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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2011.

EL LIBRO DE LOS PRIVILEGIOS 1579-1592 (y III)

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LA CARTA DE PRIVILEGIOS Y LA FIRMA DEL REY

La delimitación del término y su entrega al Concejo de Zalamea no supuso el fin de los problemas. Parece ser que la desmembración de Zalamea del arzobispado no fue del agrado de aquella dignidad eclesiástica ya que hay constancia de ciertas reclamaciones del Arzobispo sobre la villa que Felipe II se vio obligado a responder con un albalá (disposición real) de 16 de marzo de 1583, ordenando a aquel cesase sus exigencias sobre el pueblo.

             Entretanto, el dinero prestado a Zalamea es transportado a la hacienda real donde por fin llega y después de las comprobaciones obligadas, el 12 de Diciembre de 1587, se extiende por Bartolomé Portillo de Solier, tesorero general del reino, una carta de pago dando constancia de haber recibido del concejo de Zalamea la cantidad estipulada. Sin embargo la deuda contraída por el pueblo con sus fiadores tardó más de  doscientos años en pagarse. Por cierto que D. Francisco Bernal cedió los derechos de cobro de ella a la Iglesia de Sevilla a la que la villa debió de seguir pagando durante ese tiempo.

             Pero la lentitud de la administración de Felipe II es proverbial y el reconocimiento de los derechos que adquirían los zalameños por la compra de su señorío tardó en producirse. Por fin el 15 de Junio de 1592, estando en Segovia, el rey Felipe II, aquél en cuyos dominios nunca se ponía el sol, otorga Carta de Privilegio a Zalamea, haciéndola “ villa de sí y sobre sí”, dueña de su propia jurisdicción. De ella podemos extraer, por significativos, estos párrafos:

 “… y os vendo a vos, el dicho concejo, justicia y regidores, escuderos, oficiales y hombres buenos de dicha villa, así a los que ahora son como a los que serán de aquí en adelante, para siempre jamás, la dicha jurisdicción civil y  criminal… y os hago villa de sí y sobre sí… para que en la dicha villa y en los dichos términos uséis la dicha jurisdicción…”

“…para que la gocéis perpetuamente, … y que nos, ni los reyes nuestros sucesores, ahora ni en tiempo alguno no venderemos ni apartaremos… la dicha villa de Zalamea ni su jurisdicción y términos ni la daremos a … persona alguna de cualquier calidad y condición”

“… Y si fuéredes o fueren despojados… de la tenencia y posesión… ha de hacerlo restituir y restituirán sin dilación alguna”

 Todo un auténtico status de  autonomía política, administrativa y económica.

Finaliza la Carta  de Privilegio con la firma autógrafa del rey certificada por su secretario.

             Hemos resaltado estos trozos de la Carta de Privilegio con el fin de dar una idea del alcance de ésta ya que ello va a marcar lo que será la historia de Zalamea durante toda la Edad Moderna y que tendremos ocasión de comentar en otros artículos.

             Todo este proceso, con la firma real a la que hemos hecho referencia, se recoge en un documento de excepcional valor que conocemos como el “Libro de los Privilegios” que se conserva aún en el archivo municipal y que se debe seguir conservando  a toda costa con las medidas de seguridad que exige su importancia.

Manuel Domínguez Cornejo         Antonio Domínguez Pérez de León

Imagen de la foto: Última hoja del Libro de los Privilegios. En la parte superior de la imagen se aprecia la firma real autógrafa (Yo El Rey) refrendada más abajo por su secretario

12/07/2011 23:28 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

EL LINO. CULTIVADO, HILADO Y TEJIDO EN ZALAMEA

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Una parte importante de nuestra historia es el estudio de aquellas actividades que formaron parte de la base económica sobre la que subsistió el pueblo. En esta ocasión vamos a centrarnos en una que si bien no llegó a alcanzar gran envergadura fue muy significativa porque se trata de una de las actividades más antiguas y de mayor difusión de las que se realizaron en Zalamea.

