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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2011.

LA IGLESIA Y LA TORRE. LA OTRA HISTORIA

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            La Iglesia y la torre de Zalamea siguen siendo hoy, igual que antaño, el sello de identidad de nuestro pueblo. Siempre hemos visto en ellas la imagen de referencia que todos los zalameños queremos contemplar cuando regresamos a casa. También son, por añadidura, el testimonio de nuestro pasado, testigos de los avatares que atravesó Zalamea en los últimos seiscientos cincuenta años.

            Sin embargo, si nos acercamos a ellas y las observamos con detenimiento veremos que sus cuerpos está seriamente dañados; las cornisas del campanario y las bolas que lo coronan se encuentran muy deterioradas; en el cuerpo de la torre se observan grietas bastante evidentes y los ladrillos de las paredes de la Iglesia sufren, especialmente en las partes bajas,  un acusado desgaste a causa de la erosión, agravado por la actitud incivilizada de algunos vecinos que no dudan en evacuar su exceso de líquido en lugares que les debieran merecer más respeto.

            Cualquiera puede deducir que la Iglesia y la Torre han atravesado duros momentos. No vamos a contar su historia, por todos ya sobradamente conocida, pero si convendría recordar que este edificio tan emblemático para nosotros no ha sido tratado siempre como se merece, unas veces a consecuencia del paso de los años y por efecto de los agentes naturales y otras a causa del mismo hombre.

            Una muestra de los efectos destructivos que sufrió como consecuencia de los fenómenos naturales fue el terremoto de Lisboa de 1755. Aquel año, durante unos segundos que se hicieron eternos, un fuerte movimiento de tierra sacudió los principales edificios de toda Andalucía ; la torre y la iglesia de Zalamea no fueron menos y el campanario, que tenía entonces un aspecto distinto al que tiene hoy, igual que la techumbre de la Iglesia sufrieron graves desperfectos, incluso parece ser que algunas de sus partes altas se derrumbaron. Como consecuencia de ello debieron de acometerse reformas de restauración que le dieron a la torre el aspecto que hoy tiene. Por cierto, para dar idea de la fuerza  aquel terremoto, recientes investigaciones han demostrado que también provocó un “tsunami” en la costa atlántica del suroeste peninsular.

            Los hombres han demostrado, así mismo, que muchas veces  pueden ser tan destructivos como los agentes naturales y hay dos casos que demuestran la barbarie a la que puede llegar la intransigencia y el radicalismo de estos. El primero de ellos fue en el año 1810. Dos años antes, como es sabido, el ejército de Napoleón invade España y el 15 de Abril de 1810, como ya contamos en los capítulos dedicada a la Guerra de la Independencia, los franceses consiguen entrar en Zalamea por la Fuente del Fresno obligando al destacamento del ejército español y a una gran parte de la población a retirarse en dirección a El Villar. Una vez controlado el lugar, fuera por represalia o porque se tratara de una actitud general para con los pueblos ocupados, los franceses se dedicaron a saquear casas particulares y especialmente los edificios que guardaban objetos de gran valor como fue el caso de la Iglesia. Cuentan las crónicas que el interior de la Iglesia fue invadido por los soldados que de manera impune destrozaron imágenes  y se llevaron los objetos de mayor valor llegando incluso a profanar este lugar sagrado al utilizar la iglesia como cuadra y sus altares como pesebres para dar de comer a las bestias.

            Apenas transcurridos poco más de cien años estalla en España la guerra civil que supuso la radicalización de los enfrentamientos políticos entra los dos bandos. Así, un día mas tarde del levantamiento militar, el 19 de Julio de 1936, un grupo de fanáticos llegados desde fuera y al que pronto se les unió otro grupo de radicales del mismo pueblo prendieron fuego a este edificio. Las llamas consumieron gran cantidad de obras de arte y documentos de gran valor, se dañó su techumbre y el pequeño cuarto de campanas. El conjunto quedo bastante afectado en su estructura. El campanario de la torre, que fue utilizada como bastión para colocar en lo alto una ametralladora, sufrió los impactos de las armas de fuego de las fuerzas nacionales infringiéndole múltiples daños en toda su estructura.

