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LA OCUPACION DE ZALAMEA LA REAL POR LAS TROPAS NACIONALES DURANTE LA GUERRA CIVIL

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            Sin el menor género de dudas, uno de los  aspectos menos tratado de la historia de Zalamea es el periodo comprendido entre los años 1936-1939, en los que tuvo lugar la guerra civil española. Creemos que ha pasado el tiempo suficiente como para que se aborde el tema sin miedo  a abrir viejas heridas, con objetividad, sin el apasionamiento que la cercanía de los hechos infunde a su conocimiento. En esta ocasión trataremos de contar como fue la ocupación del pueblo por las tropas nacionales.

             La toma de la Cuenca Minera fue considerada por el Estado Mayor del General Queipo de Llano como uno de los escollos más difíciles,  por temor a la  fuerte resistencia que sospechaban iban a oponer los mineros al avance de las tropas sublevadas contra la República para tomar el control de la provincia de Huelva. La operación fue planteada rodeando la comarca desde tres frentes, uno por tropas que bajarían desde la sierra por Campofrío, al mando del Comandante Redondo, otro desde El Castillo de las Guardas procedente de Sevilla, al mando del Comandante Álvarez de Rementería y  finalmente el tercero, que es el que nos interesa porque sería el responsable de la toma de Zalamea, por tropas procedentes de Huelva, que se estacionaron en Valverde del Camino, mandadas por el Capitán de la Guardia Civil Gumersindo Varela Paz, reforzadas  por 100 falangistas llegados desde Sevilla en tres autobuses.

             Esta columna estaba compuesta por efectivos de la Guardia civil, al mando de Fariñas; guardias de asalto, a las órdenes del teniente Lora; tropas de infantería, encabezadas por Pérez Carmona y Briones; requetés mandados por Arcos y López de Tejada; y falangistas, cuyo jefe era Alfonso Medina. Todos, como hemos dicho, bajo las órdenes supremas del Capitán Varela.

             Descansan la noche del 24 de Agosto de 1936 en Valverde del Camino, donde algunos duermen en la cárcel que hizo de casa improvisada de hospedaje. Ese día se había recibido la orden general de operaciones del Estado Mayor donde se determinaba que Zalamea debía ser ocupada al día siguiente, miércoles 25. Desde el cuartel general se prepararon octavillas que fueron lanzadas el martes por la aviación en Zalamea animando a la población a rendirse, entregando rehenes que garantizaran la entrada pacífica de las tropas.

             En el otro lado, en el pueblo, fiel a la República, enterados por las octavillas del inminente ataque de las fuerzas nacionales, se organiza la resistencia. Para ello se arman a civiles voluntarios que bajo el mando de las mismas autoridades del concejo se disponen a ocupar posiciones para defender la población, con este fin se hicieron uso de las armas que anteriormente había requisado la guardia civil y que estaban depositadas en el cuartel. Los lugares elegidos para ofrecer resistencia fueron la entrada de los Pocitos y el Alechín (hoy calle la Encina), igualmente se situó un puesto de vigilancia avanzada en la cima del Monte del Pilar Viejo, también se colocaron algunos milicianos armados en la entrada por el cementerio y un grupo de hombres con ametralladora en el campanario de la torre que no se había visto afectado por el incendio de la Iglesia del mes anterior.

             Entretanto, en Valverde, sobre las dos de la madrugada comienzan los preparativos para iniciar la marcha; algunos simpatizantes agasajan a los soldados ofreciéndoles café y churros, y así, sobre las cuatro de la madrugada, se ponen en camino hacía Zalamea. Las fuerzas las componen alrededor de mil hombres que son desplazados en camiones, camionetas y automóviles que suman en total unos 30 vehículos. A su paso por el empalme de El Buitrón toman precauciones por los incidentes registrados en aquel lugar unos días antes en los que un grupo de milicianos atacaron a las fuerzas allí concentradas. La marcha continúa lentamente y alrededor de las 7 de la mañana la expedición está ya situada a unos dos kilómetros de Zalamea y comienzan a realizar los preparativos para el asalto final. Son apoyados por un aeroplano de la base de Tablada que sobrevuela el pueblo constantemente

             En el interior de Zalamea,  el temor de las familias que se agrupan y se refugian en las casa que piensan están más protegidas contrasta con el arrojo y valentía  de los que se aprestan a resistir confiando en que podrán rechazar el ataque.

