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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2012.

LAS ORDENANZAS MUNICIPALES DE 1919

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Desde mediados del siglo XIX se puso de manifiesto la conveniencia de contar en Zalamea con unas nuevas ordenanzas municipales que se ajustaran a la realidad social y económica  del pueblo en esos momentos. No obstante, entrado el siglo XX lo conveniente se convierte en necesidad por dos razones:  por un lado la obligación de contar con unas normas que regularan el orden público, la sanidad, el comercio, la higiene, etc, ante la ausencia de una legislación estatal que regulara estos aspectos en la localidad; por otro, la masiva afluencia de trabajadores de otros lugares que se habían venido asentando en nuestra zona ante la demanda de mano de obra de las minas, principalmente de la de Riotinto, pero también de otras locales, que traían consigo diferentes maneras de vivir que en ocasiones chocaban con los usos y costumbres que los lugareños venían respetando como propios sin la necesidad de una regulación oficial.

 De esta manera el 11 de Enero de 1914 en una sesión plenaria de la corporación se nombra una comisión a la que se le encarga redactar un proyecto de nuevas ordenanzas. Los tumultuosos sucesos políticos a nivel nacional y bélicos a nivel internacional, la I Guerra mundial, que tuvieron lugar en los años sucesivos, hacen que ese proyecto se dilatara en el tiempo y no fuera hasta 1919 cuando por fin  el borrador quedara definitivamente elaborado y llevado a Pleno, aprobándose el 14 de Julio de este último año. Aquel mismo día se acordó que se remitieran dos copias al gobernador civil para su supervisión y aprobación.

En aquellos momentos el pueblo contaba con 11.040 habitantes y tenía  diez aldeas, a saber: El Villar, El Buitrón, El Pozuelo, Membrillo Alto y Bajo, Marigenta, Las Delgadas, Montesorromero, El Campillo y Traslasierra, además de los poblados mineros de El Tinto y Santa Rosa, Castillo de Buitrón y Poderosa. Contaba además con dos estaciones de ferrocarril: la Estación Nueva o de Riotinto y la Estación Vieja o de El Buitrón.

Las Ordenanzas de las que hablamos constaban de 173 capítulos en los que se hace una regulación minuciosa de todos los aspectos de la vida de un pueblo. Desde el comercio, la sanidad y las fiestas hasta la construcción de edificios. Los 173 artículos se agrupan en 35 capítulos y estos a su vez en tres títulos. Sería muy extenso pormenorizar aquí el contenido de cada uno de ellos pero si  creemos conveniente resaltar por su significación aquellos que suponían un avance o una novedad en cuanto a lo norma que establecía o aquellos otros que recogen costumbres y tradiciones que se remontaban a las ordenanzas de 1535.

Empecemos por aquel que señala que la feria anual de Septiembre debía celebrarse en la calle Cánovas del Castillo, la actual calle de la Plaza y que la compraventa de ganado debía realizarse en el valle de San Vicente y el Sepulcro. No olvidemos que aquella zona era un ejido y estaba totalmente despoblada a excepción de las ermitas de San Vicente y el Sepulcro. La feria por aquel tiempo era realmente una feria de ganado y  una fiesta popular que se llevaba a cabo paralelamente.

Es de destacar, en otro orden de cosas, lo avanzado de las medidas que prohibían fumar, ya en aquel entonces, en los salones y localidades de los espectáculos públicos., aunque al igual que hoy suponemos las dificultades que conllevaría su cumplimiento.

 En el capítulo dedicado al comercio se regulan las pesas y medidas normalizándose ya las del sistema métrico decimal. Téngase en cuenta que hasta esa fecha era habitual el uso de medidas tradicionales como la vara, el almud, el azumbre, etc. Además se determina que serían inspeccionadas periódicamente  por las autoridades para que se ajustaran a lo establecido, pudiéndose ser requisadas en caso contrario. Se establece de igual manera que los pesos y mediciones debían hacerse siempre en presencia del comprador.

 Como curiosidad  podemos resaltar los dos artículos que se dedican a la mendicidad. En ellos se autoriza esta práctica para los vecinos e hijos de la Zalamea, - con la debida autorización, claro está -,  pero se prohibía para los personas forasteras, a los que en caso de ser sorprendidas en ese menester serían detenidas y trasladadas a sus lugares de origen.

