas abandonadas, edificios impropios de estos parajes, escombreras, extrañas coloraciones del suelo, testigos todo ello de la vida y  el trabajo de muchos hombres, algunos de ellos de Zalamea y otros llegados de lugares a veces remotos. 

 La minería dejó poca huella en el pueblo o en las aldeas, salvo contadas excepciones. Es como si Zalamea hubiese querido dar la espalda a una actividad que era poco menos que una traición a sus raíces agrícola-ganaderas. En el casco urbano hay pocos edificios o dependencias que sean propios de los trabajos mineros; las empresas que explotaron las minas prefirieron, por diversas razones, establecer sus oficinas o centros administrativos en otros lugares. Nadie diría que en nuestro pueblo llegaron a explotarse, la mayoría de ellas casi simultáneamente, 19 minas, cuyos vestigios aún son visibles; número que se incrementaría si se incluyen otras que también pertenecieron al término pero que fueron incluidas dentro del que correspondió a las poblaciones que se segregaron de Zalamea, como fue el caso de Peña de Hierro en Nerva o La Poderosa  en Campillo.  

 Las labores mineras no fueron un elemento nuevo en la economía del pueblo, minas como Chinflón o  Tinto y Santa Rosa fueron explotadas en la Prehistoria y casi todas tienen vestigios de haber sido trabajadas en época romana, sin embargo no es hasta mediados del siglo XIX cuando recibieron un gran impulso que las convierte en explotaciones industriales a mayor o menor escala. A partir de ese momento se experimenta, primero imperceptiblemente y más tarde de forma más acusada, un crecimiento en el número de habitantes. Así vemos que mientras entre  1.826 y 1.850 el número de habitantes de Zalamea y sus aldeas pasa tan sólo de 3.500 a 3.765 personas,  siete años más tarde se incrementa sensiblemente y es ya de 5.117, motivado por los primeros síntomas de industrialización. Sabemos que ese año, en 1.857, ya estaban en explotación algunas minas de cierta importancia porque el alcalde, D. José Lorenzo Serrano, solicita, para cumplir un requerimiento de la Comisión de Estadísticas a efectos fiscales, que los establecimientos mineros le remitan los datos de la superficie de terreno que ocupan. A esta demanda responden minas como Cabezo del Tinto, Nuestra Señora de la Salud (Chaparrita), Lusencia, Poderosa, Peña de Hierro, Luisa e Inglesa.

 Curiosamente entre 1.872 y 1.873 hay un repentino interés por denunciar el hallazgo de nuevas minas, de esta manera vemos como en esos dos años se denuncian, sólo en el término de Zalamea 60 minas de manganeso, todas ellas al margen de las ya conocidas, algunas con nombres tan curiosos como la Intransigente, la Alegría, Efímera ilusión,  La Equivocada, La Esperanza o Lotería. Se trataba de registros que en la inmensa mayoría de los casos no pasaron de ahí.

 Sea como fuere en 1.877 Zalamea alcanza los 7.753 habitantes, más del doble de los que tenía 27 años antes. Diez años más tarde se observa una disminución notable, debido a la segregación de la aldea de Nerva, finalizando el siglo con una recuperación que vuelve a subir el número de pobladores del término a 7.335, debido a la pujanza económica de las pequeñas minas de Zalamea. A comienzos de siglo de nuevo vuelve a registrarse un incremento notable de la población que alcanza en 1.910 los 13.348 habitantes. Bien es verdad que una buena parte de ellos son debido a la mano de obra atraída por las minas de Riotinto, pero no exclusivamente, por ejemplo en el poblado minero  de El Tinto y Santa Rosa llegan a vivir 1.258 personas, y sin llegar a esa cifra otras pequeñas minas como Palanco, Guadiana, Castillo de Buitrón, Barranco de los Bueyes o la Gloria, vieron crecer en sus alrededores pequeños núcleos que se mantuvieron mientras duró su actividad. Incluso ya en 1943, fruto de un convenio entre el Ayuntamiento de Zalamea y Dª María Amor Fernández de Velasco, propietaria de las minas de Guadiana y Posterera, se hizo un proyecto para construir un poblado minero  en terrenos próximos a la primera. El Ayuntamiento se comprometió a adquirir los terrenos y solicitar al Instituto de la Vivienda la protección oficial de este proyecto que daría albergue a doscientos obreros. Proyecto que evidentemente no se llevó a cabo.