             Para acometer el asalto, las fuerzas nacionales se reorganizan en tres grupos, el primero bajo las órdenes de Fariñas e integrado por guardias civiles, intendencia y carabineros se despliegan y entran por el Centro; por la izquierda, guardias de asalto al mando de Lora  rodean el pueblo para entrar por el camino de la Zapatera, y por la derecha, conducidos por Varela, otro grupo de guardias civiles y  requetés avanzan hacia la Estación Nueva. El primer encuentro se produce al toparse con el puesto avanzado republicano colocado en el Monte del Pilar Viejo; pero, aunque la resistencia de éste es heroica, es reducido fácilmente y se coloca allí uno de los cañones que bombardean las posiciones republicanas. Continúan adelante por Los Pocitos donde vuelven a encontrar combatientes republicanos a los que obligan a retroceder. El frente formado por las tropas al mando de Fariñas se extiende en una línea que alcanza alrededor de un kilómetro por los cercados de La Florida y el Alechín; allí se producen de nuevo enfrentamientos; pero los bombardeos de las posiciones fieles a la república por el avión de Tablada fuerzan a la resistencia a replegarse hacia el centro del pueblo. Las tropas nacionales que han conseguido penetrar en el interior del casco urbano  se encuentran con los disparos que hacen desde los altos de la Torre, produciéndose un tiroteo que acaba cuando los milicianos apostados allí se convencen de la inutilidad de su esfuerzo y abandonan la posición por temor a verse aislados. En los enfrentamientos de la calle de la Plaza muere un miliciano y  un oficial del ejército nacional.

             Uno de los últimos combates se produce en la puerta  del Ayuntamiento desde donde hubo un intenso intercambio de disparos con las fuerzas ocupantes que se colocaron en el bar de la acera de enfrente. Los impactos de las balas fueron perfectamente visibles en las gradas que subían al piso alto del consistorio municipal hasta la remodelación del edificio en tiempos recientes. Cuando entienden que toda resistencia es inútil, los combatientes republicanos que no fueron capturados intentan salir del pueblo; un grupo lo hace por San Vicente, pero son interceptados por las fuerzas que suben desde la Zapatera, produciéndose disparos que causan varias bajas en ambos bandos. Otro grupo intenta salir por el este en dirección a Campillo y Riotinto pero se encuentran con las fuerzas que habían tomado posiciones en la Estación Nueva. A pesar de todo, algunos logran burlar el cerco saliendo por la Morita y consiguiendo llegar a El Campillo.

            La toma de Zalamea fue un episodio breve pero singularmente difícil en relación con otros pueblos de la Cuenca e incluso de la provincia, pero era un hecho perfectamente previsible. Al ánimo y al coraje de los leales a la República, algo más de un centenar de hombres con escaso o nulo entrenamiento militar y con un armamento deficiente e irregular,  se oponían unas fuerzas de un millar de soldados bastante bien organizados, con un armamento superior y con apoyo aéreo.

             Esta primera operación militar termina alrededor de las 10 de la mañana. A partir de ahí las fuerzas ocupantes recorren las calles golpeando las puertas de las casas y obligando a sus propietarios a salir a la calle para efectuar después un registro en busca de refugiados fieles a la República. Las puertas que no se abren son derribadas violentamente. La gente atemorizada sale a la calle con los brazos en alto gritando las consignas fascistas por miedo a las represalias. El terror que se implanta en esas primeras horas hace  que muchos refugiados se vean delatados por los mismos que le había dado refugio. Inmediatamente se procede a liberar a los presos de derecha que estaban en la cárcel y en la escuela próxima, que habían conseguido salvar su vida gracias a la rectitud del alcalde republicano Cándido Caro, actitud que luego no se vio correspondida. Igualmente se comienza a requisar agua y comida para la tropa.

             Unas horas después, sobre el mediodía, desde El Campillo y Riotinto, enterados por los que consiguieron escapar de la toma de Zalamea, se inicia una contraofensiva para intentar recuperar el pueblo. Esto se hace desde dos frentes: uno a través de la carretera nacional con dos camiones blindados que se habían preparado en Zarandas seguidos de una camioneta amarilla cargada de voluntarios, el otro frente intenta penetrar por la Estación Vieja. Las tropas nacionales, alertadas por unos vigías colocados expresamente, se apostan en los altos de la Estación Nueva con ametralladora y un cañón para contrarrestar la inicial ventaja de las atacantes republicanos. Contaron de nuevo con el apoyo de la aviación que tuvo una intervención definitiva en el final de esta ofensiva. Se produce un fuerte enfrentamiento y los nacionales  desde la ventajosa posición de las tropas de Varela en los altos de la Estación Nueva, consiguen inutilizar los camiones blindados que, aunque ofrecían protección contra los disparos, eran difíciles de manejar por su gran peso, consiguiendo finalmente detener, aunque con dificultad, el avance de los republicanos, y después de duros combates, que casi rozaron el cuerpo a cuerpo, logran hacerlos retroceder.

