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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2011.

LA CERA EN LAS MANIFESTACIONES RELIGIOSAS DEL PASADO

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Antes de la invención de la energía eléctrica, la iluminación artificial de  iglesias, ermitas, capillas, etc, se hacía mediante velas que como todos sabemos se elaboraban, y elaboran, con cera. Dado el importante número de manifestaciones religiosas fruto de los distintos cultos que se realizaron en  nuestro pueblo por parte de las hermandades, cofradías y congregaciones existentes en el pasado podemos asegurar sin temor a equivocarnos que la Iglesia se convirtió  en la mayor consumidora de cera durante la Edad Media y Moderna

            Fundamentalmente, cuando hablamos de cera, estamos utilizando la expresión que en aquellos tiempos se utilizaba para referirse a las distintas formas en que los lagares presentaban sus productos a los consumidores: velas de diferentes tamaños y hachas. Las diferentes hermandades y fundaciones religiosas que funcionaron en Zalamea a lo largo de la historia reclamaron una cantidad tal de cera que a partir de la Edad Media propició la creación de una industria, tanto de extracción como de manufactura, que llegó a convertir a nuestro pueblo en uno de los principales centros de producción de la provincia, de tal manera que hasta el mismo siglo XIX, Zalamea fue conocida por la calidad y cantidad de su producción, llegando incluso a ser identificada por esta actividad antes que por otras que después alcanzarían más renombre, como fue el caso del aguardiente.

            No pretendemos profundizar ahora en el proceso industrial de la cera que será objeto de otro artículo.  A título de reseña podemos mencionar que el elemento fundamental en esta industria en nuestro pueblo era, como ya apuntamos antes, el lagar de cera donde mediante un proceso artesanal se extraía este producto derivado de las miles de colmenas que se prodigaban por nuestros  campos. Se tiene constancia de que ya en la Edad Media la producción debió ser tan importante que en las Ordenanzas Municipales de 1535 se regula de alguna forma el labrado de la misma. Sabemos que en los siglos XVII y XVIII la fabricación alcanzó sus más altos niveles y no sólo atendía la demanda local, que como veremos debió ser bastante elevada, sino que abastecía a otros lugares de la región. En 1787 su valor alcanzó los cien mil reales y en esa época Zalamea contaba con 12.008 colmenas, ocupando el segundo lugar en la provincia, llegándose a exportar cera a Madrid y a otros poblaciones de Castilla. En el siglo XIX existían seis fábricas para blanquear cera y hacer velas y tres lagares para sacar la cera en amarillo (cera bruta).

            Básicamente la producción de cera se destinaba a la elaboración de velas de distinto grueso y longitud, las llamadas velas mayores o menores, que constaba de un cilindro sencillo con un pabilo o cordón en su interior, pero también se fabricaban hachas que eran unas velas gruesas con estrías y varios pabilos o cordones. Esta última modalidad era la más utilizada en las procesiones que celebraban las distintas congregaciones.

            En el siglo XVI tres hermandades consumían una buena parte de la producción de cera del pueblo, se trataba de la Hermandad de San Vicente, la Hermandad de la Vera Cruz y la del Santísimo Sacramento. El consumo de estas  se destinaba tanto a la iluminación de sus capillas o ermitas como, y lo que sería más importante, a las procesiones, cultos y celebraciones que tenían lugar en fechas señaladas. Las tres establecen en sus reglas que parte de las cuotas que pagaban los hermanos por  ingresar en la hermandad o la cantidad que se recaudara por las sanciones que se les aplican por infringir alguna regla son destinadas a sufragar los costes de la cera que se consumía. De las mismas reglas de estas hermandades se deduce que es probable que las fábricas destinaran una producción específica para ellas. En algunos casos las velas eran realizadas en el tamaño y color que aquellas le solicitaban, por ejemplo la Hermandad de San Vicente determinaba que en sus procesiones los hermanos debían desfilar con un determinado tipo de velas y la de la Vera Cruz distingue entre velas menores, velas y hachas y además aquellas tenían que ser verdes o amarillas. A veces las sanciones debían pagarse directamente en cera aportando una libra o dos o incluso media arroba de cera

            Mas tarde en el siglo XVIII, encontramos que las cofradías y hermandades que funcionan en nuestro pueblo se elevan a trece, a las que hay que añadir las 22 que había en las distintas aldeas del término. El consumo de cera por parte de estas entidades religiosas debió ser enorme ya que presumiblemente todas ellas adquirían la cera que necesitaban de la producción interior. Hemos realizado un cálculo aproximado que apunta a que el consumo podría estar alrededor de los treinta mil reales al año, lo que supone una elevada cantidad para la época. De la lectura de algunos de los documentos relacionados con estas hermandades se deja entrever que algunas de ellas tenían colmenas propias de las que  obtenían directamente la cera en bruto y después la llevaban a la fábrica de cera para transformarla.