 Como dijimos anteriormente, al margen de las denuncias y registros que se efectuaron y de aquellas que se trabajaron ocasionalmente pero sin alcanzar una relevancia significativa, tan sólo 19 minas fueron explotadas con características  más o menos industriales. Las podemos clasificar en dos grupos, las de cobre, que fueron las de mayor importancia y las de manganeso, que registraron en las dos guerras mundiales una mayor demanda de producción. Queremos recordarlas, para que al menos quede constancia de ellas.

 Las de cobre fueron 11 cuyos nombres son: Tinto y Santa Rosa, Barranco de los Bueyes, Castillo de Buitrón, Chinflón, Masegoso, San José, La Morita, La Gloria, La Molinera, El Cañuelo y Rizón.

 Las de manganeso fueron 8: Palanco, Guadiana, Oriente, Aurora, Posterera, Cascajera, Malpérez y San Joaquín.

 Naturalmente no todas tuvieron el mismo nivel de producción, entre las de cobre destacan la del Castillo de Buitrón, Barranco de los Bueyes y Tinto y Santa Rosa; ésta última produjo en los primeros treinta años del siglo XX una media de 50.000 toneladas anuales de piritas, cifra que contrasta con las 101 que extrajo Chinflón en los tres años que median entre 1.907 y 1.910. Entre las de manganeso cabe destacar las de Palanco, Guadiana y Posterera. La producción de las de manganeso era adquirida en su mayor parte por una Sociedad Estatal para destinarla a fines militares.

 La inmensa mayoría de ellas dejaron de trabajarse a mediados del siglo XX, algunas por agotamiento del filón y otras por no existir demanda en el mercado, como fue el caso de las de manganeso. No es el momento, por el espacio que ocuparía, de detenernos en hacer una reseña de cada una pero sí de resaltar algunos aspectos de interés común a muchas de ellas como el hecho de que la minería supuso la introducción de nuevas tecnologías y de los primeros síntomas de la revolución industrial en el pueblo. El ejemplo más tangible es la construcción del ferrocarril. Poca gente es conocedora de que en el término de Zalamea se construyó el primer ferrocarril de la provincia de Huelva y uno de los primeros de España, anterior incluso al de Riotinto. Se trata de la línea férrea levantada por la sociedad que explotaba la mina del Castillo de Buitrón en 1870 para trasladar sus minerales desde allí a San Juan del Puerto, esta línea necesitó que se construyera un puente de hierro, el primero también de la provincia de esas características, para salvar la rivera próxima al Castillo, puente que está declarado como monumento de interés cultural aunque se encuentra hoy en lamentable estado. Tan solo 5 años más tarde, y como primera fase para llegar a la mina de La Poderosa, se construyó el ramal hasta Zalamea y la estación que hoy conocemos como "Vieja" uno de los pocos vestigios que, como mencionamos al principio, dejó la actividad minera en nuestro pueblo; allí se levantó un barrio para albergar a los operarios del ferrocarril. No fue la única mina que utilizo este medio para trasladar su producción de mineral, Palanco también tendió una línea férrea para conectarla con la del Buitrón a la altura del Tintillo pero, con un presupuesto más modesto, sus vagones hubieron de utilizar tracción animal en lugar de mecánica; igual ocurrió con la de Guadiana, aunque hay quien afirma que esta mina sí dispuso de una pequeña locomotora de vapor, hecho que no hemos podido corroborar.

 Por su parte la mina de El Tinto y Santa Rosa tendió así mismo una línea férrea que empalmaba con la mina de El Cuervo y Sotiel, uniéndose más adelante con el trazado de la de El Buitrón a San Juan del Puerto; también  esta línea debió levantar un enorme puente para salvar el río Odiel, puente del que aún se conservan cinco imponentes pilares.

 Otro aspecto destacable, y al que ya nos hemos referido, es el que nos muestra las poblaciones que se crearon en las inmediaciones de las minas, pequeños barrios obreros, de casas alineadas, que albergaron a los trabajadores y a sus familias, poblados en los que destacaba la casa del capataz o del jefe de la explotación que ocupaba un lugar diferenciado y que contrastaba con las de los obreros, más reducidas y adosadas, una junto a otras. Casas que fueron testigos de sus vivencias y en las que hasta tiempos bien recientes era posible contemplar detalles de la vida de aquellos hombres y sus familias. Casas en las que aún puede observarse crecer asilvestrados  el naranjo, la higuera o  el granado, o en los que todavía pueden encontrarse oxidados utensilios de cocina. Pero no todos los trabajadores que se ocupaban en la mina vivían cerca de ella, muchos residían en las aldeas o en la misma Zalamea, con lo que habían de recorrer  andando un largo trayecto diariamente para llegar a la mina, y volverlo a hacer después de una dura jornada de trabajo.