El afán por regular  la vida social llega hasta introducirse en los mas variados aspectos de la vida en común, como en ese artículo que señala que estaba totalmente prohibido formar corrillos en la vía pública ya que impedían el tránsito de las personas. Además en aquellas fechas, como el medio más común de transporte era el de tracción animal, se establecía también la manera en  que estos animales podían estacionarse en la calle determinando que no podían permanecer atados a las rejas de una ventana mas de veinte minutos. La razón es obvia, las molestias que podían ocasionar los excrementos de estos animales para los vecinos.

 Otro de los artículos que merece señalar es aquel que prohíbe las riñas y pedreas. Refleja un intento de atajar una costumbre muy asentada en aquel tiempo en la que los muchachos de grupos rivales acostumbraban a pelearse lanzándose piedras. Hechos de los que se derivaba con frecuencia algunas lesiones de importancia. Desde luego el éxito de la norma fue relativo porque aquellos encuentros siguieron produciéndose.

 Son también una novedad, dado los usos de la época, los artículos que prohíben expresamente el maltrato a los niños y el dedicarlos a trabajos superiores a sus fuerzas. Recordemos que hasta ese momento era usual que los menores de 12 años, edad a partir de la cual se consideraban útiles para cualquier trabajo, fueran destinados a labores de todo tipo incluidos los de la minería. Erradicar esta costumbre requirió normas de más entidad a nivel nacional.

 Para las personas que abusaban de la bebida también se redactaron normas en las que se determinaba que quien fuera encontrado por la calle en un estado de embriaguez sería conducido a la cárcel municipal donde permanecería hasta que se le pasara la borrachera. Imaginamos que habría fechas en las que el  espacio de aquel depósito se quedaría escaso.

 Tal como comentamos al principio hay también otras normas que regulas costumbres establecidas ya en las ordenanzas de 1535. Es el caso del artículo que establece que cuando hubiese un incendio había de avisar a la Parroquia para que diese los toques de campana con los que advertir a los vecinos para que se concentraran y contribuir en las tareas de extinción del incendio.

 Es curioso también resaltar como se obliga a las fábricas de aguardiente a asentarse en los extramuros de la población con el fin de alejarlas al máximo por los riegos que tenían dado los materiales inflamables que utilizaba. Debió de respetarse aunque más tarde quedaron englobadas dentro del casco urbano por el crecimiento de la población.

 Otra curiosidad digna de mencionar es la obligación de todos los vecinos de barrer al menos dos días a la semana la puerta de sus casas hasta el arroyo central. Era una manera de obligarlos a mantener limpio el pueblo, ante la ausencia de un servicio regular de de barrenderos.

 La ordenanzas concluyen con el procedimiento de sanción y con una reseña geográfica e  histórica de Zalamea. Desde una perspectiva actual fueron un serio intento de contribuir a una convivencia mas justa y respetuosa con todos.

 Manuel Domínguez Cornejo         Antonio Domínguez Pérez de León

11/04/2012 00:29 mdc y adpdl Enlace permanente. Edad Contemporánea No hay comentarios. Comentar.

CURIOSIDADES EN TORNO A NUESTRA SEMANA SANTA

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El desarrollo de nuestra Semana Santa encierra algunos aspectos peculiares cuyo sentido despierta la curiosidad de todo aficionado a la historia menuda de nuestro pueblo. Son realmente curiosidades que quizá pasen inadvertidas en la Historia, con mayúscula, de esta manifestación religiosa pero que sin embargo puede ser interesente darlas a conocer. Hemos creído oportuno aprovechar esta ocasión para hablar de algunas de ellas.

             La Vía Sacra es probablemente la que conserva mayor número de estas  peculiaridades. Veamos: es una celebración a la que sólo asisten los hombres, que tiene lugar a una hora fija, las 10 de la noche,  y que, hasta hoy, es el único de los actos de la Semana Santa que no se suspende por las inclemencias del tiempo. Todo esto es bien sabido; pero hay un aspecto que la inmensa mayoría desconoce; se trata de que sus fundadores procuraron representar en su trazado la distancia real que Jesucristo recorrió desde la casa de Pilatos hasta el Gólgota, de manera que las distancias entre estaciones no están distribuidas al azar ni el emplazamiento de la ermita elegido casualmente, fue seleccionado un lugar, el llamado cabecito de los Paños, alejado aquel entonces de la población, con el fin de ajustarlo a la, según ellos, distancia real. Todo estuvo pensado por los iniciadores de esta singular tradición para hacerlo coincidir con la realidad. Gracias a un pequeño pero interesante documento en el que se reflejan las medidas tomadas entre las distintas estaciones, sabemos  que desde la Iglesia hasta el Sepulcro midieron exactamente  1.222 pasos, que era  el cálculo que hicieron de la distancia que Jesús recorrió en su camino hasta el Calvario. Por cierto que en este documento figuran aún las 14 estaciones que tenía primitivamente la Vía Sacra (hoy son 15). Desconocemos si realmente estas medidas se ajustan a la realidad.