            Con la generalización del uso de la electricidad, tanto a nivel privado como público, la necesidad de este producto fue disminuyendo y el uso de las velas quedó relegado a manifestaciones de otro tipo, rituales o procesiones. En 1943 se cerró el último lagar de cera en Zalamea, desapareciendo de esta manera una de las actividades económicas que más prestigio le dio a nuestro pueblo, a partir de entonces la Iglesia y las hermandades tuvieron que importar de fuera la cera que necesitaban para sus actos.

Manuel Domínguez Cornejo           Antonio Domínguez Pérez de León

06/05/2011 00:52 mdc y adpdl Enlace permanente. Varias épocas No hay comentarios. Comentar.

LOS GRABADOS RUPESTRES DE LOS AULAGARES

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Existe un lugar en Zalamea, muy cerca del pueblo, que guarda un tesoro arqueológico de gran valor cuya finalidad aún no ha podido ser desvelada con certeza. Se trata de unas formas circulares grabadas en las superficies de dos grandes grupos de piedras. Las razones que impulsaron a aquellos antepasados nuestros que habitaron esta zona hace más de 3.500 años a grabar unos extraños símbolos en las piedras permanecen en el terreno de las conjeturas y su significado sigue siendo aún un misterio

 Constituyen uno de los complejos arqueológicos  de más interés de la provincia y arrojan  algo de luz  sobre unas manifestaciones culturales de la Edad del Bronce.

 Situados en la finca denominada Los Aulagares, a un km aproximadamente al suroeste de Zalamea, comprenden dos núcleos que ocupan a la vez dos pequeños cerros distanciados entre sí unos 200 metros, en los que afloran rocas de riolitas sobre las que estan realizados los grabados.

 El primero de ellos es una roca de superficie plana, casi horizontal, sobre la que se han realizado el grupo más numeroso. Se trata de 45 círculos de formas y dibujos variados, generalmente circunferencias concéntricas o radiadas de diferentes tamaños, algunas con puntos en sus diversas secciones. La figura principal llega a tener hasta 25 cm de diámetro

 En el otro núcleo, situado en un cerro de mayor altura que el anterior, los grabados se encuentran más dispersos, posiblemente debido a derrumbamientos o movimientos de las piedras, quizá por causas naturales. Pudiéndose distinguir dos agrupaciones que es probable que en su origen estuviesen juntas. En total son 13 figuras (12 prehistóricas y 1 paleocristiana) Aunque los grabados son menos numerosos sin embargo son más ricos en lo que a símbolos se refieren, predominando igualmente las figuras circulares concéntricas o radiadas  aunque en esta ocasión aparece también una que parece representar los ojos de una lechuza  y otra de forma cruciforme que no se corresponde con la época del resto, siendo datada, como dijimos antes, en un periodo paleocristiano (siglo V d. C.)

 No son únicos estos grabados en la península siendo relativamente frecuentes en la fachada atlántica ibérica (Laxe Ferrada. Monte Farelo, Estela de Oles en Villaviciosa, Lanhelas en Portugal) lo que refleja la influencia de una cultura que debió extenderse por todo el oeste peninsular desde Galicia hasta Andalucía occidental. Según los expertos su origen se remonta al arte esquemático megalítico.

 La interpretación más común que se le otorga en los estudios que sobre ellos se han publicado es la de carácter religioso, cosa frecuente en las manifestaciones artísticas prehistóricas. Pudo tratarse probablemente de un lugar sagrado que los pobladores de la zona tuvieran para realizar determinados ritos que se manifestaban en la grabación en las rocas de estos símbolos, no descartándose que pudiera tener también una determinada significación astronómica en la medida que esta estuviera relacionada con su religión y su vida social y económica, pero como dijimos al principio su significado está aún por desvelar.