 Durante mucho tiempo agricultores y mineros compartieron un espacio común dentro del término, las bestias o las vagonetas trasladaban el mineral entre manadas de vacas o ante la atenta mirada de los campesinos, pero la convivencia no siempre fue apacible, los primeros no aceptaban de buen grado las actividades de los segundos y en muchos casos hubo enfrentamientos por los perjuicios que la explotación causaba a los campos; enfrentamientos que en ocasiones acabaron de forma violenta.

 Poblados como los de Palanco, Guadiana, Tinto y Santa Rosa, Castillo de Buitrón,  nos trasladaban, no hace mucho,  a una época no muy lejana, algunos de ellos han sido hoy destruidos en su totalidad, quizá convendría proteger lo que queda como testimonio de un tiempo en que Zalamea tuvo en su seno una intensa actividad minera.

 

Manuel Domínguez Cornejo             Antonio Domínguez Pérez de León

 

PRESENTE Y PASADO DE NUESTRAS DEHESAS

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 "  Otrosí fue acordado e mandado que ninguna persona de cualquier calidad en condición que sean, ansí vecinos desta villa e sus términos como de otras partes, que no sean ozados de cortar enzina ni alcornoque por el pie..."

             El aprovechamiento integral de  nuestras dehesas de encinas y en menor medida de los alcornocales constituyó en tiempos pasados un aspecto fundamental de la economía de Zalamea la Real, quizás el que más . De su importancia es una buena muestra el párrafo que encabeza este artículo, contenido en el capítulo LXXXV de las Ordenanzas Municipales de 1535, así como el hecho mismo que más de la cuarta parte de los 133 capítulos que la componen (138 si se incluyen los 5 de las rentas del almojarifazgo) se destinen a regular minuciosamente el acotamiento, conservación y aprovechamiento de las dehesas.

              Es difícil precisar cuando se forman las primeras dehesas en Zalamea. Las encinas fueron explotadas desde muy antiguo pero de todos es bien sabido que la dehesa es un ecosistema creado por la mano del hombre a partir de una vegetación natural. Para ello es  necesario la eliminación del matorral o monte bajo que entorpece el crecimiento de las especies más rentables económicamente y la siembra y ordenamiento de estas últimas, introduciendo finalmente las actividades que aumentan su rentabilidad como es el caso de la ganadería, el pastoreo o la agricultura. La situación geográfica de Zalamea propició que sus terrenos fuesen destinados, salvo en pequeñas vegas y en las proximidades del pueblo, a la explotación de las dehesas de encinas y alcornoques, permitiendo de esta manera que unos suelos pobres se enriquecieran y ofrecieran unos mejores rendimientos. Sea como fuere podemos constatar su existencia en la Edad Media después de la reconquista a los musulmanes.

             Aunque hoy es imposible determinar con exactitud la extensión exacta que ocupaban los encinares y alcornocales en su momento de mayor esplendor, atendiendo a la documentación que es posible conocer, al número y dispersión de nuestros núcleos poblacionales,- las aldeas-, y a la orografía del terreno podemos hacer un cálculo aproximado que nos permite asegurar que en ningún caso estaría por debajo  del 70 % del término y que alcanzaron su momento mas óptimo entre los siglos XV, XVI y XVII, lo que da una idea de la riqueza natural de la que dispusieron nuestros antepasados en contraposición al panorama que hoy se nos ofrece.

             Ya desde la Edad Media había que distinguir entre dos tipos de dehesas, las de propio, es decir las de uso común, y las particulares. El origen de estos dos tipos de, mal llamadas, "propiedad" tiene relación con las características sociales y políticas del periodo medieval. Cuando Zalamea es reconquistada a los musulmanes y se convierte en un señorío eclesiástico, el arzobispado de Sevilla, la mayor parte de los terrenos son administrados por el Concejo y aprovechados por el común de los vecinos, sin embargo otros son explotados en exclusividad por particulares. La razón de estos últimos se debe posiblemente a las donaciones realizadas por los reyes a los repobladores castellano-leoneses que se establecieron después de la reconquista, - las heredades -, concesiones de las que no podían disponer libremente, en contra de lo que pudiera pensarse; tenían la obligación de explotarlas y conservar y el derecho a transmitirlas como herencia a sus descendientes.