            En la década de los setenta a causa del deterioro sufrido por el paso de los años se realizó por fin una gran remodelación para conservar el edificio y salvaguardarlo tramitándose su declaración como Monumento Nacional y más tarde como Bien de Interés Cultural.

            Quizá ahora convendría recordar el momento en el que nació este conjunto Iglesia Torre. Fue allá por el año 1350 aproximadamente, cuando después de reconquistada la villa a los musulmanes, el arzobispo de Sevilla y señor de Zalamea, desde que Alfonso X el Sabio se la cedió a cambio de Cazalla, ordenó se levantara una iglesia con su campanario. Han transcurrido pues aproximadamente 650 años. Tenía entonces el edificio dos pequeñas naves y era de mucho menor tamaño que la que hoy conocemos y para levantarlo los maestros alarifes aprovecharon los restos de un edifico anterior situado cerca de donde hoy esta ubicado el templo. La Torre era inicialmente  mas baja  y probablemente coronada por una techumbre de madera y teja y el campanario tenía un solo ventanal en cada una de sus caras y era sensiblemente más baja que el actual. A principios del Siglo XVII empieza a dársele el tamaño y la configuración que hoy presenta.

            Desde entonces la Torre y la Iglesia han sido testigos de sucesos cruciales para la historia de nuestro pueblo. Han podido contemplar la elección de San Vicente como patrón de Zalamea en 1425, que se hizo en el porche delante de sus mismas puertas, y guardaron para sí el secreto de la elección del santo; vieron salir las primeras procesiones de la Vera Cruz 1580, germen de la actual Semana Santa; han presenciado el cambio de señorío de Zalamea del arzobispo al rey en 1592; con sus campanas han transmitido nuestras penas y nuestras alegrías durante cientos de años.

            Todo esto nos lleva a pensar si los zalameños seremos capaces de restituirle su dignidad y conservarlas para que las generaciones que nos sucedan puedan seguir disfrutando de ellas y contemplando su silueta al regresar a casa.

Manuel Domínguez Cornejo             Antonio Domínguez Pérez de León

LA RELIQUIA DEL PADRE GIL

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Durante la Edad Media y hasta bien entrado el siglo XIX, todas las hermandades y cofradías que se preciaran buscaban la forma de poseer una reliquia de su santo titular que contribuyera a reforzar la veneración que los hermanos y fieles en general profesaran al santo en cuestión. La Hermandad de San Vicente Mártir en Zalamea no fue menos y llegó a disponer de una reliquia de nuestro patrón que fue traída por un zalameño ilustre de aquel tiempo: el Padre Gil.

             Antes de hablar de la reliquia hagamos una breve reseña biográfica de este personaje. Su nombre completo era Manuel Gil Delgado y nació en Zalamea el 11 de Octubre de 1741, hijo de Martín Gil y de su mujer María Rafaela, también naturales de esta villa. Desde muy joven mostró sus inquietudes por seguir la carrera religiosa y así ingresó en la Orden de Clérigos Regulares Menores de la casa del Espiritu Santo de la ciudad de Sevilla. Parece ser que teniendo 26 años protagonizó un pequeño incidente con su orden porque sin contar con los permisos pertinentes se trasladó a Zalamea para socorrer a su padre que se encontraba en una precaria situación, por lo que fue requerido para que de inmediato volviera, en el plazo de 24 horas, a su clausura. Destacó por sus dotes oratorias y como escritor de obras científicas, llegando a ser visitador general de su orden. Sus inquietudes políticas le llevaron a formar parte de la Junta Central Española durante la invasión francesa, representando a la misma como embajador en Nápoles. Debió de tener un papel destacado en ella puesto que Benito Pérez Galdós lo menciona directamente en uno de los episodios nacionales que dedica a la Guerra de la Independencia.

             Pues bien, este hombre, que al parecer no perdió los vínculos con nuestro pueblo, aprovechó una visita a Roma en 1777, asistiendo a un capítulo general de su orden, para hacerse con una auténtica reliquia de San Vicente, acompañada de su bula correspondiente que la autentificaba y autorizaba para ser expuesta públicamente a los fieles.