El lugar pudo ser una especie de santuario en el  que los habitantes de la zona se reunían en determinadas épocas  para pedir protección y prosperidad para campos, animales y personas. Los escritores clásicos como Estrabón y Ptolomeo hacen alusión a este tipo de lugares sagrados como centros de culto a divinidades astronómicas recalcando que no son costumbres fenicias ni griegas sino propias de los indígenas.

 El estudio comparativo de estos grabados, así como de la patina que los recubre, ha establecido su cronología entre el 1.800 y 1.500 antes de Cristo, durante la Edad del Bronce.

 En lo que se refiere a la cruz paleocristiana que hallamos entre los grabados es el único testimonio que encontramos en Zalamea  del proceso de cristianización primitiva. Posiblemente el cristianismo conviviera en nuestro pueblo con otros ritos paganos indígenas e hispanorromanos en el siglo V durante un largo periodo de tiempo al final de la decadencia del imperio y comienzo de dominio visigodo. Con toda probabilidad los primeros cristianos zalameños utilizaron un lugar de alto valor simbólico para grabar en él lo que sería el signo de su nueva religión.

 Pero 2000 años antes que estos primeros cristianos, otros pobladores habían dejado ya sobre esas mismas  rocas las figuras de las que hemos hablado y que aún los expertos se afanan en interpretar.

Manuel Domínguez Cornejo        Antonio Domínguez Pérez de León

13/05/2011 01:46 mdc y adpdl Enlace permanente. Prehistoria No hay comentarios. Comentar.

LAS ORDENANZAS MUNICIPALES DE ZALAMEA DE 1535

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El documento de mayor valor conservado en el archivo municipal de Zalamea la Real es sin lugar a dudas el Libro de las Ordenanzas de 1535. Se trata de un libro en pergamino manuscrito de un valor material incalculable, aceptablemente conservado,  que es incuestionablemente una de las joyas de nuestro Patrimonio Cultural e Histórico.

Redactadas en 1534 y aprobadas un año más tarde por el arzobispo de Sevilla y señor de Zalamea, Don Alonso Manrique de Lara, hermano del famoso poeta castellano, su lectura nos traslada, como si de una máquina del tiempo se tratara, casi 500 años atrás y nos sumerge en una Zalamea que no parece tan lejana como se puede suponer. Es posible, además, que estas ordenanzas sean una actualización de otras anteriores en las que se aumentan las penas y sanciones y  se amplían los capítulos  ajustándolos a las necesidades del momento. Todos los expertos que las han estudiado coinciden en valorar su aspecto práctico y real, en contraposición a otras en las que se limitaban a copiar un modelo. Sin embargo el estudio comparativo de estas ordenanzas con otras similares nos lleva a pensar que también en este caso se siguió un modelo establecido, especialmente en algunos capítulos, sin embargo las  numerosas referencias que hay en el texto a situaciones, costumbres y lugares del pueblo, muchos de los cuales son perfectamente identificables hoy, 477 años después  indican que al margen de haber seguido un guión predefinido, su redacción se ajusta minuciosamente a la realidad, necesidades y formas de gobierno de Zalamea.

Deteniéndonos en su contenido el libro consta de 133 capítulos, a los que hay que añadir los cinco de las rentas del almojarifazgo y las rentas de la alcaidía. La distribución de estos capítulos es irregular y generalmente se agrupan todos los referidos a un mismo tema aunque en ocasiones puede aparecer un capítulo aislado entre otros de diferente asunto.

El estudio de estas reglas refleja como era la vida de Zalamea al final de la Edad Media. Un pueblo que pretendía autoabastecerse y por tanto dictaba unas normas que protegían su economía local. Su lectura nos permite conocer y valorar fundamentalmente los aspectos económicos de la población, sin embargo entre sus líneas salen a la luz costumbres y usos de la época y especialmente un aspecto que por aquel entonces tenía un enorme valor para los habitantes de nuestro pueblo, aspecto que hoy se ha definido como ecológico, y que no era otro que la necesidad de conservar los recursos naturales por razones estrictas de supervivencia.  Sencillamente, había que conservar y respetar la naturaleza porque era el pilar fundamental de su economía. Por ello estas ordenanzas pueden considerarse como paradigma de lo que era un sistema económico en consonancia con el medio ambiente.

Por ellas sabemos que la principal riqueza del pueblo eran las dehesas de encinas y alcornoques,  bienes de propios, a las que se dedican 29 capítulos que regulan su aprovechamiento y su protección. No olvidemos que la bellota era en aquella época un  producto de primera necesidad tanto para los animales como para la alimentación humana.