             Las primeras referencias documentales a las dehesas comunales de Zalamea, también llamadas de propios, están fechadas en 1408. Se trata de un Real Despacho de 10 de Abril de ese año, dado en Alcalá de Henares y que se guarda en el cuaderno de Hacimiento de los propios de la ciudad de Sevilla en el que el rey Juan II de Castilla declaraba que las dehesas de la Alcaría, Villar, Jarilla y Bodonal fueron otorgadas por los arzobispos, señores de Zalamea, al Concejo, y en parte compradas por él, para atender las necesidades de la villa. El contenido de este documento consta en nuestro archivo municipal mediante una carta, transcrita y certificada directamente del original por el archivista del Ayuntamiento de Sevilla en 1756. No volveremos a tener noticias documentales de ellas hasta 1535, en las Ordenanzas Municipales, siendo precisamente en este Libro donde encontramos las principales muestras de la importancia que su explotación  tuvo para nuestro pueblo, constituyendo, quizá, el eje alrededor del cual se movía la economía de Zalamea. En sus capítulos se regula de una manera minuciosa la forma en que los vecinos deben hacer uso de las dehesas, demostrándose que nuestros antepasados supieron aprovechar de forma integral los enormes encinares que se extendían por nuestro término, que recordemos, en aquellos tiempos incluía lo que hoy son los pueblos de Riotinto, Campillo y Nerva que también contaban con enormes encinares hoy desaparecidos.

             Sabemos, por la lectura de los capítulos de las Ordenanzas, el nombre de las dehesas comunales. Las más importantes eran las del Bodonal, la Alcaría  y El Villar, después se mencionan otras como la  Jarilla y la Veraniega, así mismo se habla de la existencia de encinares de propios en El Buitrón, El Pozuelo, la Ramira, la Nava y Argamasilla. En muchos casos las referencias a los mojones que las limitan nos permite conocer su ubicación, habida cuenta que los lugares que se mencionan son, en su mayoría, perfectamente identificables hoy día, después de 460 años. Nada se dice por el contrario de las particulares aunque es de suponer que no llegaran a ser tan extensas como las anteriores, si bien se determina que no podían ser vendidas a nadie que no fuese del pueblo.

             Como ya hemos repetido varias veces, las dehesas se explotaban integralmente. De las encinas se aprovechaba la bellota, la casca, la leña y la madera. La bellota, para la alimentación humana y animal y en este sentido conviene recordar que este fruto constituyó en las Edades Media y Moderna un alimento de primer orden en las comunidades rurales; la casca, extraída de la corteza, servía, y sirve, para el curtido de pieles por los zapateros y para una industria artesanal que adquiriría con el tiempo una gran tradición en  Zalamea, - los cordobanes -; la leña, como combustible y la madera, para la construcción. Claro está que para todas estas actividades el Concejo debía vigilar y dar las licencias oportunas. Por ejemplo, y como ya hemos contado en otra ocasión, para la recolección de bellotas, el mayordomo y los oficiales reunían a los vecinos en un lugar determinado y a una señal de ellos entraban todos en la dehesa, no pudiendo coger más de una encina cada vez sin poder pasar a otra hasta que no se terminara la primera. Para la casca, la leña y la madera se necesitaba una licencia especial ya que el abuso podía dañar gravemente al árbol, permitiéndose  en algunas ocasiones la tala siempre que al árbol se le dejara cuatro ramas principales, operación que requería a veces la presencia de un oficial. Por supuesto que estaba expresamente prohibido cortar encinas. Orden que se manifestaba en las Ordenanzas con el categórico " Que nadie corte enzina ni alcornoque" que hemos elegido para el título. Delito que estaba considerado de suma gravedad. Además del aprovechamiento de la encina en sí, la dehesa era utilizada para el ganado, tanto de cerda como bovino y para la siembra. 