             De la dureza de este  último episodio dan fe las numerosas bajas producidas. Los nacionales perdieron a dos hombres y más de una docena de heridos, sin embargo las mayores pérdidas tuvieron lugar en el bando de los republicanos que dejaron un número elevado de muertos esparcidos por la zona. Los que huyeron difundieron la noticia y contribuyeron involuntariamente a crear el desánimo y el temor en el resto de los pueblos de la Cuenca.

             Lo sucedido en Zalamea después de su ocupación por las tropas nacionales es uno de los episodios más tristes y cruentos de nuestra historia, pero sería objeto de un capítulo aparte.

 Manuel Domínguez Cornejo                           Antonio Domínguez Pérez de León

PESOS, MEDIDAS Y MONEDAS ANTIGUAS USADAS EN ZALAMEA LA REAL

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           "E que lleve el mayordomo de postura de cada carga de pescado fresco, una libra,... de cada cuero de aceite, medio cuartillo, e de cada carga de sal, un almud..."

            (Capítulo XXV. Ordenanzas Municipales.1535)

                        "Primeramente que todas las cargas que pasaren por la dicha villa paguen el portaje de esta manera: De la carga de la bestia asnal si fuere de sal, una blanca e la de almeja cinco dineros, ... e lino e lana e aceite que paguen de cada carga tres maravedís ..." (Arancel de la renta del almojarifazgo)

 Esta pequeña referencia  con la que introducimos este artículo, tomada de las Ordenanzas Municipales de Zalamea de 1535, nos sirve como carta de presentación para referirnos a los pesos y medidas usados antiguamente. No pretendemos, como se deduce del título, hacer un estudio exhaustivo de las pesas y medidas que se usaron en general antiguamente antes de la normalización establecida por el Sistema Métrico Decimal (SMD), ni tampoco hacer un compendio de todas las pesas, medidas y monedas usadas antiguamente en general, tarea que excedería en mucho  el espacio de este artículo. Es nuestra intención limitarnos  simplemente, en esta ocasión, a aquellas de las que existe constancia documental u oral  de su uso en Zalamea. Nuestro objetivo es poner un poco de orden en la amalgama de nombres que aparecen relativos a este tema y por otro lado dejar constancia de cual ha sido el sistema que, con anterioridad a la normalización del SMD y al establecimiento de la peseta como unidad monetaria, usaban nuestros antepasados en su vida cotidiana.

            Vamos a dividir el trabajo en dos épocas, una primera que comprendería la Edad Media y Moderna (Siglos XV al XVIII) y una segunda que comprendería los siglos  XIX y  XX.

             En lo que se refiere a la primera época, lo más significativo al hablar de pesas y medidas - más adelante hablaremos de monedas-,  es que en aquellos tiempos no existía un canon o sistema de medidas universal, ni siquiera nacional, sino que tenía unos valores marcadamente locales hasta el punto que podía haber sensibles diferencias entre lugares no muy alejados entre sí. La falta de centralización característica de los reinos medievales que aún perduró de alguna forma durante los siglos XV al XVIII obligaba a que las autoridades locales controlaran celosamente los pesos y medidas que se usaban en el pueblo. De esta manera podemos ver como en Zalamea  el mayordomo (empleo municipal encargado de velar y administrar los bienes y propiedades comunales) guardaba los pesos y medidas que se utilizaban en Zalamea, y cualquier transacción comercial o valoración que se hiciera tenía que basarse en ellas  sólo y exclusivamente. Era una forma de ejercer el poder en una comunidad netamente agraria. Las medidas utilizadas en Zalamea se acogían al llamado "marco real de la ciudad de Sevilla", es decir a los  patrones oficiales establecidos  en la ciudad de Sevilla, fundamentalmente porque era de la que dependíamos primero política y después administrativamente. En este sentido estaba prohibido que los comerciantes que pasaran por nuestro pueblo usaran otras medidas distintas de las que guardaba el mayordomo.