Le sigue en importancia la regulación de los cultivos, viñas, huertas, heredades y sementeras, que se extiende a lo largo de 17 capítulos; circunstancia lógica en una economía agrícola; entre ellas nos llama la atención  una actividad hoy desaparecida, el cultivo de la vid para la producción de vino

La carne y su venta en carnicerías es objeto de 14 capítulos que ponen especial énfasis en las condiciones sanitarias y de comercio para el abastecimiento de la población.

Las bestias y ganados, las primeras como instrumentos de trabajo y las segundas como fuente de aprovisionamiento, ocupan 15 capítulos, Entre ellos la regulación de la boyada municipal es un aspecto de gran interés, por lo que refleja una estructura comunal en la explotación de la riqueza.

Nueve capítulos ocupa el uso de las aguas. En ellos se dispone sobre la conservación, uso y mantenimiento de fuentes y corrientes de agua. Se trata de un bien escaso que debe ser minuciosamente controlado para evitar el abuso y la contaminación. Sorprende encontrar en estos capítulos algunas fuentes, riveras y charcos que han conservado sus nombres a través del tiempo y que aún hoy siguen llamándose así

Los impuestos y la regulación de la venta y compra son objeto de 13 capítulos, incluidos los cinco de las rentas del almojarifazgo. En este sentido se procura llevar un control de las mercancías que entran y salen del pueblo, evitando que puedan introducirse materias cuando hay existencias procedentes de la producción propia, como es el caso del vino, prohibiéndose la importación cuando hay cosecha propia.

La forma de gobierno se trata en 8 capítulos. En ellos se dispone la forma en que han de proceder los alcaldes y demás oficiales de la villa, cómo y cuándo han de elegirse y cuáles son sus obligaciones, estableciéndose penas y sanciones  para cuando no las cumplan como deben.

Hay temas que ocupan capítulos sueltos, pero que para el concejo tienen también su importancia, entre ellos hallamos asuntos como la construcción de casas, la regulación de la venta del pan y del vino,  los ejidos, los lobos, las colmenas y el fuego.

Conviene reseñar que en estas ordenanzas se establecieron normas que con el tiempo se convirtieron en costumbres que siguieron practicándose muchos años después de que las ordenanzas dejaran  de tener vigor. Muchas de ellas perduraron hasta tiempos bien recientes, por ejemplo cómo avisar a los vecinos mediante toques de campana para acudir a apagar los fuegos, o cómo proceder en  la quema de los rastrojos.

Las Ordenanzas terminan con su ratificación por el provisor de Sevilla, el licenciado Temino, en nombre del Cardenal.

Pero el libro guarda además de las ordenanzas propiamente dichas algunas sorpresas. Resulta que al final quedaron algunas páginas en blanco que se utilizaron posteriormente para hacer anotaciones y cálculos y entre ellos hay una que merece resaltar. Se trata de un breve texto que un joven estudiante que tuvo el libro entre sus manos, dedica con afecto y reconocimiento a su maestro y en el que se puede leer:

“De la mano y pluma de mi  Jerónimo Fernández, discípulo menor del señor maestro fray Cristóbal que Dios guarde muchos años y bueno y que es ermitaño en San Vicente y da escuela en San Vicente y que Dios le de salud, en Zalamea en veintiuno del mes de Agosto de 1.6… (ultimas dos cifras ilegibles)

Es sin duda la primera referencia documental a una escuela existente en Zalamea que parece ser se ubicó en la ermita de nuestro patrón.

En definitiva, un documento que nuestros antepasados han sabido guardar celosamente durante casi 500 años y que nosotros tenemos la enorme responsabilidad de conservar para las generaciones futuras.

Manuel Domínguez Cornejo          Antonio Domínguez Pérez de León

19/05/2011 20:26 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Moderna No hay comentarios. Comentar.

LA LEYENDA DE SALOMÓN

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            “…Cuentan que una hija del rey Salomón llegó a este lugar con su séquito y hallándolo pacífico y  con aguas saludables y medicinales estableció su campamento en la pequeña meseta  que hoy día es la plaza de Talero y habiendo recobrado su salud le dio  su nombre al lugar –“Salomea”- creando así un asentamiento que fue el origen del pueblo…”

             Esta es la leyenda, pero veamos ahora que nos dice la historia.