             La reliquia consistía, según se describe en la bula, en un trozo de hueso del santo y cumplía todos los requisitos propios de la época para ser expuesta, incluido un auto de aprobación y licencia dado por el provisor en Sevilla en diciembre del año 1777. Después de lo cual llega por fin a Zalamea donde es recibida solemnemente por las autoridades religiosas y civiles.

             En Septiembre de 1778 el Ayuntamiento, a petición del presbítero de la villa, Don Francisco Martín Gil, acuerda dejar constancia documental en el archivo municipal de la recepción y autenticidad de la reliquia, siendo alcalde ordinario Don José Martín Zarza.

             La reliquia no fue depositada en la ermita de San Vicente sino que se conservó en la Iglesia Parroquial en el interior de una custodia de plata dorada  a través de la cual era mostrada  a los fieles. En un momento que no podemos precisar se deja de tener noticias de ella, desconociéndose actualmente su paradero. Puede que se perdiese durante la invasión francesa tras el expolio que sufre la Iglesia a manos de los invasores extranjeros o tras el incendio de la Iglesia durante la guerra civil española.

            No obstante, en la actualidad, en la  sala de sacristía de la ermita de San Vicente se encuentra una bolsa de paño  que contiene un ara, especie de losa de mármol, con un pequeño cuadro del mismo material incrustado que supuestamente oculta en su interior una reliquia, pero no podemos precisar en que consiste. La losa muestra restos de haber sufrido un incendio y en el cuadro incrustado se aprecian indicios de haberse intentado forzar para descubrir su contenido. No podemos afirmar si esta losa guarda alguna relación con la reliquia del Padre Gil.

             Hoy, en Zalamea, una transversal entre las calles Tejada y Fontanilla, llamada antiguamente Juego de las Bolas, nos recuerda el nombre de este ilustre zalameño y su destacado papel en la Guerra de la Independencia, quizás como testimonio de que en aquel lugar se produjeron los primeros enfrentamientos entre la resistencia zalameña y las tropas francesas que ocuparon la población en 1810.

Manuel Domínguez Cornejo             Antonio Domínguez Pérez de León

10/06/2011 00:06 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Contemporánea No hay comentarios. Comentar.


EL LIBRO DE LOS PRIVILEGIOS. 1579-1592 (I)

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LA EMANCIPACIÓN DEL ARZOBISPADO DE SEVILLA

 Durante una gran parte de la Edad Media, trescientos años exactamente, Zalamea perteneció a un  señorío eclesiástico, el del arzobispado de Sevilla, pero este hecho cambia radicalmente en el último tercio del siglo XVI.

             Todo comienza cuando en 1574, el papa Gregorio XIII, en agradecimiento a los servicios prestados por Felipe II en la guerra contra los infieles, emite una bula que le autoriza a apropiarse de los lugares y villas de la Iglesia de renta inferior a 40.000 ducados. Esto permite al rey que en 1579 haciendo uso de dicha bula, separe la villa de Zalamea  de la dignidad arzobispal con efectos de 1 de Enero de 1580. Con esta reesolución se iniciaba para nuestro pueblo un largo proceso que culminaría 12 años más tarde.

             El hombre que trajo la noticia a Zalamea fue Juan Ruiz Carillo, enviado “ex profeso” por el rey, que informó a los munícipes zalameños de la decisión real y  tomó los datos de población y renta,  marchándose a continuación. Meses después es enviado el licenciado Álvaro de Santander para tomar posesión de la villa y nombrar los cargos del concejo en nombre del rey y haciéndole saber que éste piensa respetar sus usos y costumbres. Más tarde por una cédula de 20 de Febrero de 1580, la vendería a Don Francisco de Guzmán, marqués de la Algaba. Algunos historiadores locales hacen referencia a que la primera venta fue a Don Nicolás de Grimaldo, príncipe de Salerno. Sin embargo, todo apunta a que este actuó como intermediario, siendo probablemente una especie de procurador de la corte que medió en la operación para proceder a la venta más conveniente. De cualquier manera la venta real y efectiva es al mencionado marqués. No obstante, el licenciado Álvaro de Santander hizo saber al concejo y habitantes del pueblo que si lo deseaban podían redimirse de la venta, pagando al rey la misma cantidad por la que se le vendía a don Francisco de Guzmán, disponiendo para decidirlo de cuatro meses. ¿Estamos quizá ante una hábil maniobra para conseguir más rápidamente dinero del que el rey no andaba sobrado precisamente? Cualquier respuesta a esta pregunta entra en el terreno de las conjeturas.