El lino es una planta herbácea anual, de tallo recto y hueco, que alcanza un metro aproximado de altura, con florecillas de tonos azulados, que se cultiva en suelos frescos y profundos y del que se extrae una fibra que, debidamente tratada, se utiliza para para elaborar tejidos que reciben este mismo nombre, igualmente de la semilla se obtiene el aceite de linaza.

Al contrario de lo que ocurrió con la cera, de la que hablaremos en un próximo artículo, o de lo que sucede aún con el aguardiente el cultivo y tratamiento del lino no fue una actividad exclusiva o distintiva de Zalamea, estuvo bastante extendida en todos aquellos pueblos cuyo origen data de muy antiguo, siempre que lo permitiera la naturaleza de sus tierras, ya que formó parte de ese conjunto de trabajos artesanales que acompañan a la economía de subsistencia y que atienden a autoabastecer a la comunidad de aquellas materias que le son más necesarias: comida, techo y ropa. Entendemos, no obstante, que en Zalamea adquiere una especial significación tanto por la antigüedad de estos trabajos como por haber perdurados hasta finales del siglo XIX.

Documentalmente hay referencias directas a esta actividad en las Ordenanzas Municipales de 1535, pero se realizaban desde mucho tiempo atrás puesto que lo que se hace en ellas es regular una fase del proceso de elaboración, el enriado, y determinar las tasas que debían pagarse por utilizar las pesas y medidas del arzobispo, al que, recordemos, perteneció Zalamea una buena parte de la Edad Media.

            De los diferentes tipos de lino, el de Zalamea era de secano, circunstancia ésta que lo hacía ser considerado como de la mejor calidad. Se sembraba en vegas bajas y frescas, en general próximas a una corriente de agua y se utilizaba la semilla que se obtenía de cosechas anteriores. En los siglos XVII y XVIII, cuando parece que alcanzó las cotas más altas, la producción rondaba alrededor de las 250 arrobas con pequeñas oscilaciones hacía arriba o abajo según los años, aunque en algunas ocasiones fue preciso comprar lino en regiones próximas, Extremadura y Andalucía Oriental, para satisfacer la demanda local.

Una vez recolectado a principios de verano, se recogía en haces que se dejaban secar al aire libre, procediéndose a continuación después de extraerle la semilla a lo que se conocía con el nombre de enriado. Consistía este proceso en sumergir los haces de lino en agua para que por un proceso químico-bacteriológico natural se pudriese parte de los tallos leñosos y obtener así la fibra útil que después se hilaba y posteriormente se tejía. Los haces permanecían en el agua entre 8 y 10 días debiendo vigilarse la operación para sacarlos en su momento justo y así evitar que se deterioraran en su totalidad. La putrefacción del lino echaba a perder el agua de los charcos que se utilizaban para este menester y dada la importancia que el agua tenía para nuestros antepasados las ordenanzas municipales de 1535 regularon minuciosamente el uso de los denominados enriadero. Así, en los capítulos 70, 80 y 81 advierten que “… nadie sea osado de enriar lino en las riveras de esta villa fuera de los charcos señalados…” estableciéndose penas bastante elevadas. Igualmente se prohíbe que el enriado se realice “… hasta que deje de correr los tales arroyos o riveras y que estos  sea visto por el concejo o mandado que lo vean…” Razón lógica por otra parte puesto que el enriado, de correr la rivera, la contaminaría inutilizándola para otros usos. Había una excepción: la rivera del Odiel; desconocemos lo motivos aunque probablemente se debiera a que su caudal fuese más abundante o a que su lejanía del pueblo disminuía los efectos que la contaminación pudiera tener.

            La fijación por el concejo de charcos tenía dos finalidades: proteger el enriado del lino y a su vez al ganado para que no bebiese aguas contaminadas. Las charcas señaladas eran las siguientes: El charco de Don Vidal, en la rivera del arroyo molinos; en la rivera del Buitrón había dos, uno encima del camino del Buitrón Viejo y otro “ …que dicen de la Murtilla”; en el arroyo del Fresno tres charcas, la de Molenillo, Peña del alcornoque y la de la casa del Viejo; otro en el arroyo de Santa María de Riotinto (más tarde Nerva); otro charco en la tallisca de Abiud, en el arroyo de las casas; en la rivera del Jarrama dos charcos, el de la pasá del Madroño y en el camino del Madroño a las Cortecillas; y en Tamujoso, el charco bajo la casa de Nicolás Pérez.