             Centrándonos ya en las  medidas que se refieren a las distancias, en concreto de esta primera época, - insistimos en que hablaremos sólo de aquellas de las que hemos encontrado constancia documental -,  estaban la legua, la soga, la vara y el palmo como más usuales. La legua, valorada como la distancia que podía andar un hombre andando a paso normal durante una hora, ha mantenido a lo largo de tiempo un mismo valor y tenía una equivalencia con el actual SMD de cinco km y medio; la soga parece que tenía varios valores, así encontramos menciones a la soga toledana o a la soga de medir las majadas, mientras que a la soga común se le daba un valor de unas 32 varas, la soga toledana tenía un valor aproximado de 8 metros. La vara, utilizada para distancias cortas, también carecía de un valor normalizado, calculándosele una equivalencia de aproximadamente 0,86 m, era tomada como referencia, por ejemplo, para la altura de las paredes de la cerca o para medir las casas. El palmo, medida inexacta donde las hubiere, se correspondía  con la amplitud de la mano abierta del que la midiera y era utilizada habitualmente para limitar el ancho y el largo de las ramas en la poda de las encinas. El paso es también utilizado ocasionalmente y resulta además curioso comprobar el uso de medidas que debían tener un valor orientativo como fueron "el tiro de bala de fusil" o "el tiro de piedra"

             En lo que se refiere a las medidas de capacidad hay que distinguir entre las que se utilizaban para áridos (trigo, avena, cebada) y las usadas para líquidos. Entre las primeras encontramos la fanega, el almud y el cuartillo (que no hay que confundir con la cuartilla, usada en los siglos XIX y XX) y la media fanega para el pan. La fanega tenía una capacidad de 55 litros aproximadamente pero su peso dependía del cereal para el que se utilizara. Más adelante hablaremos de sus equivalencias.

             En lo que respecta a los líquidos encontramos la arroba, con sus variantes para el aceite y para la miel, el azumbre y el cuartillo. La arroba de líquidos tenía una equivalencia de 16 litros y constaba de 8 azumbres y éste a su vez de 4 cuartillos. Así pues el azumbre era aproximadamente  unos dos litros y el cuartillo medio litro, siendo ambas las más usadas para la compra diaria de vino y  aceite. Era usual también hablar del cuero de vino o de aceite ya que esa era la forma habitual de trasladarlos o conservarlos por recueros y comerciantes. La arroba de aceite equivalía a 12 litros y medio

             Para el peso se tomaban como medidas el quintal, la arroba y la libra. El quintal tenía cuatro arrobas, a la que hoy damos un valor de once kilos y medio, y la arroba tenía 25 libras con lo que el valor actual de esta última sería de unos 400 gramos. Al margen de ellos para el comercio se habla también de la carga menor (la del asno por ejemplo) y la carga mayor (la de mulos y caballos).

             Para referirse a superficies de tierra se hace mención de dos medidas: la fanega y la fanega de puño. La primera se utilizaba para hablar de una extensión de tierra en general y puede decirse que una fanega y media de las de aquellas constituían lo que hoy es una hectárea; la fanega de puño se usaba para referirse a las tierras de cultivo y equivalía a la extensión que podía sembrarse con una fanega de cereales, de ahí que se conociese también en otros lugares como fanega de sembradura, siendo su extensión menor que la de la primera.

             En lo que respecta a las monedas, el panorama no es muy distinto aunque éstas tenían un valor más unificado por cuanto generalmente estaban acuñadas por un poder que excedía al meramente local o regional. Las de uso más común en Zalamea, según constan en los documentos son el real de plata, el real de vellón, el maravedí, la blanca y el dinero. Conviene aclarar que el vellón es una aleación de plata y cobre que dependiendo de la inflación contenía más o menos de este último. Precisar hoy los valores de estas monedas es tarea imposible porque  variaron enormemente en función de la época, de la inflación derivada de las arcas reales y de la aleación con la que eran acuñadas. Lo más usual era que el real de plata valiese dos reales de vellón y éste último 34 maravedís; teniendo en cuenta siempre que a lo largo de todos estos siglos se acuñaron piezas con un valor de varios reales (de a 8, de 40 e incluso de 50 reales), al igual que el maravedí de los que hubo piezas de 2, de 4 y de 8. El maravedí fue una unidad monetaria muy popular y estuvo vigente en España prácticamente hasta pasada la mitad del siglo XIX, llegando en algunos momentos a ser un valor de referencia sin que existiera físicamente. Algo parecido a lo que ocurría  con la peseta.