              El caso es que los habitantes de Zalamea, encabezados por aquellos vecinos que ocupaban una posición relevante dentro del pueblo tomaron la determinación de aceptar esta condición y solicitaron del rey el poder redimirse a sí mismos pagando la cantidad que se estableciera.

             Esta opción fue probablemente decidida por este grupo de personas que gozaban de un status social elevado y a los que no se les escapó las ventajas que la compra del pueblo podría suponer para ellos, tanto económica como socialmente.

             Y en efecto, ellos fueron los más favorecidos en esta transacción ya que la nueva situación del pueblo, que así gozaría de una cierta autonomía en su gobierno, les permitió consagrar tanto sus privilegios como el goce de sus posesiones sin necesidad de tener que rendir cuentas a ningún señor, aunque indiscutiblemente también el pueblo salió favorecido en gran medida, por cuanto suponía el disfrute común de muchos terrenos que se convirtieron en bienes de propio.

 La cantidad que se estableció, y que Zalamea debería pagar fue de 16.000 maravedíes por cada vecino y cuarenta y dos mil quinientos por cada mlllar de rentas jurisdicionales.

             Teniendo en cuenta que existían en ese momento 867 vecinos y medio (el cómputo se hacía por cábezas de familia, ocupantes de una vivienda), la cantidad total se ajustó en 15 cuentos (millones) 104,190 maravedíes.

 La venta al marqués es anulada. Pero queda por delante un camino tortuoso y lleno de dificultades.

Manuel Domínguez Cornejo       Antonio Domínguez Pérez de León

18/06/2011 21:03 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

EL LIBRO DE LOS PRIVILEGIOS 1579-1592 (II)

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EL ENFRENTAMIENTO ENTRE EL ALCALDE Y EL COMISIONADO REAL

Después de ser anulada la venta de Zalamea al marqués, se inicia la delimitación del término que por aquel entonces era aún impreciso y que era necesario concretar, pero en aquel entretanto muere en el ejercicio de su cometido el licenciado Álvaro de Santander, el comisionado real desplazado a Zalamea con el fin de llevar a cabo el proceso, ocupando su cargo interinamente el doctor Burgos de Paz que lo ejerció hasta el nombramiento de don Miguel de Rado como juez de comisión para terminar de amojonar el término y entregarlo a las autoridades de Zalamea.

 Pero el primer problema surge cuando  se trata del dinero que había que entregar al rey para comprar nuestra propia jurisdicción -15 cuentos (millones) 104.190 maravedíes. No disponiendo el  pueblo de esa cantidad en efectivo tuvo que embargar los bienes de propio y tomar un préstamo de doña Brígida de Arco Corso, saliendo como fiador un zalameño ilustre de aquella época, Don Francisco Bernal Estrada. Este hombre, nacido en Zalamea, alcanzó muy joven altos cargos eclesiásticos en Jerez y Sevilla.

 Una vez garantizados los fondos, el ocho de Mayo de 1581 Felipe II extendió una cédula por la que se concedía a Zalamea la jurisdicción y rentas jurisdiccionales de su propio término y la potestad de elegir sus alcaldes, oficiales y alguaciles, sin que se les pueda poner corregidor. Al año siguiente se procede a continuar con el amojonamiento y la delimitación de territorio para la cual había sido comisionado, tal como dijimos, el licenciado Rado al que se le había asignado un plazo de veinte días, cobrando su salario y el del escribano, Juan Catalán, del concejo de Zalamea.