            Una vez enriado había que secar el lino de nuevo, procediéndose después a majarlo con el fin de separar las partes ya descompuestas, sacudiéndolos  después con una pala de madera, operación que en Zalamea se conocía con el nombre de apadar. Por último se realizaba el rastrillado, trabajo que se hacía, como el mismo nombre viene a decirnos, con un rastrillo de púas de hierro que extraían las partes inservibles quedando la hebra que finalmente se hilaba con husos de hierro, especies de rodillo sobre los que se iba enrollando la hebra de lino, tejiéndose después por las mujeres, consiguiéndose así lienzos que era necesario curar en remojo con cenizas y dejándolo secar después al sol para blanquearlo.

            Los residuos o desperdicios que resultaban después de las operaciones de apadar y rastrillar el lino se usaban para obtener la estopa que se también se tejía o utilizaba para fabricar cuerdas y cordeles, operación para la que tenemos constancia existió una fábrica en Zalamea.

            El tejido del lino era puramente artesanal y tuvo pocas variaciones desde tiempos remotos , no llegando a convertirse, por lo que hemos averiguado, en una actividad industrial como lo fueron en su tiempo las fábricas de cera y las de cordobanes. Era un oficio propio de mujeres que se procuraban así la tela con la que confeccionar luego prendas y manteles. Una buena parte de la mujeres tejían para cubrir las necesidades de consumo  de su familia, mientras que otras trabajaban además por cuenta ajena con el fin de aportar un beneficio extra a la economía familiar. Según los datos que hemos manejado, en un momento determinado de la historia la inmensa mayoría de las mujeres del pueblo hilaban lino, es decir hacían hilos de lino con las fibras de esta planta, pero no todas tejían, esto debió ser un oficio que se transmitía de madres a hijas junto con el telar, la máquina de tejer. Las que no disponía de telar debía pedirlo prestado si sabían tejer o encargar a otras que les confeccionaran sus lienzos. También podían adquirirse en algunas tiendas donde se ponían a la venta.

            El telar que se utilizaba era un aparato sencillo constituido por cuatro piezas de madera que formaban un marco con su peine para ajustar los hilos y la lanzadera para atravesarlo. Se elaboraban lienzos de tres calidades, las dos primeras eran de lino y la tercera era de estopa. Cuando los documentos hacen referencia a telares no se habla de fábricas propiamente dichas sino de utensilios que las mujeres utilizaban para tejer; de esta manera en 1784 se mencionan la existencia de varios telares en el pueblo, cuatro años más tarde se habla que son 40 mientras que en 1792, se dice que son 22 telares y en 1801, 26. Conviene puntualizar, no obstante, que en los telares no se tejía sólo lino sino también lana  con la que se fabricaba excelentes mantas y prendas de vestir.

            Aunque los datos son confusos, podemos asegurar que esta actividad artesanal perduró hasta el siglo XIX existiendo aún familias en Zalamea que conservan prendas de lino tejidas y confeccionadas a mano por antepasadas más o menos recientes. A partir del siglo XIX esta actividad comienza a decaer. Por una parte la aparición de tejidos más prácticos y por otro el desarrollo del comercio que ha permitido un mejor acceso a distintos tipos de tejidos y prendas ya confeccionadas. En cualquier caso el descenso del cultivo del lino fue un fenómeno generalizado, llegando a ser en algunos lugares de hasta el 95 %. Los telares desaparecieron igual que hoy están desapareciendo los oficios de sastre y costurera que hasta hace unos 40 años eran muy comunes en los pueblos.

El lino, los trabajos de él derivados y la terminología utilizada pasaron a engrosar la galería de objetos perdidos. Merece al menos un breve recuerdo. 

Imagen de la foto: Flor del lino 

Manuel Domínguez Cornejo         Antonio Domínguez Pérez de León

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