             La blanca y el dinero eran monedas corrientes bastantes antiguas, de hecho solo encontramos mención de ellas en las Ordenanzas y también fluctuaron con el tiempo. La blanca valía usualmente medio maravedí. El dinero, vocablo derivado del dinar árabe, era una moneda de plata con aleación de cobre que  circuló en Castilla en los siglos XIV y XV y llegó a valer unas veces 7 maravedís, otras dos blancas y otras 5 blancas. Es curioso reseñar que estas monedas dieron lugar a expresiones populares que han quedado en la memoria de la gente, como es el caso de "tengo poco dinero" o "estoy sin blanca".

 Hay otras monedas menos usadas, quizá por su alto valor, pero que no queremos dejar de mencionar, se trata del ducado, utilizado en Zalamea hasta prácticamente la primera mitad del siglo XIX  y cuyo valor usual era de 375 maravedís y la otra es el duro que equivalía a veinte reales y que hizo su aparición, como vemos antes de la peseta.

             Con el tiempo, la extensión del comercio y la centralización de la economía y la administración, fenómenos que se intesificaron en el siglo XIX, las medidas y pesos, aunque seguían existiendo diferencias de valoración entre unos lugares y otros, fueron homogeneizándose con tendencia a la normalización de los valores; es por ello que este siglo y el XX lo hemos agrupado aparte. Durante la segunda mitad del siglo XIX y buena parte del XX a pesar de la implantación progresiva del SMD se continuaron usando las medidas tradicionales, algunas de las cuales ya hemos mencionado pero ajustando en algunos casos sus valores. Así las de capacidad para cereales eran la fanega, la cuartilla y el almud. La cuartilla se utilizaba para recoger y medir el grano, cuatro cuartillas componían una fanega y dos almudes, una cuartilla. Como es natural el peso de la fanega dependía del tipo de grano; la de trigo es 44 Kilos, igual que la de cebada y la de cebada-avena, 36 Kilos. Para líquidos se utilizaba la arroba que equivale a 16 litros. En lo que se refiere al  peso, la medida de referencia era la arroba de peso cuyo valor es de once kilos y medio y se componía de 25 libras y la libra a su vez se componía de 4 cuarterones. El quintal de peso, distinto del quintal métrico, son 4 arrobas, es decir, 46 kilos.

             La primera ley que introdujo el S.M.D. en España fue promulgada en tiempos de Isabel II. Fue la llamada Ley de Pesos y Medidas de 1849, impulsada por el ministro Bravo Murillo, pero las enormes dificultades que entrañaba la introducción de este nuevo sistema retrasó su aplicación hasta 1853, no obstante en 1867 fue necesario publicar otro decreto que establecía su obligatoriedad; sin embargo la revolución de 1868 que derrocó a Isabel II impidió su ejecución. Por fin en 1875, reinando Alfonso XII se publica otro decreto determinando la obligatoriedad y así comenzaron  a hacerlo los estamentos oficiales. En el caso de Zalamea comprobamos como a partir de ese año se empieza ya a hablar de metros. No obstante la fanega, la arroba de líquidos y de peso permanecen aún como medidas de referencias en determinados ambientes tradicionales y en menos medida el quintal de 46 kilos.

 Otro tanto parecido ocurre con las monedas. La peseta entra en vigor  como unidad monetaria estatal el 19 de Octubre de 1868 y poco a poco se va convirtiendo en la unidad de referencia, a la que se ajustaron los valores del antiguo real y el duro; no obstante convivió durante algunos años con el maravedí, como se demuestra en algunos documentos cuando después de ese año aún se habla de maravedís. Por ejemplo, en el libro de la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno no se habla de pesetas hasta 1888. De cualquier manera una vez desaparecida nuestra vieja y entrañable moneda, sustituida por el reciente euro, quizá convenga realizar un pequeño homenaje de recuerdo a aquellas otras que convivieron con ella como la moneda de 5 céntimos o "perra chica", la de 10 céntimos o "perra gorda", el real de 0,25 céntimos y sus múltiplos la moneda de dos reales y la de diez, que parecía una peseta grande, y el duro o moneda de 5 peseta o 20 reales. Todas ellas tuvieron acuñaciones que la inflación y el coste de la vida fueron reduciendo considerablemente.

 Esperamos con este breve trabajo haber contribuido a aclarar un poco el panorama respecto a las pesas, medidas y monedas utilizadas en Zalamea y en cualquier caso haber traído a la memoria de muchos usos y costumbres hoy desaparecidos.

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