 Mientras tanto, al principio de aquel año, 1582, se había procedido como era uso y costumbre, a nombrar los cargos del concejo  que regían la villa. Estos fueron, Alonso Pérez León y Alonso Romero, alcaldes ordinarios; Andrés Pérez León y Alonso González, alcaldes de la Santa Hermandad; Juan González Lorenzo, mayordomo; Pedro Alonso Bernal, alguacil; y Bernabé González, Juan Varela y Gregorio Salvador, como regidores, cargo equivalente al de los actuales concejales.

 Don Miguel de Rado, dilató el proceso de amojonamiento excesivamente, enfrentándose al Concejo que se exasperaba ante la lentitud de aquel en efectuar su cometido. Ya el año anterior, dicho concejo había enviado a Juan Serrano a Almonaster - pueblo que seguía un proceso paralelo al nuestro y en el que se encontraba dicho licenciado - con un requerimiento para que terminara de delimitar el término, siendo despedido con evasivas. Zalamea, protesta ante el Consejo Real de Hacienda que responde instando a Rado para que dé posesión de aquel a las autoridades de nuestro pueblo y así el 5 de Septiembre de 1582 , emprendió de nuevo su tarea. Ya en el amojonamiento se pusieron de nuevo de manifiesto las disputas entre Zalamea y Niebla por cuestiones de límites entre sus respectivos términos, a los que ya hemos hecho referencia en un artículo anterior (Los límites entre Zalamea y Valverde, un pleito de mas de 400 años). En todo este proceso estuvo acompañado por Juan González  Lorenzo, mayordomo del Concejo, como antes dijimos, al que por último le hace entrega solemne de los edificios públicos, la cárcel, el pósito y las casas del  Cabildo. A renglón seguido les hizo saber su intención de darles posesión de sus cargos en nombre del rey.

             Esto no fue del agrado de los munícipes zalameños que entendían , según la cédula de 8 de Mayo de 1581 por la que el rey les concedía la potestad de elegir sus cargos sin que se le pudiera poner corregidor, que Rado había cumplido ya su función como mero juez de comisión y por tanto no podía nombrar los cargos del concejo. De esta manera le presentaron, el 20 de Septiembre de 1582, un requerimiento para que no osase  molestarles en la posesión de sus varas. No obstante el licenciado insiste en su intención  y les convoca con ese fin el domingo, 23 de septiembre en las casas del Cabildo.

            En principio parece ser que su propósito fue la de ratificar a los que ya estaban, sin embargo para algunos miembros de la corporación aquello suponía un atentado a su honor y dignidad en tanto que era hacerles entrega de algo por lo que habían pagado y que consideraban fuera de lugar. Llegado el momento, determinados miembros del concejo optaron por plegarse a la autoridad de Miguel de Rado y les entregaron sus varas que éste les devolvió después de haberlas juntado con la suya como símbolo de posesión real, pero otros, encabezados por el alcalde Alonso Pérez León, se resistieron a hacerlo adoptando una postura enérgica y orgullosa ante el corregidor extendiendo sus varas pero sin soltarlas. Y así, tal como aparece en los documentos, “…habiéndosela dado no la acabó de soltar porque la mantuvo asida por un extremo de ella” Y para evitar un escándalo público el licenciado “…dio la suya propia a Juan Serrano, de la calle de la Iglesia…”, destituyendo a Alonso Pérez León, y haciendo lo mismo con los tres regidores que le habían apoyado, nombrando a otros nuevos. Los destituidos presentaron al día siguiente una reclamación exigiendo la posesión de las rentas del almojarifazgo.

 Aunque en Historia no se puede ni se debe entrar en interpretaciones ni valoraciones subjetivas, si es perfectamente destacable el valor del que hicieron gala al enfrentarse a todo un corregidor comisionado por el rey, asumiendo los riesgos que aquello podía suponer. 

Imagen de la foto: Primera página del Libro de los Privilegios de Zalamea la Real

Manuel Domínguez Cornejo          Antonio Domínguez Pérez de León

30/06/2011 01:16 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

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