             Conscientes de que la explotación intensiva podría perjudicar la dehesa se establecían medidas de conservación. En primer lugar se ordenaba su uso de forma que había algunas de ellas que se dedicaban exclusivamente a la obtención de bellota, mientras que otras se destinaban al ganado y otras a la siembra, estableciéndose así mismo los periodos en que podían ser aprovechadas para cada uso. En segundo lugar los oficiales debían vigilarlas y así se ordenaba al mayordomo en particular  que visitara los alcornocales y, por último, con el fin de acrecentar los encinares, se obligaba a todos los vecinos a acudir cada año, "...dentro de quinze días primeros siguientes pasados el día de año nuevo..." a las dehesas de la villa a " hacer enzinas", esto es a limpiar y sembrar nuevos ejemplares.

            Durante todo el siglo XVII y parte del XVIII los encinares y alcornocales se estuvieron cuidando mas o menos minuciosamente y con frecuencia hubo de echarse mano al real despacho de 1408 y al Libro de los Privilegios de 1592 para defenderlos de los intentos de apropiación por parte de vecinos de otras villas colindantes y del Estado. Sin embargo, a partir del ultimo tercio del siglo XVIII comienzan a apreciarse síntomas de deterioro del sistema. Como es lógico se produce también un envejecimiento y degradación natural, quizá por falta de cuidado de algunas dehesas, como es el caso de la de Jarillas, que en 1786 se nos menciona como cubierta de monte bajo. No obstante hay tres dehesas que el Ayuntamiento parece tener especial cuidado en mantener y son las del Bodonal, Villar y Alcaría que aparecen de forma permanente en los sucesivos informes que se hacen sobre los bienes de propio de la villa de Zalamea.

 Continuando con el proceso de enajenación de las dehesas comunales, en los años  de 1784 y 1788 el Ayuntamiento procedió al reparto y donación de algunos terrenos de propio. Tenemos noticias que a finales del siglo XVIII y principios del XIX se arrendaron o vendieron algunos de ellos; son pruebas evidentes de que el régimen comunal había entrado en crisis por razones de muy diversa índole que no procede analizar aquí pero sirva como ejemplo el de 1812, cuando se vendieron 80 suertes de la Dehesa de El Villar para hacer frente a los gastos que originó al Cabildo las exigencias de las tropas españolas y francesas durante la Guerra de la Independencia.  Finalmente y para resumir, en 1838, y con el fin de evitar los riesgos de las desamortizaciones se procede al reparto entre los vecinos de las dehesas de arboleda y partidas de tierras calma de los bienes de propio en lotes de valor similar, lo que dio origen a la privatización y acumulación en grandes propiedades.  

 Independientemente del proceso de enajenación, desde el siglo XVIII comienza a producirse la deforestación de nuestros bosques. Tres han sido, a nuestro juicio, los factores que han motivado la lenta pero, por desgracia,  imparable  reducción  del encinar. En primer lugar las talas que desde mediados de ese siglo se producen a pesar de la resistencia del Concejo como consecuencia de la explotación de las minas de Riotinto, necesitadas cada vez en mayor medida de madera y leña, así en 1775 se nos dice que "... la cosecha de frutos de las encinas va en decadencia por las entresacas que se han hecho por orden de la superioridad para las reales minas de Riotinto". En segundo lugar, y ya en el siglo XX, la sustitución por otras especies de crecimiento rápido, eucaliptos, causada por una crisis agraria que empujo a los propietarios a buscar un rendimiento más cómodo y rápido. Por último la ausencia de una política adecuada de repoblación que vaya sustituyendo la muerte natural de los ejemplares viejos y regenerando el deterioro de una explotación intensiva, - hay quien afirma que el ganado vacuno impide la regeneración del encinar- .  Aspectos que parecen estar remediándose en los últimos años

 No es fácil que Zalamea vuelva a disfrutar de las enormes dehesas que tuvo en el pasado, pero no todo está perdido. Creemos que ha llegado el momento de que todos exijamos  a la administración las medidas necesarias para la conservación y regeneración de los encinares existentes así como la intensificación de los programas de repoblación que nos permita mirar al futuro con optimismo respecto a este árbol por su valor económico y natural y para que las generaciones que nos sucedan puedan seguir apreciando la belleza y la serenidad que con ellas adquiere el paisaje.

  Manuel Domínguez Cornejo                  Antonio Domínguez Pérez de León 

30/04/2010 00:55 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

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