             A lo largo del primer milenio a.C y a partir de finales de la edad del Bronce, la civilización autóctona que se desarrolla en la región, al igual que hacen con otras minas andaluzas explotan también de una manera intensa las de Riotinto. Comienzan a extraer un metal, la plata, que da sentido a la aureola de riqueza  que la zona adquirió en la antigüedad . Más tarde, el uso de las herramientas de hierro, haría que se convirtieran en una explotación de primera importancia.

             Los colonizadores  fenicios y griegos establecieron una relación comercial con estos pueblos mineros. Su visita a nuestra zona es deducible pero nos hace preguntar: ¿En qué medida esa relación fue puramente comercial o supuso la creación de asentamientos para establecer una colaboración en los sistemas y métodos de extracción y elaboración del mineral? Sin duda fenicios y griegos, especialmente los primeros, nos influyeron más que económica culturalmente. Nos proporcionaron los elementos necesarios, artesanía del metal y cerámica, para enriquecer su rudimentaria cultura material y elevarla al nivel que gozó posteriormente. En Riotinto, está constatada por las excavaciones realizadas en la Corta del Lago en los años 1979 y 1980 la relación y la influencia que esos colonizadores tuvieron con los pueblos indígenas.

             En este marco histórico podemos situar lo que hoy conocemos como “La leyenda de Salamón” referida a Zalamea.

             Esta leyenda, cuyos orígenes desconocemos con certeza, se ha ido transmitiendo de padres a hijos a lo largo de sucesivas generaciones y tiene diversas versiones. La más común y generalizada es la que narramos al comienzo del artículo. Fue recogida, en sus distintas variantes, por algunos autores en los siglos XVII, XVIII y XIX, destacando entre ellos al Padre Flórez en su “España Sagrada”; Rodrigo Caro, en su libro  “Antigüedad de Sevilla” y el padre Juan de Pineda  en su obra “De rebus salomonis regis”

             Pero no existen hoy datos arqueológicos en Zalamea que permitan de una forma fehaciente establecer algún tipo de conexión entre los habitantes del lugar y los colonizadores que comerciaban con estas minas, aunque no es descartable que pudiese existir algún tipo de contacto. No obstante  creemos que al carecer de datos arqueológicos o documentales que lo corroboren, esta leyenda carece de fundamento. Creemos que pudo tener su origen entre los siglos XIII y XVI, por una asociación popular entre el nombre del pueblo y determinados topónimo existente en la zona (Cerro Salomón) o bien en algún autor que diese esta relación por cierta y difundiese la idea entre los habitantes del lugar.

             Independientemente de la leyenda, existen algunas incógnitas aún no suficientemente investigadas. En primer lugar , está constatada históricamente por las citas biblicas. – Libro de  los Reyes- 10-21, principalmente- las expediciones conjuntas a “Tarchist” de hebreos y fenicios  de la ciudad de Tiro, cuyos reyes respectivos, Salomón e Hiram, estaban emparentados. “Tarchist” es identificado por muchos autores con Tartessos, por lo que es posible que la zona fuera visitada por hebreos que viajaron con los colonizadores fenicios, aunque siempre dicho con las lógicas reservas que impone el carecer de datos arqueológicos. Por otra parte existe en nuestro término un topónimo que tiene una clara denominación hebrea. Es el caso de una aldea de Zalamea, desaparecida en el siglo XVIII, cuyo nombre era “Abiud”, nombre que aparece en la genealogía de Jesús que da Mateo en su evangelio (Mateo 1, 13). Esta aldea cuyos restos se pueden ver hoy cerca de Marigenta plantea algunas cuestiones no aclaradas acerca de su origen y desaparición.

 Mencionado todo lo anterior, mas que nada con carácter testimonial, no hay indicios claros de que hubiera con anterioridad al siglo II  d.C. una población en el lugar que ocupa la actual Zalamea.  Esto no quiere decir que no pueda ser, pero en base a las fuentes de las que se nutre la historia, documentos y hallazgos arqueológicos, no podemos decir nada al respecto. Sí podemos, sin embargo, asegurar que en el término actual de nuestro pueblo si existían  ya poblamientos más o menos estables que han venido formándose  desde el tercer milenio a.C

 Manuel Domínguez Cornejo             Antonio Domínguez Pérez de León

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