            Otra de sus peculiaridades es la presencia de los muñidores con la campanilla y la corneta que preceden al paso de esta manifestación religiosa y van avisando de su cercanía confiriéndole un cierto halo de misterio y recogimiento. Es sabido que la figura del  muñidor era antes frecuente en las cofradías para llamar a los hermanos o avisar del paso de las procesiones, normalmente con campanilla, pero la combinación de ambos instrumentos es excepcional. Indagando en cuales pudieron ser los orígenes de este aspecto tan curioso y llamativo del Vía Crucis, hemos encontrado un antecedente en la hermandad de la Vera Cruz de Zalamea la Real, allá en el siglo XVI, en cuyas reglas, concretamente en el capítulo 10, se especifica que la procesión debía ser acompañada de una trompeta que vaya tañendo de dolor. Si a ello se le añade el muñidor con la campanilla, propia, como ya hemos dicho, de cualquier procesión de aquel entonces, tenemos ya la combinación de ambos instrumentos que con el tiempo debieron ser adoptadas por la Vía Sacra.

             Otra circunstancia que llama la atención, especialmente a la gente que nos visitan, es la particularidad de que una sola hermandad lleve a cabo la procesión de tantas imágenes. Debemos decir que esto es un aspecto relativamente moderno. En el siglo XVIII existían dos hermandades perfectamente diferenciadas y relacionadas con la Semana Santa. Una de ellas era la ya mencionada Hermandad de la Vera Cruz, fundada en 1581, que hacía  desfilar una Cruz y la imagen de una Virgen vestida de luto el viernes Santo de madrugada; la otra era la de  Nuestro Padre Jesús Nazareno, que  en la tarde del Jueves Santo sacaba las imágenes del Nazareno y la Virgen de los Dolores, a ellas se les une la Vía Sacra en 1776. Fue después de la Guerra Civil de 1936, desaparecidas las dos primeras, cuando una Hermandad de Penitencia aglutina todas estas procesiones y con el tiempo  la ampliaría con una más, la del miércoles Santo, intentando de esa manera representar completa la Pasión y Muerte de Jesucristo.

             También nos gustaría referirnos a la participación de las mujeres en las hermandades de Semana Santa. Hasta tiempos bien recientes era un terreno vedado para ellas; sin embargo no fue así siempre, las reglas de la hermandad de Penitencia de 1865, así como las de la Vera Cruz de 1581, reflejan la incorporación  paulatina  de la mujer a estas hermandades antes de la Guerra Civil. Fue después de esta trágica contienda cuando las ideas políticas dominantes  marginarían a las mujeres de los actos religiosos de la Semana  Santa. Todos podemos recordar cuando las mujeres mas osadas se atrevían a vestirse de nazareno, ocultas dentro del traje y el capirote, con la complicidad de algún cofrade, para salir clandestinamente en  las procesiones. Afortunadamente hoy ya esto es un capítulo superado.

             Por último nos gustaría también resaltar otra singularidad  de nuestra semana mayor, los llamados  encuentros, que tienen lugar el jueves Santo entre Nuestro Padre Jesús Nazareno y Nuestra Señora de los Dolores. En su ánimo por representar de la manera más ajustada a la realidad las procesiones, los cofrades idearon estos “encuentros” que representan a su vez los que la madre de Jesús tuvo con su hijo en la subida al Gólgota; escena que, como los más mayores recordarán, no se ha celebrado siempre en el mismo lugar  ni con las mismas imágenes. Durante una época, a mediados de siglo XX, se llevó a cabo en el centro de la calle de la Plaza y se practicó entre  Nuestro Padre Jesús Crucificado y María Santísima de la Soledad, entrando ésta por la calleja de la cárcel hoy ya desaparecida. Lo más llamativo, sin embargo, son los cánticos que un coro lleva a cabo en los intervalos, cánticos sin acompañamiento instrumental cuya cadencia y letra apuntan a unos orígenes remotos a los que hoy no podemos dar respuestas y que merecería la pena investigar.

             Peculiaridades todas ellas que dotan de singularidad a nuestra Semana Santa y que debemos preservar para que la identidad de nuestras procesiones no se vea anulada por las corrientes que impone la modernidad.

 Manuel Domínguez Cornejo     Antonio Domínguez Pérez de León

24/04/2012 23:44 mdc y adpdl Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

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